Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/09/17 00:00

Bogotá está de moda

La ciudad se ha convertido en una de las más agradables de América Latina, a pesar de las dificultades que vive el país.

Bogotá está de moda

Es la misma ciudad, no hay duda: trancones, barrios de invasión, atracos y paseos millonarios, mendigos en los semáforos, colas interminables en las filas de reclamos de las empresas públicas. Pero también es otra: Parque Simón Bolívar, Festival de Verano, Maloka, bibliotecas públicas, Transmilenio, la actividad cultural en espacios abiertos y cerrados durante el mes de cumpleaños de la ciudad, Bogotá Fashion, ciclorrutas, Expoartesanías, esculturas en los parques y plazas, Pico y placa, iluminaciones navideñas, Festival Iberoamericano de Teatro, hora zanahoria, no pólvora, Rock al Parque…

En los últimos cinco años Bogotá comenzó a adquirir una nueva cara que cada vez más y más los siete millones de habitantes de la ciudad empiezan a disfrutar o apreciar. También ha hecho que en Colombia y América Latina la miren con respeto y la consideren todo un fenómeno, más si se tiene en cuenta que el país atraviesa por una de sus peores crisis económicas en los últimos 100 años.

Aun a ciudades como Cali y Medellín, a las que los bogotanos miraban con admiración y cierta envidia por su civismo e infraestructura, Bogotá puede ahora enseñarles un par de cosas. Es más, la ciudad se ha convertido en un polo turístico para el resto del país. Subir a Monserrate, recorrer el Museo del Oro, comprar esmeraldas, comerse un ajiaco en Casavieja y visitar la Catedral de Sal de la vecina Zipaquirá han dejado de ser sus únicos atractivos. A éstos hay que sumarles ahora, además de Maloka y la oferta de sus renovados museos y sus festivales temáticos, una visita a sus nuevos parques, caminar por los andenes y alamedas, pasear por alguna ciclorruta y, claro está, montar en Transmilenio. De noche hay rumba de todos los estilos y gastronomía de los cinco continentes. Incluso en 2001 se presentaron en Bogotá varios de los mejores DJ de Europa y Estados Unidos. Por toda esta revolución, que no solamente ha transformado el modo de vida de sus habitantes sino la cara misma de la capital colombiana, no hay duda: Bogotá está de moda.

De la ciclovia a Transmilenio

Todo comenzó en los años 80, de manera muy sutil, cuando alguien descubrió (o decidió) que Bogotá ya no era la ciudad lluviosa, triste, fría y gris que describiera García Márquez en sus años de estudiante. El clima de la ciudad, en parte gracias al crecimiento desmedido de su área pavimentada en las últimas tres décadas, cambió. Los fuertes inviernos propios de abril, octubre y noviembre dejaron de ser tan severos, los días de sol y las altas temperaturas al comienzo de la tarde se volvieron más y más frecuentes. La ciudad de los años 40 le daba paso a una metrópoli que comenzaba a llenarse de colores, no sólo en la vestimenta de la gente sino, también hay que decirlo, en la arquitectura ostentosa y estrafalaria que propició el auge del narcotráfico. La austera arquitectura moderna de ladrillo o pañete propia de las tres décadas anteriores comenzó a convivir con un posmodernismo que lo permitía todo, desde imitaciones de columnas griegas, pastiches coloniales y reminiscencias de la arquitectura francesa del siglo XIX hasta las estructuras tecno y los ventanales azules, verdes, rojos y rosados de toda suerte de centros empresariales y de profesionales, minicentros comerciales que se construían para lavar dineros ilícitos, templos hare krishna, indios amazónicos…

En aquellos años, pero sobre todo en los 90, Bogotá comenzó a reconocerse a sí misma como una ciudad multicultural y a aceptarlo. Aquella vieja rencilla entre la gente bien de Bogotá y los advenedizos llegados de las provincias (“gente de tierra caliente”) se convirtió en un tema obsoleto. Ritmos tropicales (para bien y para mal) se apoderaron de la radio y, a través de ella, de los buses y busetas. El vallenato, la salsa y el merengue y todas sus variables se convirtieron en parte fundamental de la atmósfera sonora de la ciudad.

Otro reflejo de este cambio fue la aparición, consolidación y reconocimiento por medio de la prensa, la radio y la televisión de diversas tribus urbanas que giran en torno a la música y el fútbol, principalmente. Los metaleros de Ciudad Berna, los punketos que se dan cita en la calle 19 para intercambiar música, los raperos de Las Cruces, las comunidades de afrodescendientes que viven en localidades como Suba y Ciudad Kennedy, las diversas barras de seguidores de Millonarios, Santa Fe, Nacional y América… Las llamadas culturas alternativas adquirieron su espacio primero en periódicos como La Prensa, en los programas de televisión de Colcultura y la Universidad Nacional, en las emisoras universitarias y luego en medios más masivos.

De alguna manera el triunfo de Aterciopelados es prueba de esa evolución pues ellos se dieron a conocer en bares alternativos como Barbarie y Barbie y, a medida que lo alternativo ganaba espacio en medios más masivos, lograron un reconocimiento no sólo en Colombia sino en América Latina, Estados Unidos y España.

En esta tarea de redescubrimiento de esa Bogotá invisible que jamás tenía cabida en las páginas de sociedad y vida cotidiana de los medios han cumplido un papel muy importante los canales de televisión Canal Capital y City TV, que en los últimos tres años le han dado gran énfasis a mostrar la vida y costumbres de los bogotanos anónimos, a resaltar valores desconocidos de todas las localidades de la ciudad y también para denunciar atropellos a ciudadanos comunes, que por lo general no tienen cabida en los grandes medios masivos. A la vez estos canales se han convertido en instrumentos directos de diálogo entre los ciudadanos y los funcionarios públicos.

Otra circunstancia que ha obligado a los bogotanos a mirar su ciudad es la inseguridad que se vive, en especial desde 1998, en la mayor parte de las carreteras colombianas. El miedo a las ‘pescas milagrosas’ y los atracos de flotas han obligado a los capitalinos a cambiar sus salidas de fin de semana a otros lugares del país y distraerse en los parques y otros atractivos de la ciudad.

La conquista del espacio

Cuando en diciembre de 1982 los ciclistas, patinadores y caminantes comenzaron a utilizar, primero como novedad y luego de manera masiva, las ciclovías de los domingos arrancó, sin que casi nadie se diera cuenta, la reconquista del espacio público en Bogotá. De 7 de la mañana a 3 de la tarde varias de las más importantes vías arterias de la ciudad se convierten en verdaderos parques lineales y lugar de encuentro de deportistas y amigos. Las ciclovías, que el año entrante cumplen 20 años de exitosa existencia, no sólo han ampliado su red y cubren toda la ciudad sino que también ofrecen actividades complementarias, como las sesiones de aeróbicos en diversos puntos estratégicos de su recorrido.

Los eventos deportivos igualmente han ayudado a sacar a los bogotanos a las calles, en especial el Maratón Ciudad de Bogotá, que desde 1983 se disputa cada año, y las competencias ciclísticas en las calles de la ciudad. Durante el auge del ciclismo colombiano de los años 80 la llegada de la Vuelta a Colombia o del Clásico RCN convocaba a miles de habitantes.

A finales de los 80 también apareció la moda del rock en español, que se vino a sumar a un creciente auge de la salsa, el son y el merengue y que convirtió las discotecas de la vía que conduce a La Calera en verdaderos centros de peregrinación. Gracias a Los Prisioneros y los Toreros Muertos, Pasaporte y Compañía Ilimitada los más jóvenes comenzaron a participar de manera más activa en la rumba de la ciudad.

Pero Bogotá era, salvo en los domingos y festivos de ciclovía, una ciudad encerrada, que giraba alrededor de los centros comerciales, los conjuntos cerrados, las discotecas, los lugares de diversión y los grandes parques mientras que sus antiguas vías y plazas tradicionales, como las de Las Nieves, Lourdes y Santander, y las carreras séptima, 13 y 15 continuaban en franco deterioro, y en diversos puntos estaban en manos de atracadores, prostitutas y traficantes de droga. Entre semana el espacio público seguía siendo un territorio de nadie. La gente salía de sus casas al trabajo o al lugar de diversión y regresaba a su encierro. Un encierro que, además, se agudizó en 1989 a raíz del narcoterrorismo que durante casi un año enclaustró a los bogotanos en sus casas y, de paso, afectó de manera muy grande la vida nocturna de la ciudad.

El revolcon

A comienzos de los 90 empezaron a verse los primeros cambios significativos, en gran parte gracias al Festival Iberoamericano de Teatro, que convertía durante un par de semanas las calles y parques de la ciudad en lugares de encuentro para la cultura. El desfile de apertura a lo largo de la carrera séptima y el evento de clausura en la Plaza de Bolívar les permitieron a los bogotanos mirar su ciudad con ojos diferentes, a valorar su arquitectura y reconocer que, a pesar de sus graves defectos (que también los tienen ciudades tan atractivas como París, Buenos Aires, Amsterdam, Londres o Nueva York), Bogotá es una ciudad con lugares muy hermosos y que no necesariamente son los barrios de los ricos.

La semilla estaba sembrada. Así, cuando llegaron ‘Rock al Parque’ y luego otros eventos similares (‘Jazz al Parque’, ‘Rap al Parque’, ‘Ballet al Parque’, ‘Opera al Parque’) los bogotanos ya estaban familiarizados con esta nueva manera de aprovechar los espacios públicos de la ciudad. Ya no eran un territorio de nadie, hostil, que sólo se utilizaba para ir de la casa al trabajo lo más rápidamente posible. Comenzaban a formar parte de sus vidas. Bogotá empezaba a generarles, tanto a cachacos como a inmigrantes e hijos de inmigrantes, un sentido de pertenencia que se había perdido en tiempos del 9 de abril.

Pero la verdadera revolución comenzó con el programa de Cultura Ciudadana, que desarrolló el equipo de gobierno de Antanas Mockus en su primera administración. Con mimos y tarjetas como las que utilizan los árbitros de fútbol el Alcalde logró algo que parecía imposible: apaciguar y hasta cierto punto civilizar a los conductores y peatones de la ciudad. Los mimos, ubicados en ciertos cruces estratégicos del centro, les enseñaron a los conductores a respetar las cebras y a los peatones

El impacto de esta campaña fue inmediato. Aun en sitios a varios kilómetros de distancia del centro, donde jamás se vio un mimo, el comportamiento de los conductores cambió de manera radical. A pesar de que en la administración de Peñalosa se suspendieron estos programas, el mensaje que dejaron Mockus y Bromberg aún sigue calando en el espíritu de los bogotanos.

Mockus también tomó dos medidas que cambiaron de manera profunda las costumbres de los bogotanos. Intempestivamente, y sin advertirles a los polvoreros, prohibió la venta y el uso de fuegos artificiales en la ciudad para evitar niños quemados. Pero la más controvertida fue adoptar lo que él llamó la hora zanahoria, que obligaba a los locales públicos a cerrar sus puertas a la una de la mañana. De manera paralela se desarrolló una campaña de rumba sana, sin alcohol, que también permitió adelantar la idea del conductor elegido, para que los rumberos no salieran de los bares y discotecas a manejar embriagados.

A pesar de las protestas de los dueños de los locales el número de muertos en las noches bajó de manera notable. En 1996 la tasa de muertes violentas por cada 100.000 habitantes era de 22,26 personas. En 2000 esta cifra se redujo a 12,78. Las muertes en accidentes de tráfico bajó de 1.387 anuales en 1995 a 821 en 2000 y puso a Bogotá por debajo de otras ciudades de Colombia y América Latina.

Esta medida generó una subcultura inesperada, la de los after-parties, y también impulsó la creación de bares y discotecas en municipios vecinos donde no aplican estas medidas.

No obstante faltaba pasar de la teoría y la pedagogía a la práctica. Y ese paso se dio durante la administración de Enrique Peñalosa quien, con una actitud que muchos llegaron a tildar de faraónica, inició la construcción de obras monumentales que le han cambiado la cara a la capital de la República.

Una de sus primeras obras, que de paso generó una gran polémica, fue la instalación de los famosos bolardos para evitar que los carros siguieran adueñándose de los andenes. Pasadas las peleas jurídicas y los líos por supuestos despilfarros en unos artefactos de cemento que no se contaban entre las prioridades de la ciudad, el Distrito emprendió la construcción de andenes altos en lugar de los bolardos. Poco a poco el transeúnte bogotano se dio cuenta de que ya no tenía que compartir el andén con los vehículos y que caminar sin obstáculos por la ciudad era un derecho al que ya no pensaba renunciar. La revolución de Peñalosa empezó a calar entre los habitantes y se entendió que Bogotá estaba para grandes cosas.

Así llegaron una gran cantidad de colegios públicos en barrios deprimidos diseñados por grandes arquitectos y administrados por colegios de estrato 6; gigantescas bibliotecas públicas que benefician a tres millones de bogotanos de estratos medio y bajo, una red proyectada de más de 300 kilómetros de ciclorrutas, andenes y alamedas; recuperación de parques y espacio público mediante un polémico programa de sustitución de árboles y la arborización de zonas donde nunca antes se habían adelantado campañas serias de este tipo.

El Pico y placa y el experimento del día del no carro les han permitido vislumbrar a los capitalinos un futuro en el que el principal protagonista de la ciudad no sea el conductor de vehículos privados sino el peatón, el ciclista y el usuario de un sistema de transporte masivo organizado y puesto al servicio de la gente y no de los dueños de los buses y sus padrinos políticos.

A la administración de Peñalosa se le criticó porque en vez de gastar plata en hospitales y seguridad le dio prioridad a estas obras. Sin embargo la práctica ha demostrado que la recuperación del espacio público se traduce en un mejoramiento en la calidad de vida de la gente y, a mediano plazo, en la disminución de la delincuencia y la inseguridad. Una vez que los ciudadanos recuperan sus parques y calles para caminarlos y disfrutarlos al crimen organizado le queda más difícil adueñarse de estos espacios, como ha venido ocurriendo en el último medio siglo de la historia de la ciudad.

Pero, sin lugar a dudas, la joya de la corona de la nueva Bogotá es Transmilenio, un sistema de transporte masivo que marca un antes y un después en la historia de la capital. Aunque la actual red disponible está lejos de cubrir las necesidades básicas de la ciudad, el cambio que les ha significado a quienes se desplazan por la calle 80, la Avenida Caracas y la Autopista Norte es evidente.

A esto debe agregarse el aporte, no tan visible para los medios de comunicación pero igual de trascendental, adelantado en los últimos cinco años en barrios periféricos con el apoyo de entidades como Acción Comunal Distrital y la Secretaría de Salud. Los programas de desmarginalización de barrios no sólo los ha dotado de servicios básicos sino que también les ha mejorado la calidad de su espacio público. Antiguas trochas empinadas hoy día son escaleras de ladrillo, las que antes eran calles de barro intransitables en épocas de lluvia hoy día son calles adoquinadas. Y a estas obras siguen iniciativas privadas por mejorar los barrios: vivos colores alegran las fachadas de las casas.

En Navidad se hace más evidente el renacimiento de la nueva ciudad. Las iluminaciones atraen a cientos de miles de bogotanos y visitantes, quienes se someten a trancones de varias horas para admirar los adornos luminosos de las principales calles.

Algunas cifras reveladas por una encuesta que realizó Napoleón Franco para el proyecto de evaluación ‘Bogotá cómo vamos’ muestran que los ciudadanos, a pesar de las dificultades económicas y la incertidumbre que genera el panorama político actual del país, opinan que su calidad de vida ha mejorado en diversos frentes. Por ejemplo, el 76 por ciento de los bogotanos considera que se ha acrecentado su acceso a la cultura, la recreación y el deporte. Un 72 por ciento siente que el transporte público ha mejorado. El 63 por ciento considera que la ciudad es más segura que antes. Incluso, en un tema tan álgido como el del empleo, el 51 por ciento cree que las cosas han mejorado en ese aspecto. El 24 por ciento de los bogotanos consideran que los servicios de salud son muy buenos, el 45 por ciento piensa que son buenos, el 22 por ciento los encuentra regulares y sólo un 9 por ciento que son malos o muy malos.

No es fácil cambiar de la noche a la mañana una ciudad que en los últimos 10 años ha duplicado su población y que arrastra consigo los errores y la imprevisión de planificadores de las últimas cinco décadas, quienes no advirtieron (ni tenían herramientas para hacerlo) que la aldea tranquila de 200.000 habitantes de los años 40 iba a convertirse en la megápolis tercermundista de nuestros días. Pero Bogotá ya comenzó a dar el primer gran paso. De la renegadera y la resignación propias de las tres décadas anteriores se ha pasado a una nueva etapa de renacimiento de la ciudad, del sentido de pertenencia y de la democratización a través de la recuperación del espacio público y la mejora en los servicios de transporte masivo, educación, salud y seguridad.

Hace 15 años se decía: “Bogotá es el suburbio de una ciudad que no existe”. Hoy día, y de seguir las cosas por este rumbo, ese aforismo dejará de ser el mejor retrato de la Bogotá caótica y despersonalizada de los años 70 y 80 y se convertirá en un buen chiste cachaco del pasado. De un pasado que, parece, por fin comienza a quedar atrás.

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