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| 12/3/2005 12:00:00 AM

"Dime qué no te gusta de ti"

Moda, 'marketing', fama y dinero son algunas de las palabras que pueden resumir el desmedido interés de las mujeres por verse bellas.

El culto a la belleza femenina no es nuevo. La historia del arte que está detrás de la historia de los pueblos anticipó y sostuvo a través de los siglos su culto. Admirada o temida, la mujer parece haber sido moldeada para satisfacer el ideal de belleza que el hombre ha asociado con la perfección. La mujer se erige a menudo como competencia terrenal y profana de Dios. Pero el culto ya no es el culto desinteresado de otras épocas. No es sagrado ni pagano: es utilitarista. La quimera de la 'eterna juventud' reapareció entre nosotros de la mano de las nacientes industrias de masas, que le dieron un giro radical a la tradición. Perfección y 'eterna' juventud son las quimeras de nuestra época. La TV en Colombia, en un lapso menor de 20 años, nos puso al día en una corriente que no ha hecho sino extenderse en el mundo. Había aparecido la industria de la belleza. Esta se construye para ser mirada, deseada y consumida. Para que grandes masas de hombres muerdan el anzuelo de la mercancía, se aumentan las dosis de erotismo y erotismo. La belleza de uso privado se volvió mercancía de uso público. Así lo consiguió la televisión colombiana al unir en una de sus escenas más polémicas y turbadoras la desnudez de dos divas: Amparo Grisales y Margarita Rosa de Francisco. El culto a la belleza femenina había dejado de ser asunto de la filosofía o los tratados de costumbres. Aquí y en todas partes, los conceptos que sostienen el culto son obra de publicistas y estudiosos del marketing. Si en décadas anteriores bastaba ir a un gran museo para conocer los cambios de la belleza en el curso de los siglos, hoy basta una sala de cine o un televisor para saber qué es lo que el mercado ofrece para el consumo masivo. Las artes tradicionales no han podido hacer otra cosa que nadar contra las corrientes de la belleza y hacer el anticulto de lo que las industrias de masas cultivan. Las mujeres cubistas de Picasso o desmesuradamente robustas de Botero, provocan la risa. El 'eterno femenino' es hoy un efímero cementerio de modas que se superan y anulan unas entre otras. Simone de Beauvoir escribió: "Una no nace mujer; se hace". Pero el culto de hoy no permite que una mujer se haga; ésta se deja hacer desde afuera, es la obra de otros y el otro es una institución tiránica llamada moda. Puede suceder que las corrientes de la moda sean tan vertiginosas, que un cambio en los patrones de belleza no dé ni siquiera tiempo para disfrutarlo. Habrá que reemplazarlo por otro. Y puesto que el primer escenario de la belleza femenina es el cuerpo, éste es sometido a remodelaciones periódicas. El bisturí que reduce o el implante que amplía; aquello que se quita o se pone, tienen el sello de lo perecedero pero la garantía del triunfo. La corrección del defecto (nariz, senos, cuello, mentón, labios nalgas, cintura) es tan imperiosa como la reducción del exceso. Lo que era impensable hace 30 ó 40 años, se impuso también en el más 'casto' y mediático de los escenarios colombianos: el Reinado Nacional de la Belleza. Aún es pronto para saber en qué medida, convertido en tiranía mediante la inducción de los medios de comunicación de masas, el culto a la belleza femenina de hoy no tiene un alarmante ingrediente trágico. Los patrones de belleza se ven perfeccionados por la industria: de la cosmética, la alimentación, el spa, el gimnasio, la cirugía, los reinados, los realities, las televentas. Todo esto produjo y sigue produciendo un cada vez más perfeccionado tejido de servidumbres sicológicas. La tragedia se asoma y rasguña mortalmente la autoestima. Entre lo que se desea ser y lo que se alcanza a ser, se abre un abismo de malestares e insatisfacciones. La era del fashion ha hecho posible que se levanten poderosos imperios económicos dedicados a promover toda clase de productos, todos al servicio de la belleza. Cada día nace uno distinto. La televisión y la publicidad hacen el milagro de llevar sus mensajes a las grandes ciudades y a las aldeas más apartadas del mundo. Pese a la existencia de una casi perfecta organización promocional, no se ha podido evitar que la tragedia tenga nombres propios: bulimia, anorexia, depresiones cíclicas, frustraciones sin límite. Estos son los precios del culto a la belleza en su versión posmoderna. En el imaginario femenino que moldean las industrias, la belleza no se construye con el equilibrio entre el cuerpo y el alma sino con la reingeniería de las partes defectuosas y averiadas de la máquina. a El culto a la belleza femenina hundía sus raíces en las profundidades de los tiempos. En las últimas décadas, las hunde en las superficies del instante. El nuevo culto no es solamente narcisista. Ligero y volátil, exige que sea comercio y espectáculo. Los dividendos que la belleza obtenía en el amor se obtienen en sumas astronómicas en los espacios de la moda. *Escritor y columnista

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