Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/12/03 00:00

Beatriz González

Artista, historiadora, con su mente lúcida y crítica ha sido capaz de reinterpretar la historia de Colombia y, del arte universal.

La toma del Palacio de Justicia partió en dos la vida de Beatriz González. Hasta ese momento su trayectoria como artista había estado marcada más que todo por el humor, la crítica festiva y la irreverencia. Pero desde ese día ella decidió no burlarse más, no volver a reírse de la realidad del país y se dedicó a plasmar el tema de la muerte en un país sometido a la cultura de la muerte. Beatriz González nació en Bucaramanga el 16 de noviembre de 1938 y estudió arquitectura en la Universidad Nacional, y bellas artes en la Universidad de los Andes. Su madre, que la llevaba por los pueblos de Santander, la hacía caer en cuenta del 'mal gusto' de lo popular: esos colores estrambóticos en paredes y tejidos, esos vestidos con lazos de seda de las niñas de pueblo. Pero ella, en vez de escandalizarse como pretendía su madre, comenzó a gustarle todo aquello y se alejó del formalismo y la elegancia de sus primeras obras. Su búsqueda la llevó, por un lado, a reinterpretar las obras del arte universal en el contexto de un país periférico que las recibe de tercera mano. Por el otro, a buscar material en las crónicas rojas de los diarios y así, en 1965, encontró la historia de una pareja de enamorados que se suicidaron en el embalse del Sisga. En ese momento, dice ella encontró su vía. Sin embargo, algo le fallaba: los materiales. El óleo y el lienzo eran demasiado finos. Comenzó a explorar materiales impensados en las academias de arte, como superficies de metal y esmaltes sintéticos; en objetos metálicos que conseguía en bazares populares, como camas de metal, mesas de noche, bandejas y platones donde realizó versiones de Vermeer, Manet, Da Vinci; pintó papas, héroes de la historia patria y de la Biblia, y del metal pasó a soportes tan insólitos como plástico verde para invernadero, toallas, cortinas para baño, lona costeña, acabados de cielorraso.... Fue una labor titánica, pues aprender a trabajar estas técnicas le exigía un gran esfuerzo y, una vez dominado, se aburría y buscaba un soporte nuevo y volvía a empezar casi de cero. Su último mueble data de 1981, un televisor al que le pintó en la pantalla la cara de Turbay. Fue precisamente durante el gobierno de Turbay que Beatriz González se acercó a las imágenes de los políticos, que comenzó a plasmar no sólo en algunos de los materiales antes descritos, sino también en soportes gráficos comerciales como los carteles callejeros, que les daban una connotación perturbadora a las anodinas fotos sociales de personajes que publicaba la prensa. Pero Beatriz González no sólo se ha dedicado a pintar. En 1975 pudo aproximarse a fondo al Museo Nacional (del cual fue curadora de las colecciones de arte e historia entre 1989 y 2004) y esto le despertó una nueva pasión: la investigación histórica, la escritura y, con el paso de los años, se convirtió en una experta en el siglo XIX. No es fácil encontrar en Colombia una mente tan lúcida como la de Beatriz González. A esto se suma su constante interés por investigar y evolucionar, su gran capacidad para combinar humor y rigor, su pasión por lo universal y lo local y, sobre todo, su talento excepcional para reinterpretar el arte, la historia, el periodismo y la política. Tantos artistas y proyectos que triunfan hoy con sus exaltaciones de lo popular tienen una inmensa deuda de gratitud con Beatriz González, quien alguna vez se definió, a mucho orgullo y mucho honor, como "una artista de provincias". *Editor de Cultura de Revista SEMANA

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