Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1985/10/07 00:00

AMOR Y AMISTAD

AMOR Y AMISTAD

ADIOS MARGARITA FLOR DE ARRABAL
Desde balcones, andamios, ventanas, puertas y esquinas, el piropo se ha convertido en algo tan cotidiano, tan de todos los días, que ya se toma como si no existiera. Por ser tan común se olvida fácilmente o a veces ni se escucha.
Jóvenes y viejos se dedican diariamente a esta labor que para las mujeres resulta fastidiosa y chocante debido al asedio constante. Bien sea como halago o como propuesta sexual, el piropo cada vez es más agresivo, brusco y ultrajante.
"Mamita, pa' donde me va a llevar", "flaca, regáleme esos ojos", "primero se marchita una rosa que su belleza"..., y así la mujer se ve rodeada y seguida por todas estas frases que abundan en las calles y que a veces lo único que logran son carterazos e insultos debido a lo descarado del piropo.
DE LAS AULAS A LA CALLE
La Real Academia de la Lengua, acepta el verbo "piropear" en 1925, pero desde mucho antes, era usado por los jóvenes que veían en él algo picante y sensual que hacía sonrojar a las muchachas.
Según el Diccionario Etimológico de Joan Corominas, ya en el año de 1569 era usado por Benito Arias Montano en la "Retórica", cuyos versos eran aprendidos por los estudiantes... "Píntame una muchacha bella de rostro y de cuerpo, a quien le broten de sus pálidas mejillas, una luz rubicunda que supere la luz del piropo". Los jóvenes llamaban a sus novias "piropos" y es así como se salen de los textos humanistas pasan al lenguaje callejero. Se comienza entonces, a "echar piropos".
"Salve hermosísima, joya preciosa, salve flor de vírgenes, vir gen gloriosa", esta estrofa forma parte de los poemas de Carmina Burana, es todo un canto a la mujer amada y se puede percibir en ella ese sabor del piropo que se ha perdido. La utilización de "joya preciosa", remite a lo que en un primer momento se tomó como piropo: "Cierta piedra preciosa o metal brillante", y que más tarde, por intermedio de los humanistas españoles, el término "piedra preciosa" se dirige a una mujer como admiración.
Quevedo es quien la utiliza como "requiebro, flores, palabra lisonjera que se dice a una mujer bonita".
Los piropos han sido desde años atrás, los fieles compañeros de los llamados "donjuanes", los cuales enamoraban a las jóvenes con bellas palabras "salidas del corazón".
SIN ESCAPE
"Pedacito de cielo, qué hace aquí abajo", "mamita, usted parece importada", y tras el aroma de mujer... de mujer bonita, viene todo un sartal de frases acabadas de inventar, de otras que se dicen mecánicamente por la costumbre o de la primera estrofa de la canción de moda, las cuales se lanzan bruscamente a las mujeres que pasan
El piropo es de hombres. Ellos son los que en esquinas, parques, universidades y atrios, los "echan" convirtiéndose más en una molestia para la dama en cuestión que en un cumplido.
Los hombres comienzan a echar piropos desde muy temprana edad. Ahora no es raro encontrar niños de diez y doce años diciendo cosas como... "¡Ay! reinita, que piernas", para luego morirse de la risa y continuar jugando. Poco a poco ellos se reafirman en su papel de machos de ser los que primero invitan, y con el ejemplo de los mayores adquieren esa conciencia desde muy pequeños.
Ninguna mujer se escapa: altas, bonitas, feas, gordas o viejas, con muchas curvas o desaliñadas, ellas soportan una y otra vez ese saludo desconocido, ese "pish, pish" o el característico silbido, cuando no es una tos fingida para hacerlas mirar .
"Linda pa' donde nos vamos", "adios miss mundo", " mamacita, usted no camina, usted acaricia el piso"... En los años treinta y cuarenta el piropo era un requiebro, una admiración hacia la mujer que incluía venia y quitada de sombrero y se iba "media alma" en ese acto. Se buscaba ante todo una respuesta. Ahora parece más bien un desahogo machista que busca hacerse notar y que hace sentir a la mujer como objeto sexual, como si el hecho de que ella esté en la calle sola o con un grupo de amigas, signifique el estar buscando marido, o peor aún, que sea incapaz de caminar sola. ¿Será por eso que se ofrecen tantos incógnitos a acompañarla?, porque lo cierto es que cuando ella va acompañada por un hombre, no recibe ningún tipo de piropos.
UNA MIRADITA POR AMOR DE DIOS
Pero el piropo no es sólo de nuestro país. Los italianos con sus movimientos enérgicos y ampulosos, echan continuamente frases como "¡Ah! mamma mía, qué culetto", mientras sus congéneres siguen con su contoneo.Los españoles ingeniosos en estas frases callejeras, dicen "¡Qué camión!", a lo que la mujer española responde con insultos, un poco más susceptibles que las italianas.
En Norteamerica pasa algo diferente. La denominada cultura del "no contacto" hace sentir a las mujeres invisibles; no se miran unos a otros y el piropo no es muy común en sus calles. Diferente a lo que pasa con los israelíes, los cuales no consideran nada extraño mirar fijamente a una persona por la calle. Y es que el coqueteo callejero no es sólo el piropo, la mirada a los ojos es algo bastante común y tal vez sea más llamativa que el mismo piropo debido a que la imagen se queda en la mente.
Se recuerdan unos ojos verdes matizados por una camisa roja o un mechón de pelo que cae sobre la frente de alguien a quien se miró fijamente. Son mensajes callejeros que se mandan continuamente y que por lo general tienen una respuesta inmediata pero que no pasan de eso. Y al igual que el piropo, hay mujeres que se roban una mirada, pero en el coqueteo la mujer participa más, en este sentido hay una mayor receptividad.
Mirar, volver a mirar y hacerlo otra vez antes de voltear por la esquina, es un juego que incita y agrada aunque no se vuelvan a ver, es el juego de todos los días cuyo único testigo es la calle. En él hay dos fuerzas que están en continua alerta y que indican esa constante en el ser humano que es la necesidad de afecto.
Pero entre piropos y coqueteos, la calle es el sitio ideal, es el lugar donde todos somos incógnitos y donde a cada paso existe la posibilidad de un nuevo amor. Y no es de extrañar que dentro de poco sean las mujeres quienes echen los piropos... quién sabe si los hombres lo aguantarán.

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