Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1980/12/11 00:00

Cerca de la gloria

Con un presente espectacular y un futuro que invita a soñar, Juan Pablo Montoya tiene todo a su favor para ser el mejor de la historia.

Es Juan Pablo Montoya el mejor deportista que ha dado Colombia en su historia? La respuesta es tan clara a su favor, mirándolo en el presente, como aplastante lo que puede ser su futuro, porque su carrera hacia las cumbres de la mitología deportiva apenas comienza.

Designarlo hoy retrospectivamente como el mejor deportista colombiano no dejaría de alborotar opiniones, maltratar disciplinas, descartar subjetivamente a valiosos elementos humanos y, algo muy grave, pretender meter en la misma coladera todos los años del deporte colombiano, a lo largo de los cuales se han producido profundos cambios que hacen imposible que exista un parámetro de comparación estrictamente técnico o matemático.

Hay que hacer algunas consideraciones: primero que todo, es indispensable decir que cuando se elige a un individuo se descartan grandes deportistas que han sido geniales en nuestro pasado pero en deportes de conjunto, en los cuales es injusto y complejo exaltar a una persona que de todas maneras, se debe al trabajo de su equipo y al nivel de sus compañeros.

Juan Pablo representa perfectamente la característica básica de nuestros deportes y sus héroes: dependemos de realizaciones personales y la mayoría de ellas se han hecho siempre a pulso y en los hombros de los mismos protagonistas. Algunos salieron de modestísimos orígenes geográficos y económicos, otros con mayores facilidades, pero todos agrupados por el común denominador de su deseo personal de triunfar, inicialmente contra el medio, luego contra los recursos y finalmente contra los rivales de todas las alcurnias. Usualmente, sin ayudas estatales y por encima de la común producción de su medio. Es decir, son casos aislados de talento dentro de sus especialidades que contrastan con el perfil general del atleta colombiano que clasifica normalmente en la clase media mundial.

En segundo lugar, aunque para ganar en cualquier condición y disciplina se necesitan características físicas y mentales superlativas como cuota inicial, éstas hay que desarrollarlas y pulirlas meticulosamente. En este aspecto hay deportes en los cuales las habilidades o fortalezas corporales componen 80 por ciento del resultado. Y otros cuya esencia impone una carga adicional de aprendizaje y dominio de técnicas, que hacen más compleja la formación y desarrollo, como es el caso específico del automovilismo y en general de todos los deportes que tienen medios mecánicos entre el hombre y el resultado.

Tercero, habría que citar que no todos los deportes gozan de la misma difusión, ni la misma base de participantes en el mundo ni se practican masivamente. Por ejemplo, el ciclismo de ruta es de un reducido número de países y el de pista es una actividad de mediana práctica competitiva en el mundo. El boxeo no tiene un sistema de competencia válido, pues los títulos los suelen repartir a su antojo diferentes asociaciones, casi todas del Caribe, mucho más al tenor comercial de la televisión que en cuanto a la calidad de sus pegadores. De ahí que nunca se volvieron a ver ni peleas ni hombres como Rocky Valdés, Pambelé o Caraballo, que llenaban estadios. Hoy, las veladas se hacen casi todas en los atrios de los casinos.

En un cuarto punto, es obligatorio colocar a los deportes en el contexto de la mercantil sociedad actual y del impacto de sus medios. Están lejos de ser aquellas gestas heroicas que sólo se conocieron de oídas. Hoy, el público está metido en las canchas gracias a la televisión y esto hace que el concepto de espectáculo y dinero mande por encima de muchos valores.

Esa exposición de todos los detalles, replays y posibilidades de mediciones y vistas adicionales, hacen mucho más exigente al público y no cualquier deportista consigue pasar ese examen de los hinchas como tampoco pasan el de los mismos medios, que necesitan actores superlativos para que la audiencia fluya.

Ahora bien, se podría televisar cualquier deporte, pero la verdad es que pocos de ellos soportan y alimentan correctamente la presión de los medios. Es así como tenemos que el fútbol, el golf, el tenis, el automovilismo, el básquet y el béisbol, dominan la sintonía con amplio margen, así algunos de ellos sean muy norteamericanos.

Ahí es donde vuelve a saltar a la palestra el nombre de Montoya pues ha logrado incrustarse en una disciplina de altísimo contenido mediático y de un alcance tremendo en todo el mundo.

La Fórmula 1 es el campeonato regular con más sintonía entre los eventos mundiales. El de fútbol y los Olímpicos van cada cuatro años, el Tour de Francia es una vez al año, los abiertos del golf tienen diferentes jerarquías Y no proclaman cada año a un gran campeón. Se limitan a un ranking que nunca tiene el mismo peso.

En cambio, las 16 carreras de la Fórmula 1 llenan la expectativa de marzo a octubre de sus 400 millones de televidentes por fin de semana. La Fórmula 1 es el espectáculo de televisión más seguido en el mundo, lo que explica su contenido económico y la desaforada carrera de patrocinadores, fabricantes y pilotos por brillar en esa cresta tan codiciada. Llegar, estar y mantenerse en ese podio, es algo reservado a muy pocas figuras del deporte mundial.

Otra razón fundamental para que el automovilismo, como el fútbol, sean popularmente seguidos, aunque nunca practicados en la misma escala, es que son actividades emulables. Una persona cualquiera que conduzca un automóvil 'se sienta' en el lugar de Montoya y puede calibrar sus habilidades desde un modesto auto de calle. Como lo hace también cuando ve un partido de fútbol, por la sencilla razón de que alguna vez en su vida ha estado en esa misma situación y sabe lo difícil que es hacerlo mejor que todos los demás en el mundo que se creen buenos para el asunto.

Otras características de Montoya que marcan un profundo contraste con el estereotipo del deportista colombiano es su carácter, su bien entendida arrogancia y su control emocional. Está muy lejos, de las lagunas de personalidad de muchas de nuestras figuras que sucumben en momentos pico, son insuficientes ante la audiencia y algunos, ante la nueva vida que les abren sus victorias. Juan Pablo tiene determinación, coraje, autosuficiencia y fuerza que lo destacan a nivel mundial y que, por supuesto, visto en el escenario criollo, lo hacen sobresalir y son un ejemplo de conducta y reciedad, fundamentales para sobrevivir en un medio en el cual todos son enemigos de alto calibre.

Una vida veloz

Finalmente, hay que citar que Juan Pablo Montoya no nació en la Fórmula 1 sino que lleva toda una vida, más de 18 años, compitiendo y ganando en todos los niveles. Sin duda es el mejor kartista de la historia colombiana, aunque no haya ganado una cadena de títulos, como tampoco los ha tenido en el automovilismo. Pero sus victorias siempre han sido concretas y de alta calidad.

Desde su primer giro de ruedas en el autódromo de Tocancipá fue ganador en las carreras de la Fórmula Renault, la Copa Lada y la Copa Swift, en la cual ganó siete de 10 pruebas e hizo también siete poles. Agotó los capítulos locales, ganó carreras sueltas en México y se enroló en la serie Barber Saab de Estados Unidos, donde terminó tercero, derrotado por Diego Guzmán, quien hacía su tercer intento en el torneo. Esto hace apenas nueve años.

Saltó a Europa a correr la Vauxhall Lotus con el equipo de Jackie Stewart. Ganó tres válidas y finalizó en su primer campeonato en el Viejo Mundo en el tercer puesto, horas antes de venir a Bogotá y pulverizar todos los récords en las 6 Horas. Pasó a la F-3 inglesa en el 96 y ganó dos pruebas, terminó quinto en el torneo, hizo el Gran Premio de Macao, volvió a ganar en dos carros las 6 Horas de Bogotá y se maduró para ir a la F-3000, aún sin títulos internacionales pero con la mejor reputación de habilidad y velocidad.

En el primer campeonato de la 3000, en 1997, falló el título, después de tres victorias, por pocos puntos ante el brasileño Ricardo Zonta, quien ganó más por experiencia, mejor equipo y apoyo, que por su velocidad pues luego no cuajó en la Fórmula 1.

En el segundo intento de la F-3000 y siendo ya piloto de pruebas de Williams en 1998, consigue su primer gran campeonato internacional sobre Nick Heidfeld, su antagonista de hoy en la Fórmula 1. Montoya tiene en ese momento 25 años y llega la oportunidad de ir a la Fórmula Cart donde acaba de un tajo con las estadísticas, con las leyendas de los Andrettis, Unser y compañía. Gana desde su tercera salida, se impone siete veces más, hace seis poles y es el campeón luego de un dramático final en un mano a mano con Darío Franchitti, en Fontana, California.

Repite Cart en el 2000, pero no repite motores y es la víctima de la mecánica experimental de los Toyota que instaló Chip Ganassi en su carro, por lo cual su año se cierra con cuatro triunfos, siete poles y un sexto puesto en el torneo, del cual se despidió anticipadamente gracias a Frank Williams, quien le pagó una prima a Chip para llevárselo a la Fórmula 1.

Allí va en su tercera temporada y ya le apunta al campeonato, lo que puede haberse retrasado por las peripecias mecánicas de sus carros y las personales de su ajuste en el torneo más difícil del mundo. Pero tiene, al escribir este artículo, tres victorias, 11 poles y, lo mejor, todo por hacer si el medio mecánico sigue a la altura.

Este recuento a brincos sobre la trayectoria de Montoya nos indica que no es flor de un día ni tampoco una ilusión que espera el fatídico knock out, o el penalti en contra en el último minuto.

Sabiendo que apenas su vida útil como deportista en la Fórmula 1 va por 30 por ciento del recorrido, por decir algo, probablemente esta distinción podrá repetirse, máxime si consigue el título mundial de la Fórmula 1, algo que nunca ha estado en las cuentas de los colombianos lo cual explica que la dimensión de Montoya supere todas las comparaciones. Y para que sea, mientras lo proclaman a nivel mundial, de largo el mejor deportista colombiano de todos los tiempos, faltando aún las mejores cosechas por venir.

En ese camino, Montoya se encontrará en la historia con la voz de Shakira y las maniobras de su carro se confundirán en la memoria con la silueta del baile de la prodigiosa barranquillera porque ambos tienen en sus manos la casi imposible condición de construir futuro en el presente .

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