Domingo, 22 de enero de 2017

| 1989/02/06 00:00

¿ COMO GANAR LA GUERRA?

Al comenzar el año, muchos se preguntan cómo hacer posible la derrota militar de la guerrilla. SEMANA analiza por qué las Fuerzas Armadas no han tenido éxito hasta ahora, y cómo las nuevas tácticas de la guerrilla deben obligar al Ejército a cambiar las s

¿ COMO GANAR LA GUERRA?

Fueron 379 banderas tricolores las que necesitaron las Fuerzas Armadas para cubrir igual número de ataúdes en el año que acaba de terminar. Fueron 379 familias de soldados y policías las que vivieron en ese año el luto originado en la violenta confrontación política que viene sacudiendo al país desde hace varias décadas. La escena de las madres, viudas y huérfanos de los uniformados caídos en combate, pidiendo castigo para los culpables, fue cada vez más frecuente a medida que avanzaba el 88. Era un sentimiento que reflejaba, en forma creciente, la actitud de toda una sociedad hastiada de violencia pero, sobre todo, hastiada de la guerrilla .
Una actitud que ilustra a las claras la forma como el país ha ido cambiando sus posiciones frente al conflicto armado y a los grupos alsados en armas. Si en 1982, cuando el entonces recién posesionado presidente Belisario Betancur anunció su política de diálogo con la guerrilla, la pregunta que los colombianos se hacian era cómo alcanzar la paz, hoy, seis años después, cuando esa paz parece más esquiva que nunca, la pregunta que esos mismos colombianos se hacen es cómo ganar, de la forma más rápida posible, la guerra.
Este cambio de mentalidad, resultado de lo que muchos consideran como una actitud oportunista, ambigua y engañosa de los grupos guerrilleros, ha distanciado a la opinión pública de esos grupos y la ha acercado cada vez más a sus Fuerzas Armadas. La guerrilla, envalentonada con sus éxitos militares, no ha visto o no ha querido ver esta realidad. Esta se hizo evidente en el 88, curiosamente, el peor año, militarmente hablando, de las Fuerzas Armadas desde 1953 cuando, según el sociólogo e historiador norteamericano Paul Oquist en su obra "Violencia, conflicto y política en Colombia" "el Ejército sufrió varias derrotas serias en áreas de guerrillas, incluyendo la exterminación de una columna mecanizada de 96 homóres armados en una emboscada perpetrada cerca de Puerto López, en los Llanos Orientales", por los guerrilleros de Guadalupe Salcedo.
Si. El 88 fue un mal año para las Fuerzas Armadas. Mientras en 1982 las acciones armadas entre soldados y polícias, y las FARC, el ELN, el EPL y el M-19, dejaron 51 bajas entre los primeros y 251 entre los segundos, en una relación de 1 a 5 favorable a las Fuerzas Armadas, en 1988 esas acciones le causaron 379 bajas a los militares y 599 a los alzados en armas, en una relación de 1 a 1.5. Dicho de otra manera, entre el 82 y el 88, mientras las muertes de guerrilleros en acciones armadas crecieron en un 138%, las de soldados y policías aumentaron en el dramático indice del 643%. O peor aún, comparando las cifras de 1985 con las del año pasado, mientras las bajas militares en ese periodo crecieron en un 30%, las de la guerrilla no sólo no crecieron, sino que disminuyeron en un 13% (ver cuadro).
Lo anterior se debio, básicamente en lo que al 88 se refiere, a un profundo cambio que ya se venía gestando en años anteriores, en las tácticas de ataque de la guerrilla. Desde 1985, la guerrilla, y en especial el más grande de sus grupos, las FAR, se dedicó a mejorar su armamento, lo que le permitió, en opinión de un comandante de brigada del Ejército consultado por SEMANA, "disminuir el número de hombres por columna y, por ende, multiplicar el número de columnas así como la cobertura de esas columnas a lo largo y ancho del territorio nacional". Pero en 1988, ese proceso se complementó con una gran movilidad de las columnas, que permitió consentrar gran número de guerrilleros para ataques masivos como los de Saiza y San Pablo. El resultado fue que, en multiples ocasiones, la guerrilla infligió desmoralizadoras derrotas al Ejército y la Policía.

NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA
Esta situación no sólo desmoralizó a las Fuerzas Armadas. También, y mucho, a vastos sectores de la sociedad entre quienes fue creciendo un sentimiento de zozobra y desesperanza, y la idea generalizada de que la guerrilla estaba ganando la guerra.
En más de una oportunidad la opinión pública le reclamó al Ejército una decidida respuesta de combate. El propio presidente Virgilio Barco, indignado por la equivocación que permitió el ataque guerrillero a un bus escalera en el Caquetá, en el que viajaban civiles y militares, antes que condenar la acción guerrillera, condenó lo que calificó como "error militar".
Pero, como no hay mal que por bien no venga, paralelamente se comenzó a vivir otro proceso en el cual la opinión pública se empezó a solidarizar con las Fuerzas Armadas. Mientras la guerrilla ganaba puntos en el terreno militar, los perdía en el político ante un país que entendía cada vez menos que ésta hablara de paz a punta de plomo. Todo lo contrario ocurría con los militares.
Un comandante de brigada evalúo para SEMANA lo bueno y lo malo que estas derrotas significaron para el Ejército. Para él, lo malo es que el gran número de bajas desmoralizó la institución, le hizo perder credibilidad y confianza ante la opinión pública y facilitó la acción política de la guerrilla que, con sus victorias, aumento su prestigio militar en el exterior, con lo cual sentó las primeras bases para alcanzar su objetivo de ser reconocida internacionalmente como fuerza beligerante. Pero lo bueno, según el mismo militar, fue que " se dio una reacción del gobierno pura fortalecer a las Fuerzas Armadas, una presión de la opinión pública para que esto sucediera, Y en cuanto a la guerrilla, el préstigio internacional creció en la misma medida en que lo hizo el desprestigio interno".
En efecto, son muchos los colombianos que creen hoy que las Fuerzas, Armadas deben derrotar a la guerrilla e incluso, aniquilarla. Pero esto, como muchas otras cosas, es más, fácil decirlo que hacerlo. Un general retirado, con grandes conocimientos en la lucha antiguerrillera, considera que hoy sigue siendo válida la frase que hizo carrera a finales de la década pasada, según la cual en colombia, ni la guerrilla puede derrotar al ejército, ni el Ejército puede derrotar a la guerrilla. Pero esto no quiere decir, según el mismo general y otras fuentes consultadas por SEMANA, que la paz pueda ser alcanzada sin una profunda intensificación de las acciones militares. Mejor dicho, que en las actuales circunstancias que vive colombia, la política de paz no puede tener éxito si el Estado y la sociedad no desencadenan y respaldan una ofensiva militar de grandes proporciones, para bajarle los humos a la guerrilla. Incluso los sectores más progresistas de la opinión pública, los que más han defendido en los últimos años una política de diálogo, reconocen que la estrategía que hoy puede conducir hacia la paz debe contener una alta participación del componente militar. Se trata, en pocas palabras, de golpear lo suficientemente fuerte a la guerrilla, como para obligarla a sentarse a negociar su desmovilizacion, en condiciones menos favorables que las que tiene hoy.

NO MAS ERRORES
Es indiscutible entonces, que hoy existe presión de la opinión pública, decisión del gobierno y voluntad de los mandos militares para ganar la guerra. Pero para lograrlo, hace falta mucho más que decisión y voluntad. Si 1988 fue un mal año para las Fuerzas Armadas, no lo fue solamente por los cambios tácticos de la guerrilla, que le permitieron aglutinar grandes contingentes y causarles numerosas bajas al Ejército y a la Policía. Lo fue también porque las tropas resultaron vulnerables por falta de equipo y dotación, fallaron tácticamente y vieron cómo hacía aguas su aparato de inteligencia. El error militar al que Barco se refirió no fue un caso aislado, sino más bien la nota predominante en buena parte de las acciones armadas del año pasado.
Pero la guerra no sólo se gana en el campo de batalla. También, y en buena parte, en los escritorios donde se toman las decisiones del gasto militar. Desde cuando el proceso de paz de Betancur comenzó a tambalear, se volvió lugar común decir que a las Fuerzas Armadas había que darles más plata. Pero, aparte de lugar común, se convirtio en una realidad. Mientras en los años de la administración del presidente Julio César Turbay Ayala, considerado el mandatario contemporáneo que más respaldo le ha dado a los militares, el porcentaje de los gastos de defensa y policía significó un promedio anual del 14.5% de los gastos del sector central, bajo el gobierno Betancur, primero, y bajo el actual, después, esa participación creció hasta alcanzar hoy en día cifras superiores al 18%. Colombia es un país pobre, tanto para los gastos de educación y salud como para los de defensa, y bajo esta premisa se debe hacer cualquier análisis sobre el respaldo financiero que el Estado le esta dando a sus Fuerzas Armadas. Es evidente entonces, que los recursos no han alcanzado y que quizás nunca alcancen, para cubrir las gigantescas necesidades de un aparato militar enfrentado a una situación de guerra. La verdadera pregunta que hay que hacerse para evaluar el gasto militar, es si los fondos--que de todas maneras son insuficientes--han sido invertidos siguiendo una escala adecuada de prioridades.

En este punto, son muchas las críticas que se han escuchado sobre la compra de corbetas para la Marina y de aviones de combate para la Fuerza Aérea, y sobre el arreglo de dos submarinos de la Armada. Estas tres inversiones, que han significado un endeudamiento cercano a los 600 millones de dólares en los últimos años, han tenido por objetivo consolidar militarmente el frente externo. Indiscutiblemente, un análisis del diferendo con Venezuela y de las reclamaciones nicaraguenses, justifica tales gastos. Sin embargo, esta justificación tambalea si se analizan las prioridades del frente interno. Lo cierto es que, mientras los conflictos externos, incluso después del episodio de la Corbeta Caldas en las costas de la Guajira en 1987, son una posibilidad, la guerra en el frente interno es una cruda realidad. Se puede, claro está, decir que es precisamente gracias al papel disuasivo que navíos y aviones cumplen en el frente externo, que esos conflictos no se han convertido en realidad. Pero, para muchos lo que no tiene sentido es que como, le dijera la Contraloria General de la República es un informe de julio de 1988. " al mismo tiempo que se anuncia la compra de equipo costoso y sofisticado, se alegue escasez en la dotación de botas, uniformes,gasolina, sistemas de comunicación etc."
No todos estos gastos son igualmente discutibles. La compra de las corbetas, por ejemplo, se puede justificar como la única forma de respaldar el control y vigilancia sobre las extensas posesiones colombianas en el Caribe y en el Pacífico, conseguidas gracias a una acertada ofensiva diplomática en la década pasada. La reciente adquisición de 18 aviones de combate israelíes Kfir, que tanta polémica ha despertado, también puede pasar el examen: no son precisamente los más costosos del mercado y, aunque tampoco son los mejores, cumplen, según un alto mando militar consultado por SEMANA, "con el papel disuasivo que hace que cualquier posible enemigo externo piense dos veces antes de lanzar un ataque pues, si bien puede lograr sus objetivos contra Colombia, estos aviones están en capacidad de afectar gravemente sus intereses económicos vitales". Aparte, y aunque muchos expertos discuten este punto, hay quienes creen que los Kfir pueden llegar a ser útiles, en un momento dado en el frente interno si llega a ser necesario un bombardeo a gran escala a fortificaciones guerrilleras como las que, según la información disponible, está implementando la guerrilla en algunos puntos del territorio nacional (ver recuadro).
Pero, en cambio, casi nadie da un peso por defender la costosa reparación que se hizo recientemente de dos submarinos de la Armada. Según la información conseguida por SEMANA con fuentes de Planeación Nacional, estos arreglos se contrataron por 85 millones de dólares., a pesar de que, según una fuente de la Presidencia de la República, hubo cotizaciones de menos de 60 millones. Aunque nada se puede probar con respecto a estos contratos, lo que sí plantea serias dudas sobre el acierto de estas decisiones es que arreglar dos submarinos--cuya utilidad despierta entre los mismos militares más de una broma--, haya costado más de una tercera parte de lo que costó comprar 18 aviones de combate. Si se trataba de hacer mantenimiento al equipo actual, hubiera sido mucho más útil reparar más de 50 helicópteros militares, que en la actualidad tienen problemas tanto de motor como de armamento, y que se necesitan urgentemente en el frente interno.
Algunas de las anteriores inversiones llevaron recientemente a miembros de la misión militar de la embajada norteamericana en Bogotá a expresar su desacuerdo al gobierno colombiano. Según un alto funcionario de la Presidencia de la República, "las quejas de la misión militar norteamericana obligaron al anterior embajador a decirle al propio presidente Barco, que la forma como se estaban decidiendo estas compras era una locura y que, mientras las cosas siguieran así, sería difícil que la misión militar americana continuara asesorando a las Fuerzas Armadas". Aunque esta actitud de los representantes diplomáticos de los Estados Unidos en Bogotá bien puede estar motivada por el hecho de que Colombia esté haciendo estas compras en Europa e Israel, y no en los EE.UU., las objeciones planteadas no son del todo gratuitas.
Sobre todo si se analiza el que, para militares y civiles que conocen el hecho, es sin duda uno de los casos más aberrantes. Se trata de la adquisición el año pasado, por una suma cercana a los tres millones de dólares, de un lujoso avión ejecutivo Cessna Citation para uso exclusivo del Ministerio de Defensa. El asunto es grave, no tanto por el monto de la transacción, como por la mentalidad que indica en materia de decisiónes de gasto. Una vez más, esta inversión no se compadece con los reclamos sobre falta de dotación para las tropas. Al respecto, SEMANA pudo establecer que a oídos del Presidente de la República, llegaron las quejas de varíos comandantes de Brigada. Una de esas quejas contenía la siguiente observación: si el Ministerio de Defensa necesitaba un avión ejecutivo, perfectamente hubiera podido utilizar uno de los muchos que se le han quitado a los narcotraficantes, pues la situación actual amerita medidas de este calibre.
Pero el problema no sólo es de chequera. Tal vez más importantes que las decisiones de inversión, son los profundos cambios tácticos que deben introducirse para que no se repitan los errores del pasado. Los inconvenientes para la llegada de refuerzos durante los combates en Saiza, la torpeza en la persecución de los guerrilleros después del ataque a San Pablo, en el Magdalena Medio --cuando los helicópteros avistaron a las columnas guerrilleras, pero no pudieron dispararles por no tener dispuestas las ametralladoras--y, especialmente, las graves equivocaciones en materia de desplazamiento de los soldados, como la que permitió el ataque al bus escalera en el Caquetá --que tanto indignó al Presidente--, son los ejemplos más dramáticos, más no los únicos.
"Si somos nosotros los que debemos pasar a la ofensiva--dijo a SEMANA un comandante de brigada--, es hora de que usemos el factor sorpresa. Ya no nos enfrentamos a una guerrilla de pequeñas cuadrillas, como la diseñara el Che Guevara, sino a grandes contingentes que se reúnen para atacar, y a los que debería resultarnos más fácil sorprender. No podemos seguir siendo vulnerables en nuestros desplazamientos y, por el contrario, tenemos que descifrar las vulnerabilidades del enemigo en los suyos. Todo esto debe estar respaldado, además, por una labor de inteligencia que permita localizar a tiempo las columnas guerrilleras que se están reuniendo para un ataque, para golpearlas primero".
Esta fuente pone el dedo en la llaga de un tercer aspecto, en el que las Fuerzas Armadas se han mostrado débiles en los últimos años. Cuando la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19, mucho se habló de una toma anunciada. Según un general retirado, "cuando ocurrió el ataque hacía rato que se había capturado a unos guerrilleros que llevaban planos del Palacio. No se ignoraban sus intenciones como si fuera poco la policía apareció publicada en varios periódicos. Así era imposible que se hubiera descuidado la seguridad y vigilancia de ese sitio".
Lo sucedido en Saiza también ilustra los problemas de inteligencia. Según esa misma fuente, "es imposible que los policías del puesto de Saiza hayan sido tomados por sorpresa por más de 200 guerrilleros. Sobre todo si después se viene a saber que días antes de la toma algunas personas vieron rondar gentes que no eran de la región. Es inconcebible que eso no se hubiera sabido a tiempo a no ser que se hubiera descuidado increiblemente la inteligencia. En un pueblo como ese por lo menos un policía tiene una novia que se entera de lo que todo el pueblo comenta el como un secreto a voces".
Pero quizás lo más dramático en fallas de inteligencia, sea el caso de los atentados explosivos en cercanías del Ministerio de Defensa, el año pasado. Primero fue la bomba en el parqueadero, a poco más de 100 metros de la entrada del edificio. El explosivo fue colocado debajo de una alcantarilla, sin que todavía hoy se entienda cómo es posible que los ductos subterráneos de una edificación que debe ser de máxima seguridad, no estuvieran siendo adecuadamente vigilados. Algunos meses después, vino el atentado al ministro de Defensa, Manuel Jaime Guerrero Paz, a sólo tres calles del Ministerio. Todo indica que los terroristas que colocaron los explosivos en las bases de dos postes del alumbrado, se hicieron pasar por obreros, sin que nadie se preocupara por averiguar qué estaban haciendo en un área que también debía ser de máxima seguridad, no sólo por su cercanía al Ministerio de Defensa y al CAN, sino por ser esa calle parte de la ruta del ministro Guerrero en sus desplazamientos.

LO QUE FALTA
Pero independientemente de todas estas consideraciones abstractas, en términos concretos qué se puede hacer. SEMANA, consultando a más de media docena de expertos, entre ellos algunos comandantes de brigada a cargo de zonas particularmente afectadas por la actividad guerrillera, llegó a la conclusión de que hay cuatro áreas básicas en las que se debe concentrar la inversión:
. Helicópteros de combate para ser utilizados, no tanto en patrullajes como en ataques combinados con fuerzas de tierra, a fortificaciones guerrilleras claramente detectadas.
. Lanchas y demás dotación para la infantería de marina, destinadas a patrullaje de los ríos que, como el Mira--en Nariño--, son las vías arterias de la entrada del armamento para los grupos guerrilleros.
. Material de campaña para las tropas--botas, vestuario, munición--y un armamento y un equipo individual más cómodo y más moderno.
. Medios electrónicos para modernizar la labor de inteligencia, que permitan utilizar técnicas como la radiogoniometría por triangulación, necesaria para ubicar un campamento guerrillero desde el cual se están emitiendo señales de comunicación.


Algunas de estas necesidades ya se están comenzando a suplir. "Pero el equipo no basta. Hace falta mucha imaginación y mucho contacto con la población campesina en las zonas de guerrilla" observó un general retirado. "No es necesario someter a la tropa por muy bien armada que esté a patrullajes en los que es vulnerable a todo tipo de emboscada. Si se entra en contacto con los pobladores de la región y se les da un trato más humano que el que se les está dando en la actualidad es posible conseguir información segura para poder atacar sin correr mayores riesgos" agregó la fuente.
El problema de las relaciones con la población está ligado a uno mucho más grande: el de las relaciones y la imagen ante la opinión pública. Si en la actualidad la inmensa mayoría de los colombianos tiende a solidarizarse con las Fuerzas Armadas, esto se debe principalmente a que los errores políticos y engaños de la guerrilla la han aislado. Para que este ambiente de solidaridad no se desvanezca, los militares deben solucionar algunos problemas que afectan seriamente su imagen. Para ello, deben principalmente no mostrar ninguna con placencia frente al fenómeno paramilitar y condenar severamente, y de manera pública, a los elementos que desde su interior han colaborado con la guerra sucia. De lo contrario, se corre el riesgo de que suceda a nivel nacional lo que sucedió en Granada, Meta, el año pasado, cuando, después de la masacre de 16 campesinos, los familiares y sobrevivientes le comunicaron a miembros de la Consejería para la Rehabilitación de la Presidencia de la República, que después de lo sucedido no tenian otro remedio que pedirle protección a las FARC.
Está claro, pues, que el reto al que se enfrentan las Fuerzas Armadas, con ellas el Estado y la sociedad entera, para ganar la guerra, no es exclusivamente militar. Son muchos los elementos, como armamento, modernización de las tácticas, mejoramiento de la inteligencia y un hábil manejo político y de imagen, los que tienen que combinarse para alcanzar el éxito y demostrarle a la guerrilla que puede ser sería y definitivamente debilitada. Eso es difícil, pero no imposible. Lo único que es seguro es que la situación no puede prolongarse indefinidamente. El proceso iniciado por Belisario Betancur ha desembocado en el absurdo de que, buscando la paz, se llego a la guerra. Y algo más grave, que esa guerra se está perdiendo. El país se ha acostumbrado a tolerar la existencia de grupos ilegales armados, en buena parte del territorio nacional. La opinión pública considera que este ciclo debe darse por terminado, para darle paso a una nueva etapa. Cualquier Estado del mundo está obligado a luchar por su supervivencia, incluso si a veces el precio es demasiado alto. Esta realidad no es grata, pero es ineludible. Por todo lo anterior la tarea que se inicia en 1989 es ardua. Tanto como lo requiere uno de los momentos más cruciales de la historia del país.

LA FORTIFICACION EN "L"
Algunas brigadas militares han detectado un nuevo tipo de fortificación de los emplazamientos guerrilleros. Se trata de la fortificación en "L". Es una construcción reforzada (1), colocada sobre la pendiente de una montaña. En ella, el guerrillero se protege de un ataque aéreo o terrestre. Si es herido o muerto, la "L" es aprovechada para una rapida evacuación, aprovechando la inclinación de la ladera (3). Un segundo guerrillero está siempre listo para remplazarlo (4).

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