Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2000/07/31 00:00

Dividendos de la paz

La paz puede generar dos efectos sobre la economía: reducir los costos de la violencia sobre el aparato productivo y social, y canalizar la energía y creatividad de los colombianos hacia la creación de riqueza.

Dividendos de la paz

Puesto que los costos de la violencia son cada vez más evidentes y cuantificables, muchos analistas ven como principal beneficio de la paz la simple reversión de los daños de la guerra. Y estos daños son enormes. En un trabajo reciente con Rodrigo Guerrero llegamos a la conclusión que la violencia generaba pérdidas de capital humano (por asesinatos, heridas, destrucción familiar y pérdidas de asistencia escolar) del orden del 5 por ciento del PIB y pérdidas materiales (en costos de seguridad para el Estado, las empresas y la gente) cercanos al 6,4 por ciento del PIB. Es decir, casi 10.000 millones de dólares. Y que los costos indirectos, como la menor productividad e inversión empresarial, y la disminución de oportunidades de consumo y trabajo de la gente por la cual estaría dispuesta a pagar, alcanzarían un costo económico neto de casi otros 11.000 millones de dólares.

Esto sin contar el efecto distributivo del traspaso de bienes de unas manos a otras por hurtos, atracos, extorsiones y secuestros, que habría alcanzado el año anterior 3.800 millones de dólares. Con costos tan altos de la violencia, no es sorprendente que sea previsible que el proceso de paz genere un gran impulso a la economía.



La paz como el desbloqueador

Con todo y lo impresionante que sería revertir cifras negativas, el mayor beneficio de un proceso exitoso sería la fuerza de la idea de paz como instigador de un nuevo espíritu —de la gente y del Estado— hacia la construcción del bienestar individual y colectivo. La energía de los colombianos se ha inmovilizado con la violencia: el temor a ganar, a gastar y a invertir ha dado pie a la ilusión del dinero fácil y la movilidad social geográfica para los afortunados. Y para la mayoría, a una anomia y mayor dependencia de las acciones de otros.

Con la mayor movilización de la población en busca de rentas y de protección estatal, y la menor capacidad de arbitrar recursos y decisiones para el interés general, el Estado colombiano, cada vez con mayor fuerza, se está bloqueando. Los colombianos, neoliberales o antineoliberales por igual, han desdeñado la capacidad de acción colectiva eficaz que está a la base de todo proceso exitoso de desarrollo. Un ambiente de paz puede ser, precisamente, el acicate para desbloquear la acción de los individuos para crear valor y del Estado colombiano para liderar la construcción colectiva de riqueza.



Soñar en grande

El proceso de paz puede generar una dinámica económica insostenible o apenas cambios menores. Puede ser insostenible si, con la ilusión de la ayuda externa, se descuidan los fundamentos de la economía o de la sociedad. Si no se reversa el papel desestabilizador de las finanzas públicas, si no se pone toda la energía económica hacia la creación de empleo, o si se descuida el papel de la delincuencia común en la generación y reproducción de violencia cotidiana, la paz puede ser efímera. Puede ser un cambio menor si el país continúa descansando en un modelo de economía rentista, que deriva sus ganancias de los recursos naturales, del enorme gasto público o de la imaginación ilegal. Una economía volátil y conflictiva es un pésimo fermento para la paz. Por todas estas razones hay que aprovechar la coyuntura del proceso de paz para soñar en grande.

Esto significa concentrar toda la energía del país en construir los principios rectores de la economía y la sociedad en el nuevo siglo: riqueza, seguridad y libertad para todos. No saldremos de la pobreza si no generamos los activos, educativos, empresariales y de capitales, que harán posible generar ingresos suficientes para los colombianos.

Sin seguridad jurídica los negocios buenos nunca serán viables. Y sin seguridad social, la vida buena nunca será posible. Sin seguridad democrática, la vida colectiva no prosperará. Sin libertad para que los empresarios produzcan, inviertan e innoven, la productividad no crecerá. Sin libertad de las familias para educarse, capacitarse, trabajar, asociarse y disfrutar de sus logros, no podrá construirse la legitimidad social de un nuevo Estado en Paz.



La economía en paz

Las discusiones sobre la estabilidad en medio de la guerra, o de la redistribución por la vía fiscal, o de la opción rentista de la minería o las drogas, darán paso, ojalá más temprano que tarde, a la de la economía en paz, que se logra con la generación de círculos virtuosos de crecer y compartir. Un crecimiento económico acelerado que irrigue sus beneficios al conjunto de la población es el mejor seguro para la paz. Para bajar a la mitad el desempleo y la pobreza en la década que comienza, el país tendrá que duplicar la tasa de crecimiento económico de la última década. Para crecer al doble la economía y el empleo, el país no tiene alternativa que duplicar la inversión privada, duplicar el ahorro, duplicar una vez más las exportaciones y duplicar el esfuerzo educativo. El cuadro muestra que estas metas son consistentes entre sí. Si la inversión pública dejara de caer, el ahorro público creciera con la eliminación del gasto innecesario, y la inversión privada y las exportaciones no tradicionales jalonaran la economía, al final de la década se habría aumentado 50 por ciento el ingreso de los colombianos y se habría duplicado el patrimonio de cada familia.



Los círculos virtuosos

Este renovado crecimiento no vendrá automáticamente. Es verdad que el lamentable estado de la economía en los últimos tres años genera mayores posibilidades estadísticas para la recuperación. También es verdad que los avances del proceso de paz pueden ser el acicate para dinamizar el ahorro y la inversión y para disminuir la desconfianza y los costos de transacción en la economía. Pero para duplicar el crecimiento en la década se necesita mucho más que recuperación estadística y amagos de paz política. La paz económica requiere concentrar todas las energías individuales y colectivas en la fórmula del E-I-E: Exportar, Invertir y Educar. El crecimiento económico generado por las exportaciones y la inversión permitirá la creación masiva de empleo. El cuadro 1 presenta en forma sintética los retos del empleo. Con una fuerza de trabajo de 18 millones de colombianos, hay apenas ocho millones de asalariados, uno de los cuales está en el sector público. En cinco años, la fuerza de trabajo habrá llegado a 20 millones de colombianos. Para reducir el desempleo al 10 por ciento, sin crecer el empleo informal ni el público, se tendrán que crear tres millones de puestos en las empresas privadas. Esto será posible sólo con un gran dinamismo de la economía, como el que se muestra en la gráfica: si la economía siguiera creciendo por debajo del crecimiento poblacional, el desempleo pronto llegaría al 25 por ciento. Pero creciendo a tasas del 6-7 por ciento en períodos prolongados el desempleo podría bajar del 10 por ciento antes de 2006.

La aceleración del crecimiento económico, por demás, facilitaría enormemente las condiciones para la inversión social en los colombianos. El pobre crecimiento de los últimos años ha significado que hoy el producto bruto esté más de 20 por ciento de lo que habría estado si la economía se hubiera mantenido creciendo al menos al 5 por ciento. Con un producto menor, los ingresos fiscales son al menos un 20 por ciento menores. Esta caída de crecimiento ha generado la falta de afiliación de al menos dos millones de colombianos al régimen subsidiado en salud, y de millón y medio de colombianos a la educación pública. La recuperación del crecimiento, aún con el mismo esfuerzo financiero actual (un gasto per cápita de 340 dólares por muchacho), permitiría en poco tiempo lograr la universalización de la educación secundaria. La gráfica muestra que si la economía no crece, porque la paz no se logra y la buena economía tampoco, en pocos años tendríamos cinco millones de jóvenes en la calle. Pero con la paz y la economía en paz, antes del final del próximo gobierno todos los muchachos que quisieran lograr su bachillerato completo podrían hacerlo.

Cerrando los círculos

Además del cambio cuantitativo que generará una economía en paz, observaremos durante la década cambios cualitativos enormes en los círculos empresariales y sociales.

En el mundo empresarial, las fuerzas del AGITE cambiarán sustancialmente la forma de hacer las cosas. Las Alianzas, la Globalización, la Inversión y la Informatización, la Tecnología y la Educación cambiarán radicalmente el mapa empresarial y su guía de acción (ver revista Dinero #100). La informática habrá revolucionado la construcción de mercados, la educación, la salud y los medios de comunicación. Los grupos económicos que conocimos en las dos últimas décadas dejarán de ser lo que eran, la globalización de la propiedad será más evidente, y la multiplicación de empresas independientes será mucho mayor. El país tendrá una docena de Khaleil Isazas, y una centena de aspirantes. En el demandante proceso de capitalización que demandó el aparato productivo a comienzos de la década, habrán surgido varios centenares de miles de nuevos propietarios en los mercados de capital, generando un proceso concéntrico que conducirá la final de la década a un país de varios millones de propietarios.

Con una sociedad próspera más arraigada en su propiedad y sus acciones de riesgo, se liberarán las presiones sobre los contratos laborales y sobre las acciones del Estado. La mitad de los trabajadores voluntariamente habrá hecho contratos de riesgo, en el cual comparten con sus aliados empresariales los costos de los malos momentos y los beneficios de las bonanzas. Con unas sociedades familiares mirando firmemente al futuro, el Estado podrá facilitar la estructuración de sistemas modernos de aseguramiento que faciliten al tiempo la movilidad laboral y la seguridad social de las gentes.

La Constitución de 2002, con el viraje doctrinal jurídico desde la escuela romano-francesa hacia la anglosajona moderna, habrá generado un sistema de reglas mucho más simple, estable y predecible, que facilitará la transparencia, cimentará la legitimidad democrática, dificultará la corrupción, y hará mucho más fácil los negocios. A partir de entonces, para todos los trabajadores y empresarios serán mucho más importantes la política local y las acciones públicas concretas, que las sorpresas políticas de la nueva capital de la República.

Al final de la década, la economía en paz habrá vacunado a los colombianos, por 50 años más, contra el riesgo de la guerra y de la ilegitimidad. Y, tras dos sucesivos gobiernos femeninos, los hombres habrán recuperado el derecho a soñar con el poder.

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