Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1999/08/23 00:00

BALANCE INGLES

En exclusiva para SEMANA, The Economist Intelligence Unit hace un balance de la <BR>economía durante el primer año de Pastrana.

BALANCE INGLES

En un foro reciente de la Unidad de Inteligencia del Economist para gerentes
corporativos en Miami, Colombia recibió la más alta votación en cuanto país latinoamericano donde
la proyección para los negocios resultaba más sombría. Moody's, la agencia calificadora de riesgo,
sometió hace poco al país a una revisión, para una posible degradación de su codiciada calificación
de riesgo de inversión. Dentro del país, la están viendo negra. La gente parece estarle perdiendo
confianza a los esfuerzos del gobierno por iniciar conversaciones de paz con los rebeldes, y a su
capacidad de sacar a la economía de su primera recesión en décadas. ¿Será que este pesimismo es
exagerado, tal como lo fue el optimismo que rodeó al nuevo gobierno de Pastrana hace 12 meses?
La economía va bien pero el país va mal
A pesar de la violencia política y la relacionada con las drogas, los colombianos al menos han
podido fiarse del desempeño continuado, si bien no espectacular, de la economía. Ya no. Este año,
al señor Pastrana le caerá la indeseada distinción de presidir la primera recesión colombiana desde
los años 30. Píldora amarga, especialmente porque le debió su victoria electoral en parte al hecho de
haber inspirado mayor confianza en su manejo de la economía que su rival liberal, Horacio Serpa. La
puja en el mercado bursátil que recibió la victoria electoral del señor Pastrana mostró que la
comunidad de los negocios compartía la confianza que el público depositaba en él, como el hombre
capaz de restaurar el brillo de la economía. Pero cualquier esperanza de un rápido vuelco positivo ha
sido golpeada de muerte. El desempleo ha ascendido a nuevos niveles récord y aún no hay señales
de que la recesión haya tocado fondo, inclusive después de una contracción sin precedentes de
5,9 por ciento en el primer trimestre.
Para ser justos, la culpa de la crisis económica no puede achacársele al señor Pastrana. Asia hizo
bajar los precios de los productos básicos, una fuente importante del ingreso fiscal y de
exportación de Colombia, a niveles históricamente bajos. Venezuela y Ecuador, importantes
mercados para las exportaciones no tradicionales, están sufriendo sus propias crisis económicas.
Mientras tanto, la agudizada aversión al riesgo de parte de los inversionistas, ha recortado los flujos
de capitales hacia los mercados emergentes, particularmente después de la devaluación rusa
y el incumplimiento de las obligaciones de la deuda de agosto. Los crecientes desequilibrios
económicos durante los años recientes debilitaron la capacidad de la economía para aguantar
semejantes choques.
Por contraste con el gobierno del señor Samper, que a veces trató de echarle la culpa de un
desempeño económico decepcionante a la apretada política monetaria del Banco de la República, el
actual gobierno ha acertado en diagnosticar que las finanzas públicas son la causa del problema. Un
creciente déficit fiscal durante la administración Samper golpeó la inversión doméstica, al ejercer una
presión alcista sobre las tasas de interés y hacer apreciar el peso en términos reales. La crisis política
y las sanciones de Estados Unidos agravaron los problemas domésticos. A medida que la
confianza se desvanecía y que el sector privado colombiano, tradicionalmente aguantador e
innovador, salía de la escena a empellones, el crecimiento económico cayó por debajo de la
tendencia, antes de que se le acabara por completo la gasolina el año pasado. Aunque los
conservadores del señor Pastrana son minoritarios en el Congreso, el nuevo presidente disponía de
suficiente apoyo multipartidista como para asegurar la aprobación de las medidas que pudieran
enfrentar los problemas de las finanzas públicas. El plan era evitar un tratamiento de choque, pero
bajar el déficit del sector público gradualmente, de 3,3 por ciento del PIB en 1998 a un poco más de 2
por ciento del PIB en 1999, y con equilibrio antes del final del período de gobierno. Un paquete fiscal
presentado en noviembre de 1998 fue aprobado, aunque en forma diluida. Las medidas impositivas
incluían la ampliación de la base del impuesto de valor agregado, y otorgarles a los gobiernos locales
poderes más amplios para generar ingresos. Del lado del gasto, había recortes a la nómina por
consolidación administrativa. El incremento de salarios a los servidores públicos en 1999 se restringió a
15 por ciento, igual a la tasa de inflación anticipada. Se trazaron planes también para hacerle frente al
factor principal que impulsa el déficit, al enmendar la Constitución de 1991, que al intentar devolverles
las decisiones sobre salud y educación a los gobiernos locales, había comprometido al gobierno central
a un nivel no realista de pagos por transferencias a los gobiernos locales.
En aquel momento, el paquete fiscal parecía ser suficiente como para restablecer la confianza y
permitir que las tasas de interés cayeran sin presionar el peso. Pero el gobierno había fallado al no
haber tomado en cuenta ni la severidad de la recesión, que daría al traste con sus estimados de
recaudos fiscales, ni el costo de los crecientes problemas del sector financiero. Por lo demás, hacia
finales de enero, el gobierno tuvo que factorizar los costos de la reconstrucción, después del terremoto
trágico en la zona cafetera de Quindío y Risaralda. A la luz de estos acontecimientos, el gobierno
revisó su estimado, suponiendo un déficit del sector público de 3 por ciento del PIB (excluyendo el
costo de la crisis financiera), aunque éste parece optimista. A pesar de los déficit que el país ha
sufrido desde 1995, la tradición pasada de conservadurismo fiscal todavía deja las relaciones de
endeudamiento público de Colombia entre las menos onerosas de la región. Sin embargo, hasta
cuando haya evidencia en firme de que la tendencia al alza en la deuda pública se esté revirtiendo, la
credibilidad del gobierno seguirá en vilo.Un deficit considerableEl desarrollo del sector público durante
el gobierno del señor Samper le impuso una presión adicional a la cuenta corriente de la balanza de
pagos, en la cual se había manifestado un déficit considerable después de la apertura de la economía
de parte del presidente Gaviria. Este gran déficit externo dejó al peso vulnerable al acecho
especulativo, cuando la liquidez en los mercados de capital internacionales se restringió después de
la crisis rusa. A pocas semanas de posesionarse el señor Pastrana, el Banco de la República _con el
apoyo del nuevo Ministro de Hacienda_ devaluó el peso, al ajustar la paridad central de la banda de la
tasa de cambio en 9 por ciento. A la sazón, pareció un ajuste de política apropiado, suficiente para
aliviar las presiones sobre las reservas de divisas y las tasas de interés. La credibilidad de la nueva
banda fue apoyada por medidas de ajuste fiscal que el gobierno tenía en cierne. La visión
retrospectiva ha demostrado que el ajuste fue insuficiente, dada la profundidad de la recesión y la
escala de los problemas en el sector financiero. A los nueve meses, a mediados de 1999, el Banco de
la República se vio obligado a efectuar otro ajuste de 9 por ciento en la paridad central, suplementado
esta vez por una ampliación de la banda. El techo de la nueva banda fue inmediatamente puesto
a prueba por los especuladores. El peso viró de nuevo hacia la paridad central, al conocerse el
acuerdo con el FMI, pero seguirá vulnerable a los ataques especulativos hasta cuando se vean
señales claras de una recuperación económica. Este momento quizá habría sido el apropiado para
poner a flotar el peso, en especial porque la recesión está poniendo en jaque a las presiones
inflacionarias. Pero las autoridades colombianas parecen estar casadas con la banda, y ven la
flotación como algo que debe considerarse sólo como último recurso.
El sistema financiero ha sufrido lo que podría llamarse una 'caída de la gracia', como que con
frecuencia se citó como modelo para el resto de Latinoamérica. La recesión, el desempleo, las
altas tasas de interés real y la devaluación, han hecho mella en la calidad de los activos y en la
rentabilidad de las instituciones financieras. En noviembre, el gobierno apeló a las facultades de
emergencia para ayudar al sector. Se garantizaron los depósitos mediante la inyección rápida de
fondos al Fogafín, la agencia de garantía de los depósitos, ayudando a obviar una crisis a nivel
sistema. Las autoridades se han cuidado de evitar los problemas de riesgo moral, al negarse a usar los
fondos públicos para recapitalizar a los bancos privados. Varias instituciones en quiebra han sido
liquidadas. Algo bueno que sale de la crisis es que les está dando ímpetu a las autoridades para
efectuar una necesaria reestructuración del atribulado sector de la banca oficial, y afinar las normas
sobre los reportes financieros. El costo eventual para el gobierno de garantizar los depósitos y castigar
los portafolios de deudas malas de los bancos estatales será alto, posiblemente muy superior al
estimado oficial de 4 por ciento del PIB; sin embargo las autoridades se han mostrado decisivas al
hacerle frente a la crisis.
El secreto mejor guardadoColombia fue descrita memorablemente a principios de los años 90 por
un ejecutivo petrolero de la BP, como el secreto mejor guardado de Latinoamérica, en alusión al
potencial petrolero sin explotar. El secreto salió a la luz pública con el descubrimiento del inmenso
campo petrolero de Cusiana, pero a partir de entonces, Colombia ha fracasado en saber aprovechar su
riqueza. Los encargados de formular las políticas parecían ciegos ante la competencia extranjera cada
vez más feroz por atraer el capital de riesgo foráneo, después de la apertura de los sectores petroleros
en países como las antiguas repúblicas soviéticas y _más cerca de casa_ en Venezuela. Sin unas
condiciones contractuales más favorables para compensar los costos de seguridad adicionales de
operar en Colombia, las petroleras extranjeras buscaron por otro lado. Lejos de experimentar un
boom petrolero en el próximo milenio, el país podría verse abocado a convertirse en importador neto de
petróleo. Al gobierno se le debe apuntar el acierto de haberse despertado ante la realidad, pues ha
conseguido que el Congreso aprobara una legislación dirigida a resarcir la balanza. Las nuevas
leyes ofrecen unas condiciones más atractivas a las empresas petroleras dedicadas a la exploración
y la producción. Además, una reforma constitucional que prohíbe la expropiación de los activos de
propiedad extranjera, les dará confianza a las empresas que inviertan en todos los
sectores.Colombia no ha sido prestataria del FMI desde 1971. El apoyo del Fondo no ha sido
necesario, pues el conservadurismo instintivo de la élite fue el seguro de la prudencia en las políticas.
Aunque ese conservadurismo ha estado en retirada recientemente, sobrevive aún. El nuevo gobierno
reconoció las debilidades en el conjunto de políticas, y forjó un plan para enfrentarlas. Este habría
podido conducir con éxito al país en medio de sus dificultades, en una coyuntura más favorable. Sin
embargo, las condiciones en la economía mundial _si bien mejoran_ siguen difíciles, y la recesión y
las dificultades en el sector financiero ameritan una acción urgente. El primer año en el cargo del
señor Pastrana ha estado marcado por esperanzas que desilusionaron. La decisión de buscar la ayuda
del FMI, sin duda no constituye un aniversario auspicioso. Pero la decisión fue la correcta. Además de
proveer unos 3.000 mil millones de dólares en asistencia financiera, contribuirá a restablecer la
credibilidad en el mercado financiero. Cabe esperar que marque un hito en la suerte del país.

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