Domingo, 22 de enero de 2017

| 2005/06/25 00:00

Colombia más alta

En las imponentes alturas de los nevados y glaciares de Colombia se adquiere una visión muy particular del país. Un experimentado escalador reflexiona acerca de su experiencia en estos territorios a los que muy pocas personas tienen acceso.

Es reveladora la magia albergada en el hecho de que nuestra Sierra Nevada de Santa Marta, uno de los lugares más hermosos del mundo, uno de los polos energéticos del planeta, siga custodiada por fantásticos pueblos de la América nativa. Koguis, Ijkas y arsarios parecen resistir a los embates avasalladores de la guerra en todos sus degeneramientos, ya crónicos.

Guiados tal vez por sus sabios e iluminados por una secreta determinación luchan callados por su milenario conocimiento cósmico. No es tan descabellado el mote con que rubrican a los blancos. Somos los hermanitos menores. Nuestras ínfulas, nuestra dependencia material les proporciona la imagen de unos niños caprichosos ; dementes enceguecidos por alcanzar los espejismos del éxito y la riqueza.

Mientras tanto, en aquellas montañas a boca del mar Caribe el cóndor sigue surcando la majestuosa mañana de las alturas. Sus lagunas sagradas siguen duplicando el hemisferio celeste en las noches sin viento. Las rocas palpitan. La tierra está viva.

Una repentina ventisca agita la carpa. Afuera es aún de noche. La estufa calienta el agua para el tinto. Mientras hierve empacamos nuestros morrales con el equipo necesario para el ascenso. Es el año de 1987. La expedición Glaciares y Volcanes de Colombia se encuentra en la Sierra intentando escalar sus 18 cumbres principales en una sola temporada. A las 4 de la mañana iniciamos nuestro periplo hacia los picos Colón, Bolívar y Santander con tres amigos que nos acompañan. Dejamos atrás los últimos frailejones resguardados por gigantescas rocas. El riachuelo que seguimos en dirección al glaciar está congelado. Caminamos en silencio, concentrados. El frío nos cala en el rostro y las manos. En el filo del alba alcanzamos el glaciar. Mientras nos calzamos los crampones, nos reímos de nuestras propias ocurrencias. Vibramos entre el temor y la plenitud. Despunta el sol con su tibieza. Ascendemos rápido. Estamos fuertes. En las montañas se aprende que la fuerza es proporcional al amor por la causa. El glaciar es pura luz.

Hacia las 10 de la mañana alcanzamos el collado que separa los picos Colón y Bolívar. La visión de la vertiente norte corta el aliento. Al frente, 5.500 metros más abajo, la línea blanca de la playa. Atrás, el mar Caribe, y en el horizonte la tenue curvatura de la Tierra. Tomamos agua de las cantimploras. Alguien afirma que divisa Cuba. Continuamos. Una hora después estamos en la cumbre del Pico Colón. Apresuramos el descenso. Una neblina nos envuelve. En el collado despedimos a los amigos que descienden al campamento base. Juan Pablo y yo alistamos el material para escalar la empinada arista del pico Bolívar. El hielo es excelente. Muy coordinados y rápidos alcanzamos la cumbre. El día se ha oscurecido. Hay una tormenta latente. Adelante de nosotros la larga y delgada arista hacia el pico Santander, que nos obliga a diversas filigranas técnicas para superar los obstáculos de la vía. Estamos inspirados. Tan pronto tocamos la cima las nubes se disipan y el sol de los venados nos baña en su luz. Somos inventores de caminos. Reinventores de nosotros mismos. Descendiendo entre las rocas hallamos un pagamento dejado por los mamus arhuacos que nos ponen la piel de gallina; cinco agujas de roca de un metro de largo, dispuestas en una pirámide perfecta. Entendemos la señal de poder y armonía. Se nos ocurre que aquella estructura podría tener 300 años. O más. Permanecemos un rato en silencio ante el asombroso altar. Los últimos visos del día tiñen de escarlata las altas nubes. Más abajo recogemos nuestro campamento de tránsito y seguimos, cruzando la noche, compenetrados con todo, hasta el campamento base, donde nuestros amigos han hecho una fogata bajo el cielo de

estrellas. Las montañas son lugares propicios para la felicidad.

Y para la vida. Nadie ignora que en los extensos macizos de alta montaña del país se juega nada menos que el nacimiento de sus ríos medulares. Que los páramos en su conjunto son refinados organismos que absorben y regulan las aguas para irrigarlas sobre la nación. Que por la afortunada coyuntura de su localización tropical y sus notables alturas constituyen un banco genético endémico, lejos aún de ser descubierto en todo su potencial. Que son el hábitat de muchas especies simbólicas del país y el continente, como el oso de anteojos y los frailejones. Y que son paisajes de ensueño. Y santuarios del silencio. Y escuelas de noción planetaria. Y fuentes de conocimiento. Y refugio de pájaros. Y que es preciso conservarlos.

Porque, y aquí el idealismo se hace añicos, las altas montañas colombianas están seriamente amenazadas por todos sus flancos. El calentamiento global agota sus glaciares, la explotación agrícola diezma sustancialmente su diversidad, la negligencia secular de los poderes en relación con las prioridades constructivas de futuro, las dejan a una deriva incierta. El panorama hacia el futuro es desalentador.

...O tal vez no. Quizás esas pérdidas irremediables sean el precio por pagar en el duro camino del aprendizaje. En la evolución hacia formas de convivencia más simbióticas con el medio ambiente. A lo mejor esos sacrificios sean un indispensable escalón hacia la redefinición de ciertos preceptos de la sostenibilidad, como el respeto y la ética. Como lo esencial y lo verdadero. Padecimientos de un doloroso renacer. Experiencias adversas desembocando en una conciencia dilatada.

Es probable que el poder patrimonial de las montañas sea abstracto. El célebre alpinista francés Lionel Terray definió, hacia 1950, al montañismo con la enigmática sentencia de ser la conquista de lo inútil. En ello radica su belleza. Y los montañistas pueden llegar a ser elevados escapistas, contestatarios a la mentalidad utilitarista que rige con su impávido hierro la vida en los valles. Estudiosos de leyes superiores a la de los mercados, la cual también ha reptado invadiendo los ámbitos de la montaña y ha transformado a algunos escaladores de ser humildes discípulos de la elevación en serviles y ambiciosos sustentadores de los pilares del establecimiento. Pero aún ese fenómeno puede ser pasajero y necesario en el sendero del crecimiento interior de los hombres. Las montañas permanecerán ahí, tal vez ya desprovistas de sus luminosos glaciares. Serán bizarras aristas rocosas y páramos remotos esperando a aquellos conversos dispuestos a escuchar su sereno latido. Ahí seguirán los espíritus regentes, sus moradores ancestrales, esperando que los hermanitos menores crezcan, recapaciten y dejen de echarse plomo en los valles. *Fotógrafo, montañista

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