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| 12/3/2005 12:00:00 AM

Cecilia María Vélez

Ella es un nuevo tipo de servidor público, más eficaz, menos discursivo, más responsable, menos leguleyo. Una vida dedicada a la educación.

Hija de un finquero liberal antioqueño y de una educadora, Cecilia María fue una muy buena estudiante desde pequeña, según cuenta su hermana Mercedes. Cursó economía en la Universidad de Antioquia e hizo un posgrado en Bélgica, a donde fue a parar porque su marido, Álvaro Sierra, estudiaba allí. Más adelante pasó dos años en el MIT en un programa de desarrollo regional y urbano. Desde 1977 vive en Bogotá. No cabe duda de que su guía espiritual ha sido su madre, Gabriela White, una liberal que entró a la política en 1958 porque su figura podía interesar a las mujeres que acababan de obtener el voto en el país. Doña Gabriela era una mujer poco común: maestra de vieja data, siempre enfatizó la función educativa por encima de la mecánica política, y su gran prestigio lo debía sobre todo a esa obsesión con un tema por entonces mal atendido por el Estado colombiano. Cuando las Farc la secuestraron, en toda Antioquia hubo una inmensa movilización para salvarle la vida. Aun así, fue asesinada y su trágica muerte marcó a Cecilia María. El primer puesto de importancia se lo dio Armando Montenegro en Planeación Nacional, a donde llegó a ser subdirectora. Sin realmente planear el futuro en detalle -algo de lo que Cecilia María se declara incapaz-, el paso por Planeación le creó un hábito de planificación, crucial para las labores ejecutivas posteriores, y le dio un conocimiento a fondo de la estructura del Estado colombiano. Sin embargo, el gran viraje vino en 1998 como secretaria de Educación de Enrique Peñalosa, un puesto que la puso a seguirle los pasos a su madre y le permitió trabajar en un sector que considera esencial para el logro de la equidad y el desarrollo del país. Allí duró cuatro años y medio, hasta que, en 2002, Álvaro Uribe le ofreció que el Ministerio de Educación para que replicara en el país lo hecho en Bogotá, cargo que aceptó sin dudar. En tan escaso espacio es imposible detallar los siete años que Cecilia María lleva como la principal ejecutiva nacional en materia de educación. Baste con señalar que en contraste con pasados responsables del ramo, ella no se ha limitado a pasar leyes y a pensar en reglamentaciones, sino que echó a andar los pesados paquidermos que durante tanto tiempo impartieron una educación deficiente en el país. Según ella, lo esencial ha sido poner metas claras basadas en una información confiable, antes inexistente, y formar equipos directivos con un perfil parecido al suyo, que dejen de lado los discursos y que, basados en un plan, produzcan resultados tangibles en el corto plazo, gústele a quien le guste, incluida la pugnaz e inmovilista Fecode. Según su filosofía, una dependencia por la que ella pase no debe ser igual cuando la deja. Su método es la sorpresa, la decisión ejecutada con cuidado, pero con celeridad, la discusión sobre la práctica, la rápida corrección de los errores. Por obvias razones, no todo el mundo la quiere, algunos dirán que es mandona, otros dirán que no tiene un discurso convincente, pero hoy nadie en el sector puede ignorarla. Eso es nuevo. Hasta hace poco la educación en Colombia dormía el sueño de los injustos. Ya no. Queda dicho que no tiene planes para el futuro y que irá ajustándose a lo que venga. Le gusta trabajar, su hija Paula da fe de su liberalismo educativo y es buena amiga de sus amigos. Calificación: sobresaliente. *Director de la Revista El Malpensante

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