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| 8/23/1982 12:00:00 AM

CAMACHO, LANDAZABAL ¿CUAL ES EL CAMBIO?

En el mundo militar termina un reino y empieza otro. Dos Ministros de Defensa, dos personalidados, dos estilos. Un interrogante: ¿se propone el nuevo hombre fuerte del Ejército ganar la paz... o ganar la guerra?

Termina un reino y empieza otro. El 7 de agosto, en el mundo militar, tan hermético para los civiles, concluye el reino controvertido del más prusiano de nuestros Generales, Luis Carlos Camacho Leyva, y empieza, según todos los indicios, el de Fernando Landazábal Reyes.
Pese a todas las ampollas que sus siempre desconcertantes editoriales en la Revista del ejército han levantado, pese a todo lo que sobre él se ha dicho, el país no lo conoce. El general Landazábal es hasta ahora un enigma. Así como su antecesor, General Camacho Leyva, había definido de antemano su perfil de hombre robusto y autoritario, sin medias tintas, habituado a sorprender por la rudeza de sus conceptos, el futuro Ministro de la Defensa suscita a la vez, tal es la ambiguedad que lo rodea, esperanzas e inquietudes.
Su misma figura sin rasgos acusados, esquiva para los fotógrafos, distante del desordenado mundo civil y de la frivolidad muy bogotana de recepciones y cocteles, acentúa esta ambiguedad. Se sabe que tiene una excelente hoja de servicios y que sus colegas lo respetan como un hombre estudioso y reflexivo. Un autodidacta, dicen siempre. Pero sus ideas, que expone con frecuencia, no ayudan, la verdad sea dicha, a poner muy en claro las cosas. El desprevenido civil, al encontrarse frente a sus editoriales de largos períodos, de reflexiones prolijamente encadenadas, de divagaciones no estrictamente militares sobre la realidad nacional, tiene la impresión de que hay, tras el uniforme del General de tres soles, un sociólogo en ciernes. Desde luego, se advierte que hay en él una preocupación social pero como pieza de un engranaje estratégico militar frente al problema de la subversión.
LA HUELLA DE UN PANZER
Como sea, su designación, aunque esperada, no deja de representar un relevo importante en el manejo de los altos mandos militares. El país, no sabe aún lo que Landazábal piensa hacer, ni cómo lo va a hacer, pero sí lo que queda atrás. Cada Ministro de Defensa ha dejado la huella de su propio carácter. Al lado del General discreto Abrahán Barón Valencia, que no hizo nunca alardes de autoritarismo castrense, el General Camacho Leyva, su sucesor, dejó a lo largo de su beligerante cuatrienio la huella de un Panzer. El país comprendió, un mes después de iniciado el actual gobierno, que el drástico Estatuto de Seguridad era como un traje de férreas disposiciones cortado a su medida. Desde luego, muy poco saben que nuestra legislación contemplaba ya normas coactivas de iguales efectos para combatir delitos como atentados, secuestros y extorsión, pero el paquete, destinado a lograr un efecto sicológico de choque sobre amplias zonas de la opinión traumatizadas por la inseguridad, tuvo efectos quizás imprevisibles. Apoyándose en este instrumento legal y en la rudeza verbal de un ministro que parecía invitar sin demasiadas trabas a hacer uso de él, oficiales de menor rango desencadenaron operativos de gran envergadura, sin excesivos miramientos, en los que en busca de un presunto terrorista, centenares de personas sin implicación con hechos subversivos eran sacadas de su cama al amanecer y llevadas a los cuarteles del Norte de Bogotá.
Quizás buena parte del país ha olvidado los hechos que motivaron aquellos despliegues de fuerza: el robo de las armas del Cantón norte, la toma de la Embajada Dominicana, el asesinato del ex-ministro Pardo Buelvas, el sinnúmero de bombas y atentados, los secuestros de aviones y el desembarco de armas, el recrudecimiento de las acciones guerrilleras en el Chocó, el Putumayo y el Caquetá, es decir todas las acciones realizadas en los últimos cuatro años por el M-19 y las endémicas acciones de otros grupos como las FARC, que configuraban en conjunto una situación virtual de guerra. Pero en cambio, el país sí recuerda al ya anciano poeta Luis Vidales con los ojos vendados en los cuarteles de Usaquén, la casa muchas veces revuelta del profesor Abadía, Feliza Bursztyn y García Márquez refugiados en la Embajada de México y el explosivo informe de una entidad como Amnistía Internacional, que en todas partes es oída con respeto, denunciando vejaciones y torturas.
Desde luego, cuando indiscretos periodistas le recuerdan estos hechos, el general Camacho Leyva, que es un hombre inteligente y con la formación jurídica que le dejaron sus años de universidad, tiene siempre una respuesta a mano. No ha podido establecerse que haya torturas. La comisión de Amnistía Internacional sólo duró vertebrada quince días y quienes redactaron su informe lo hicieron con un partido tomado de antemano. Las medidas asumidas eran proporcionales a las dimensiones de la insurrección. En su concepto, una guerra no se hace con paños tibios.
No es un secreto para nadie, y menos para sus más allegados, que al general Camacho Leyva el levantamiento del estado de sitio le parece una medida de alcance puramente político. No tiene razones para suponer que las causas que hicieron necesario el estado de excepción hayan desaparecido.
Pero este problema ya no es suyo. En estas postrimerías del Gobierno del cual, según se afirma, fue el hombre fuerte, él contempla con tranquilidad un cambio radical de su vida. Reciente abuelo, buen miembro de familia, aficionado al golf y a la buena mesa ahora se alista para un decoroso exilio diplomático, después de 38 años de carrera militar. Sus más empecinados enemigos como el ex-canciller Vásquez Carrizosa lo despiden deseándole días luminosos y felices en la antigua ciudad de los Césares, si es que el gobierno socialista de Pertini concede al "agreement" a un tronante militar que la prensa internacional, cuando se ha ocupado de él, ha descrito como un hombre de mano dura y bota firme.
Se abre ahora, con su retiro toda suerte de expectativas. Después de años de turbulentos problemas de orden público, el país vive en estos días de julio, y muy probablemente en el ventoso agosto, una especie de calma chicha. Inclusive los ocasionales disparos de mortero con que el M-19 recuerda su existencia son vistos como simples fuegos de artificio, golpecitos en el hombro de la opinión pública, que en estos momentos nadie toma en serio.
UN SOCIOLOGO CON KEPIS
¿Realmente algo va a cambiar con Landazábal? Desde luego, la pregunta impone una reserva. Es en primera instancia al presidente Betancur a quien corresponde definir una política frente a los problemas de orden público.No en balde la Constitución le confiere la jerarquía de jefe supremo de las fuerzas armadas.
Y es difícil suponer que un hombre que parece dispuesto a tener en la mano todas las cuerdas del poder, descuide una tan importante como es ésta que con relativa autonomía manejó el general Camacho Leyva.
Betancur en este dominio ha cultivado también una prudente ambiguedad. En el curso de su campaña electoral habló muchas veces de la paz, pero no aventuró propuestas concretas frente a los grupos en armas. Su diagnóstico en este sentido es que las causas del problema subversivo son sociales y económicas. Mientras estos problemas subsistan, la amnistía no pasaba de ser una compresa ante un mal que requería antibióticos de alcance más profundo. Sin embargo, interrogado por SEMANA (No. 1) habló de restablecer la melancólicamente disuelta Comisión de Paz.
No sorprende, entonces, que sea el general Fernando Landazábal Reyes su ministro de Defensa. El General no lo asusta. Inclusive, pese a ser el uno un civil que en sus mocedades estuvo más cerca del seminario que del cuartel, y el otro un militar formado en la más estricta disciplina castrense, los dos hablan un lenguaje en el que florecen en buena compañía similares preocupaciones literarias y sociológicas. Los dos hablan de la paz en términos análogos, como resultante de un desarrollo social y no de una fórmula.
¿La llegada de Landazábal significa un viraje con repecto al manejo de los problemas de orden público realizado por Camacho Leyva? Indagaciones realizadas por SEMANA parecen indicar que las diferencias son de forma y no de fondo. En realidad, pese a tantas especulaciones sobre supuestas tendencias encontradas dentro de la institución armada, el ejército es monolítico. Su estrategia en torno al problema insurreccional reposa en dos principios: seguridad y desarrollo. De nada sirve lo uno sin lo otro.
Para el ejército, la guerrilla en Colombia es ficha importante en un juego de sistemas cuyo tablero es el mundo. Existiría un plan estratégico cuya línea estaría trazada desde Moscú para desestabilizar el mundo capitalista, fomentando movimientos guerrilleros en los países del Tercer Mundo en una concepción de lucha a largo plazo, larvada y constante. Dentro de este plan, Colombia, por su posición geográfica, juega un papel fundamental: sería un enclave capaz de proyectar una influencia decisiva en el área del Caribe, en Venezuela y Centroamérica.
Las secuelas dejadas por la violencia, pero muy especialmente el desigual desarrollo del país, el abandono de las zonas rurales y la pauperización de las clases medias, serían factores internos propicios para que la estrategia conducida desde el exterior tenga efectividad.
Sobre esta base, la estrategia de lucha anti-subversiva, como usualmente se le designa, requiere atender por igual los dos frentes: el militar y el social. El primero combate los efectos; el segundo busca erradicar las causas. A partir de esta certeza común, las diferencias que a veces los civiles parecen percibir entre representantes de los altos mandos militares son apenas de carácter táctico. Mientras Camacho Leyva pone todo el énfasis en el aspecto exclusivamente militar o coercitivo, dejando en manos del poder civil el otro frente, pareciera que Landazábal considera esencial una acción conjunta en los dos frentes, sin inhibirse de señalar, exponer y presionar a la autoridad civil para actuar sobre las causas socio-económicas.

EL M-19, UN BOXEADOR "GROGGY"
Se trata de diferencias adjetivas, pues hay un punto, quizás ignorado por muchos políticos liberales, conservadores y de izquierda cuyas esperanzas de paz giran en torno a la amnistía en que todos los matices del ejército confluyen: hay un estado de guerra que para ellos no admite tregua. Su enemigo de mayor consideración no es, como podría pensarse el M-19, sino las FARC. Para los estrategas del Estado Mayor, el M-19 es un movimiento derrotado. "Algo así --explica un oficial de alta graduación-- como el boxeador que está 'groggy'. Basta un golpe más para que caiga en la lona. Hay que darle el 'knock out' antes de que la campanilla lo salve". Esa campanilla buscada por Bateman, sería la amnistía.
Las FARC, por el contrario, no la desearían. Altos oficiales en ejercicio y en retiro, consultados por SEMANA, coinciden todos en afirmar que este movimiento armado, nacido en la época de la violencia, y con fuerte implantación en las zonas rurales y una táctica muy versátil orientada a una lucha larga y de desgaste, es el que más seriamente pone en peligro la estabilidad del país. Para ellos, es la pieza clave de un engranaje internacional que no se desarma con medidas políticas como la amnistía, sino combinando prácticas de acción armada y de desarrollo social que permitan sustraerle su base campesina. En este orden de cosas, tan importantes como los fusiles serían los puestos de salud, las escuelas, caminos vecinales y cooperativas.
Sobre estas bases, según todos los indicios, parece proyectarse la acción del próximo gobierno. ¿Será posible adelantarla sin estado de sitio y sin las prácticas denunciadas por juristas y entidades internacionales que rodearon la acción del General Camacho Leyva? Esta es una de tantas incógnitas que pesan sobre el inmediato futuro. El punto de intolerancia que cualquier investigador objetivo parece encontrar en los altos mandos militares es el que respecta a una eventual amnistía, así ésta sólo fuera negociada y acogida por el M-19. "Es un comienzo" ha dicho con razón el expresidente Lleras Restrepo. Y saltando sobre las tradicionales divergencias que lo separan de éste, el ex-presidente López Michelsen sostiene un punto de vista análogo, cuando anuncia un proyecto de ley que recogería las propuestas de la Comisión de Paz. Es muy probable que detrás de ellos haya un gran sector de la opinión pública, no exclusivamente liberal. Los chinos, que son los sabios de siempre, recomendaban dejar al enemigo una puerta abierta para que, en dado caso, pudiese escapar. Quizás esta táctica sutil sea, en las actuales circunstancias del país, más efectiva que la última trompada al boxeador "groggy".
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