Lunes, 16 de enero de 2017

| 1986/11/17 00:00

CARTAGENA

CARTAGENA

LO QUE VA DE AYER A HOY
Como si España hubiere sido trasplantada a la América, cuando transitamos por las calles del barrio de Getsemaní y nos internamos por sus callejuelas antiguas, de pronto nos topamos con capillas, puentes que cruzan las vías, callejones como el llamado Ancho, a escasos diez pasos del Angosto, que nos colocan espiritualmente en Toledo y en todo caso en la morería.
Allí encontramos también la indolencia aparente de sus habitantes que viven -paraíso tropical- a 35 grados a la sombra, como si todo el día fuere una siesta que se prolonga como el grito de Artel, "en el tambor de los abuelos el son languidecente de la raza...".
Si enrumbamos a la izquierda nos topamos con un lienzo de muralla inconmovible como sus siglos y si damos marcha atrás, hacia la calle de la Media Luna, donde existió el Revellin, nos damos de frente como en un encantamiento con el Castillo de San Felipe de Barajas, precisamente, la mayor construcción militar española del siglo XV en el mundo.
De allí salió la independencia absoluta, sin que en su contexto no pudiéramos afirmar que existen otras dos Cartagenas coloniales, conformadas por el llamado Centro -barrio de la Catedral- donde alternan las tres más grandes iglesias coloniales de la Cartagena antigua (San Pedro Claver, Santo Domingo y la misma Catedral), junto con palacios antiguos como el del Marqués del Premio Real que alberga las oficinas del Sena, el de la Gobernación, y el principalísimo de la Inquisición, lleno de historias y leyendas. A ese sitio embrujado lo limita el llamado Barrio de San Diego. Allí estan las casas de lo que debió ser algo así como clase media en la época colonial, viéndose aquí y allá alguno que otro escudo de cristianos viejos. El Convento de Santa Teresa, alternado por Las Bóvedas de Santa Teresa, antiguo cuartel, depósito de armas y carcel, frente al tal vez único premio nacional de Arquitectura, otorgado a Luis Eduardo Camacho Castillo por su edificio Las Bóvedas.
Aquí encontramos, sin duda, el deseo de los colombianos todos de restaurar a la Cartagena colonial. No sólo es la Casa del Marqués de Valdehoyos, en la que funciona la Corporación Nacional de Turismo Seccional. Es también la casa donde despacha el Instituto de Crédito Territorial, donde se pone de presente el deseo de la nación de conservar lo que ahora el mundo considera su patrimonio.
Don Pedro de Heredia no hubiera dado mejor destino a su ciudad.

CARTAGENA EN LA OLLA
Pocas comidas tan típicas, tan deliciosas y con tanta personalidad como la cartagenera: el arroz con coco que en ocasiones lleva uvas pasas, las postas de pescado guisado, a la plancha o frito en mantequilla, el enyucado que se sirve como postre y algunos prefieren comer así no más, las mojarras fritas con rodajas de limón sobre el lomo plateado, el arroz con chipichipi, el arroz con camarones, la yuca frita, entre otros platos que ya le han dado la vuelta al mundo y de golpe nos sorprenden en una callecita de París, Madrid o Nueva York. Los pescados, los mariscos y los arroces combinados representan una base fundamental de la cocina cartagenera, a la cual hay que añadir platos populares como las arepas con huevo, redondas y crujientes con el blanco y el amarillo que se derriten por dentro, los buñuelos de fríjol, las caribañolas y las empanadas de carne que en los barrios populares son cocinados y preparados en enormes calderos amenazantes colocados en las esquinas mientras los muchachos juegan béisbol con un palo de escoba y una chequita, esas tapitas que les colocan a las gaseosas. A esos pescados, esos mariscos, esos fritos de las esquinas, hay que añadir la enorme variedad de sopas, especialmente las sopas de pescado y el famoso sancocho que lleva yuca y ñame, carne o pescado, ahuyama y batata y muchas yerbas como un auténtico reto al gusto del más refinado gourmet. El sancocho es una auténtica institución en Cartagena pero, por encima de todos los platos, el más popular, el más auténtico, el más expresivo de ese folclor gastronómico es el arroz con coco y en Cartagena se prepara de distintas formas y a las seis de la tarde si el visitante camina por esas calles de los barrios populares sentirá en medio del olor del mar y el olor de las frutas, la auténtica fragancia que tiene un rastro de dulzor del arroz con coco, morado, con las pizquitas del coco rayado (hay que rayarlo con la mano, no con batidora eléctrica) y hay que comerlo bien caliente, que queme la lengua y las encías.
Ese sabor, esas fragancias, esa vida gastronómica de la Cartagena de ayer y siempre, el turista y el morador de la ciudad pueden encontrarlos en uno de los sitios más fabulosos de la ciudad, Tinajero de Doña Rosa, situado en el segundo lobby del hotel Cartagena Hilton, dotado de un servicio rápido, atento, cordial y oportuno y distinguido por la Corporación de Turismo con tres tenedores. Todos los días hay una sorpresa que siempre gira alrededor de la cocina autóctona de Cartagena y los lunes, por ejemplo, se comienza la semana con un buffet paradisíaco que contiene todo lo de la cocina criolla de la ciudad y ese buffet se encontrará todos los días, pero dentro de la semana, la sorpresa de que hablábamos: los miércoles, por ejemplo, en los jardines tropicales, hay una soirée tropical con platos internacionales y los jueves, en la Tratoría, especializadas italianas y los viernes, en los jardines también, un buffet de carnes y mariscos, y los sábados en la terraza, carnes a la manera brasilera, el Rodizio que tanto éxito tiene en todo el mundo, y los domingos como culminación de la semana, un atardecer caribeño, en los kioskos Tibabuyes, en plena playa, con música y pasabocas y platos criollos.
Es que el Tinajero de Doña Rosa se prolonga así, en distintos programas, a otros sitios del hotel y otras aventuras gastronómicas.





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