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| 3/3/1986 12:00:00 AM

CARNAVAL FOREVER

El Carnaval de Barranquilla, que llega a su clímax esta semana, es, según los historiadores, mucho más viejo que la misma ciudad.

Teniendo en cuenta el carácter parrandero del costeño y del barranquillero en particular, algunos sociólogos insisten en que el Carnaval ni comienza ni finaliza, se prolonga durante todo el año y sólo adquiere su mayor grado de locura e incontinencia durante esos cuatro días en que las señoras quedan sin ayuda doméstica, en que la infidelidad se practica más por buen humor que por pecado, en que el gerente le acepta un abrazo estrecho al portero del edificio, en que el Alcalde pierde toda su autoridad en el hermoso cuerpo de una muchacha que acaba de colgar un uniforme del colegio. Son cuatro días en que los tímidos se largan a Cartagena, Bogotá o quizás Miami, en que los más audaces desaparecen de la casa y luego alegan una amnesia parcial, en una fiesta que no se parece a ninguna de las ferias y celebraciones de otras regiones del país.
Siendo más prácticos podría sostenerse, con un "gordolobo" en la mano y protegidos del sol bajo un enorme matarratón mientras se contempla una suicida partida de dominó en una de las estrechas y nostálgicas calles del Barrio Abajo, que el Carnaval de Barranquilla arranca con la primera fiesta de grado en noviembre, cuando se alquila un descomunal equipo de sonido que mantiene en vela al barrio y luego se busca el desenguayabe en las playas de Puerto Colombia. Sabanilla o Salgar, comiendo arepa de huevo y bebiendo cerveza mezclada con gaseosa. De ahí en adelante, alimentada con todos esos grados de colegios y universidades y después con la locura de la madrugada del 8 de diciembre, cuando se encienden las velitas a la Inmaculada Concepción, y enseguida empatando con las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes, hasta llegar a la promulgación del Bando un veinte de enero, la parranda habrá de desembocar por física ley de gravedad en un fin de semana como éste, que promete ser ruidoso y alegre como antes, con una reina que se llama Silvia y nunca para de bailar y reírse.
Los que buscan el origen de esta fiesta se quedan sin los pergaminos y los cronistas y los testigos con que cuentan otras celebraciones regionales. Los escritos de expertos en la historia de Barranquilla, como el sacerdote Pedro María Revollo y el dramaturgo Alfredo De la Espriella, coinciden en que un asomo de algo parecido a un Carnaval tuvo lugar en 1822, en una población que quedaba situada entre Barranquilla y Ciénaga, San Juan del Córdoba, habitada por quienes siguen siendo los ejemplares humanos más mentirosos de esta parte del planeta: el descubrimiento lo hicieron algunos alemanes que llegaron con Colón y quienes encontraron una curiosa bacteria en el agua y la brisa que los inducía a contar mentiras.
De esa época primitiva del Carnaval hay algunas imágenes difusas, tomadas de los descendientes de los samarios y los momposinos que habían llegado a las Barrancas de San Nicolás en busca de agua para sus ganados. Fascinados con la vecindad del Magdalena y el Caribe, deslumbrados por el clima que es suave durante cinco meses del año, gracias a la fuerte brisa que sopla y que este sábado alzará las faldas de las cumbiamberas decidieron quedarse y en la celebración de sus fiestas -recuerdan los familiares citados por el cura Revollo- organizaban enormes fogatas alrededor de las que bailaban agarrados de la mano los hombres y las mujeres, vigilados por los sacerdotes.
Durante todos esos años y mientras la plaza de San Nicolás (hasta la construcción de un moderno templo que será visitado por el Papa cuando venga en julio, esa iglesia muy antigua era la Catedral de Barranquilla y en sus archivos, quemados durante el 9 de abril de 1948, se perdió parte de la historia doméstica y familiar de la ciudad) seguía siendo un arenal durante los días de Carnaval, que al comienzo eran tres, se organizaban funciones de circo y se colocaban enramadas que eran anticipaciones de las casetas actuales. Numerosos acróbatas se presentaban ante el público y en una ocasión, según el padre Revollo, a uno de los artistas se le ocurrió trepar a un enorme globo de los que estaban soltando, globos impulsados por un trapo que se quemaba en su interior. La brisa se lo llevó y fue a caer sobre un techo pajizo, incendiando la casa y quemándose él mismo, para consternación de todos.
Las imágenes de la época permanecen intactas: las mujeres con sus enormes polleras de olán almidonado, babuchas muy suaves y el pelo recogido en moños que el sudor y el polvo y el agotamiento iban deshaciendo poco a poco. Los hombres lucían camisas con pecheras rizadas, con esos volantes que recuerdan las prendas usadas por Scaramouche y también una hebilla de plata que algunos pulían hasta el cansancio. A diferencia de los últimos años, cuando el disfraz ha ido desapareciendo para convertirse en una máscara hecha con maizena, un pañuelo rojo al cuello y una ropa estrafalaria, en esa época todos los que estaban en la calle tenían que disfrazarse, y los que no, eran amarrados a un palo altísimo, llamado "varasanta", y la víctima tenía que pagar una pequeña multa y arrepentirse de su actitud antisocial.
Según Revollo y De la Espriella una de las ausencias que más lamentan de las tradiciones del Carnaval es el Guiro, una comparsa de bailarines disfrazados, seguida por la mujer, los hijos y los vecinos, quienes dotados de alimentos y bebidas no le perdían un solo paso, le limpiaban el sudor, lo sostenían cuando estaba muy cansado, así como hacen ahora los auxiliares de los ciclistas en plena carretera. El Guiro era incansable y su misión era no dejar de bailar y reír y divertirse durante toda la temporada, no dormían y si el cansancio era ineludible, entonces se echaban sobre cualquier esquina, a roncar mientras los familiares lo protegían.
Dicen los cronistas que el crecimiento de Barranquilla acabó con esas comparsas que eran todo un espectáculo y lentamente dio paso al nacimiento de otro de los disfraces más antiguos y más representativos del espíritu de la fiesta: los hombres vestidos de mujer, untados de negro, vestidos de oscuro (con ese calor es todo un heroismo), con enormes collares y a veces con collares formados de bacinillas y otros envases íntimos. Estos hombres que no son homosexuales, son tan populares como las "marimondas" (llevan una especie de escafandra confeccionada con tela que tiene una enorme nariz y unos ojos desorbitados y una boca muy gruesa, la que se lleva sobre la cabeza de quien va burlándose de todos con una lengueta de cuero muy ruidosa), y los "monos", que andan con un antifaz de tela, de todos los colores y una especie de bata que llega hasta los pies. Quizás esos tres disfraces, además de ser los más populares y baratos se han conservado como los más representativos.
En 1902, por la Guerra de los Mil Días, se suspendieron las fiestas, pero en esa zona del Camellón Abello se realizó un baile público con una nota curiosa que en otras ocasiones más difíciles, ha servido para reflejar el espíritu abierto de los barranquilleros; los conservadores iban vestidos de rojo y los liberales de azul. Ese buen humor tuvo una de sus muestras más espontáneas y ruidosas cuando don Emiliano Vengoechea (sus descendientes se cuentan entre los más alegres participantes del Carnaval, organizando comparsas, cumbiambas y bailes), instaló una fuente de la que no salía agua sino vino, para todos.
El origen de las danzas y cumbiambas es remoto y en él tuvieron enorme participación los núcleos de negros que habitaban toda la región, pero la rivalidad, la controversia y sobre todo las ganas de acabar con los otros, nació, según los cronistas, con dos personajes extraños: una mujer llamada "La Cañón" y un hombre de apellido Carrasquilla. La primera habitaba una zona hoy llena de casas viejas mezcladas con algunos edificios: la calle Bolívar con la carrera Veinte de Julio. Organizó sus cumbiamberas que se movían con velas encendidas, pero al año siguiente apareció Carrasquilla, quien habitaba el Barrio Arriba y enseguida surgieron otros grupos que se encontraban el martes para arrebatarse sus banderas. Algunas de las danzas, cumbiambas y guachernas que tenían lugar en otros sitios de la Costa se fueron integrando poco a poco al Carnaval y desde entonces subsisten con sus nombres pintorescos de Los Piratas, Las Cucambas, Los Doce Pares de Francia, El Caimán, El Garabato, Las Pilanderas, La Chiva, Los Coyongos, Los Pájaros, Los Indios Farotos, El Torito, La Burra Mocha, Los Indios Chimilas, El Paloteo, El Perro, Las Culebras, el Pío Pío Gavilán y la más célebre de todas, la Danza del Congo Grande.
Los barranquilleros, bromistas y durante muchos años, rivales de los cartageneros, llamaban "congos" a los negros de esta ciudad y cuando, como una derivación de los cabildos que celebraban en Cartagena, para analizar sus problemas, comenzaron a intervenir en los Carnavales vestidos con sus trajes típicos y una especie de sombrero largo y cónico hecho con flores, mientras algunos se pintaban la cara de blanco, se fue implantando el que los historiadores consideran el verdadero símbolo de la fiesta: el Congo, con ese sombrero lleno de colores y flores, la cara untada de blanco, unas gafas oscuras y un vestido de seda brillante. Además, un machete de madera en la mano y unos pantalones anchos, que rozan el piso.
La pausa impuesta por la Guerra de los Mil Días introdujo algunos cambios en el Carnaval: el rey Momo que elegían los congos fue reemplazado por un presidente, quien en 1918 seria desplazado por la primera reina, Alicia Lafaurie. Quienes la conocieron la recuerdan como hermosa, distinguida y discreta. Comenzaban ya los bailes de los clubes sociales y cada uno de estos organismos trataba de hacer la fiesta más ruidosa, más alegre y también la más elogiada por los cronistas de la época.
Años antes, en 1913, los barranquilleros fueron sorprendidos por un hombre extraño que se colocaba un aparato, más extraño todavía, sobre uno de sus ojos y miraba a todas partes y no se perdía ninguna de las danzas y estaba en todos los bailes y hacía preguntas. Un año después la gente vería sobre un telón el resultado de esa actitud curiosa: la película filmada por uno de los pioneros del cine en este país, Floro Manco, quien se haría célebre en 1923 al filmar la coronación de Julio Flórez como poeta nacional.

Pocas historias tan ricas en personajes, detalles, circunstancias y bromas como la del Carnaval de Barranquilla. Cada historiador, cada jefe de familia tiene sus recuerdos y entre éstos, aparece intacto el hombre que durante muchos años se disfrazaba de tigre y nadie sabía quién era y lo invitaban a beber cerveza y comer arepas tratando de conocer su identidad. Pero él se llevó el secreto a la tumba. Sólo la constancia de un historiador logró saber que se llamaba Diógenes Vaca Gómez, un abogado prestigioso que se olvidaba de cualquier mesura, se ponía su capuchón y su careta de tigre y se lanzaba a la fiesta, a beber y bailar y correr y divertirse como nadie, además de incógnito, para placer de muchos.
Por supuesto no todos se quedan durante el Carnaval, algunos se marchan a otras ciudades o se quedan encerrados, martirizados con esos tambores que nunca se callan. Pero esos son una minoría porque desde noviembre miles y miles de hombres mujeres, niños y ancianos sólo tienen una meta: convertir estos Carnavales en algo mejor que los anteriores. Aunque la situación esté muy mala, siempre hay un compadre o un vecino que les presta algo de dinero para, por lo menos, comprarse una careta y bailar una noche y beberse unos aguardientes en el Paseo Bolívar o en la calle 72 o en el estadio viendo jugar al Junior. Además, si los amigos no pueden ayudar, para eso están las casas de empeño, las prenderías, que hacen su gran negocio en esta temporada.
Indefinible, ancho como el río Magdalena, alegre, contagioso, mirado como un pecado colectivo por algunos, el Carnaval de Barranquilla (ahí están los noticieros de Alvaro Cepeda, hechos con rabia y tomadura de pelo y ganas de que estas cosas no mueran jamás), está compuesto de imágenes alocadas: las reinas de cada año que leen un decreto que la gente rebasa del todo, los alcaldes que pierden el control de la ciudad, los dos mil bailes y verbenas, los equipos de sonido que levantan las tejas de las casas, las camisetas con leyendas abusivas (hubo una que decía: "Culo de guayabo"), los presidentes perdidos en la corriente de los disfrazados, Omar Torrijos de incógnito y muerto de la risa, los reinados de los travestis, los costosísimos trajes de las capitanas de los clubes, las arepas con huevo y la explosión demográfica antes de que acabe el año, el resultado de los amores amparados por el capuchón o una playa solitaria o una esquina, de madrugada, mientras en el cuerpo se siente la emoción de saber que quizás, éste puede ser el último Carnaval de la vida.
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