Viernes, 20 de enero de 2017

| 2001/01/08 00:00

¿Dónde está la clase dirigente?

La ausencia de líderes fuertes obedece más a la modernización de la sociedad colombiana que a una crisis de dirección.

¿Dónde está la clase dirigente?

Como algunos lectores tal vez recuerdan, en una entrevista informal opiné que en Colombia no hay clase dirigente. Como traté de aclarar después, mi opinión fue motivada primero por cierta impaciencia con los críticos que empiezan sus frases diciendo: “Es que la clase dirigente de este país ...”. Me pareció, y me parece, facilista atribuir así todas las responsabilidades a un ente abstracto, sin caras ni apellidos. Demasiado fácil. Además esta frase va a veces acompañada por una buena dosis de autobombo moral: la persona que habla, claro, no pertenece a esa deficiente clase y lleva una vida dedicada al bien del país y del prójimo.

Pero debí haber reflexionado más. Sin duda existe en Colombia un sentido generalizado de falta de dirigencia y de liderazgo, de ausencia de clase dirigente que es urgente atacar. Definitivamente no es un tema que deba recibir respuestas tan fáciles. Busco en los libros que tengo a la mano. Ojeo The Ruling Class (La clase dirigente), Elementi di Scienza Politica, el texto que Gaetano Mosca escribió en 1895, intento buscar ayuda en Pareto o en el olvidado Carlos Marx.

Mosca, ciudadano de la Italia del posrenacimiento, que sentía en su época la misma falta de dirección y de liderazgo natural u orgánico que hoy padecen los colombianos, es el que más luces aporta.

El relaciona los auges y las caídas de sus clases dirigentes con los cambios sociales. Eso poco se hace en Colombia, con tanta retórica en contra de ‘la vieja oligarquía’. Los jefes naturales, los grandes prestigios, las oligarquías, si insisten, se han derrumbado, han perdido su ascendencia. Esto ha sucedido en gran parte por los inmensos cambios sociales de las últimas décadas, no tanto por una misteriosa degeneración político-genética. La sociedad colombiana ya no da pista para esos fenómenos: es más urbana, más educada, más variada en sus gustos y sus entretenimientos, más comunicada por los medios masivos de comunicación, una circunstancia inimaginable inclusive hace 30 años.

Entonces la falta de liderazgo, en parte, es una crisis que deriva del cambio, del dinamismo social y no del estancamiento. El fenómeno se ve a nivel municipal, departamental y regional: no es únicamente nacional.

Una mirada sociológica, política, a esos álbumes de antaño es el modo más fácil, más impactante de constatarlo.

¿Un hecho sin precedentes en la historia del país? No tanto. Un país que no produce autoridades fuertes, Colombia, sin embargo, muestra ciclos en los cuales de vez en cuando emerge lo que Germán Carrera Damas, agudo historiador venezolano, llamaría un nuevo “proyecto nacional”. Este proyecto, que tal vez depende de la definición de clase que uno quiere adoptar, implica un cambio en la clase dirigente.

Un listado sencillo arranca con el proyecto Santander, sigue con el contraproyecto conservador, después Mosquera, los Radicales, la Regeneración, la Generación del Centenario etcétera, hasta el Frente Nacional. Es importante recordar que ninguno floreció con mucho éxito y ninguno careció de opositores —es iluso pensar que la existencia de una clase dirigente implica pleno acatamiento—, pero cada uno en su momento dio un grado palpable de dirección. El país está pasando por un intervalo alargado por las múltiples violencias que estorban la emergencia de cualquier proyecto.

¿Y la falta de liderazgo? Está lejos de ser total. Cada uno a su manera, Jaime Castro, Antanas Mockus y Enrique Peñalosa han sido líderes muy eficaces, que han impartido sus sentidos de dirección a los ciudadanos de la capital.

No menciono otros nombres en la política nacional para no suscitar los gritos inmediatos de inconformidad con mi escogencia, pero sí los hay. Que cada lector escoja los suyos en silencio. Y que cada lector piense un poco más por qué no hay más entre cuáles escoger. Debe ser en parte porque en Colombia la vocación política para una persona normal es singularmente ingrata por el peligro físico, el peligro moral y el peligro jurídico (ese juego de poner pleitos maliciosos a los que ocupan puestos de elección popular para vengarse o para amenazar).

También para los honrados es un trabajo mal pagado: la juventud de mucha figura pública en parte se debe a eso. Y muy exigente: mucho trabajo, largas horas todos los días de la semana. En todas las sociedades el verdadero talento político es más escaso que el poco prestigio que el oficio sugiere, y en Colombia hay desestímulos que lo hacen aún más escaso.

Aclaración final: la frase ‘clase dirigente’ en muchas mentes colombianas evoca los ejecutivos, los presidentes y vicepresidentes del sector privado, incluso los ‘cacaos’. Es fácil exagerar el interés que ellos tienen o pueden tener en la cosa pública, y su poder: no es su papel dirigirla. Que tienen deberes, que su ética o su falta de ética, su sentido de responsabilidad pública o su falta de tal sentido influyen en su manejo, eso es indudable. Así como es indudable que su comportamiento no ha sido perfecto. Pero no es una clase dirigente en términos políticos.

Uno no saca un MBA para entrar en política, y pedirles a ellos liderazgo político o sentido de dirección en asuntos que muchos de ellos no entienden ni tienen tiempo para entender es pedir peras al olmo.

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