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| 10/18/1993 12:00:00 AM

CONSTRUCCION, TRADICION Y FUTURISMO

Restauración y turismo
DESPUES DE 18 AÑOS DE AUSENCIA REgresó al país el antropólogo Hernando Acevedo Quintero, un bogotano de 54 años que hace dos décadas ganó resonancia nacional por su trabajo en la restauración de los más importantes símbolos arquitectónicos de Tunja, la capital boyacense.
Ahora su labor ha tomado otro rumbo y, al regresar después de una importante carrera en Caracas (Venezuela), dialogó con SEMANA sobre sus proyectos pasados y futuros, sus intereses y hasta su novela, un proyecto que viene preparando desde hace cuatro años.
Pese a que sigue ligado a Venezuela con su trabajo como remodelador de casas y apartamentos para grandes personalidades de ese país, su brújula mantiene el norte en Colombia y su ideal es emprender aquí proyectos similares a los que ocuparon su tiempo en la nación vecina.
Ya tiene una importante propuesta del alcalde de Cartagena, Gabriel García Romero. Se trata de la revitalización del área habitada que rodea al Cerro de la Popa. Este, un símbolo de Cartagena en Colombia y el resto del mundo, podría convertirse a la vuelta de escasos 10 años en una estremecedora y triste imagen de miseria.
¿Qué hacer?
¿Reubicar o simplemente desalojar a las familias que día tras día ascienden al cerro cuando ya esté completamente ocupado? No precisamente. La solución propuesta por Hernando Acevedo es un poco más compleja y menos económica (imposible desconocerlo), pero al mismo tiempo definitiva. Lo que hay que hacer, según su propuesta, es mejorar la calidad de vida de quienes habitan la zona, sin solicitarles que la abandonen, y luego sí impedir que este cordón -una vez haya dejado de ser "cordón de miseria"- llegue a mayores alturas. Objetivo sencillo si se tiene en cuenta que su condición habrá mejorado a tal punto que ellos mismos podrán encontrar sus propias soluciones a cada problema y defender su espacio de nuevas invasiones.
Sin embargo, no es ese el elemento más innovador del proyecto. Las casas que rodean La Popa se convertirán en un sector turístico de singulares características. Sencillez y familiaridad serán las más importantes, pues se trata de que todas las familias manejen, de manera anexa a su vivienda, una posada al servicio de los turistas.
Es posible establecer una relación clara entre esta propuesta y las posadas que en muchos casos protagonizan el dinámico sector turístico de España. Estas, con una larga tradición que las respalda, pues ya existían en la literatura caballeresca de ese país como un reflejo de su realidad rural, han sido todo un éxito a través de los siglos. Lo que falta ver es cómo acomodarlas al entorno y la cultura cartageneros.
Tal vez por lo anterior, un antropólogo restaurador sea el motor necesario para convertir el ambicioso sueño en un claro ejemplo de autodesarrollo y convivencia con altos beneficios urbanísticos, turísticos y económicos para Colombia. De ahí que sea necesario dar un vistazo a propuestas similares desarrolladas en Venezuela, partiendo de la historia profesional de Hernando Acevedo y de cómo nació su interés por estos temas.
¿Cómo lograrlo?
Para entender la base de la que parte esta utopía y por qué puede considerarse posible en la realidad colombiana, lo primero que hay que tener en cuenta es el rumbo profesional que tomó la labor del antropólogo en sus primeros años. Entonces, muy poco tuvo que ver su desempeño, estrictamente hablando, con la restauración. Pero lentamente empezó a interesarse en el tema y hoy lo considera un excelente soporte para trabajar en experiencias como la que se espera desarrollar en La Popa.
¿Por qué? Como se dijo antes, lo que él propone es que las familias no tengan que abandonar su espacio y así destruir los importantes lazos emocionales que tienen puestos en su tierra. En esto, la readecuación y conservación de sus viviendas tiene un papel crucial.
Durante la alcaldía de Virgilio Barco que se inició en 1968, recopilaba y organizaba algunos de los más importantes museos del Distrito. Con su asesoría nacieron el Museo de Desarrollo Urbano, que lamentablemente está a punto de morir, el Museo Taurino, el Museo de Historia Natural del Planetario y el Museo Antonio Nariño, hoy desaparecido.
Acevedo se encargaba de montar el material y crear las leyendas para cada objeto y documento de las colecciones. Así se convirtió en asesor museográfico de la Corporación de Turismo y empezó a recorrer el país. Pero cuando llegó a Boyacá se vio ante la necesidad de intervenir también en los aspectos estructurales de sus obras con la ayuda de algunos importantes arquitectos.
En Belencito adecuó el Museo Siderúrgico de Colombia que hace dos años y partiendo de aquella experiencia, volvió a funcionar en la misma localidad. Sin embargo fue en la remodelación de la Casa del Fundador en Tunja donde empezó a desarrollar sus habilidades como revitalizador de espacios. Ese museo, y el de Diego Colón en Santo Domingo son únicos en su género dentro de Latinoamérica, pues las casas de los demás fundadores se han esfumado en el tiempo.
El templo de San Ignacio
Mientras adelantaba la obra recién mencionada, Acevedo recibió una carta del obispo de Tunja, monseñor Trujillo Arango, donde éste le solicitaba que trabajara con el tradicional templo de San Ignacio, lugar que, a pesar de ser una de las más importantes joyas arquitectónicas del país -fue fundado en 1570-, llevaba 10 años en el más completo abandono. Por ese entonces el director de la Corporación de Turismo era el historiador Nicolás del Castillo y el subgerente de la entidad, el economista Germán Mendieta. De ellos recibió el más decidido apoyo.
"En dos años y medio convertimos esa lúgubre iglesia en un espacio lleno de vida y de luz -comenta-. Sé que es increíble, pero yo estaba tan entregado al trabajo que en muchas ocasiones despertaba con una idea fija en la mente: detrás de esa pared se oculta un arco, en aquella hay una ventana... Me levantaba a las dos o tres de la mañana, despertaba al maestro y nos poníamos a tumbar pared hasta que descubriamos lo que estábamos buscando".
La idea era rescatar la apariencia inicial del templo, su presencia original como homenaje al pasado. Esto fue de 1972 a 1976 y para entender las dimensiones de la labor basta recordar a los 60 obreros que durante meses rasparon con espátula la antigua fachada hasta rescatar el ladrillo y dejarlo a la vista. Años después con una nueva intervención fue pañetada y pintada de blanco esa superficie.
El maestro de obra mencionado por Hernando Acevedo Quintero era nada menos que Antonio Gómez, el más conocido en Tunja en ese momento. Dice el antropólogo que de él y sus colegas aprendió mucho de lo que hoy sabe sobre construcción.
A ese proyecto siguieron otros igualmente significativos, entre ellos el de otorgar una nueva imagen a Villa de Leiva, tradicional población de la que fue alcalde durante un año y particularmente importante para él, pues por primera vez tuvo contacto con una comunidad marginal.
Punto de giro
"Me gustaba mi trabajo. Pero sentía que no tenía una relación tan directa con la gente y ese era mi máximo objetivo al estudiar antropología. De cualquier forma, cuando Virgilio Barco me ofreció la posibilidad de viajar a Venezuela para seguir con mi labor no lo dudé un minuto. En 1975 me convertí en asesor del Ministerio de lnformación y Turismo venezolano en la restauración de monumentos".
Allí se quedó 18 años, inicialmente con encargos tan importantes como el Palacio de las Academias y la Casa Amarilla, sede de la cancillería en Caracas. Pero en poco tiempo su vida empezó a cambiar de rumbo...
Asistió a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Asentamientos Humanos en Vancouver (Canadá) en junio del 76. Allí le impresionó particularmente una exposición y un libro sobre arquitectura popular en la India. ¿Por qué? "El tema de la conferencia era el estancamiento rural y la necesidad de mejorar la calidad de vida en las comunidades más pobres para que su actitud también cambiara".
Con esa idea regresó a Caracas y como, desde que vivía en Boyacá, le estaba "sonando" el tema de las posadas turísticas en los pueblos unió las dos cosas en un documento y al año siguiente (1977) lo presentó en el XIII Congreso Interamericano de Turismo en Caracas.
Diego Arria, embajador venezolano ante la OEA, a quien Acevedo había conocido cuando llegó a ese país, se interesó en el tema. Se eligió el barrio El Cerrito -en la parte alta de Sanare, a 50 kilómetros de Barquisimeto, la capital del estado de Lara- para implementar un programa de alojamientos para turistas y readecuación de viviendas sin antecedentes en el continente.
¿El resultado? Después de dos años y medio de trabajo comunitario con los locos y las prostitutas del pueblo, y también con las "hechiceras", que según los vecinos se habían tomado el cerro, entregó 77 posadas y muchas viviendas revitalizadas.
No fue tarea fácil, pues al principio la gente no quería que le tocaran sus casas. La llave para "llegarles al alma" fue intervenir su vieja y descuidada cancha de bola criolla -un juego popular venezolano con "tejos," de madera- y convertirla en un espectacular espacio social que respeta sus valores culturales. Finalmente (¿cómo evitarlo?) la zona terminó pareciéndose a Tibasosa, Boyacá.
Lo que viene
Adelantó algunos proyectos más en el vecino país y en todos ellos la pregunta obvia era: "¿Dónde están los planos?". Es que todo iba dándose espontáneamente y un arquitecto levantaba posteriormente los documentos escritos para que quedara un registro.
"Toda esta historia es como construir uno de aquellos viejos juguetes de madera. Como cuando yo era niño y no había televisión, ni teléfono. La única diferencia es que ahora resulta fundamental la presencia de otros en cada proyecto. El mio es un trabajo antropológico".
Es su opinión. De donde seguramente nace otro de sus sueños convertibles en realidad: su novela. La viene escribiendo desde hace cuatro años en honor a lo que él llama la generación de los soldaditos de plomo, los carros de balineras y los zancos. Hernando Acevedo está en Colombia.
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