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| 4/9/2001 12:00:00 AM

De adefesios a edificios

Obras arquitectónicas que provocaron rechazo cuando se construyeron hoy son emblema de sus ciudades.

Escandalo! ¡Anatema! ¡Sacrilegio! En arte es frecuente que una obra nueva provoque este tipo de airadas reacciones. Ocurre en música, literatura, pintura, cine, escultura y la arquitectura no es la ex cepción. De la misma manera que ha ocurrido con obras maestras como la Olympia, de Edouard Manet o La consagración de la primavera, de Igor Stravinski, construcciones que hoy son emblema y orgullo de varias ciudades, en su momento fueron vistos como verdaderos adefesios.

En obras más recientes, que aún no se sabe si llegarán a ser símbolos de sus ciudades, ya se nota cómo el paso del tiempo ha permitido que se las mire con ojos más benévolos. Incluso una construcción tan tenebrosa como el Muro de Berlín hoy día ha adquirido un matiz nostálgico y los pocos centenares de metros de pared que se conservaron son motivo de festivas peregrinaciones.

Tal vez la ciudad que ostenta más edificaciones que han sido objeto de violentas críticas es París. Para comenzar, la Torre Eiffel. Construida por el ingeniero Gustave Eiffel para la Exposición Universal de 1889, fue calificada como un monstruo repugnante. El escritor Guy de Maupassant dijo: “El mejor sitio de París es el restaurante de la Torre Eiffel porque desde allí no la puedo ver”. Sus materiales, propios de la ingeniería civil, y la inutilidad de la construcción generaron las mayores protestas. Pero al cabo de pocos años comenzó a ser considerada como una obra maestra tanto de la ingeniería como de la arquitectura del siglo XIX.

Otras edificaciones parisienses también han estado en el ojo del huracán. Una de ellas, el Centro Georges Pompidou, construido entre 1972 y 1977, y diseñado por el arquitecto inglés Richard Rogers y su colega italiano Renzo Piano. Su aspecto de fábrica y todas sus instalaciones a la vista de los transeúntes (ascensores, escaleras eléctricas) generaron violentas reacciones. Sin embargo este edificio atrae ingentes cantidades de turistas y es tal vez el museo más visitado en todo el mundo. La pirámide del museo del Louvre, ideada en 1983 por el presidente Francois Mitterrand, no se ha quedado atrás. Su diseño estuvo a cargo del arquitecto chino Ieoh Ming Pei y se inauguró en 1989. Este fue el primer punto de la discordia. Los arquitectos franceses aspiraban a participar en un concurso pero Pei fue designado directamente.

Para franceses y turistas tocar el Louvre era un pecado pues desde que en el siglo XII el rey Felipe Augusto decidió montar allí una fortaleza, el varias veces remodelado y ampliado edificio ha sido testigo de buena parte de la historia de Francia. Desde finales del siglo XIX la construcción se mantuvo intacta. Por ese motivo la pirámide provocó tanto escándalo. Pero también tuvo sus defensores, como la historiadora Esther Ferrer, quien escribió: “En los 60 se pedía la demolición del Louvre, se definía como un ‘cementerio’. Estaba claro que el Louvre necesitaba airearse, renovarse, cambiar de piel. Había que encontrar la forma de revitalizar ese palacio de 900 metros de largo”.

Y si en París llueve, en Londres jamás escampa. Tras la Segunda Guerra Mundial los londinenses han tenido que tragarse el concreto de los edificios del céntrico sector de Barbican, del Centre Point y del Royal Festival Hall, al igual que el acero y cristal de los nuevos rascacielos de la City y los Docklands, donde funcionaba el puerto en la época del Imperio, hoy convertido en un polo de desarrollo que preside un imponente rascacielos: el Canary Wharf. El propio príncipe Carlos se ha encargado de adelantar cruzadas contra este tipo de edificios, algunos de los cuales muy probablemente serán, a la vuelta de pocos años, casi tan emblemáticos como el Big Ben.

En otras latitudes la situación es la misma. El museo Guggenheim de Bilbao, una imponente estructura de piedra y titanio que domina la ciudad desde 1997, y diseñada por el arquitecto canadiense Frank Gehry, es considerada como el mejor ejemplo de los llamados ‘museos-espectáculo’ y de allí que se haya hecho famosa la afirmación: “La mejor obra que se exhibe en el museo de Bilbao es el propio museo”. Aunque se habla de que la construcción lanzó a la deprimida Bilbao a la modernidad, sus detractores insisten que sus formas son poco estéticas y critican el costo que ha significado para la región mientras que en zonas aledañas la pobreza se hace cada vez más evidente.

Hoy día Sydney muestra con orgullo su Opera House. Sin embargo la construcción de este emblema de Australia generó varios dolores de cabeza. En 1957 el arquitecto Jorn Utzon ganó el concurso para diseñarla y renunció en 1966 antes de terminarla. Un equipo de arquitectos terminó la obra que, al final, abrió sus puertas en 1973, muchos años después de lo previsto, lo que le causó muchas pérdidas a la alcaldía de Sydney. Por ese motivo los australianos tardaron buen tiempo en comenzar a apreciar este excepcional edificio.

Estos son apenas algunos ejemplos entre centenares más. Porque, mientras existan arquitectos y las ciudades cambien, siempre habrá quien reniegue de las nuevas obras y sostenga que todo pasado fue mejor.
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