Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 5/21/2001 12:00:00 AM

De eso no se habla

Detrás del trabajo de La Fundación Dos Mundos está el drama de los niños desplazados y víctimas de la violencia en varias regiones del país.

Qué quieren ser cuando grandes?”, les pregunta el sicoterapeuta a un grupo de niños desplazados por la violencia en Quibdó. Silencio. ¿Bomberos? ¿Profesores? ¿Quizás policías? Los niños se miran entre sí y no responden. Finalmente uno dice: “Quiero ser guerrillero, quiero tener muchas armas para que no me la vuelvan a montar”, sentencia. ¿“Alguien más ha pensando en eso”?, pregunta el tallerista. Varios levantan la mano. Para vengarse, para que no vuelva a pasar lo que pasó, para que los respeten, para eso quieren estar armados cuando grandes algunos de estos niños que fueron arrancados de su tierra en el Medio Atrato tras una incursión paramilitar a finales de 1996 o, en 2000, tras la contraofensiva guerrillera. En menos de una semana estos niños pasaron de vivir en las riberas del río a apretujarse, primero en casas de amigos en Quibdó y luego en el coliseo de la capital chocoana, donde se hacinaron unas 600 familias y hoy, después de más de tres años, todavía viven 30.

Los sicoterapeutas de la Fundación Dos Mundos, una ONG que aborda el tema de las secuelas emocionales del conflicto desde una perspectiva no clínica, tratan de ayudar a estos niños a hablar de cómo se sienten después de la violencia que sufrieron. Porque aunque comúnmente los adultos piensan que los niños no entienden muchas cosas y que es mejor no hablar con ellos de los hechos violentos, lo cierto es que ellos lo entienden todo. Y hablando de esas emociones es que se puede entender mejor el miedo, el dolor o la rabia y darle un nuevo significado. Estos niños, como cualquier otro, le tienen temor a la oscuridad, por ejemplo. Pero el miedo de ellos viene adobado con algo más. “No me gusta la oscuridad porque recuerdo a mi papá muerto”, dice uno. “Tengo miedo que cuando oscurezca vuelva a ocurrir una toma”, añade otro. ¿Y cómo es el miedo? “El miedo —cuenta John Bermúdez, uno de los terapistas de familia de Dos Mundos— siempre es negro, es inmenso y no tiene forma”. Los menores quisieran volverlo blanco o rosado. Y aunque no son tan optimistas para querer desaparecerlo les bastaría con achicarlo al tamaño de su mano. Pero sobre todo, añoran poder hablar de él con sus papás. O con su mamás, pues muchos papás están muertos.

Pero los adultos están ocupados en cómo sobrevivir tras haberlo perdido todo y atender los dolores de sus hijos a veces es una carga demasiado pesada. En Quibdó una niña de 8 años no puede contener su tristeza. La guerrilla arrasó con su caserío en Bojayá, sobre el Atrato. Su familia salió corriendo y ella no alcanzó a sacar su muñeca favorita. Y ahora siente como si ésta hubiera muerto. Su duelo no le importa a nadie y esa indiferencia la llena de rabia. Los terapistas de Dos Mundos finalmente la escuchan. Y hablando con ellos la niña descubre el sentido profundo de su juguete. Ella la acompañaba y es esa compañía la que ella extraña. Los sicoterapeutas le ayudan a ver que seguramente en Quibdó encontrará alguien o algo que llene ese vacío y que le permita guardar su muñeca en su recuerdo.

Son miedos y dolores como estos los que el conflicto va tallando en las mentes de los más de medio millón de niños desplazados por la violencia en la última década. No son las depresiones profundas, ni la locura ni los impulsos suicidas los rastros de la guerra, dicen los expertos. Es la desconfianza, la ruptura de las relaciones entre la gente, el estigma y la soledad lo que dejan los armados a su paso. Son las pequeñas tragedias que cuentan estos niños en sus cartas. “Le cuento, Tomás, que mis amigos son de todo lado, hay grandes, pequeños, blancos y muchos niños negros que les dicen ‘chocolate’, le escribe Fabián, un niño desplazado a su amigo. Me encontré con dos hermanas que vivían cerca de nuestra vereda ahí en Ovejera, con ellos he hablado de cómo jugábamos en el río a cazar pescados y subirnos a los árboles a comer frutas. Aquí estoy contento porque he visto muchos carros, personas, me la paso jugando afuera hasta la tarde y tengo otro perro que se llama Trompo, me lo regaló la señora de la panadería. Pero quiero saber cómo están mis papás, ya que mis hermanos preguntan por ellos y yo me siento triste y a veces lloro porque no sé qué decirles, además ellos no entienden por qué estamos acá en la ciudad sin mi papá y mi mamá y yo tampoco. ¿Usted me podría contar de ellos?”, le escribe Fabián. Tomás le responde: “Sus papás están en la finca trabajando la tierra, yo les leí la carta que usted mandó, su mamá se puso a llorar y su papá se quedó callado, dicen que van a irse para allá en unas semanas cuando vendan la cosecha. Yo sigo ayudando a mi papá en la finca, mis hermanos tuvieron que irse porque mis papás dijeron que de pronto se los llevaban los hombres armados. Y lo anima diciéndole: Apenas viajen sus papas le mando una bolsa con ñames, me da mucha tristeza que usted y su hermano se hayan tenido que ir, pero usted sabe en cualquier momento la cosa se puede poner maluca por acá”.

“Si no se toma en serio este tema de las secuelas emocionales del conflicto, dice el sicoterapeuta Bermúdez, varios de estos niños entrarán a engrosar las filas de los armados para matar su miedo o vengarse”, concluye. Pero más grave aún, la mayoría de los niños afectados por la violencia terminarán viviendo en un indefinido presente. Sobrevivir ese día, no dejar memoria, no perseguir sueños, son las constantes en su nueva vida. Y entre más niños renuncien a sus proyectos, más lejos estará el país de construir uno propio.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1855

PORTADA

Exclusivo: la verdadera historia de la colombiana capturada en Suiza por ser de Isis

La joven de 23 años es hoy acusada de ser parte de una célula que del Estado Islámico, la organización terrorista que ha perpetrado los peores y más sangrientos ataques en territorio europeo. Su novio la habría metido en ese mundo.