Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/10/28 00:00

Y cruzaron el mar

Los pocos acaudalados del país que querían estudiar artes y ciencia fueron los primeros en salir hacia Europa.

Y cruzaron el mar

A unque puede ser equívoco hablar de 'colombianos' antes de la constitución de la República, en el siglo XIX, por diversas razones, algunos neogranadinos atravesaron el Atlántico hacia Europa. Al lado de los miles de europeos que venían a América, algunos americanos atravesaron el océano en sentido inverso.

Don Diego de Torres y Moyachoque, nacido en Tunja, puede ser considerado el primer emigrante colombiano cuando ante el rey Felipe II, en 1577, expone las iniquidades del español contra el indio.

Hacia finales del siglo XVIII, Clemente Ruiz toma el mismo camino en busca de perfeccionar sus conocimientos, en desarrollo del espíritu científico de la expedición botánica.

El viaje del joven Bolívar a Madrid, donde vivían sus tíos, a comienzos de 1802, ilustra perfectamente las motivaciones y el estilo de vida de los ricos criollos que buscaban perfeccionar su educación y ampliar sus horizontes en España, París o Londres, gracias a las rentas de sus posesiones en América.

La Nueva Granada, como las nuevas repúblicas de comienzos del siglo XIX, quiere distanciarse de la herencia colonial española y busca en otras sociedades europeas un modelo.

Francisco de Paula Santander, al regreso de su exilio europeo, manifiesta como ha "aprendido más que en todo el tiempo pasado". Algunos años más tarde, el célebre y sabroso cronista neogranadino Cordovez Moure le hace eco: "Un viaje a cualquier parte del mundo equivale a muchos años de estudio en la mejor universidad". Esto mueve a la elite y muchos lo hacen, próceres y militares como los hermanos Mosquera y Florentino González; científicos como Manuel Ancízar y Ezequiel Uricoechea, muerto en Beirut en 1871; académicos y literatos como los hermanos Cuervo, Santiago Pérez, Rafael Pombo, José María Cordovez Moure, José María Vergara y Vergara; artistas como Alberto Urdaneta y Epifanio Garay; la lista es extensa.

José Asunción Silva es quizá quien puede resumir esta actitud finisecular del viaje a París: educado y ansioso de nuevos conocimientos, es a la vez hijo de un medianamente rico comerciante. A fines de 1884 viaja con cartas de recomendación para los hermanos Cuervo, Ángel y Rufino José, quienes años antes han liquidado su próspera cervecería para instalarse en París, pues lo consideran el único lugar para adelantar sus intereses: literarios, el mayor, y filológicos, el segundo. Silva se nutre de la vida literaria y bohemia parisiense.

Pocos años después de su muerte, un lejano pariente, Hernando de Bengoechea, nace en París de una familia que se había instalado allí aprovechando la prosperidad de la tercera república francesa. La colonia de colombianos es tan nutrida, en ese final de siglo, que estudia la primaria en el colegio de San Agustín, frecuentado mayoritariamente por hispanoamericanos; una bella bogotana, Fermina Márquez, desvela a más de uno, incluido el poeta Valéry Larbaud. Hernando, quien de niño y joven vivió en Colombia, se dedicó a las letras.

Al llegar a la mayoría de edad y a pesar de su admiración por Francia, de Bengoechea decide conservar la ciudadanía colombiana. Al estallar la Primera Guerra Mundial, viste el uniforme francés de la legión extranjera, confiándole a un amigo: "Tomé el partido de su país, lo amo y la causa me parece tan bella" Al otro lado de la frontera, Santiago Pérez Triana, autor de Las Reminiscencias Tudescas, sobre su época de estudiante en Leipzig, lamentaba tener que encontrarse en un país que también amaba y en la otra orilla de esa causa. De Bengoechea muere en la batalla de Artois el 9 de mayo de 1915. Fue condecorado con la Cruz de Guerra.

Ellos fueron quienes empezaron a abrir el mundo antes del siglo de las grandes migraciones.

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