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| 12/21/2003 12:00:00 AM

Bogotá gira a la izquierda

Al darle la victoria a Lucho Garzón, los bogotanos dejaron claro que quieren una batalla más decidida contra la pobreza, lo que exigirá avanzar en la cultura política y en la descentralización.

Probablemente desde que el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán estuvo en la Alcaldía de Bogotá en 1936 no se había generado tanta expectativa con la llegada de una persona al Palacio de Liévano como con Luis Eduardo Garzón. Por eso los análisis deben ir más allá y determinar, por un lado, los mensajes que los bogotanos le enviaron a la administración distrital y al gobierno central, y, por el otro, los retos que debe afrontar el nuevo alcalde a partir del primero de enero.

Que una ciudad tradicionalmente liberal haya elegido a un sindicalista, militante de la izquierda, proveniente de una familia humilde, sin duda fue una de las noticias del año. Sin embargo en el fondo hay poco de novedad si se piensa que desde hace 10 años los capitalinos han escogido a mandatarios independientes.

De entrada es importante rescatar que la ciudad reafirmó su autonomía en materia electoral, al votar casi en contra de la corriente de lo nacional. En las administraciones Mockus-Peñalosa-Mockus los electores se han vuelto aparentemente más independientes, sofisticados, exigentes y atentos para comprender las propuestas de los candidatos. Frente a una propuesta que buscaba repetir en la Bogotá la política de seguridad democrática del presidente Alvaro Uribe, entre otros planteamientos, los bogotanos decidieron mantener la línea de Mockus, que Lucho también abanderó, como la de tratar de mantener a la ciudad en un esquema diferente de confrontación del conflicto.

Uno de los hechos notorios con la elección de Garzón es que, desde el Frente Nacional, se le da por primera vez la posibilidad de que un hombre de izquierda llegue a un importante cargo de poder sin el uso de las armas ni de un proceso de paz que finalizara con pactos políticos. Con esa escogencia la ciudad le envió un mensaje claro al gobierno, según el analista político y cercano colaborador de Garzón, Daniel García-Peña, de mantener las hasta ahora efectivas políticas para enfrentar la criminalidad y la guerra en la ciudad.

Otros mensajes

De igual manera la ciudad decidió escoger un cambio en su dirección. Tras casi una década de transformaciones los bogotanos quieren un mayor esfuerzo en lo social, tema que sin duda se ha visto afectado en los últimos años. La reciente encuesta de calidad de vida realizada por el Dane y Planeación Distrital entre 24.090 hogares bogotanos muestra que el 46,6 por ciento se considera pobre, el 57,4 por ciento considera que los ingresos familiares sólo cubren gastos mínimos y otro 30,3 por ciento reconoce que no alcanzan a cubrir gastos mínimos. Y un dato preocupante: el 8,6 por ciento reconoció que algún miembro de la familia no consumió ninguna comida uno o más días de la semana.

Claro que los encuestados también reconocen que la red de protección social que la ciudad ha desplegado en los estratos más vulnerables, como educación, salud, complemento nutricional y servicios públicos, han ayudado a mitigar el impacto de la crisis económica de los años anteriores.

Por eso el mensaje de Garzón de construir una ciudad más social y justa caló, pero aún es difícil determinar el significado del efectista eslogan del "Día sin hambre" y otras frases similares en el rumbo de la ciudad. Elementos como la administración de la ciudad, eficiencia financiera y fiscal, movilidad y desarrollo urbanos, entre otros, es probable que no tengan mayores cambios, pues muchos ya están definidos o hacen parte de la agenda internacional de cualquier ciudad. De ahí que es en el campo político y social donde se podrían esperar mayores cambios y desafíos.

Garzón fue electo por promover la gran bandera de lo social y ahora su administración lo debe demostrar. Tanto Mockus como Garzón han dicho sus verdades. La actual administración ha invertido más del 65 por ciento del presupuesto en inversión social, pero aun así, como lo dice Lucho, aun hay grandes injusticias, problemas de nutrición y falta de cobertura en educación y salud.

La pregunta es si un programa tan ambicioso como la supresión del hambre -concepto aun vago y que debe ser definido como política- puede ser financiado con más recursos de los que la ciudad ya destina para lo social y si el Departamento Administrativo de Bienestar Social (Dabs), que se ha caracterizado por un generoso asistencialismo, está en capacidad de liderar esa política.

Para miembros del equipo de Garzón el asistencialismo debe llegar a sus justas proporciones, con una primera etapa similar a lo que ocurre cuando hay un terremoto: dar comida y atención de urgencia, y después ayudar a construir proyectos de vida.

Para algunos expertos la ciudad requiere un urgente rediseño del Dabs y de ciertos programas sociales, algunos de los cuales se han hecho con éxito en salud y educación, para lograr una mayor eficiencia e impacto, pero un cambio de rumbo tomaría uno o dos años. Esto, unido a la poca disponibilidad de recursos que tendrá en los primeros seis meses de gobierno, ponen a Garzón y al Polo Democrático en una situación difícil, frente a la necesidad de mostrar prontos resultados.

La política

El otro factor determinante va a ser la política. Ya preocupa el carácter cerrado que ha acompañado el empalme de la administración saliente y el nuevo equipo. Esto puede ser sintomático de la concepción de lo público que tiene el nuevo alcalde, quien, en la campaña al ser preguntado por los acuerdos concertados con la dirección del Partido Liberal afirmó que no los divulgaba porque se trataba de acuerdos privados. Así las cosas, frente a la búsqueda de una gobernabilidad, Lucho puede ir hacia un reversazo político al otorgarle un mayor poder de las corporaciones, sin avanzar en cultura política.

En pocas semanas el nuevo alcalde tendrá varias pruebas de fuego que medirán lo que piensa hacer con la ciudad: el espacio público y la Empresa de Acueducto. En este momento la convención colectiva del acueducto está demandada por la misma gerencia, pero será a Garzón a quien le toque rebajar los generosos privilegios que tienen los empleados. Si no lo hace, las coberturas del servicio, en su gran mayoría de personas pobres, y las metas de reducción de tarifas no se podrán dar, pero si lo hace, quedará enfrentado a sus antiguos compañeros. En ese momento se sabrá para quién gobierna el nuevo alcalde.

La reciente encuesta de Cultura Ciudadana que realizó el Idct permite observar que el modelo de democracia que se ha construido en Bogotá aún es endeble y poco participativo en la toma de decisiones. De la primera administración de Mockus a la segunda, es decir, en los últimos nueve años, el desarrollo de la cultura política ha sido escaso. Aunque le va mejor que al Concejo, más de la mitad de la población confía poco o desconfía de la Alcaldía y cree que ésta representa a los poderosos. Esto denota que las recientes administraciones no han logrado devolver del todo la confianza hacia las instituciones.

En esto Bogotá se parece al contexto nacional: la falta de descentralización del poder. Pocas ciudades en el mundo se administran como se maneja Bogotá, donde el alcalde mayor decide hasta el color de las bancas de los parques de toda la ciudad y las especies de árboles por sembrar en los espacios públicos. Garzón, como candidato propuso profundizar en la descentralización política y darles más autonomía y recursos a las Juntas Administradoras locales (JAL). El desafío que surge en este tema es el de hasta dónde se va a llegar y su relación con los espacios de representación política, es decir, las JAL y Concejo.

En un escenario de precariedades democráticas la pregunta es si Garzón representa la solución a estos problemas, y hasta dónde quiere llegar en estas soluciones. De nuevo la inquietud aparece por el lado de las imposibilidades de Bogotá de escaparse a la crisis política nacional. Es probable que pese mucho el hecho de que el segundo cargo de la Nación se ejerza sin apoyo de un partido, como ha venido sucediendo en la última década, y que para conseguir la esquiva gobernabilidad el próximo gobierno ceda a los intereses corporativos.

Lucho ganó pero la verdadera victoria se dará si su administración y el Polo Democrático se convierten no sólo en una alternativa de oposición sino finalmente en una opción real y exitosa de gobierno. Contrario a Mockus, la ciudad no le dio un cheque en blanco a Garzón y su idea de hacer una ciudad más humana deberá convencer a los casi siete millones de bogotanos, que en su gran mayoría se sienten satisfechos con lo mucho logrado en los últimos 10 años.

*Periodista de SEMANA
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