Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/08/27 00:00

Corazón valiente

Los agentes antiexplosivos de Colombia tienen el trabajo de mayor riesgo en el mundo. Cómo trabajan y qué sienten estos héroes anónimos de la patria.

Corazón valiente

Ana Iris Almeyda no volvio a dormir en paz desde que el menor de sus tres hijos, Jahír de Jesús, le dijo hace cinco años que quería ser miembro de la Policía Nacional. En ese entonces él tenía 19 años y ella no necesitaba conocer las estadísticas del Ministerio de Defensa para sentir temor por la vida de Jahír. Y no era para menos.

Según las cifras oficiales mientras que en cualquier otro país de mundo mueren en promedio entre seis y 12 policías al año en Colombia dos miembros de esa institución mueren cada día. Los temores de Ana Iris no eran infundados y la realidad se encargó de demostrárselo.

En marzo de 1999 Jahír fue uno de los policías que logró sobrevivir a un ataque de la guerrilla en Puerto Rondón, Arauca. Desde ese momento las peticiones de Ana Iris para que su hijo se retirara de la Policía y buscara un trabajo menos peligroso fueron constantes. Pero de nada sirvieron sus súplicas. Por el contrario. Según dijo Jahír a SEMANA, la toma guerrillera a Puerto Rondón, en donde ayudó a desactivar varios cilindros bomba que no estallaron, le sirvió para darse cuenta de lo que quería hacer el resto de su vida: desactivar bombas.

Sin embargo, para evitar aumentar el sufrimiento de su mamá, quien había tenido un preinfarto por cuenta de la angustia que le producía el trabajo de Jahír, éste decidió ocultarle los pormenores de su labor dentro de la Policía, algo que consiguió hacer con éxito durante más de un año, hasta el pasado 23 de octubre cuando Ana Iris descubrió de la peor forma posible que su hijo era un técnico antiexplosivos.

En la noche de ese martes Ana Iris, al igual que millones de colombianos, observó un noticiero de televisión que mostró paso a paso cómo un taxi bomba instalado por el ELN sobre el río Sardinata explotaba mientras Jahír se acercaba para intentar desactivarlo. “Cuando llegué al sitio el dueño del carro me dijo que él ya se había montado para sacar los papeles del vehículo, afirmó a SEMANA Jahír. Me acerqué para intentar revisar el carro, yo no había tocado nada y cuando estaba ahí sonó un ruido y creí que eran juegos pirotécnicos. Caí al suelo y sentí como si se me hubiera torcido el tobillo. Me miré la pierna y estaba totalmente destrozada. Pensé que iba a explotar de nuevo y como pude me alejé del carro”, recuerda Jahír. De allí lo llevaron a Cúcuta y posteriormente a Bogotá, en donde los médicos no pudieron salvar la pierna derecha del joven policía de 24 años.

Aunque sabe que es un hombre afortunado y un héroe para muchos, incluido el Presidente de la República, quien el martes pasado le envió una emotiva carta elogiando su coraje y valor, no puede evitar tener una mirada fría y distante. La semana pasada, mientras se recuperaba de sus heridas en el Hospital de la Policía, se enteró de que uno de sus mejores amigos y uno de los colegas a quien más apreciaba, Edwin José Ortega Balaguera, no contó con la misma suerte que él.

A las 3 de la tarde del pasado 6 de noviembre una camioneta bomba instalada por el ELN en la vía Cúcuta-Sardinata fue detonada a control remoto mientras Ortega intentaba desactivarla. Ese día a las 5 de la tarde Ortega iba a ser condecorado en Cúcuta con la medalla al valor por sus servicios como director del grupo antiexplosivos de la Sijin en Norte de Santander.



En la mira

Para la Policía las explosiones de las que fueron víctimas Jahír Martínez y Edwin Ortega, así como los cerca de 10 carros bomba que el ELN ha instalado en los últimos dos meses en Norte de Santander, hacen parte de una estrategia que esa organización guerrillera ha diseñado para tratar de eliminar a los hombres antiexplosivos. Según las autoridades existen informes de Inteligencia que indican que desde hace varias semanas el ELN trasladó a Norte de Santander, desde Arauca, a varios de sus especialistas en bombas para dirigir los ataques. Los análisis técnicos efectuados a los restos de los carros bomba de Martínez y Ortega dejaron en evidencia que parte de la macabra táctica de exterminio que intenta implantar el ELN consiste en esperar a que los técnicos se acerquen a los objetivos para luego hacerlos explotar a control remoto.

La razón por la que los técnicos de la Policía están ahora en la mira de las organizaciones subversivas es muy sencilla. Un poco más del 90 por ciento de los 990 ataques con bombas que se intentaron realizar entre enero y octubre de este año han sido neutralizados por los miembros de los grupos antiexplosivos, principalmente de la Policía Nacional.

Según cifras del Centro de Investigaciones Criminológicas los grupos guerrilleros, Farc y ELN —principalmente este último— han intentado cometer estos 990 ataques en el país con artefactos explosivos que van desde carros bomba, cilindros bomba o paquetes bomba, entre otros. Los departamentos más golpeados por este tipo de actos terroristas son Arauca, donde el objetivo es el oleoducto, y Antioquia, donde tienen la mira puesta en las torres de energía.

Según el capitán Germán Ruiz, jefe del Grupo Antiexplosivos de esa institución, la razón para que muy pocos conozcan estas impresionantes cifras simplemente radica en que “en Colombia son noticia las bombas que estallan pero no las que se consigue evitar que exploten”. Así como esta es una triste realidad no resulta menos cierto el hecho de que muy pocos conocen quiénes están detrás para impedir que esas bombas exploten.



Profesion peligro

Aunque tanto el Ejército como el DAS tienen expertos antiexplosivos el grupo de la Policía es reconocido por ser el más antiguo y experimentado, el cual está conformado por tan sólo 105 técnicos que deben moverse por todo el país. Pero ¿qué hace que un hombre escoja como profesión enfrentarse a una bomba?. Según dijo a SEMANA Martínez, quien antes de perder su pierna derecha había desactivado más de 30 de estos artefactos en diferentes regiones de Arauca, la razón principal “es el sentimiento de satisfacción que se tiene cuando uno impide que el enemigo estalle la bomba”.

Esa opinión es compartida por el capitán Germán Ruiz, quien en los siete años que lleva trabajando en el Grupo Antiexplosivos de la Policía tiene un impresionante registro de más de 300 bombas desactivadas, lo cual le otorga la autoridad necesaria para afirmar que no cualquiera puede, aunque lo desee, formar parte de este grupo. Según el mayor José Rubio Conde, jefe de capacitación de los cursos antiexplosivos de la Dijin, anualmente se presentan entre 30 y 40 aspirantes para hacer el curso de técnico antiexplosivos, que tiene un año de duración. De ellos menos de 10 superan el proceso de selección, que tiene pruebas sociológicas, sicomotrices y de conocimiento. Sin embargo, según Martínez, la mayoría son descalificados en las llamadas ‘pruebas de confianza’, que son las que permiten saber hasta dónde el aspirante es capaz de dominar el miedo. “No se trata de que no tengan miedo sino de que lo puedan controlar, lo cual es fundamental para este trabajo”. Una parte de estas ‘pruebas de confianza’ consiste en que el aspirante, vestido con el traje antiexplosivos, debe sostener entre las manos un taco de dinamita encendido.



A mano limpia

Aunque el trabajo de los hombres antiexplosivos es poco conocido y apreciado en el país en el exterior la labor de los técnicos colombianos es elogiada. Mientras la mayoría de los escuadrones antiexplosivos en el mundo utilizan como técnica principal la de hacer explotar las bombas instaladas por los terroristas por medio de una carga controlada, como lo hace la policía española con los carros bomba de la ETA, en Colombia los especialistas acuden a una técnica mucho más arriesgada, como es la desactivación manual.

Aunque la Policía colombiana cuenta con algunos robots para evitar que los técnicos corran riesgos la realidad es que en algunos casos éstos no resultan prácticos. “El robot pesa 190 kilos y es muy difícil de transportar a muchos lugares del país”, afirma el capitán Ruiz. Fuera de esto, según el oficial, en los casos de carros bomba se trata siempre de preservar la propiedad de las personas a quienes les son robados los vehículos. “Ese fue el caso del subintendente Martínez, ya que el taxi en el que el ELN había puesto la carga explosiva era el sustento y el único patrimonio de una numerosa familia”, dijo a SEMANA el oficial.

La otra razón por la que los hombres antiexplosivos de la Policía se han ganado el respeto de sus colegas en otras latitudes tiene una explicación técnica: la particularidad de las bombas en Colombia.

Según explicaron a SEMANA varios expertos las características de fabricación de los artefactos en el país tiene demasiadas variantes. “Una bomba del ELN siempre va a ser muy diferente de una de las Farc. Existe un 90 por ciento de posibilidades de desactivar una carga explosiva de las Farc porque son menos técnicos que los del ELN, quienes fabrican sus bombas con trampas compuestas por tres o cuatro sistemas diferentes de detonación electrónica. Sin embargo, para compensar esa deficiencia técnica, las Farc cambian el tipo de explosivo, dependiendo de la región del país. Es así como en Arauca utilizan anfor, en Santander dinamita y en Antioquia TNT. Esto no permite tener un patrón a seguir y hace que cada bomba sea única”, dijo a SEMANA el capitán Ruiz. Los explosivos, así como los sistemas de detonación utilizados por grupos como el IRA o ETA, generalmente son los mismos en la mayoría de los atentados que comenten, lo cual, a diferencia de lo que ocurre en Colombia, facilita y hace menos peligrosa la labor de los hombres antiexplosivos en esos países.

A esto es necesario agregar el trabajo adicional que implica intentar desactivar las cerca de 70.000 minas antipersonal que el Ministerio de Defensa estima hay esparcidas en 105 municipios de 23 departamentos..

Después de ver este panorama no es difícil entender por qué hombres como el subintendente Jahír Martínez y sus colegas pueden ser catalogados como verdaderos héroes. Basta pensar cuántas personas estarían dispuestas a jugarse permanentemente la vida desarmando bombas por 840.000 pesos mensuales.

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