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| 12/2/2006 12:00:00 AM

Bogotá, con ojos de turista

Para nadie es un secreto que la ciudad se convirtió en un lugar turístico excepcional. Enrique Patiño, editor de la revista 'Plan B', explica a través de esta historia el porqué.

En su luna de miel, Norberto Méndez decidió ir con Alejandra Mendoza a visitar el legado morisco de Andalucía, en España, pasó por Barcelona, se tomó fotos bajo la sombra de la catedral inconclusa de la Sagrada Familia y remató con la marcha madrileña. Un año después, con el bolsillo más apretado, este par de venezolanos aprovechó un tiquete gratis y pasó sus vacaciones en Buenos Aires. En el tercer año, vio el mapamundi y la tuvo clara: Bogotá.

Sus razones eran contundentes: de Caracas a Colombia el tiquete salía más económico que viajar a los Tepuyes, en el sureste de su país; la ciudad había sido el epicentro de la gesta del Libertador Simón Bolívar y tenía ese atractivo extraño de una ciudad cosmopolita y andina, enclavada entre montañas, con gente que se vestía para el frío, soportaba aguaceros constantes y que aun así parecía sobrevivir. Toda una rareza para esta pareja de esposos que vivía en el calor y que se había criado con telenovelas venezolanas y ahora veía en las noches a las actrices nuestras diciendo palabras nuevas para ellos como "culigadado" o expresiones recursivas como "usted dirá, sumercé".

Semejante destino los motivó a invertir el dinero anual de sus vacaciones para embarcarse en una semana frenética de chivas nocturnas con música a bordo, ascenso oficial a Monserrate, foto en el Museo del Oro y en el Museo Botero, paseo a Sanandresito para regatear los regalos de Navidad y a centros comerciales en busca de ropa interior, una noche en la Zona Rosa, visita a Guatavita para rastrear el pasado de la leyenda de Eldorado y el acontecimiento de comer una oblea con arequipe, mora y queso, y un perro caliente con piña y huevo de codorniz.

No son los únicos que por estos días sienten el impulso de sentir la vibración de la capital, aunque caminen con abrigos de invierno nórdico por la novedad del frío. En su viaje se encontraron con tres parejas venezolanas más. Según los operadores turísticos de Caracas, personas de perfil socioeconómico medio, entre 20 y 30 años, viajan a Bogotá los fines de semana porque los niveles de seguridad son más altos que los de la capital venezolana y hay más ofertas para comprar ropa, comer y bailar. En promedio, un turista deja 2.000 dólares a la ciudad, a menos que aprenda a regatear a la bogotana.

Sin que se pudiera presagiar, la capital pasó de ser la cenicienta del paseo -siempre a la zaga de Cartagena y Santa Marta, destino de llegada y partida inmediata para Villa de Leyva o Medellín-, a convertirse en un destino central por sí sola, donde los turistas de otros países sienten que pueden encontrar cosas pintorescas como el caos de las busetas y el sabor de un ajiaco. De la Atenas Suramericana de 1938, cuando 330.000 personas habitaban la ciudad, ya no le quedan rastros de títulos prestados y por fin está consolidando un nombre, aunque no esté exenta de las plagas de una sociedad en vías de desarrollo, con siete millones de personas apretujadas y las diferencias sociales aún vigentes.

Lo cierto es que ya es un destino. Y que el 38 por ciento de los extranjeros proviene de Venezuela y Estados Unidos, muchos de ellos movidos por temas ajenos a la ciudad, pero que terminan motivándolos a volver. Martín Carrillo, cirujano estético, aseguraba hace poco que buena parte de su clientela proviene de países como Brasil. El cirujano plástico Iván Santos también hacía referencia a que la clientela de las cirugías estéticas se nutre de turistas insatisfechos en busca de un cambio físico, quienes toman planes que incluyen hotel, transporte, operación y paseo, por precios cinco veces menores que en Estados Unidos. De hecho, 30.000 personas vinieron a alterar su cuerpo en 2005. La única pena para ellos es que se pierden el gusto de ensayar el chicharrón en una picada dominguera.

Pero no sólo los de afuera disfrutan la ciudad. Según un análisis de comportamiento de la demanda del turismo nacional, presentado ante la Aeronáutica Civil, el 14 por ciento de los viajeros nacionales elige Bogotá como destino. El 60 por ciento lo hace por diversión pura y el 36 por ciento viaja a la capital en diciembre, cuando los bogotanos desocupan la ciudad. Paisas y vallunos son los que más la visitan. Y eso que el caudal de visitantes apenas comienza.

Este año, la revista Lonely Planet, que edita alrededor de 600 guías de viaje en el mundo, decidió incluir a Colombia como el noveno destino turístico de 2006, y habló maravillas de Bogotá al referirla como una ciudad llena de museos y de restaurantes.

Pero más que las cifras y los títulos, a un destino lo definen sus visitantes. En Lonely Planet los comentarios con los que calibran a la ciudad son de este tipo: "Bogotá es la quintaesencia de todo lo colombiano: una ciudad de arquitectura futurista... espléndidas iglesias coloniales y museos brillantes. Pero también de limosneros, traficantes de drogas y trancones". O esta: "Eldorado. Sí, como la leyenda. Pero créanme, el aeropuerto El Dorado no es legendario. ¿Por qué, Dios, estoy haciendo una fila que no avanza hacia ninguna parte? ¿Cómo así que estoy en la fila equivocada?". O una más, que define la ciudad con el susto de quien no sabe afrontar sus calles: "Como un insecticida para los mosquitos son los carros para los peatones en Bogotá. Ese es el verdadero peligro. Olvídense de la guerrilla". El remate: "Los andenes son peligrosos para la salud. Mire hacia abajo todo el tiempo o correrá el riesgo de caer en agujeros, chocarse contra el concreto o pisar caca de perro". La lista sigue, así como los desencantos y los amores sin tregua.

Lo cierto es que eso y más resulta encantador para un turista avezado: comer mango verde en vaso plástico o una ensalada de frutas con queso (rareza nacional); desayunar papa rellena; caminar por San Victorino o negociar esmeraldas en la Jiménez; subirse en un taxi y calcular las tarifas a partir de números sin sentido aparente; enumerar los relojes estacionados que nunca dan la hora; tratar de entender nuestro conflicto desde la óptica de la gente común; aventurarse a subir en una buseta y vencer el estigma de sacar la mano para pararla donde quiera y a la velocidad que venga; memorizar los nombres aledaños a Bogotá como Fusagasugá, Chocontá, Gachancipá o Facatativá; mirar un espectáculo de tragafuegos en un semáforo o descubrir que en el desorden cotidiano, en la necesidad de muchos y en la tranquilidad de unos pocos, y en todos los contrastes de esta metrópoli, están los gérmenes de un turismo con identidad y pleno de matices para nacionales y foráneos. Bogotá está llegando a su destino: ser un destino.
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