Lunes, 23 de enero de 2017

| 1991/08/19 00:00

CONSTRUCCION, VIVIENDA Y DECORACION

CONSTRUCCION, VIVIENDA Y DECORACION

LAS BATALLAS DE BOYACA
SILENCIOSA Y MISTERIOSA ATRAPA LA MAYOR atención por parte de arquitectos y diseñadores. También despierta las más opuestas opiniones que edificación alguna pueda levantar en el país.

Hace más de 50 años en la tierra del frío, la ruana y los cultivos de papa comenzó a izarse una edificación de estilo neoclásico con motivo de la conmemoración de los 100 años de la batalla del puente de Boyacá.

En 1923 años después de la construcción del primer pabellón, los arquitectos se debatían entre las cargas del concreto, el peso de una hermosa cúpula, las columnas tradicionales y arcos abiertos en su lucha por entregar a Tunja una construcción para la comunidad.

La plaza de mercado entonces se construyó como elemento generador de actividad colectiva en el pueblo. Su planta rectangular consta de dos ejes perpendiculares que se cruzan en el centro basándose cada uno en el concepto de calle cubierta con hilerás de puestos de mercado a lado y ládo. Por su parte, las fachadas poseían -y aún se conserva- una gran elaboración especialmente en las entradas y en los arcos de exhibición .

Finalmente, en 1939 mientras el mundo entero concentraba su atención en los alemanes que preparaban los tanques de guerra para atacar al ejército Aliado, invadir la mayor parte de Europa y convertir a Alemania en el imperio más poderoso del mundo, en América Latina -en una humilde zona cuyas ambiciones eran menores que las de los nacionalistas alemanes- el pueblo boyacense celebraba el final de una intensa batalla arquitectónica que duró 20 años . El propósito de la batalla del centenario de la del puente de Boyaca era la construcción de la imponente Plaza de Mercado que hizo de Tunja el imperio más poderoso del mercado en la región cundiboyacense.

La celebración se realizó con bombos y platillos. Alcalde y gobernador se encargaron de dar el toque oficial al asunto mientras los comerciantes de los alimentos inauguraban los primeros puestos en el interior del lugar.

Año tras año, la plaza comenzó a tomar auge y fue así como se convirtió en el epicentro del mercado entre Santander y Cundinamarca. Los domingos era común ver llegar desde temprano a las tradicionales familias santafereñas que con canasto en mano se lanzaban sobre las mejores frutas y verduras del lugar.

Sin margen a dudas, el dominio de la plaza de mercado de Tunja se consolidó tanto como el imperio de la papa en el departamento de Boyacá.

Pero la plaza no era simplemente el lugar de comercio. Su capacidad para abrigar al hombre de tradición provinciana hizo que el edificio adquiriera la calidez de los pasos diarios de las personas en el lugar.

Sobre sus plazoletas y áreas de mercado, se levantaron durante más de dos décadas las voces, regateos, rebajas y hasta peleas que suelen acompañar el oficio del comerciante.

A finales de la década de los 60 y principios de los 70 la plaza entró definitivamente en desuso. Frente al continuo desgaste del lugar, a la falta de condiciones de higiene y al peligro que representaba la falta de mantenimiento de la plaza, la Alcaldía de Tunja construyó una central de abastos en la parte suroccidental de la ciudad.

Entonces, la plaza enmudeció y se convirtió en un ruina que el departamento de Patrimonios Nacionales clasificó como monumento.

Con el correr de los meses empezaron a escucharse los ecos de los gritos de aquellas mujeres de largas trenzas negras con ruanas y alpargatas, que dejaron impresas sus vivencias en los muros del lugar. Los habitantes de Tunja nunca percibieron aquellos alaridos que permanecieron intactos en el tiempo y en el espacio.
La plaza de mercado estaba de capa caída. La vieja cúpula desapareció, los pasillos y arcos fueron sellados con ladrillo para mayor seguridad, algunos corredores se derrumbaron ante la fuerza de las lluvias que suelen caracterizar a la región.

El entorno de la Plaza inició un proceso acelerado de desmejoramiento urbano. Lo que antes era el imperio del mercado entró en una aguda crisis social, cultural y arquitectónica. El descuido fue la lepra que carcomió los muros de tan imponente construcción.

Comienza la pelea
Relegada a permanecer en el valle del olvido como la mayoría de la construcciones antiguas en el país, la plaza de mercado de Tunja tiene en sus cimientos el estigma de la lucha.

En su primera versión la construcción se llevó 20 años de peleas, hoy la batalla por su recuperación se ha robado una década de enfrentamientos entre los promotores del proyecto y el Gobierno departamental. En la actualidad las discusiones se detuvieron para convertirse en diálogos de progreso para el departamento. Pues conscientes de la importancia del proyecto para la ciudad, el Gobierno departamental y la Beneficencia de Boyacá decidieron apoyar el proyecto.

Una iniciativa que nació en 1980 cuando después de su experiencia en la propuesta de renovación urbana del centro de Santa Fe de Bogotá, la compañía de arquitectos Obregón & Valenzuela -por sugerencia informal- realizó un importante diseño de recuperación de la plaza de mercado de Tunja. En él se plasmaba el valor de recuperar la plaza ya que la actividad del mercado había sido trasladada al suroeste de la ciudad.

Expuesto ante las autoridades del Gobierno departamental y olvidado casi por obligación, el proyecto despertó iniciales simpatías que pronto fueron diluyéndose.

Al parecer Tunja, como toda Colombia, perdió conciencia de la importancia de su pasado y la esperanza de un mejor futuro. El olvido del proyecto así lo demostró.

Sin embargo, en 1988 la compañía de arquitectos que ahora funciona bajo la denominación Obregón Bueno y Cia., recibió un telegrama de las entidades cívicas con el fin de explicar el proyecto. Pero este ya había perdido actualidad, planteaba la recuperación de un área mayor. Razón por la cual se trabajó de común acuerdo con la Beneficencia de Boyacá para actualizar la propuesta.

No obstante, como si se tratara de un sello que hace tropezar a cada paso el desarrollo del lugar, la recuperación de la plaza se obstaculizó.

Entonces, la idea se mantuvo dormida durante dos años hasta que en enero de 1990 se dio un nuevo impulso al proyecto que se denominó Plaza Real, con el diseño de Obregón Bueno y Cía.

Fue así como la recuperación de aquel monumento nacional que lucía raído por el olvido, consiguió con el apoyo imprescindible de las entidades oficiales del departamento, reactivar sus signos vitales.

La firma Obregón Bueno y Cía. mantenía su interés en reciclar aquel monumento que padecía la indiferencia de los ciudadanos.

Conscientes de la importancia que para la zona significa la recuperación de la plaza de mercado, el camino para su recuperación presentaba dos alternativas. La primera, reciclar el edificio, es decir, conservar sus características urbanas y arquitectónicas más sobresalientes pero transformar su uso. La segunda, restaurar la plaza y devolverla al estado inicial.

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