Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/12/03 00:00

Camila Loboguerrero

La primera mujer que dirigió un largometraje en Colombia cree que al séptimo arte colombiano le ha hecho falta un apoyo constante para consolidarse como industria.

Camila Loboguerrero

Camila Loboguerrero supo siempre que lo suyo eran las imágenes. Por eso se divertía en su infancia caricaturizando a las monjas de su colegio y terminó estudiando bellas artes en la Universidad de los Andes e historia del arte en La Sorbona de Francia. Cuando estaba en ese país, sin tenerlo como alternativa, se le apareció el cine. Un día de 1966 estaba sentada en una mesa del Restaurante Internacional, que atendía a los estudiantes extranjeros, y frente a ella había un peruano llamado Jorge Reyes que, con recomendaciones de alguna escuela de cine italiana, pretendía filmar en Francia su primer cortometraje. Entonces, para que su desconocimiento del idioma francés no fuera impedimento, le dijo a Camila que le sirviera como intérprete. Y fue así como esta mujer, nacida en Bogotá en 1941 y que entonces tenía 25 años, tuvo un primer contacto con el séptimo arte, lleno de experiencias fascinantes como la de cuando buscaba una cámara y, para su sorpresa, la persona a la que tenía que pedírsela prestada era nada más y nada menos que Jean-Luc Godard. "La experiencia me gustó tanto, que hice una licenciatura en cine en la Universidad de Vincennes y decidí que el cine era lo que quería", dice y agrega que los directores que en ese entonces la inspiraron para empezar su carrera fueron Glauber Rocha y Tomás Gutiérrez Alea. De su llegada a Colombia, en 1971, recuerda que para hacer cine tuvo los mismos problemas que tuvieron los demás: "Uno tenía que dirigir, conseguir la plata y mandar a revelar por fuera. El hecho de que fuera mujer no me generó ni más ni menos problemas que a los demás". Después de varios cortometrajes y gracias a la aparición de Focine, ella y otros cineastas iniciaron en los años 80 el camino del largometraje nacional: el suyo fue Con su música a otra parte, la historia de una joven en búsqueda de su identidad musical, estrenada en 1984 y que le dejaría la enseñanza de que si no quería tener dificultades en el oficio, debía mostrar su recio carácter sin temores. Ahora, tras haber hecho entre otras cosas varias series de documentales, cree que la dirección obliga a que se tenga claro qué se quiere contar. "El cómo nace en el camino. Eso es lo más placentero: es el placer de crear, es un acto divino, es Dios", concluye sentada frente a una mesa en la que hay dos guiones abiertos que, tal vez, auguren su próxima película. Porque después de María Cano, la segunda de ellas, estrenada en 1990, no ha dirigido más. La razón, para ella, es muy sencilla: "En Colombia la falta de apoyo constante hace difícil que un director tenga la regularidad que tiene, por ejemplo, Francisco Lombardi en Perú". Ella, sin embargo, se hizo importante para el cine nacional porque, además de que contó la historia de un ícono tan importante como María Cano, según críticos como Augusto Bernal, "hizo parte de una generación que, junto con Martha Rodríguez y Gabriela Samper, aportó una nueva visión y variados elementos al cine nacional a partir de su formación en ciencias sociales". Ahora espera que el apoyo que está renaciendo para el cine con la nueva ley del cine ayude a consolidar por fin una industria cinematográfica nacional y que no pase, como otras veces, que esto sea flor de un gobierno. Y, mirando hacia atrás, se siente satisfecha con lo que ha hecho, y eternamente agradecida con su difunto esposo, Rafael Maldonado, porque en sus 30 años de matrimonio fue "el cómplice de toda esta locura que fue y sigue siendo para mí el cine". *Periodistabr

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