Miércoles, 18 de enero de 2017

| 1997/10/20 00:00

APRETANDO EL GATILLO

En Colombia por lo menos tres millones de personas tienen un arma de fuego que las convierte, sin saberlo, en homicidas o víctimas en potencia.

APRETANDO EL GATILLO

Colombia es un país en armas. Están armadas las fuerzas de seguridad del Estado, los guerrilleros, los paramilitares, los narcotraficantes, los delincuentes comunes, las Convivir, los escoltas, los vigilantes, los civiles y hasta los niños. Nadie sabe con exactitud cuántas armas hay en el país _las autoridades estiman que hay por lomenos tres millones de armas legales e ilegales en manos de civiles_ pero sus efectos se sienten a lo largo y ancho del territorio nacional. Con ellas se cometen todos los días homicidios, asaltos, violaciones, robos, secuestros y atentados contra la seguridad del Estado. Hay armas para todos los gustos. Desde fusiles de finales de la Segunda Guerra Mundial y de la guerra de Vietnam hasta pistolas último modelo con mira láser. Las cifras son contundentes. Según el Instituto de Medicina Legal, de los 25.493 asesinatos que tuvieron lugar en 1996, 21.910 fueron ocasionados con armas de fuego. Es decir, casi nueve de cada 10. Estas también fueron la causa de muerte en el 42 por ciento de los suicidios y en el 2 por ciento de las muertes accidentales ocurridas durante el mismo período. A este panorama desolador hay que sumarle lo que le cuesta al Estado cada herido por arma de fuego: entre cinco y ocho millones de pesos, según el Ministerio de Salud. Este año la violencia armada, no relacionada con el conflicto entre guerrilla y gobierno, se disparó. Sólo la semana pasada, por ejemplo, en Bogotá, un joven de 18 años hirió al rector de su colegio con una pistola y otro muchacho de 14 asesinó a tiros a una joven de su misma edad en La Virginia, Risaralda. Estos casos, contrario a lo que podría pensarse, no son aislados sino el pan de cada día. En agosto último tres hermanos, menores de edad, murieron cuando explotó la granada con la que jugaban cerca de su casa, ubicada al norte de Bogotá. En julio, en Bucaramanga, un taxista mató de un disparó a un pasajero que cerró muy duro la puerta del carro. En junio un hombre disparó indiscriminadamente contra una multitud que celebraba el Festival del Soltero, en Chaguaní, Cundinamarca. El ataque dejó dos muertos y tres heridos. Como estas hay otras 20 historias más que tienen en común una sola cosa: las armas. Las autoridades están alarmadas. Si la gente del común accede con tanta facilidad a este material y lo usa de manera tan irresponsable, ¿qué tipo de armas conseguirán y qué harán con ellas los grupos y las personas que se encuentran al margen de la ley? Su preocupación es legítima. Colombia, después de que finalizaran los conflictos armados de Centroamérica y de la desarticulación de los grupos guerrilleros peruanos, se convirtió en el único país del área con una guerra irregular en marcha. Es decir, en el mejor cliente potencial de los traficantes de armas del mercado negro.Según un documento de inteligencia de la Policía conocido por Semana: "El aumento de actividades ilícitas, evidenciada en la expansión de grupos subversivos, el nacimiento de nuevos grupos de autodefensa, narcotráfico y delincuencia común, ha convertido las armas ligeras en un elemento fundamental para su actividad de intimidación. Dando origen a un considerable incremento en la demanda interna y convirtiendo en necesario un creciente suministro de armas".
Armas por montón
El tráfico de armas se volvió un problema para el mundo en los años 70 cuando Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética perdieron el control del mercado. A partir de ese momento, según R.T. Naylor, profesor de economía de la Universidad McGill, de Montreal, no sólo aparecieron nuevos vendedores y compradores sino que se diversificó la oferta de armamento. En la actualidad los mercados de armas más grandes del mundo son las ciudades de Bangkok (Tailandia), Beirut (Líbano), Peshawar (Paquistán), los antiguos países socialistas y las 285.000 armerías legales que existen en Estados Unidos.Este último país es considerado por los expertos en el tema como el paraíso de las armas. La oficina de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego _ATF_ del Departamento de Justicia norteamericano calculó en 1989 que en esa nación existían 201.837.000 armas de fuego, sin contar las que son propiedad de las fuerzas armadas. Es decir, prácticamente un arma por cada habitante. Las consecuencias de este hecho son funestas: a diario 16 jóvenes norteamericanos mueren por esa causa. Para Andrés Soto Velasco, investigador de la Universidad de los Andes, "los grandes márgenes de utilidad, la magnitud de las operaciones y la globalidad de su alcance hacen prever que, después de las drogas, las armas son el segundo negocio ilegal más lucrativo". La misma tesis sostiene la revista The Economist, la cual calculó en 1994 que "el comercio encubierto de armas puede costar 2.000 millones de dólares en un año regular o 10.000 millones de dólares en un año gordo". En Colombia la falta de datos confiables sobre el número de armas que hay en circulación hace imposible calcular cuánto dinero mueve este negocio. No obstante, las cifras deben ser grandes a juzgar por los precios de la mercancía (ver recuadro sobre los costos en el mercado negro). En algunos casos se hacen trueques. "En ocasiones un narcotraficante lleva una avioneta con droga hasta Sonora, México, y de regreso trae dólares para él y armas para pagarle a la guerrilla que le entregó la droga o le cuidó sus cultivos", sostiene un investigador de la Interpol. Aunque algunas personas dudan de que el contrabando de armas sea tan grande como se sospecha, lo cierto es que los traficantes no se quedan quietos. El pasado 23 de julio, por ejemplo, la Policía de Panamá incautó en una bodega dos fusiles y cinco proveedores de AR-15, siete fusiles e igual número de proveedores de AK-47 y 100 cartuchos de diferente calibre. Este material, según la Policía colombiana, tenía como destino final una empresa de Cali llamada Industria del Mueble Ltda. La Policía también obtuvo informes de inteligencia según los cuales el 2 de agosto un barco de bandera turca ingresó al puerto de Buenaventura con 20 contenedores. En éstos iban camuflados, entre bultos de urea, fusiles R-15 y SWP 2.5. ¿Cuántos? No se sabe. Al parecer esta carga fue desembarcada en el golfo de Tortugas, a tres horas del puerto mencionado. Las autoridades policiales creen que estas armas pueden haber llegado a manos de la guerrilla porque, según sus fuentes, al comienzo del viaje los contenedores iban marcados con letreros que decían "Línea Damcko" que luego fueron cambiados por otros en los que se leía "FARK Colombia".

Como este negocio es clandestino y la geografía nacional hace muy difícil su control es casi imposible dar una cifra exacta del número de armas que llegan cada año al territorio nacional. Sin embargo el investigador Soto Velasco elaboró un procedimiento matemático con el cual logró determinar que el total de armas decomisadas por las autoridades corresponde al 10 por ciento del flujo ilegal total. De acuerdo con los datos de la Dijin, entre enero y junio de este año se decomisaron, en 133 operativos, 15.060 armas. Bogotá y Medellín fueron los dos lugares donde se hicieron los mayores decomisos. Esto significaría, siguiendo la fórmula de Soto, que durante este lapso ingresaron al país ilegalmente cerca de 150.000 armas. Sin embargo la cifra parece exagerada pues, si esto es así, ¿dónde está este armamento? El Grupo de Inteligencia Antiterrorista _Giat_, un equipo interinstitucional encargado de rastrear desde hace cuatro años las armas ilegales que hay en Colombia, cree que no están en manos de la guerrilla o de lo contrario el Ejército ya hubiera hecho un decomiso grande. Y, según un miembro del Giat, lo máximo que se le ha encontrado a la subversión en una operación son 30 fusiles y una ametralladora en Valdivia, Antioquia.Por tierra, mar y aire El 80 por ciento del armamento que ingresa a Colombia es de origen norteamericano pero, la gran mayoría, no llega al país de manera directa desde Estados Unidos. Casos como el de Juan Pablo Rodríguez, el colombiano detenido en diciembre del año pasado en Miami cuando intentaba traer 50 fusiles desarmados ocultos en computadores, son raros. Lo común es que las armas entren por las costas Atlántica o Pacífica y las fronteras con Venezuela, Ecuador y Perú (ver mapa de la página anterior elaborado por la Policía Nacional).A la Costa Atlántica, según informes de inteligencia de la Policía, las armas llegan por vía marítima desde Centroamérica y se guardan en caletas en La Guajira o se camuflan en contenedores de equipo petrolero en el puerto de Santa Marta para luego ser negociadas. En el área las autoridades también tienen detectadas 14 pistas de aterrizaje, las cuales son usadas para el tráfico de armas. Por el lado de Chocó la mercancía entra por el litoral del río San Juan y se distribuye por los numerosos ríos de la región. Según la Dijin, por estas dos zonas lo que más ingresa son fusiles de todo tipo (desde AK-47 hasta NHM 91), pistolas y ametralladoras de diferentes marcas, granadas americanas y soviéticas, lanzacohetes (como el RPG7) y munición de varios calibres. La frontera con Venezuela _en particular el área delimitada por las ciudades de Maicao, Paraguachón y Paraguaipao_ es considerada por la Policía como "el canal de mayor tráfico de armas, explosivos y municiones hacia organizaciones criminales del país". Hay identificadas nueve rutas terrestres por las que ingresan fusiles FAL, granadas para fusil (francesas, belgas e israelíes) y subametralladoras. Estas últimas, según un investigador de la Dijin, "son muy apetecidas porque las utilizan para hacer asaltos rápidos o ataques tipo comando". En esta frontera se incautó hace poco un cargamento de 100 granadas para fusil que iba escondido en el guardabarros de un camión muy viejo. La frontera sur de Colombia no es menos movida que las anteriores. Las armas llegan vía marítima a caletas ubicadas en Bocas de Satinga, El Charco y las desembocaduras de los ríos Mira, Guapi y Micay. De allí son distribuidas al resto del país. Aunque este movimiento es importante, el más significativo es el terrestre. "El contrabando por Nariño es intenso en cantidades que sobrepasan las 20 unidades. Las armas, las municiones o los explosivos vienen en camiones de doble fondo, camufladas entre productos agrícolas, industriales o chatarra. También escondida en tanques auxiliares de gasolina", dice el experto de la Dijin. Por esta área lo que más se contrabandea son fusiles, armas cortas (las legislaciones ecuatoriana y peruana son muy laxas con relación a este material), munición para AK-47 producida en el Perú, lanzacohetes, morteros, explosivos y detonadores eléctricos. La prueba de la fuerza que tiene el contrabando en esta parte del país son los 244 rockets del ejército del Ecuador que ha encontrado el Giat, desde 1992, en manos de la guerrilla. Un hecho más contundente aún es la historia de las pistolas que llegaron a manos de las Farc este año. La Interpol descubrió que a Colombia se introdujo un cargamento de entre 100 y 300 pistolas de 9 milímetros nuevas. Ya hay 41 decomisadas y se le está siguiendo el rastro a otras 50, de las cuales ya se tiene la referencia. Lo raro de estas armas es que fueron compradas de manera legal por una empresa ecuatoriana, que a la postre resultó ser fantasma, en un país europeo. Hay tres naciones sospechosas. Mientras descubren cuál de ellas vendió este armamento los investigadores de Interpol se muestran preocupados porque estas pistolas "sirven más para acciones de tipo urbano y con las elecciones tan cerca_". Para todos los gustos¿Qué pasa con este caudal de armas que llegan al país? Se venden al mejor postor de acuerdo con sus necesidades. La guerrilla y los paramilitares van por los fusiles, los lanzacohetes y las granadas. El preferido por unos y otros es el fusil AK-47. "Es el fusil de las mil guerras. Es muy bueno, una de las mejores armas que existen en el mundo", dice el investigador de la Dijin.Esta arma, según el Panel de Expertos Gubernamentales sobre Armas Cortas de las Naciones Unidas, es producida por 14 países y utilizada de manera oficial por 78. Se calcula que existen entre 35 millones y 50 millones de fusiles de este tipo, lo cual lo convierte en el más numeroso del planeta. Por su parte, los narcotraficantes buscan armas sofisticadas y de alto poder de fuego. Los delincuentes comunes, en cambio, prefieren las pistolas, los revólveres y las granadas de fragmentación. Quienes no pueden acceder a este mercado internacional tienen como última opción las armerías clandestinas nacionales. Algunas son muy sofisticadas _en una que se desmanteló en Cali hacían subametralladoras y silenciadores para pistola de óptima calidad_ pero la mayoría son artesanales, especializadas en fabricar changones o trabucos. Los changones intentan imitar una escopeta y son usados por las milicias urbanas para cuidar los barrios. Los trabucos son como una pistola, disparan un solo tiro y son utilizadas para delinquir. El año pasado la Dijin desmanteló sólo en Ciudad Bolívar, en Bogotá, seis armerías ilegales. Cuando era alcalde Antanas Mockus decía que estas armas hechizas eran las que más lo impresionaban porque: "tienen un costo muy barato pero requieren meses de trabajo. Esto revela el culto tan fuerte que hay al arma".
Por si las moscas
Con tal cantidad de armas circulando, con un alto riesgo de caer en manos de alguien que las va a usar con no muy buenas intenciones y con la desconfianza tradicional que se tiene hacia las autoridades, no es raro que los colombianos del común caigan en la tentación de armarse "por si las moscas". Además, andar armado es bien visto en ciertos sectores de la sociedad. Conseguir el arma no es problema: puede recurrirse al comercio legal (ver recuadro de requisitos para tener o portar un arma) o al mercado negro que existe en cada ciudad. Hasta aquí no parece haber mayor problema. Lo que no saben quienes deciden armarse es que está comprobado que quien posee un arma tiene 42 veces más posibilidades de matar a un familiar, un amigo o un conocido. Y en aquellos hogares en los cuales hay armas de fuego se incrementan 12 veces las posibilidades de que una pelea doméstica termine en muerte violenta. Así que es conveniente pensarlo dos veces antes de dejarse llevar por lo que el siquiatra Luis Carlos Restrepo, coordinador nacional del Mandato por la Paz, definió como la lujuria de las armas.

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