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| 4/18/2004 12:00:00 AM

CORTÁZAR EN SU TINTA

Los libros de Julio Cortázar son mucho más que libros. Son verdaderos objetos de culto que se atesoran a lo largo de una vida.

Mi primer libro de Cortázar lo compré a comienzos de 1977 en una librería de barrio que ya no existe, en la esquina suroccidental de la carrera 13 con calle 48 ó 49. En aquel entonces comenzaba a interesarme en su obra, en gran parte gracias a mi compañero de curso Juan Pablo Parra, también a mi amiga Marta Fonseca, y en aquella tarde de mitad de semana soñaba tal vez con hacerme a Rayuela pero el único que tenían en ese momento era Todos los fuegos el fuego, edición de Suramericana. Costó 55 pesos.

Esa misma noche me sumergí en el relato Autopista del sur y en semejante trancón sin tiempo ni espacio definidos, mitad hiperrealismo mitad alucinación, me encontré con su universo personal en el que París y Buenos Aires aparecían como vagas referencias, eran como ciudades reinventadas por el autor.

Cortázar tenía algo muy especial: era parte del boom pero era mucho más que los simples clichés del boom, del artista latino bohemio que vive en París, del escritor comprometido con la justa lucha del pueblo oprimido. Cortázar tenía algo de eso pero también mucho más que eso. Era amor al jazz (¡penetración del imperialismo yankee!), amor a los gatos, al boxeo, pero sobre todo amor al humor, algo muy apetecido en aquellos tiempos tan mamertos en los que reírse era burgués y revisionista, y quienes se autoproclamaban cultos e intelectuales solían tomarse muy en serio a sí mismos.

Cortázar invitaba a la burla y, sobre todo, a la más importante de todas ellas. Enseñaba cómo burlarse de uno mismo.

Vino entonces la necesidad, nunca del todo cumplida, de leerlo todo, de conseguir todos sus libros, de guardarlos como un pequeño tesoro.

Un tesoro celosamente guardado pero al cual hacía mucho tiempo no me acercaba por físico miedo a desencantarme, a ver caer al primer gran ídolo literario de mi vida.

Han pasado las décadas (casi tres desde aquel primer encuentro en la pequeña librería) y descubro con inmensa alegría que Cortázar se deja releer. Mucho más que eso. Merece una cuidadosa relectura y más ahora que han cambiado tanto los tiempos. Algunos de sus textos, sobre todo los más comprometidos, están anclados en su tiempo aunque ofrecen una mirada lúcida de aquellos tiempos de utopías que parecían posibles y consignas que invitaban, como nunca, a intentar cambiar el mundo.

Los libros de Cortázar son para leer pero también los hay para para mirar. Varios de ellos traen ilustraciones, viejos grabados, fotos, recortes de periódicos. Incluso Cortázar aventuró su propio comic.

Por suerte queda mucho por releer, bastante por leer. Por suerte Cortázar sigue ahí, tan fresco y rozagante como lo encontré aquella tarde de mitad de semana a comienzos de 1977 en la carrera 13 con calle 48 o tal vez 49.
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