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| 6/21/2009 12:00:00 AM

Construir la paz sin rencores

Los procesos de desmovilización, desarme y reinserción son un voto de confianza en quienes abandonan la lucha y en la sociedad que los recibe.

"Algún eco de las guerras de la conquista española perdura en la situación actual de Colombia, y no nos prueba que el destino del país sea necesariamente la violencia, sino que nuestros males son antiguos".

Esta afirmación del escritor William Ospina nos reta a construir, con sentido de urgencia, otra memoria de Colombia; a construir equidad y transmitir esperanza, creando cada día y entre todos un país con más oportunidades para la vida.

No hay soluciones fáciles para los problemas que enfrentamos: tenemos parte de una generación perdida que pasó su juventud en los grupos armados ilegales y el narcotráfico y no en la escuela. Hay miles de víctimas que necesitan saber la verdad, ser reparadas y sanar las atrocidades de la violencia. Y a la vez, tenemos la oportunidad más grande, quizá la única, para alcanzar la paz y la prosperidad.

En estos últimos cinco años, más de 50.000 hombres y mujeres colombianos tomaron la decisión de abandonar los grupos armados ilegales para adelantar, de la mano del Estado, el proceso de reintegración a la vida civil. Y cada mes, cerca de 300 colombianos en la clandestinidad se desmovilizan, confiados en las propuestas del gobierno y la generosidad de la sociedad.

Historias de paz

La paz y la reintegración son procesos de construcción de confianza entre el gobierno, los desmovilizados y la sociedad, pero comenzar a creer no es fácil. Por eso el gobierno se arriesgó a dar el primer paso, a creer en la voluntad de cambio de las personas, a creer que una atención integral podría transformarles su vida, la de sus hogares y las de las comunidades que los reciben. Y no nos equivocamos.

Hoy tenemos muchas historias exitosas protagonizadas por desmovilizados que cumplen a cabalidad con las reglas del juego y con su compromiso con la construcción de la paz, historias como la de Álvaro Pérez. Este colombiano de Chaparral (Tolima), intentó una y otra vez ser un próspero empresario de las confecciones, pero la mala administración de sus negocios terminó por arrastrarlo a las filas de las Farc. Allí alcanzaba a coser cerca de 400 uniformes mensuales para el frente 21, pero de ese trabajo no le quedó un centavo.

La desconfianza dentro del grupo y la presión de las Fuerzas Militares se conjuraron para que Pérez optara por desmovilizarse.

Logró llegar por sí solo hasta los albergues de Bogotá, que en aquel tiempo recibían a los desmovilizados, y tras comprobar que el gobierno nacional no iba a recluirlo en una cárcel y tampoco lo iba a matar -como le decían sus comandantes- regresó a su tierra y convenció a otros 10 compañeros para que abandonaran las armas. Junto a ellos regresó a la vida civil.

Tres años después, la vida de Pérez ha tenido una gran transformación. Actualmente, con la asesoría de los directivos y ejecutivos de Coca-Cola Femsa que donan talento y conocimiento al Banco de Tiempo de la Alta Consejería Presidencial para la Reintegración, pudo constituir la empresa Colfepaz. Su negocio ahora reporta buenos ingresos mensuales, emplea a 11 participantes del proceso de reintegración y, por si esto fuera poco, la semana pasada inauguró un punto de venta en una importante zona comercial en el sur de Bogotá.

Al igual que Pérez, son muchas las personas que pueden contar historias similares.

Son personas que creen en el proceso de reintegración porque éste nunca ha pretendido marginarlos, subordinarlos, humillarlos, ni sobornarlos.

Por el contrario, sin olvidarnos de la inmensa responsabilidad que tienen en muchos hechos dolorosos que sucedieron en Colombia, la reintegración es un proceso hacia la dignidad de los colombianos que dejaron los grupos armados. Y por eso, está basado en el esfuerzo y en el cumplimiento de los compromisos que adquieren con el gobierno y la sociedad. Y por eso también sus hijos, que antes estaban destinados a seguir el camino de la violencia, hoy están estudiando dentro del proceso de reintegración.

Un proceso de todos

Las personas que abandonan las armas necesitan reconstruir sus relaciones familiares, conocer, asumir y ejercer sus derechos y deberes, aprender a resolver conflictos de manera no violenta y desarrollar competencias que les permitan vivir con calidad dentro de la legalidad. Por eso, durante todo el proceso tienen atención sicosocial, acceso a la salud en el régimen subsidiado y educación. También pueden acceder a formación para el trabajo y programas para generar ingresos.

Para más de 31.000 colombianos esta política es adecuada y, por eso, además de continuar en el proceso tienen un compromiso implacable con la construcción de la paz. Cerca del 10 por ciento de los desmovilizados no ha querido aprovechar esta generosa oportunidad que les da el Estado para vivir en paz, rompieron la confianza y reincidieron en la delincuencia. En estos casos los procesos judiciales son reabiertos y ellos tienen como únicos destinos la cárcel o el cementerio.

Hemos reconocido estas dificultades y consideramos que es perverso que por estar contando historias de cómo nos morimos, se nos olvide cómo vivimos, se nos olvide el gran esfuerzo que hacen miles de colombianos para construir un mejor país.

Nuestra costumbre de resaltar los infortunios nos ha hecho mucho daño. Ha hecho que muchos compatriotas permanezcan atónitos ante unos coterráneos a los que desconocen; ha hecho que muchos colombianos se nieguen a sentir como propias las dichas y desdichas de sus conciudadanos, ha hecho que por culpa de la indiferencia sigamos repitiendo la historia de violencia en Colombia.

Quienes queremos la paz debemos arriesgarnos a confiar, a creer y, sobre todo, a comprometernos con la reintegración. La indiferencia, además de ser un reflejo de la desconfianza en uno mismo y en los demás, pone en juego la paz, un proceso que se debe adelantar con el concurso de todos los ciudadanos.

Queremos que en los lugares habitados por el olvido y la miseria se fortalezca el sistema democrático y los colombianos podamos vivir en mayor armonía. Esta no es una tarea fácil, y sabemos que hay mucho camino por recorrer. Estamos en el principio del principio, reconstruyendo la confianza de todos los colombianos. La reintegración es ese primer paso para construir la paz. Confiemos, comprometámonos y actuemos ya.
 
*Alto Consejero para la Paz y la Reintegración
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