Sábado, 21 de enero de 2017

| 2004/04/04 00:00

Crece la indiferencia

Mientras el mundo católico se apresta para celebrar la Semana Santa, los jerarcas de la Iglesia analizan desde el Vaticano la pérdida generalizada de fe. El caso de Colombia es preocupante.

Crece la indiferencia

El 11 de marzo pasado, las noticias de las bombas que explotaron en trenes en Madrid, con un saldo trágico de 191 muertos y más de 1.800 heridos, hicieron que pasara a un segundo plano el comienzo de una reunión trascendental que se llevó a cabo en Roma. Desde ese día y hasta el 13 de marzo se celebró en la capital italiana la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura. El evento fue presidido por el cardenal francés Paul Poupard, presidente de este Consejo que viene a ser como una especie de ministerio de cultura del Vaticano, y contó con la participación de otros 20 cardenales y 12 arzobispos y obispos.

Los jerarcas católicos se encontraron para reflexionar sobre el futuro de la fe cristiana en el milenio que comienza y los desafíos que tiene que enfrentar ésta desde ahora para mantener su lugar de preeminencia en la sociedad y la continuidad de la fe que predican. Los asistentes a la Asamblea concluyeron, a partir de su propia experiencia y de una encuesta que realizaron, que hay dos problemas complementarios que no dan espera: el aumento de la increencia en el Dios católico y de la indiferencia a la religiosidad tradicional en la sociedad occidental (ver recuadro). El ateísmo, ese hijo dilecto de la Ilustración que alcanzó su máximo desarrollo en el siglo XX y que preocupó tanto el Concilio Vaticano II, ya no asusta a nadie. El cardenal Poupard así lo reconoció: "El verdadero enemigo de la fe no es el ateísmo agresivo".

Después de la reunión de los cardenales y obispos, el papa Juan Pablo II reiteró la importancia del encuentro y sus conclusiones: "El desafío que ha sido objeto de vuestras sesiones de trabajo constituye una preocupación esencial de la Iglesia en todos los continentes (.) En relación con las iglesias locales, habéis perfilado el mapa de una nueva geografía de la increencia y la indiferencia religiosa en todo el mundo, constatando una ruptura del proceso de transmisión de la fe y los valores cristianos".

Este fenómeno, según los datos del estudio que adelantó el Consejo Pontificio para la Cultura, es particularmente preocupante en Europa, en países como Holanda, Francia y Bélgica. En América Latina, según la misma investigación, Brasil y Chile son países en los que 10 por ciento de los habitantes declaran que no tienen religión.

De Colombia no se sabe si hay datos en este trabajo. Sin embargo, los hallazgos del Estudio Colombiano de Valores (ECV) confirman que la increencia y la indiferencia religiosa ya están presentes entre los colombianos. Cuando se les pregunta a los encuestados si pertenecen a algún grupo religioso, sólo 66,9 por ciento dicen que al católico romano. El siguiente porcentaje importante no corresponde a otras confesiones o creencias, con las cuales la Iglesia católica perdió fieles, sino a 22,4 por ciento de colombianos que dicen no pertenecer a ningún grupo religioso. Este retroceso evidente del catolicismo, que todavía conserva el statu quo derivado de haber sido la religión de Estado durante más de un siglo, y el registro de un porcentaje de la población que no se adscribe en ninguna religión son una novedad en el país. Otra pregunta de este estudio les da razón también a las palabras del Papa cuando dice que hay una ruptura en la transmisión de la fe. Casi la mitad de los colombianos, el 47,7 por ciento, dice que sus hijos no necesariamente tienen que creer en Dios.

Flexibilidad religiosa

El Estudio de Valores revela que para los colombianos la religión es el cuarto aspecto más importante de su vida después de la familia, el trabajo y el servicio al prójimo. Es probable que hace unos años este orden fuera diferente porque el Estado era confesional, estaba consagrado al Corazón de Jesús, el catolicismo tenía el monopolio de la fe nacional y les daba sentido a todas las actividades públicas y privadas de la gente. El estudio muestra también que la mayoría de los colombianos dicen que son religiosos, creen en Dios y consideran que éste es muy importante en su vida. No obstante, sólo 33 por ciento dicen que van una vez por semana a un servicio religioso. Esto confirma el diagnóstico que hizo el cardenal Poupard de que hay "una transformación de la práctica religiosa y de la manera de creer: creer sin pertenecer. Se trata de un fenómeno de 'des-confesionalización' del 'homo religiosus' que rechaza toda forma de estructura institucional". En otras palabras, la gente le dice sí a Dios y no a la Iglesia, aunque le haya servido de intermediaria.

Este problema afecta en particular a la Iglesia católica, pues sus fieles tienden a sentirse miembros de ella sólo en forma nominal y por eso, como dice el sociólogo William Beltrán en su tesis sobre el pluralismo religioso en Bogotá, "sólo se acercan a las parroquias para formalizar determinados ritos de pasaje: bautismos, funerales y matrimonios; o en celebraciones religiosas especiales como el Miércoles de Ceniza, o el Viernes Santo". Son católicos de forma pero no de fondo. ¿Por qué sucedió esto?

Un sacerdote responde esta pregunta comparando a la Iglesia con un bus. Los fieles se montan en él porque es el medio que los va a conducir hacia su destino, Dios en este caso. Sin embargo, a medida que empiezan a recorrer el camino comienzan a concentrar toda su energía en organizar la vida dentro del bus, limpiar el bus, cuidar la mecánica del bus. En determinado momento, el bus se vuelve más importante que cualquier otra cosa y sus pasajeros terminan por olvidar cuál era su destino. En este punto, los viajeros tienen varias opciones. Si están satisfechos con esta situación siempre pueden quedarse en la comodidad del bus. Si están insatisfechos o desencantados pueden bajarse y tomar otro bus, en ocasiones una y otra vez como quien hace zapping espiritual. El mercado religioso cada vez es más amplio y competido. Es un espacio de oferta y demanda que el cardenal

Poupard ha llamado de 'religiosidad salvaje', del retorno triunfal de los dioses, "la cuestión no está en saber si nuestro tiempo creerá o no, sino en qué creerá".

Algunos creyentes no están interesados en esta odisea personal en busca de la verdad y por eso recurren a un atajo, al denominado teoplasma. Con esto se quiere decir que las creencias religiosas se vuelven una plastilina que cada quien manipula y moldea a su gusto para darle forma al concepto de Dios que más se adapte a sus necesidades. A este proceso ha contribuido la pérdida de sentido del concepto de pecado y la sensación misma de lo que es pecado. Pecar se identifica hoy con no violar la ley en lo que tiene que ver con matar o robar. Entonces si alguien no hace ninguna de estas dos cosas siente que no está pecando, si no peca no tiene necesidad de confesarse ni ir a misa, y si necesita a Dios puede comunicarse directamente por medio del rezo o la oración. Así, con esta lógica, es "que yo llego a tener mi Dios personal", dice Alfonso Flórez, director del departamento de filosofía de la Universidad Javeriana.

En conclusión, lo que hay es una indiferencia hacia las instituciones religiosas a la par de una necesidad espiritual muy fuerte que cada vez más cada quien llena como mejor le parece. La religión católica pasa por un momento de cambio del que puede salir fortalecida o más debilitada. Lo cierto es que lo que se ve ahora da indicios de lo que será la religiosidad en el siglo XXI; en palabras del padre Vicente Casas, director de la Revista Javeriana, "estará marcada por un acento profundamente personal existencial, y sólo en segunda instancia será una religión anclada o soportada por inmutables verdades metafísicas. Será una religiosidad más mística que ascética, más estética que ética, y será vivida y comunicada más en pequeñas comunidades que en masas innumerables".

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