Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2001/10/15 00:00

Colombia 2025

Al despuntar el año el ex alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa Londoño, describe en el siguiente ensayo su sueño de lo que puede llegar a ser el futuro del país y cómo hacerlo realidad.

Colombia 2025

Hoy, 5 de febrero de 2025, me desperte temprano y alcancé a disfrutar del amanecer llanero. Nada es igual en el mundo. El cielo inmenso, rosado hacia el oriente, la brisa, el perfume de incontables hierbas, las aves, el susurro del agua de la quebrada. Hace 24 años, a comienzos de 2002, escribí sobre el futuro de Colombia. Todavía la mayoría de los colombianos no le veían salida a la violencia y el desempleo de entonces. Los problemas se ven tan grandes antes de resolverlos y tan sencillos después de hacerlo. De alguna manera lo que sufrimos nos sirve para apreciar aún más la paz, nuestra risa tan abundante, cada día. Aquí no alcanzo a imaginar cómo aquellos que dejaron el país para no volver pueden privarse de este llano, de nuestras montañas, de nuestra música caribe, de mostrarle al nieto nuestras mariposas y libélulas de colores metálicos sobre un charco tropical. Afortunadamente aprovechamos la incertidumbre de la guerra para impulsar un modelo propio de desarrollo, más sostenible en lo ambiental y más igualitario en lo social, que hoy es admirado e imitado en muchos lugares del mundo. Hubiera sido un error histórico haber ganado la guerra para mantener las desigualdades. Hoy todos los niños colombianos tienen una buena nutrición, atención de salud, acceso a jardines infantiles, escuelas, parques, bibliotecas. Había un mínimo que era indispensable garantizar, independientemente de los impuestos que se requirieran; por supuesto con un sector público muy eficiente, que subcontrata todo lo que sea posible. A comienzos de siglo se hizo cada vez más aplastante la evidencia de que la guerrilla no sólo no representaba a nadie, sino que tenía todo el país en contra. Aunque se fortaleció militarmente, apoyada principalmente en sus vínculos con el narcotráfico, la guerrilla había comenzado a acabarse como tal con el reconocimiento sin atenuantes del fracaso del comunismo por parte de la Unión Soviética, Alemania y con algo de disimulo en el caso de China. Después de la muerte de Castro Cuba muy rápidamente se integró al sistema económico internacional y el anacronismo de la guerrilla colombiana llegó a límites teatrales. Distinto de las luchas en el Oriente Medio y en otros lugares del mundo, donde hay diferencias étnicas, religiosas y culturales, en Colombia soldados, guerrilleros y paramilitares eran prácticamente de la misma familia. Ni siquiera había diferencias ideológicas. Más que razones objetivas, o proyectos de sociedad, la guerra la mantenían los egos de unos jefes. Pero incluso éstos en todos los bandos estaban unidos por un enorme amor por su país. Los paramilitares, que surgieron como autodefensas ante la incapacidad del Estado de defender a los ciudadanos, se habían convertido en un monstruo cuyas cabezas asesinaban a académicos, líderes políticos o sindicales que pensaran distinto a ellos. Algunos en las Fuerzas Armadas, impotentes para combatir la organización guerrillera dentro del marco de una legalidad de paz, habían apoyado a los paramilitares. No era posible encarcelar guerrilleros sin tener todas las pruebas que exige el procedimiento penal de tiempos de paz. La guerrilla violaba gravemente los derechos humanos al ser una fuerza combatiente que usaba como escudo a la población civil, por ejemplo, mimetizándose entre ella. Finalmente el país adoptó una verdadera legislación de guerra y las Fuerzas Armadas, desvinculadas por completo de los paramilitares, pudieron emprender metro a metro la implantación del orden en el país. La destrucción de dos enormes torres en Nueva York, con casi 5.000 muertos en el año 2001 por terroristas fundamentalistas islámicos, cambió la perspectiva internacional, especialmente la de los Estados Unidos, sobre los grupos armados que utilizan la violencia como instrumento para doblegar a sociedades democráticas. Trajo empatía para con los colombianos y convencimiento de que el nuestro era un problema de índole internacional que estaba soportado por el narcotráfico. Los Estados Unidos invadieron Afganistán para destruir grupos terroristas e intervinieron en otros países donde se conformaban y refugiaban. Les quedó sin embargo claro que lo habían hecho demasiado tarde y que no podían seguir indiferentes ante los asuntos internos de los países cuando hubiera riesgos de violencia internacional. El apoyo diplomático, financiero y de tecnología militar del exterior al Estado colombiano aceleró el desenlace del conflicto. El narcotráfico también se combatió con apoyo internacional y fue tanta la contundencia que esa actividad migró a otros países y su escala en el nuestro ahora es muy reducida. Es cierto también que afortunadamente para nuestras instituciones los gobiernos a nivel internacional adoptaron finalmente una actitud más realista hacia el problema y bajo control médico legalizaron el consumo, lo que redujo la demanda del producto ilegal a un mínimo. Otro desarrollo que nos favoreció en el combate del problema fue el desplazamiento de la demanda hacia drogas sintéticas. Un derecho humano fundamental es el de vivir sin miedo. Colombia llegó a ser posiblemente la sociedad más atemorizada del planeta. Hegel dice que el hombre dejó de ser esclavo cuando estuvo dispuesto a morir por su libertad, por su dignidad y la de los suyos. Un buen día los colombianos decidimos no seguir emigrando, a vivir sin patria, ni seguir viviendo encerrados por el temor. Y nos unimos todos sin distingos, solidariamente, para luchar hombro a hombro por nuestro país. Así comenzó nuestra emancipación de las minorías violentas que, como los ogros de los cuentos, nos mantenían atemorizados. La guerra fue dolorosa pero unió al país en todos sus estamentos. Y fue mucho más corta de lo que se había supuesto. La fuerza del país entero unido para un propósito común fue avasalladora. Finalmente los guerreros mismos decidieron que no podían seguir causando tanto sufrimiento y destruyendo esa patria que amaban y llegó la paz. De ser uno de los países más violentos del mundo pasamos a estar entre los más pacíficos y seguros. Porque la delincuencia también se redujo a niveles insignificantes. En un momento dado fue necesario construir una gran cantidad de cárceles. Porque, siguiendo la tendencia internacional, se decidió sancionar drásticamente aun las contravenciones y los delitos menores, que son los precursores de los más graves. Como había ocurrido desde hacía años en el resto del mundo, acabamos con la legislación de menores, que los había convertido en una especie de delincuentes intocables. Los procedimientos penales de emergencia, mucho más expeditos, fueron necesarios para salir del caos en que vivía Colombia. La Nación en proceso de desintegración se ahogaba en filosofía legal. La prohibición total de tenencia de armas de cualquier tipo, con penas severas e inconmutables para los que violaran la norma, luego de ser muy discutida resultó efectiva tanto para acabar la delincuencia como las peleas de borrachos que tantos muertos causaban. Todavía la Policía hace requisas a cualquier hora y en cualquier sitio. Los amantes de las armas tuvieron que vincularse formalmente a las Fuerzas Armadas y cumplir con reuniones y tareas específicas. Era obvio en Suiza o Francia, pero a nosotros nos tomó tiempo entender que el cumplimiento estricto de la ley no es autoritarismo, sino, todo lo contrario, democracia, y es indispensable para proteger a los más vulnerables. Logramos que la organización social y política adquiriera la legitimidad que hacía falta para hacer cumplir estrictamente la ley y sancionar drásticamente a los violentos y a los delincuentes. Las campañas de televisión que se adelantaron contribuyeron a darle legitimidad al sistema. Gracias a ellas, por ejemplo, los ciudadanos entendieron que la propiedad privada era la mejor manera de administrar la mayoría de los recursos de la sociedad, no para beneficio de los ricos sino para bien de toda la sociedad; que al estatizar una empresa lo único que se lograría era desmejorar la calidad e incrementar el costo de los productos. Se tuvo claro que la única manera de generar empleo y riqueza era atrayendo inversión privada, de colombianos o extranjeros; que por esto los ciudadanos de menores ingresos no podían ser indiferentes ante el secuestro, no sólo por solidaridad humana sino porque eran los más afectados ya que cada secuestro alejaba la inversión y el empleo. Se hizo más clara para todos los ciudadanos la inmensa tarea redistributiva que realiza el Estado, de modo que los que financian los servicios sociales de los más pobres, sus servicios públicos, son los impuestos y las tarifas de aquellos de mayores ingresos. Por supuesto, la remozada legitimidad del sistema no sólo provino de un mayor conocimiento de su funcionamiento y logros. El problema de la corrupción hoy es mucho menor. Las sanciones fueron drásticas. Pero más importante fue la mayor conciencia política, que llevó a que los elegidos fueran cada vez más capaces y menos rapaces; a lo que también ayudó la política de remunerar muy competitivamente con el sector privado a los funcionarios públicos y miembros de las corporaciones. En las nóminas públicas mejoró la calidad y se redujo la cantidad y la corrupción. La mayor legitimidad también surgió de hacer realidad una sociedad más igualitaria. La vieja izquierda, con sus esquemas estatizantes y su animadversión por los capitalistas, especialmente los más ricos, no había dejado ver la importancia de otros medios menos grandiosos pero más efectivos para construir una sociedad más igualitaria y más amable para todos. Para la nueva izquierda, más importante que la distribución del ingreso es la distribución de la calidad de vida. Se realizó, por ejemplo, una reforma urbana masiva, que llevó a que terrenos alrededor de los cascos urbanos de un área equivalente a la mitad de lo que era el área de las ciudades y pueblos entonces, pasaran a propiedad pública. Estos se destinaron mayoritariamente a inmensos parques y el resto a programas de bancos de tierra para vivienda popular. Las ciudades crecieron más allá de los parques, pero quedaron con los parques urbanos más formidables del mundo. Y vivienda popular con un excelente urbanismo, apoyada masivamente por los bancos de tierra y por normas que obligaban al sector financiero a canalizar recursos a su financiación, a veces con el respaldo de garantías estatales, dejó atrás para siempre los barrios piratas, que habían sido hasta entonces la única opción para el ciudadano de menores ingresos ansioso de solucionar la necesidad de vivienda de su familia. Con los insumos tierra y financiación resueltos la construcción jalonó la recuperación económica y del empleo. Sólo dos o tres años después de la consolidación de la paz y el fin del secuestro se empezó a sentir la recuperación económica, que se aceleró y llevó a tener un crecimiento económico promedio del 6 por ciento durante los últimos 20 años. Hoy nuestro ingreso per cápita es más del doble que al comienzo del siglo. Al país llegaron capitales colombianos que estaban en el exterior, así como inversiones internacionales. En 2005 se concretó la primera fase del Area de Libre Comercio de las Américas (Alca). Aunque algunas industrias no resistieron la competencia externa la mayoría se adaptaron y crecieron exportando cada vez más. Los colombianos se habían destacado siempre por ser trabajadores excepcionalmente buenos en todos los campos y niveles y esta ventaja comparativa se sintió cada vez más claramente. Miles de compatriotas retornaron después de muchos años en el exterior, trayendo conocimientos, experiencia y frecuentemente jalonando inversiones. La calidad de los profesionales colombianos, aunada a la gran calidad de vida de las ciudades colombianas, atrajo la inversión de grandes empresas transnacionales, las que montaron no sólo facilidades de producción sino también de investigación y desarrollo. Hoy las alas de muchos aviones Boeing se producen en Cali, Microsoft tiene un gran centro de investigación en Bogotá y Glaxo-Smith Kline desarrolla nuevos medicamentos en Medellín. Estos son apenas tres ejemplos, pero hay cientos. Donde la seguridad produjo una reactivación más impresionante fue en el campo. En la región norte de la Costa Atlántica correspondiente a Cesar, Magdalena y La Guajira, con inversiones públicas y privadas nacionales e internacionales en riego, tecnología y transporte, las zonas áridas se han convertido en un huerto maravilloso con toda suerte de frutas y hortalizas de exportación. Hay ejemplos de expansión agropecuaria altamente tecnificada en todas las regiones del país. Además de la prosperidad en el agro, buenos colegios, actividades deportivas y culturales e Internet dignificaron la vida rural de los campesinos, quienes dejaron de ser carne de cañón de la politiquería y de la guerra para convertirse cada vez más en verdaderos ciudadanos. Con la seguridad también llegaron los turistas extranjeros; inicialmente unos pocos arriesgados, ahora cientos de miles de cada año. Vienen no sólo a Cartagena sino a todos los rincones del país, que se ha vuelto, por ejemplo, el paraíso internacional para paseos en bicicleta de montaña. Luego de recorrer páramos de musgos y bruma los cicloturistas europeos descienden, entre árboles florecidos, quebradas limpias y plataneras de clima templado, a pequeñas posadas con restaurantes atendidas por sus propietarios, que han sido entrenados en hotelería y cocina criolla sofisticada por el recreado Sena. Los paseos en balsa y otras embarcaciones por nuestros espectaculares ríos también atraen decenas de miles de turistas y a nuestros jóvenes aventureros. Las ciudades colombianas se volvieron ejemplo ambiental internacional por la abundancia de vías peatonales y parques y porque durante las horas pico todos nos movilizamos en transporte público exclusivamente. Muchos lo hacen en bicicleta. Los bajos niveles de ruido y contaminación del aire, la ausencia de congestión y la rapidez con la que es posible movilizarse han sido unos de los factores que han atraído tantas empresas internacionales en los últimos años. De ser un medio de diferenciación el transporte pasó a ser un medio de integración social. Los ahorros en expansión y mantenimiento vial que hace posible el nuevo modelo urbano han permitido concentrar los recursos de inversión en los sectores más necesitados. Es sorprendente ver cómo proyectos muy sencillos y de bajo costo pueden mejorar tanto la calidad de vida. Hace 25 años la mayoría de los habitantes de la ciudad vivían prácticamente encerrados por el cemento. No tenían automóvil. Pero aun cuando lo conseguían luego de generaciones de esfuerzos no tenían donde ir a entrar en contacto con el campo y la naturaleza, excepto algún asadero costoso cercano a la ciudad. Ahora hay parques regionales de miles de hectáreas a menos de tres horas de los principales cascos urbanos donde ir a disfrutar de la naturaleza. Y desde las mismas ciudades salen grandes senderos y ciclorrutas a campo traviesa por entre las fincas de recreo de las regiones más bellas cercanas a las ciudades. Los paseantes encuentran pequeños parques con instalaciones sanitarias y facilidades de picnic y en algunos casos de camping. Uno de los senderos más frecuentados es el de Rionegro, en Antioquia. Algunos de estos senderos urbano-rurales están sombreados por samanes y otros árboles inmensos bordeando ríos paradisíacos como el Sinú en Montería, el Pance en Cali y el Guatapurí en Valledupar. Hoy ciudadanos de todas las condiciones disfrutan de estas redes peatonales de gran calidad alrededor de todas las ciudades colombianas y es frecuente encontrar allí extranjeros. Es interesante la reafirmación cultural de lo nacional a medida que política y económicamente los estados nacionales pierden importancia progresivamente. Sin dejar de trabajar para crecer económicamente nosotros decidimos que lo que mediría el éxito de nuestra sociedad no era el ingreso per cápita sino la felicidad per cápita. No teníamos ningún interés en tener tantos carros como los Estados Unidos, ni en cambiar de ropa o de máquina de lavar con tanta frecuencia. Concentramos más esfuerzos en la educación, no como un medio para ser más productivos o competitivos sino para apreciar mejor la vida y ser más creativos y felices: música, pintura, culinaria, lectura, cultivo de orquídeas, conocimiento de nuestra fauna y flora local, deporte, astronomía. Los niños se convirtieron en los únicos privilegiados de nuestra sociedad, con jardines infantiles, colegios, parques de altísima calidad. Los jóvenes recorren nuestras montañas, selvas, costas, deleitándose en sus colores, sus brisas de diferentes temperaturas y aromas, enamorándose de su país bajo las estrellas. Proliferan las organizaciones alrededor de temas de interés, desde bailar merengue hasta la protección de las ranas, y las organizaciones comunitarias tienen cada vez más importancia en la orientación de la sociedad. Buscamos tiempo para la familia, los amigos, los vecinos. Y construimos ciudades para que esto se diera, con formidables espacios peatonales para el encuentro y el disfrute de la comunidad. Cuando hace 24 años me solicitaron escribir sobre el futuro de Colombia me dijeron: “No se trata de decir lo que usted quisiera que pase sino lo que cree que va a pasar”. Resulta, sin embargo, que en las sociedades, salvo fenómenos naturales, pasa lo que decidamos que pase. Lo que diferencia al ser humano de los demás de la creación es precisamente que no tiene que aceptar el mundo como lo recibe. Puede cambiarlo. Puede soñar y construir sus sueños. Y hace 20 años decidimos dejar de ser analistas de nuestra violencia y más bien construir nuestro destino.

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