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| 10/1/2001 12:00:00 AM

Chávez en persona

Las impresiones del periodista ante la figura del presidente de Venezuela, un personaje indispensable en la actualidad de los últimos años.

Conocí a Hugo ChAvez Frías en la segunda mitad de 1994. El coronel llegó al estudio de Inravisión acompañado de su amigo el parlamentario colombiano Gustavo Petro y de una pequeña comitiva venezolana. Lo habíamos invitado al programa Expediente, que presentábamos Gloria Cecilia Gómez y yo. Estaba vestido de liqui liqui azul oscuro, lo cual le daba un aire muy exótico. Nadie en Colombia usa un traje típico en su vida normal a no ser para ir a las fiestas de disfraces, cada vez más escasas por lo demás. El detalle, sin embargo, me gustó. No hacía mucho había sido puesto en libertad tras pasar un tiempo en prisión y era apenas el ex comandante Hugo Chávez, cuyo mayor mérito era haber dirigido, con más pena que gloria, un intento de golpe contra Carlos Andrés Pérez en 1992.

Pero Chávez exudaba optimismo. En él pesaba claramente más el futuro que el pasado. El sólo se había rendido “por ahora”, como dijo a la televisión la noche de los hechos. No lo habían derrotado del todo, era un militar dispuesto a seguir luchando por sus ideales, estaba a la espera de una segunda oportunidad.

Pero ésta no le iba a llegar por fuerza de las armas. Incluso su actuación en el golpe fue considerada menos que brillante. Mientras sus correligionarios aseguraron algunas ciudades clave, él mismo no pudo con Caracas. Su segunda oportunidad le llegó por fuerza de lo que mejor maneja, de las palabras. El “por ahora” legendario hoy en día reviste muchas formas, todas muy floridas y muy vehementes. Chávez adora hablar, habla siempre que puede, es un maestro hablador.

Esa noche no fue una excepción. El comandante en liqui liqui estuvo a la altura en su primera presentación en Colombia. Su retórica fue la misma: el pueblo no puede más, hay que acabar con el “puntofijismo”, es necesaria una renovación, nada menos que la revolución bolivariana. Abajo los ‘cogollos’, es hora de que el poder sea para el beneficio del pueblo. Los técnicos estaban felices al final de la entrevista. Lo rodearon para saludarlo y decirle que lo mismo pasaba en Colombia y que lástima que aquí no hubiera nadie como él. Chávez, el virtual desconocido, los saludaba feliz como si fueran sus propios paisanos del estado Barinas.

Volví a ver al comandante en marzo de 1998, esta vez en Caracas. Ya no estaba de liqui liqui y nadie contaba que lo hubiera vuelto a usar. Ya no era el ex militar más bien pobre que se quedaba en Bogotá en cama camarote en una casa de huéspedes sindicalistas, sino un candidato que ensayaba su arrogancia recién adquirida en las encuestas. Muy buen traje y corbata, un apretón de manos fuerte y seco, una cordialidad que empezaba a ser profesional. Y un discurso más elaborado pero siempre salpicado de referencias poéticas, históricas y de su pueblo de Sabaneta, donde él, de pantalones cortos y pies descalzos, disfrutaba del ambiente académico de su hogar de maestros y, para ayudar en la casa, vendía dulces de lechosa, el nombre que los venezolanos le tienen a la papaya. El quería la poesía, el teatro y la pintura, pero terminó entrando al ejército para ser beisbolista.

Ese día lo entrevisté en un apartamento fastuoso, de dimensiones heroicas, situado en un barrio muy residencial y perteneciente, como pude entender, a un compañero de armas del candidato. Era un lugar decorado con fruición, en el que todos los objetos y las paredes ostentaban algún grado de la tonalidad que va del vino tinto al rosado. Todo, los jarrones, los cuadros, los muchos adornos de cristal, el teléfono, todo.

Ese día Chávez hizo muchas citas, desde Rómulo Gallegos hasta Aristóteles, pasando por Bolívar, Albert Camus y Abraham Lincoln. Pero releyéndola, es claro que Chávez anunció en esa entrevista, con precisión muy detallada, lo que iba a hacer. Si algo quedó de esa oportunidad periodística fue la sensación de que Hugo Chávez iba a ser presidente de Venezuela, tenía que ser el siguiente presidente de Venezuela, y que era perfectamente claro lo que quería al llegar a la primera magistratura de la nación del “bravo pueblo”.

En esa ocasión nos despedimos muy cordialmente. Me quedó la sensación de que había conocido a un personaje indispensable en la historia de Venezuela, y hoy creo que no me equivoqué. Pero sólo lo supe con certeza algún tiempo después. Fue en la siguiente oportunidad en que vi al comandante Hugo Chávez Frías. Ahora no era ni el ex soldado humilde pero visionario, ni el candidato consciente de su fuerza, sino un caudillo modelado a imagen y semejanza, al parecer al menos, de tiempos idos. Fue en 1999 y el flamante presidente ya despuntaba como un gobernante latinoamericano que podía ser catalogado como el más típico y el más atípico, según la lente con el que se le mirara. Típico para una concepción tropical, anacrónica y exuberante del poder, en la que la personalidad del gobernante podía ser adulada sin remilgos por una cohorte de seguidores. Atípico porque mostraba ya una actitud diferente, menos acartonada, más directa, como si quisiera de intento salirse de los moldes de sus enemigos, que están dentro y fuera de las fronteras: los ‘cogollos’ que en Venezuela, Colombia y tantos otros países del área venían manejando los destinos del continente por sí y ante sí. Dispuesto a no parecerse a tantos Pastranas o Belaúndes o Freis que siempre han andado por la región.

Esa tarde lo vi en la plaza Caracas, el icono envejecido de la capital venezolana, que en los años 60 había representado la modernidad de una ciudad concebida para los automóviles norteamericanos que eran la envidia de los colombianos, los mismos mastodontes que ahora siguen circulando convertidos en chatarras ambulantes. Yo estaba en Caracas en el intento, desesperado e infructuoso, de conseguir una entrevista con el hombre que tenía de cabeza a Venezuela con su decisión de abarcar, mediante su Constitución bolivariana, todos los hilos del poder. Y esa tarde, con la frustración de la última evasiva oficial, llegué casi por casualidad a la manifestación. Se trataba del cumpleaños del presidente, y el tinglado armado alrededor de una ocasión tan curiosa no podía ser catalogado sino a partir de los anacronismos. No creo que en los años posteriores al general Perón en Argentina fuera posible pensar en una manifestación popular para celebrar el onomástico presidencial.

Pero eso era, y la puesta en escena era para sobrecogerse o para ponerse a reír. Yo opté por lo primero, porque a pesar de todo la dimensión del escenario, el juego cinematográfico de las luces y el sonido y el fervor de las gentes resultaban intimidantes. El público estaba compuesto por unas 20.000 personas, de las cuales la inmensa mayoría pertenecían a las clases menos favorecidas, que aplaudía con rabia sus palabras. Y cuando comencé a escucharlas quedé estupefacto. Todo, la construcción de las frases, su cadencia, las palabras del presidente-caudillo eran las mismas de mi entrevista al candidato. Bajo la luz de los impresionantes reflectores, que le daban a su figura tamaño de gigante, yo estaba oyendo algo que parecía ser la repetición interminable de una misma cinta magnetofónica.

Esa experiencia inspiró una carátula de esta revista que se tituló ‘El rey Caribe’. Sospecho que semejante atrevimiento acabó por siempre la posibilidad de una nueva experiencia personal con Hugo Chávez. Pero como no hay mal que por bien no venga, aunque a veces los hechos se empeñen en demostrar lo contrario, esa especie de veto tácito me facilitó conocer la otra cara de la moneda: la de los adversarios de Chávez.

En el interregno el presidente consiguió todo lo que quería. Las instituciones, comenzando por la Carta, se convirtieron en su espejo, y hasta el nombre del país cambió para darle cabida a la figura egregia del Libertador Simón Bolívar. El pacto de Punto Fijo de 1958, cuando los partidos tradicionales de Venezuela se repartieron el poder, dio paso a la Quinta República, la chavista. El comandante de las citas poéticas y filosóficas se había convertido en una reencarnación del tradicional autoritarismo venezolano y su revolución estaba en marcha.

Pero las cosas no le habían salido tan bien como esperaba. El precio del petróleo se negó tercamente a subir y la miseria a bajar. La inversión extranjera, asustada por la falta de tacto del presidente en su presentación de las reformas, comenzó a descender mientras crecía el desempleo. La autonomía de los poderes públicos dio paso a las decisiones unipersonales. Y en el proceso la popularidad del presidente quedó acorralada en sus bases primigenias, los estratos más bajos, para quienes la esperanza en su caudillo es lo único que les queda por perder.

El nombramiento de José Vicente Rangel como ministro de Defensa había sido una bofetada al estamento militar y demostraba que Chávez se había visto en la necesidad de controlar el descontento creciente en las filas ante la politización de sus actividades. La captura de José María Ballestas, el secuestrador del Fokker de Avianca, y su tratamiento de VIP por el gobierno eran para los venezolanos la demostración de los vínculos de Chávez con la guerrilla colombiana. Al presidente parecían cerrársele las salidas.

Fue en marzo de este año. En el Centro Empresarial del Este, un elegante edificio de oficinas de Caracas, se realizó el lanzamiento de la Coordinadora de Acción Cívica. Todos querían ser conspiradores, o al menos parecerlo. Yo nunca había visto una audiencia más enfebrecida, ni que reaccionara con mayor vehemencia a los oradores que se disputaban el honor de usar los peores epítetos contra el paracaidista del Palacio de Miraflores. Allí estaban todos: desde miembros de la alta sociedad, muchas señoras, hasta ex militares de todas las graduaciones, pasando por artistas, ejecutivos, abogados, ex guerrilleros, estudiantes y hasta sindicalistas.

El tono de la reunión no era conciliatorio. “Usa el nombre del Padre de la Patria en forma abusiva”, decía Manuel Briceño, figura de las tablas y la cultura. “Convocamos a la desobediencia pacífica”, seguía Carlos Melo, del comité de la resistencia civil. “La pobreza se ha profundizado hasta abarcar el 90 por ciento de la población”, vociferaba el sindicalista Oscar Mesa entre gritos de aprobación de las señoras. El tono de la reunión era incendiario, pero también resultaba extrañamente ligero, como si el objetivo no fuera sacar legalmente del poder al presidente de la República Bolivariana de Venezuela sino al rector del colegio de los hijos de los asistentes.

Pero lo cierto es que de ese coro de discursos incendiarios de salón y señoras vocingleras salió por primera vez la propuesta del paro que hace dos semanas detuvo en seco al país ante las reformas “revolucionarias” adoptadas por decreto ejecutivo. Fue el parto de un movimiento heterogéneo y variopinto que se vale de Internet para vivir en una especie de asamblea permanente de barrio, en la que se dan cita los vecinos de todas las clases superiores a la baja para consolarse mutuamente ese odio visceral por ese presidente tan poco presidencial. Un caudillo incómodo que no sólo amenaza el orden establecido, sino que encarna al venezolano que ellos no quieren ser. No resulta una casualidad que el paro haya tenido el liderazgo de alguien como Pedro Carmona, un hombre sofisticado, distinguido y pequeño, de modales finos y porte elegante, quien a pesar de parecer un adversario tan inverosímil para el comandante de paracaidistas logró un golpe de opinión tan demoledor que debe tener a Chávez al menos cavilando sobre las posibilidades de que su Revolución pueda llegar a vieja.
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