Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1986/09/08 00:00

CAMBIO DE GUARDIA

Alegría, nostalgia y muchas esperanzas al cambiar el inquilino de la Casa de Nariño

CAMBIO DE GUARDIA

A las 3:30 de la madrugada, mientras el nuevo presidente Virgilio Barco aún dormía, el presidente saliente Belisario Betancur estaba terminando de vestirse, a pesar de que la noche anterior se había acostado tarde, después de bailar algunos tangos "abolerados" con la esposa del presidente uruguayo Julio María Sanguinetti. Este último tango había tenido lugar durante una cena privada en la Casa de Nariño, con todos los mandatarios invitados al cambio de gobierno. Al mismo ritmo paísa que había caracterizado los 4 años de su gobierno, esa mañana comenzó a hacer llamadas telefónicas, leyó los periódicos de la capital, pidió por télex los editoriales de los diarios de provincia y despachó los últimos documentos de su gobierno.
Dos horas después, comenzaba la jornada del presidente entrante Virgilio Barco. En su apartamento de la calle 86 con carrera 8a, el nuevo Mandatario tenía mucho en qué pensar. También revisó la prensa y empezó a hacer los primeros contactos telefónicos con sus más cercanos asesores. A las 6:50, mientras tomaba un ligero desayuno de café, jugo y tostadas -menos abundante de lo acostumbrado, en razón del nerviosismo por la jornada que le esperaba-, recibió la visita de uno de sus amigos más entrañables, Fernando Rey quien horas después sería designado secretario privado de la Presidencia. Poco a poco fueron llegando otros asesores, a medida que continuaban los contactos telefónicos para ultimar los más pequeños detalles con Gustavo Vasco, Germán Montoya y Leopoldo Villar.
Hacia las 8 de la mañana Villar informó a medio centenar de periodistas que se encontraban a la entrada del edificio de la calle 86, que una hora más tarde Barco se dirigiría a su oficina privada de la calle 72 para una prolongada entrevista con el secretario de Estado norteamericano George Shultz.
Entre tanto, en el Palacio de Nariño, el Presidente tomaba su vehículo y, rodeado de guardaespaldas, se dirigía a la casa del ex presidente Misael Pastrana, con el objeto de intercambiar opiniones sobre el momento político y de paso hacerle al ex Presidente un gesto de agradecimiento por el apoyo que le dio durante el cuatrienio. Pasadas las 9 de la mañana, mientras Betancur y Pastrana se despedían, Barco esperaba ansioso la llegada del secretario Shultz en su oficina privada de la calle 72.
Shultz se retrasó algunos minutos. Antes que él, aparecieron unos rubios gigantones con motilado de testigos de Jehová, gafas y maletines, y uno que otro feroz pastor alemán entrenado en el rastreo de explosivos. Eran los escoltas del secretario Shultz quien llegó a las 9:15 a la oficina de Barco. La entrevista no fue tan rutinaria como Shultz hubiera querido. La primera sorpresa que se llevó fue que Barco le anunció que Colombia continuaría jugando un papel protagónico de intermediación en el conflicto centroamericano. La segunda sorpresa fue aún mayor. Después de hablar algunas generalidades sobre la cuestión de la deuda externa, Barco le preguntó al secretario de Estado si los Estados Unidos estaban dispuestos a cumplir lo pactado hace 10 años, con respecto al Canal de Panamá, a lo que Shultz respondió, un poco molesto, que "obviamente, hemos cumplido y seguiremos cumpliendo el Tratado Torrijos-Carter". La reunión se prolongó hasta las 10:25 cuando Shultz y sus "rambos" partieron a toda velocidad en espectacular convoy, hacia la Embajada de los Estados Unidos.
EL CONSEJO DEL ADIOS
A esas horas, estaba terminando el último consejo de ministros del gobierno Betancur. En él, el Primer Mandatario hizo un detenido balance político, social y económico de su cuatrienio, antes de concluir con la voz ligeramente quebrada, que "podemos sentirnos satisfechos". Después de que el Presidente diera las gracias personalmente a cada ministro, tomó la palabra Jaime Castro para hablar a nombre de todos ellos. "No se necesitará mucho tiempo -dijo- para que el país se dé cuenta de todas las cosas que han cambiado. El país ha cambiado para bien, y todo eso, señor Presidente, es obra suya". En ese momento, Belisario se puso de pie con los ojos visiblemente empañados y concedió la palabra al canciller Augusto Ramírez Ocampo, quien quería hablar a nombre de los ministros conservadores. Después de manifestar su total acuerdo con las palabras de Castro, Ramírez no se aguantó las ganas de soltar una "pullita". "Quiero dejar constancia -dijo- de que éste fue un gobierno nacional, movido por un espíritu nacional en defensa de intereses nacionales, y no un gobierno de partido".
Terminado el consejo, el Presidente encabezó el último acto de gobierno: la entrega de tres libros, uno de ellos sobre el mejor material fotográfico de la catástrofe de Armero, editados por la Presidencia. En un improvisado y corto discurso, dijo a los periodistas reunidos en Palacio, que sus últimas horas las había pasado muy bien. "Estoy tan contento que anoche el presidente Alfonsín me dijo: 'Che, te creo que dejás el gobierno con alegría"'. Después de dar un último adiós a los periodistas, Betancur salió con su esposa y el gabinete hacia la recién restaurada Iglesia de Santa Clara donde se celebró un Te Deum. Al entrar a la capilla, Belisario recibió aplausos de los curiosos que se encontraban en el lugar.
GABINETE A CUENTAGOTAS
Mientras tanto, Virgilio Barco se encontraba reunido en la oficina de Gustavo Vasco, en la calle 91 con carrera novena, con sus principales asesores, dando los últimos toques a la composición del nuevo gobierno, que para ese momento se había barajado intensamente, como cualquier rompecabezas, en todas las cadenas radiales.
A las 12:38 minutos se confirmó el primer nombre, en lo que sería el principio de la revelación de un gabinete a cuentagotas: el senador liberal por el Atlántico, José Name Terán, daba sus primeras declaraciones en calidad de ministro de Trabajo. Minutos más tarde un segundo nombre se confirmaría: el del joven liberal samperista, Guillermo Perry, en la cartera de Minas y Energía. A la 1:32 minutos, en un Lancia gris último modelo, el presidente Barco y su esposa Carolina llegaron a la casona de los Rodríguez Fonnegra, en la calle 10 con cartera 4a, para departir y almorzar con los ex presidentes Carlos y Alberto Lleras.
Los periodistas que lo habían seguido toda la mañana alcanzaron a preguntarle: "Presidente, ¿qué se siente?". A lo que él contestó: "No se siente", mientras saludaba a algunos de mano y desplegaba una sonrisa esplendorosa.
Una hora después, el cuentagotas revelaba nuevos nombres: el de la hasta entonces secretaria de Gobierno del Distrito, Marina Uribe de Eusse como ministra de Educación. Y para el Ministerio de Gobierno, una de las carteras sobre la que más especulaciones se hacían, surgió un nombre que parecía desbaratar todas las pollas: el del politólogo Fernando Cepeda Ulloa, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Los Andes. Era tan inesperado su nombramiento, que hasta última hora algunas cadenas radiales se resistían a confirmarlo, y más bien hablaban de otro candidato, el liberal oficialista Edmundo López Gómez, mientras otras se preguntaban qué había pasado con quien en todo momento se mencionó como fijo, el senador santandereano y barquista 1A, Eduardo Mestre Sarmiento.
A las 3:35 el nuevo ministro de Defensa llegó a la casa de los Rodríguez en compañía de la nueva cúpula militar. Al mismo tiempo, tres cuadras abajo, en el Capitolio, se verificaba el quórum de la plenaria y se nombraba la comisión encargada de ir a decirle al Presidente que todo estaba listo para su posesión.
En medio de algunos vivas a la unión liberal, Alberto Santofimio, Julio César Turbay Quintero, Bernardo Guerra, Ernesto Samper, Alfonso López Caballero y Luis Carlos Galán, entre otros, subieron penosamente las tres cuadras con un sol picante sobre su nuca. Diez minutos después, Barco y su señora salieron con ellos, para iniciar el recorrido de regreso hacia el Capitolio, durante el que tampoco faltaron vivas y aplausos. La caminata duró 11 minutos y cuando el grupo hizo su entrada al Salón Elíptico fue recibido por un grupo coral que cantaba el Himno Nacional. A las 4 y 17, después de haber jurado y haber recibido la banda presidencial de manos del presidente del Senado, Humberto Peláez Restrepo, Virgilio Barco era ya el nuevo Presidente de Colombia. En la Plaza de Bolívar sonaron los tradicionales 21 cañonazos, que al principio asustaron a algunos periodistas y curiosos, pues se trataba del mismo escenario en el que meses antes, explosiones semejantes habían caracterizado la batalla del Palacio de Justicia.
OTROS SUSTOS
En el estilo que lo caracterizó durante toda su campaña electoral, el nuevo Mandatario leyó su discurso de posesión que, curiosamente, comenzó por el tema internacional. Después de confirmar lo que había dicho la víspera durante la rueda de prensa con los periodistas extranjeros sobre la continuidad del proceso de Contadora, habló de la no alineación "como un elemento de equilibrio del sistema internacional". El párrafo más largo se lo dedicó a las relaciones con Venezuela, al anunciar que descongelaría las negociaciones sobre áreas marinas y submarinas con ese país.
Pero sin lugar a dudas, lo más trascendental del discurso fue el capítulo dedicado al desmonte del parágrafo del artículo 120 de la Constitución. "Insistentes y variados sectores políticos que son expresión de un querer colectivo casi unánime, reclaman su derogatoria -afirmó- para que tenga vigencia la democracia plena. Participo de esta orientación. Así lo he expresado y así lo sabe la nación". Estas palabras le valieron la primera tanda de aplausos, así como el reconocimiento unánime de que, en este punto, era totalmente coherente con lo prometido mil veces durante la campaña y en el programa de gobierno. (Ver artículo al respecto).
Sin embargo, en general el discurso no resultó mejor ni peor que los tradicionales discursos de posesión. Aparte de lo referente al 120, de un tono antibelisarista en materia económica y de algunas pocas "bombitas", estuvo plagado de los lugares comunes de rigor. La primera de esas bombas debió asustar a algunos empresarios. Barco habló de "un nuevo esquema tributario" que "buscará hacer más equitativas las cargas y crear un clima propicio a la inversión y al bienestar". Otra sorpresa fue cuando el Presidente se refirió al tema de la reforma agraria: "Hay que crear -dijo- procedimientos equitativos y expeditos de expropiación". Hablar de reforma agraria desde hace años dejó de ser revolucionario. Pero mencionar la palabra "expropiación" no ha dejado de ser en Colombia algo que despierta recelos. Finalmente, hubo una sorpresa adicional, cuando Barco, tradicionalmente identificado con los organismos internacionales de crédito tipo FMI y Banco Mundial, habló de la necesidad de replantear la política de ajuste adoptada por el gobierno de Betancur en virtud de un convenio de monitoria con esos organismos. Replantear quiere decir renegociar, y eso nadie lo esperaba del nuevo Mandatario. (Ver sección de Economía).
Al tema de la paz, Barco le dedicó como es obvio una parte importante de su intervención. Su propuesta se resume en la creación de un organismo dependiente directamente del Presidente para encargarse de la normalización y rehabilitación de las zonas de violencia. Horas después, Carlos Ossa Escobar, director de la Sociedad de Agricultores de Colombia, era nombrado para encabezar ese organismo.
En fin, aunque no tuvo citas eruditas ni frases floridas, Barco se las arregló para leer un discurso sobrio con más contenido del que muchos esperaban, que terminó con un inusitado llamado para que el pueblo "se movilice en defensa de sus propios intereses".
LA DESPEDIDA
Hacia las 5 y media, Barco estaba leyendo las últimas frases de su discurso y en el Palacio de Nariño, Betancur, acompañado por un centenar de funcionarios del gobierno saliente y varios amigos, veía la televisión en el salón del tríptico del pintor Antonio Barrera. Algunos de los asistentes comentaron que a Barco le había faltado un gesto de cortesía con Betancur en el discurso, en el cual ni siquiera lo había mencionado. Pero el Presidente saliente desatendió esas frases y, en cambio, se puso de pie al terminar el discurso de Barco y comenzó a aplaudir frente a la pantalla del televisor.
Diez minutos después, Barco y su esposa atravesaban la Plaza de Armas bajo un atardecer soleado y con escasas nubes, que resaltaba el colorido de las banderas, el jardín y los uniformes del Batallón Guardia Presidencial. Cuando Barco llegó al Palacio, Betancur y su esposa bajaron al primer piso a recibirlo. El saludo y la forma como Barco condujo escaleras arriba a Betancur para la copa de champaña en el Salón de los Gobelinos, indicaban a las claras quién era el nuevo dueño de casa.
Faltando 10 minutos para las 6, Barco saludó uno a uno a los funcionarios del gobierno saliente, que se habían colocado en una larga fila. El nuevo Mandatario se mostró alegre y bromista y, ya en el Salón de los Gobelinos, posó para algunos fotógrafos mientras alzaba su copa de champaña. Sólo un ex presidente se encontraba presente: Alfonso López Michelsen, quien dialogó unos minutos con Betancur y con Barco. A las 6 y diez, Betancur, su esposa y las personas que lo habían acompañado esa tarde, comenzaron a salir. Antes de retirarse, el general Miguel Vega Uribe repitió varias veces el mismo chiste a cuantos le preguntaban a qué se iba a dedicar: "Voy a pedirle a El Espectador que me deje escribir una columna al lado de la de Antonio Caballero".
Y mientras terminaba de salir la gente de Betancur, fueron llegando los futuros funcionarios y unas 700 personas que formaron una interminable cola para saludar al nuevo Mandatario. Había de todo: ministros a punto de ser nombrados, congresistas, amigos personales de la familia Barco, empresarios, dirigentes gremiales, uno que otro funcionario del gobierno que acababa de terminar, y mucho lagarto. A puerta cerrada, los miembros de la nueva familia presidencial se reunieron en el Salón de los Gobelinos, encabezados por la madre del Presidente, doña Julieta Vargas de Barco, y por sus hermanos Jorge y Alberto Barco. Faltaban casi tres horas para que se conociera el decreto del nuevo gabinete y todavía la radio seguía dudando respecto de algunos nombres.
A esas horas, otra fiesta comenzaba en el Gun Club, al norte de la capital: la del gobierno saliente, a la que entre otros llegarían los ex presidentes liberales Alfonso López y Carlos Lleras. Pasadas las 9 de la noche y mientras la televisión revelaba los nombres de los nuevos ministros, Betancur, la ex ministra de Comunicaciones Nohemí Sanín y el ex presidente Misael Pastrana cantaban en compañía de la tuna javeriana, que había hecho su aparición una hora antes. Los tres se habían colocado coloridas capas que los integrantes de la tuna les habían prestado. Hacia las 10 de la noche, Betancur comenzó a despedirse de todos los asistentes, que hicieron un alto en la fiesta para cantar el Himno Nacional y despedirlo con un prolongado aplauso.
Al mismo tiempo, Barco y su esposa abandonaban la Casa de Nariño y se dirigían a su apartamento de la calle 86, donde pasarían las primeras noches del gobierno mientras se instalaba el nuevo orden en el apartamento privado del Palacio. En su casa, Barco se reunió con algunos de los recién nombrados ministros y con sus amigos más cercanos, que finalmente lo dejaron descansar hacia las 12 de la noche. En medio de la alegría y el entusiasmo reinantes, él sabía, como lo sabían todos los colombianos, que habría pocas oportunidades para descansar en los próximos 4 años.

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