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| 11/16/2002 12:00:00 AM

Ayuda de peso

Sin importar sus ingresos o su estrato social, empresas, empleados y personas están entregando parte de sus entradas para financiar programas sociales en todo el país. Lo importante es que ahora todos lo pueden hacer.

Un grano de arena parece insignificante pero la unión de muchos es lo que hace una playa. Así lo entendió Jorge Arias, operario de una máquina empaquetadora de fósforos en la compañía Fonandes. El es uno de los 87 empleados de esta empresa que autorizó que mensualmente se le descontara un porcentaje de su sueldo para ayudar con la educación de cientos de niños pobres.

Algunos de sus compañeros en la planta de producción también donan entre 5.000 y 10.000 pesos, que los han convencido de que no se requiere ser un magnate para contribuir a la construcción de una sociedad más igualitaria. Este es apenas un ejemplo de cómo las empresas colombianas, desde los altos ejecutivos hasta sus operarios, pueden hacer filantropía y tener responsabilidad social aun en tiempos de crisis.

Fonandes, su presidente, Jorge Luis Arce, y sus empleados son aportantes de Dividendo por Colombia, una entidad que promueve el desarrollo y el acceso al sistema educativo de comunidades pobres o marginadas. Según María del Rosario Sintes, su directora ejecutiva, ya no se trata de dar y hacerlo en un modelo asistencialista, sino que "se está pasando a una etapa en la que esos recursos deben ser replicables y sostenibles".

Los recursos de Dividendo, como los de muchas otras fundaciones, provienen de las donaciones de empleados que autorizan que mensualmente se les recorte por nómina lo que desean dar. Por su parte las mismas empresas también hacen sus aportes al mejorar la calidad de vida de sus empleados y en invertir parte de sus utilidades en programas sociales.

En este tipo de organizaciones, como Dividendo, por cada peso dado por los empleados la respectiva empresa pone otro y así la financiación de los proyectos está asegurada. Entre las compañías que colaboran con este tipo de iniciativas están GM Colmotores, Visa, American Airlines, Suramericana, Suratep, Exito y Procter & Gamble, entre otras.

El 63 por ciento de los donantes de Dividendo son empleados como Jorge Arias, que perciben menos de dos salarios mínimos mensuales, de lo cual donan hasta un 1 por ciento. En cuatro años Dividendo ha logrado conseguir recursos superiores a 3.800 millones de pesos, con los que apoyan proyectos sociales en Bogotá y Medellín.

Esta entidad es el capítulo colombiano de una idea con presencia en más de 108 países y con casi un siglo de existencia: la United Way Internacional, especializada en irrigar recursos del sector privado a las organizaciones sociales que promueven el desarrollo en aspectos como el medio ambiente, la nutrición y el mejoramiento de la calidad de vida de las poblaciones que quedan alrededor de las industrias.

Con ese mismo sentido de solidaridad una sola compañía, como Panamco S.A., garantiza con su dinero la educación de más de 4.000 niños y la instalación de al menos 10 plantas purificadoras de agua a lo largo del país. Otro ejemplo de donaciones en efectivo son las que reciben varias organizaciones sin ánimo de lucro del Eje Cafetero, recaudadas por la Fundación Hijos de La Tebaida en bazares y rumbas organizadas en la región metropolitana de Nueva York y Nueva Jersey.

En todas estas experiencias el factor común es que la vieja caridad de dar plata y desentenderse del asunto ha evolucionado a un modelo de gestión que administra los fondos destinados a actividades de solidaridad con criterios de eficiencia y rentabilidad social.

Un modelo en el que grandes compañías fueron pioneras. Las fundaciones Mario Santo Domingo, Luis Carlos Sarmiento Angulo, Carvajal y Corona son demostraciones palpables de que el interés en financiar la construcción de una sociedad mejor por parte del sector productivo se traduce en recursos frescos que permiten a cientos de organizaciones en todo el país respaldar proyectos de desarrollo, becas educativas, capacitación técnica de jóvenes, programas de protección a ancianos y discapacitados a través de fundaciones sin ánimo de lucro.

Lo más importante es que ahora estas y muchas otras fundaciones y entidades sin ánimo de lucro están canalizando importantes recursos para invertirlos en los más necesitados. Este año la Fundación Carvajal ha canalizado unos 50.000 millones de pesos de recursos propios y de terceros para desarrollar programas de educación, capacitación, vivienda y cultura que benefician a miles de personas. Colombia cuenta hoy con casi 97 fundaciones de tipo filantrópico. Un récord que sobrepasa de lejos las 50 que existen en Argentina, las 28 de Chile y las 10 de Perú.

En ese sentido existen ejemplos loables de cómo la responsabilidad social de los empresarios ha dado lugar a experiencias como la de la Fundación Social, una entidad que empezó hace 90 años como una caja de ahorro y en la actualidad es un importante grupo financiero que destina la totalidad de sus utilidades a obras de beneficio social.

A su vez, en los últimos 20 años la Fundación Mario Santo Domingo ha otorgado 228.000 créditos por 30 millones de dólares y la Fundación Compartir, de Pedro Gómez, ha capacitado con sus recursos a 103.000 microempresarios. El Centro de Responsabilidad Empresarial y la Fundación Colombia Emprendedora son muestras del auge de este tipo de proyectos, que se convierten en un ejemplo de que, pese a la recesión de la economía, los empresarios se la están jugando más a fondo con los necesitados del país y devolver con inversiones efectivas los privilegios de que han disfrutado por años.

Entidades internacionales de cooperación, como el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, también buscan entre los industriales y altos directivos, así como en ciudadanos comunes y corrientes, ayuda para financiar sus proyectos.

En la actualidad esta agencia desarrolla un programa de donaciones a través de su página en Internet. La idea es que los colombianos colaboren con dinero para financiar planes de asistencia alimentaria en los proyectos del PMA en Colombia, que benefician a desplazados, comunidades indígenas y niños pobres en edad escolar.

Claro que el desarrollo del concepto de caridad en el país está cambiando enormemente en los últimos años, transformándose en entidades filantrópicas que aplican modelos de gestión y evaluación de resultados a sus aportes.

Lo cierto es que, como afirma María del Rosario Sintes, para ser un buen ciudadano no basta con pagar impuestos. La mejor manera de hacerlo es con plata contante y sonante que tenga un efecto significativo y a largo plazo.
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