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| 10/1/2001 12:00:00 AM

Confesiones a los 30

Una conversación entre ocho mujeres profesionales revela sin tapujos los amores, ilusiones y los dilemas de su generación.

Cumpli años y por primera vez en mi vida no hice ningún propósito grandioso. No me prometí conocerme mejor, ni aprender a cocinar y ni siquiera escribir algo digno de ser recordado. Mi propósito para mi trigésimo primer año de vida fue hacer spinning. Tonificar los muslos, fortalecer los antebrazos y eliminar por completo la barriga serían mi prioridad. Evidentemente había subido al tercer piso. Y aunque la idea me divertía no dejaban de asombrarme mis nuevas metas. A mis amigas, como siempre, les pareció normal. Lo bueno de las amigas es que no importa la aberración que pienses, sientas o, incluso, hagas, para ellas todo es normal.

Le pareció normal incluso a Marcela, la más intelectual. Cuando chiquita le decían la pequeña Larousse porque siempre lo sabía todo. Cuando cumplí 31 años me propuse quitarme todas las pecas, confiesa. Me hice un peeling y duré cuatro meses con la cara al rojo vivo. Si tuviera plata, interviene Natalia, me haría la liposucción inmediatamente y me quitaría estos conejos que me mortifican desde que tengo 15 años. Ella jamás ha podido mirarse al espejo sin hacer un inventario minucioso de todo aquello que la distancia de Claudia Schiffer. Sus manos le parecen deformes, la cintura perfecta pero las caderas demasiado anchas. Y la cola ni hablar. Ella ha acudido a los masajes, fríos y calientes, a la gimnasia, a los gels adelgazantes. Tiene 32 años y sólo le falta la cirugía y la plata para hacérsela. Por lo menos, dice, ya solucioné el problema del bigote. Me levanté un tipo que me quita para siempre los pelos con láser y muestra orgullosa su imberbe cara. Antonia va a donde el mismo dermatólogo y también está feliz. Hasta ahí llegó la esclavitud de la depilación con cera, explica Antonia, la más ejecutiva.

A decir verdad es la segunda más ejecutiva. Andrea es la auténtica yuppie. Trabaja como consultora y vive en un apartamento lindísimo. Mejor dicho, allí tiene sus cosas porque en realidad ella vive en un avión. Está una semana en Argentina, otra en México y otra en Miami. Su ex esposo era banquero y viajaba igual. Se veían un fin de semana o máximo dos al mes. El resto del tiempo el romance funcionaba por correo electrónico o teléfono cuando los horarios coincidían. Así duraron tres años. El decidió tomarse un receso y quedarse en Bogotá. Ella ya no sabía qué hacer con tantas millas. El consiguió novia. Ella le pidió el divorcio. Ya no están juntos. Pero Andrea odia ser separada. Es horrible llegar sola a todas las fiestas, todo el mundo en pareja, y uno como una imbécil sola. Es cuestión de tiempo, le digo yo. Después te acostumbras e incluso lo comienzas a disfrutar. No sabe la delicia que es ir al baño con la puerta abierta, agrega Antonia para animarla. Aunque reconoce que estar sola no es fácil. Ella, salvo un breve interludio con un novio con el que vivió menos de un año, siempre ha estado sola e insiste en que es mejor el estatus de separada que de soltera. Una persona soltera a los 30 años le parece a todo el mundo rara —opina Antonia—, lesbiana o reprimida sexual. La separada, en cambio, es interesante.

Cualquier cosa es mejor que el matrimonio, cree Verónica, de 35 años, casada desde los 23. Ella es administradora de empresas y está a cargo de una marca de consumo masivo en una multinacional. Cada cinco años tiene una crisis y cada cinco años su marido la convence de que vuelvan a intentarlo. Cuando me casé mi vida iba a ser convencional, dice Verónica, soñaba con ser ama de casa, tener hijos y cuidarlos. Trabajar en algo, claro, pero no como mi prioridad. No sé qué pasó pero después se volvió más importante mi carrera, hacer una maestría, cosas que no combinan con el matrimonio. Mientras tanto él es lo que siempre iba a ser: un señor con un puesto y un hijo en una ciudad donde nació y va a morir. Yo puedo decirles exactamente lo que va a pasar en su vida y sé que no me voy a equivocar, explica Verónica, un poco enervada. El sexo tampoco es una maravilla. Verónica dice que desde que el niño está más grande hacer el amor se volvió demasiado complicado. Toca esperar hasta que esté bien dormido y mientras uno espera ya son las 11 de la noche y uno ya está cansado, explica ella, que cumple a la maravilla el rol de mamá, esposa y profesional. Cuando uno lleva tantos años casado —concluye— está en función de todo el mundo menos de la pareja y después ya no sabe cómo volver a tener intimidad. Pero como Verónica tampoco estaba dispuesta a morirse de tedio, conoció a un francés hace unos años y venciendo su timidez lo conquistó. Un día, él me decía, tengo que ir a Londres. Y yo decía, ¿Londres?, me suena, y cuadraba las fechas para encontrarme con él, recuerda con nostalgia. Fueron tres años de una viajadera deliciosa. Nos enamoramos tanto que estábamos dispuestos a separarnos para estar juntos, pero era una locura porque se trataba sólo de salir de los matrimonios aburridos de cada uno. Le pregunto si se arrepiente de algo. Siento que lo tenía que vivir, contesta, porque si no vivía algo gratificante y no predecible me iba a enloquecer. Verónica está saliendo del duelo de ese rompimiento y cree que quizá nunca deje a su marido. Me gusta ir a cine con él, cocinar juntos, estar con el niño, dice. Tal vez la vida no es más que eso, contraargumenta Antonia, la más pragmática. Quizás es eso, dice, lo que uno debe buscar en un marido y no el gran amor.

Margarita, la más romántica, sí sueña con casarse con su gran amor. El único problema es que él no se decide. Ya estuvo casado una vez, tiene dos hijos, y le gustaría que a lo sumo vivieran juntos. Margarita ha sido enfática en que es matrimonio o nada. Ella quiere un marido y una familia. Se había prometido a sí misma que le daría plazo hasta diciembre para que se decidiera y si no lo dejaba. Pero ya llegó Navidad y no ha pasado nada. Cuenta que el día de su cumpleaños él le dijo que adivinara cuál sería su regalo. Cuando le dijo que comenzaba con ‘a’ se le aceleró el corazón. Pensé que era una argolla de matrimonio, ahora se ríe. Afortunadamente no le dije nada porque eran unos anteojos. Le digo que ha visto demasiadas películas de Hollywood. Que lo más seguro es que si algún día Roberto le propone matrimonio no será la escena romántica con que sueña. Uno sólo se casa así a los 24 años, opina Antonia. A los 30 nada es tan claro porque ya se sabe lo que se está sacrificando. Y si se casa a los 23 años, como yo, dice Verónica, tampoco funciona porque uno no tiene ni idea de quién es uno.

La otra alternativa, dice Antonia, es seguir soltera. Así por lo menos uno tiene más cuentos. Hace un par de semanas, por ejemplo, salió con un tipo separado y sin hijos. La combinación perfecta, porque si tiene hijos no quiero ni siquiera conocerlo, dice. Este también se lo presentó una amiga pero por primera vez en mucho tiempo sintió que la celestina le hacía el favor a ella. Fueron a bailar a San Angel. La noche comenzó eufórica pero pronto comenzó a decaer. Era un yo-yo. No paró de hablar de sí mismo, cuenta Antonia, indignada. Cuando la dejó en su apartamento comenzó el debate interno de siempre: invitarlo a subir o decirle adiós. Si lo invito a subir el tipo dice, ya, me la comí. Y uno no siempre quiere acostarse, dice Antonia. Por otro lado, acostarme no me caería mal, pensaba. Ha debido aprovechar, opina Andrea, quien confiesa que hace varios meses que sólo se masturba. Y es que la masturbación me quita las ganas físicas, cuenta Andrea, pero no la cosa mental. A veces lo que siento, interviene Antonia, son puras ganas de consentirme con alguien, de dormir abrazados.

Esa noche, era claro, sin embargo, que la química entre ambos era cero. Entonces se despidió en el carro, se subió a su ascensor, se miró en el espejo y riéndose se dijo una vez más: otro que no funcionó. Llegar a ponerle humor a las interminables citas a ciegas frustradas no ha sido fácil. Su soltería se ha convertido en un problema que su familia y sus amigas han asumido como propio. Ella misma se había comenzado a deprimir después de la décima comida en la que descuadró la mesa. Y es raro porque su vida es la envidia de muchos: viaja a donde quiere, rumbea con sus amigos, trabaja hasta la hora que le provoque. Por eso decidió ir al sicólogo, para que le ayudara a aceptar que su vida actual no era un ‘mientras’ se casaba sino una realidad permanente. A los 20 años íbamos a donde la bruja a que nos revelara el destino. Ahora vamos a donde los sicólogos a que nos ayuden a vivirlo. Fruto de la terapia y del nuevo subsidio del gobierno, decidió comprar un apartamento de dos cuartos: uno para ella y otro para su lap top.

Los problemas de Lucía no son sentimentales. Ella adora a su esposo y él a ella. Su dilema es sobre los hijos. Tiene 33 años y lleva varios años postergando la decisión. Hace unos meses su marido compró un perro y desde entonces juegan al papá y a la mamá. La guardería del gran danés les cuesta más que los servicios de una niñera y por lo menos el niño crece, les digo yo, una de las víctimas de las babas del can. Pero a Lucía le aterra cambiar su estilo de vida, dejar su trabajo, levantarse a las 3 de la mañana y tener metidas en la casa a la mamá y a la suegra, que cada vez que la ven le reprochan su egoísmo por negarles la felicidad de un nieto. Las historias de sus amigas con hijos tampoco la estimulan mucho. Es verdad que todas dicen que no hay amor igual que el que se siente por un hijo ni tampoco felicidad comparable. Pero las que dejan de trabajar sienten una angustia terrible de quedarse por fuera del mercado laboral. Y las que siguen trabajando una culpa inmensa de que el niño le diga mamá a la empleada. Al fin y al cabo, se tranquiliza Lucía, poniendo su reloj biológico nuevamente en snooze, la esposa de Tony Blair tuvo un hijo normal pasada de los 40.

Tener hijos o no tenerlos. Hacer el amor o dormir solas. Comprar apartamento o arrendar. Casarse o arrejuntarse. Son todas opciones abiertas para las mujeres profesionales de 30 años. Pero hay algo que me parece todavía mejor, dice Marcela, la ex pecosa, y es que uno por primera vez es dueño total de su vida. Ya uno sabe que no se muere de amor y por lo tanto no está dispuesta a sacrificar nada esencial por estar con alguien. Y también, agrega Andrea, uno ya acepta que no va a ser Bill Gates, ni Madonna, ni Mónica Seles. Sino que uno es lo que es. Y no hay libertad igual a esa.
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