Sábado, 25 de febrero de 2017

| 1989/09/04 00:00

Donde los marines se atreven

Antes y después de su separación de Colombia, la historia de Panamá ha sido la de seis invasiones.

Donde los marines se atreven

Desde que se descubrió que en el continente americano, a excepción del estrecho de Magallanes, no había paso entre los océanos Atlántico y Pacífico, la idea de comunicar los dos mares por el istmo de Panamá se hizo recurrente y las alternativas -ferrocarril o canal- se discutieron en varias oportunidades. Pero fue en 1846, con Tomás Cipriano de Mosquera en el poder, cuando se decidió la construcción de un ferrocarril trans-ístmico. Con la decisión se puso en marcha poco después la compañía Panamá-Railroad que, según el historiador Eduardo Lemaitre, "vendría a ser, a la larga, gracias a una treta tan ingeniosa como sucia, la gran responsable directa del éxito que tuvo en 1903 la quinta y última intentona de separación de Panamá".
El 26 de enero de 1855, el primer tren cruzó el istmo de un lado al otro.Construído el ferrocarril y convertido el territorio en Estado soberano de la Unión Colombiana, Panamá se fue haciendo una ciudad comercial donde se agitaban diversos y complejos intereses. Según el mismo Lemaitre, "esto dio pretexto a que, con distintos motivos, los Estados Unidos, haciendo uso de la cláusula 35 del tratado de Herrán, desembarcaran tropas en el territorio en varias ocasiones, dando con ello lugar a recíprocas reclamaciones". Todo esto, entre otras razones, porque desde 1846, en virtud del tratado Mallarino-Bildlack, los ciudadanos, buques y mercancías de Estados Unidos disfrutaban en todos los puertos de la Nueva Granada, de los mismos privilegios que los ciudadanos, buques y mercancías norteamericanos. Pero Estados Unidos se comprometía a garantizar la neutralidad del istmo y reconocía los derechos de soberanía y propiedad que la Nueva Granada poseía sobre ese territorio.
Pero desde entonces, y dada su posición estratégica, que paradójicamente es su mayor fortaleza pero también su talón de Aquiles, Panamá vivió la experiencia de múltiples desembarcos por uno u otro motivo aun antes de su separación de Colombia. Los más conocidos son los de 1856 y 1885 y, obviamente, el de 1903.
El de 1856 se conoce como el de "la tajada de sandía". Un ciudadano norteamericano, pasado de tragos, mató a un panameño vendedor de frutas que le reclamaba el precio de una tajada de patilla. El reclamo desembocó en riña y, como si fuera poco, determinó la furibunda reacción del pueblo panameño, que dejó como saldo 15 gringos muertos y 16 heridos. Fue el motivo con el cual Estados Unidos justificó una violenta respuesta militar que se tradujo en la ocupación de la ciudad por tropas norteamericanas durante tres días. Luego vino un largo pleito que le costó a Colombia el pago de una indemnización de 412 mil dólares a los familiares de las víctimas.
El desembarco de 1885 se produjo cuando se incendió la ciudad de Colón, durante la guerra civil en que Colombia se veía sacudida por entonces.
El de 1903 fue definitivo para la separación de Colombia. A su amparo, los conjurados de la ciudad de Panamá lograron apresar impunemente a las autoridades colombianas, y poner punto final al movimiento de independencia. Según Lemaitre, "el tratado de 1846, que teóricamente debía servir para proteger la soberanía de Colombia en el istmo, les sirvió a los Estados Unidos para arrebatárnosla..."
LAS GUERRAS
Para ese momento, la idea de abrir un canal interoceánico se había cristalizado, pero innumerables obstáculos económicos y políticos se habían interpuesto en su ejecución, incluída una especie de confabulación de los norteamericanos para reclamar "un protectorado exclusivo" sobre el canal. En el resto de Colombia se desarrollaba un proceso político que repercutiría en la vida panameña y llevaría a sus habitantes a impulsar la búsqueda de una independencia que antes habían intentado infructuosamente. Con la Constitución de 1886, Panamá había dejado de ser Estado soberano y había pasado a ser un departamento más, manejado desde Bogotá, con lo cual los sentimientos regionalistas se habían herido peligrosamente. De ahí que la vieja aspiración de formar rancho aparte no hubiera desaparecido totalmente de la mente de los panameños.
La quiebra de la Compañía Universal del Canal -uno de sus promotores y gestores fue el famoso ingeniero del canal de Suez, Fernando de Lesseps- llevó a un período durante el cual el asunto del canal quedó en stand by. Mientras tanto, los colombianos se entregaron al sangriento juego de las guerras civiles. Y en la Guerra de los Mil Días, que estalló en 1899, los ecos llegaron hasta el istmo y allí tuvo dos etapas. La primera corrió por cuenta del liberalismo panameño, encabezado por Belisario Porras, quien desde Nicaragua organizó una invasión y se tomó la parte occidental del istmo. Pero al atacar las defensas del gobierno conservador en las goteras de la ciudad de Panamá, las tropas liberales fueron derrotadas.
La otra etapa se inició en la Navidad de 1901 y tuvo como jefe al general Benjamín Herrera, quien, con un ejército transportado desde Tumaco en el vapor "Padilla", se tomó el istmo. Después de varias acciones armadas, Herrera se apoderó de la misma parte occidental de Panamá que había invadido Porras. Pero Herrera fue más prudente y no intentó enfrentar a las fuerzas gobiernistas, ni traspasar la línea del ferrocarril transoceánico donde estaban los marines, llamados por el mismo gobierno de Colombia. El caudillo se consolidó en la parte occidental y hasta llegó a formar un gobierno provisional con ministro y comercio exterior. Y esto fue clave para los habitantes del istmo: era la demostración de que podían subsistir con recursos propios, sin contar con el canal, como república independiente.
Para entonces ya se había creado la Nueva Compañía del Canal, cuyo capital estaba compuesto por las acreencias que pesaban por la vieja empresa de Lesseps, pero cuyo verdadero objetivo era la venta del inmenso zanjón y de los activos físicos. La Nueva Compañía del Canal se había aprovechado de las dificultades del gobierno colombiano, acosado por las confrontaciones civiles, para obtener una prórroga de sus privilegios hasta 1910 por la irrisoria suma de cinco millones de francos, con lo cual quedaba en posibilidad de traspasar a un tercero la concesión. La prórroga molestó enormemente a la opinión, lo cual, sumado a la creencia de que el presidente Manuel Antonio Sanclemente había perdido sus facultades mentales, llevó a que un grupo de conservadores de Bogotá dieran un golpe de estado. Sanclemente fue depuesto y en su lugar fue colocado José Manuel Marroquín.
SI POR ACA LLUEVE...
En el campo internacional, por su parte, se movían otros intereses. A raíz del tratado Mallarino-Bidlack, de 1846, la rivalidad entre Gran Bretaña y Estados Unidos por sus posiciones en el Caribe se puso al rojo vivo, lo cual llevó en 1850 a la firma de otro tratado, el tratado Clayton-Bulwer, mediante el cual las dos naciones extranjeras zanjaron sus diferencias y, además, garantizaron la soberanía de Colombia sobre Panamá. Pero los dos países quedaron con las manos amarradas, situación que fue evidentemente negativa para Estados Unidos cuando se trenzó en guerra con España (1897) por la independencia de Cuba, pues entonces se dio cuenta de la necesidad de un canal para poder reunir fácilmente sus tropas del Atlántico y del Pacífico. Apenas concluída la guerra, y aprovechando que Inglaterra estaba enredada en la guerra de los boers en Sudáfrica, Estados Unidos consiguió que el viejo tratado Clayton-Bulwer fuera derogado. El coloso del norte quedó así con las manos libres para construír "su" canal por Centroamérica.
Una de las primeras medidas tomadas por el nuevo gobierno colombiano, encabezado por Marroquín, fue enviar un comisionado a Washington, el doctor Carlos Martínez Silva, para buscar un arreglo con Estados Unidos para que este comprara la concesión para la construcción del canal a la Nueva Compañía del Canal. La negociación fue dura, pues el Congreso norteamericano tenía para su aprobación un proyecto para la construcción de un canal por Nicaragua, lo cual enterraba el de Panamá y ponía en aprietos al gobierno colombiano. Pero algo sucedió que produjo un viraje definitivo. El historiador Lemaitre lo cuenta así: "La víspera de la votación en el Senado, cuando la suerte del proyecto de ley que recomendaba la apertura del canal por Nicaragua iba a ser con seguridad aprobado, en el pupitre de cada uno de los senadores apareció una carta anónima, en donde sólo se encontraba una hoja de papel en la que se había adherido un sello de correos nicaraguense, con su enorme volcán humeante, y esta simple leyenda: 'Un testigo oficial de la actividad volcánica de Nicaragua' ". Los resultados fueron, claro está, en contra del proyecto. La victoria de la vía colombiana era definitiva. De ahí surgió la necesidad de trabajar en la redacción de un tratado entre Colombia y Estados Unidos para hacer el canal por Panamá.
Pocos días después, y sin que mediara explicación alguna, Martínez fue relevado de su cargo y el proyecto quedó en manos del doctor José Vicente Concha, que ni conocía el problema ni hablaba inglés. Y había un agravante: la autorización para construcción del canal por Panamá estaba condicionada a que el pago a la Nueva Compañía del Canal no pasara de 40 millones. Y establecía que, si no había acuerdo con Colombia para la firma del tratado, se daba vía libre para abrir el paso por Nicaragua.

EL TRATADO HERRAN-HAY
Pero en una hora clave para Colombia, factores definitivos confabularon en contra: un presidente colombiano vacilante y anciano, Marroquín, y un presidente norteamericano arbitrario y duro, Teodoro Roosevelt. El nuevo funcionario colombiano, José Vicente Concha, encontró que era poco lo que podía hacer y, apenas 22 días después de posesionarse, presentó un proyecto sensiblemente igual al de Martínez Silva: permiso a los franceses para traspasar concesión, tratado que garantizara la soberanía de Colombia sobre el istmo; derecho común de Colombia y Estados Unidos para cerrar el canal a los buques de guerra que estén en lucha con ella; el 5% por los productos del canal para Colombia, y empréstito norteamericano inmediato a Colombia de 20 millones de dólares para redimir el papel moneda circulante e invertir el resto de la cantidad en los ferrocarriles nacionales. Pero ahora había algo más. Una ley aprobada por el Congreso de Estados Unidos estableció que, además de las anteriores condiciones para hacer el canal, aquella nación debía obtener el dominio perpetuo de la zona por donde pasara el canal.
En esos momentos, los avances del general Benjamín Herrera en Panamá ponían en dificultades al gobierno colombiano, que temía que el caudillo revolucionario terminara por apoderarse de todo el istmo y asumiera por cuenta propía el asunto del tratado, con lo cual las negociaciones sobre el canal que se adelantaban quedarían en el vacío. Por estas razones se celebró un pacto, al parecer secreto, entre el hijo de Marroquín, Lorenzo, por entonces consejero suyo, y el ministro de Estados Unidos en Bogotá Charles B. Hart. El pacto se refería a que Estados Unidos ayudaría a Colombia a detener la revolución que se agitaba en Panamá, a cambio de que Colombia se comprometiera a celebrar el tratado del canal, que estaba pendiente.
Las fuerzas revolucionarias, según el historiador Lemaitre, estaban en el mismo juego. El 20 de septiembre de 1901, el gobierno de Bogotá solicitó a José Vicente Concha que exigiera a Estados Unidos el cumplimiento de una cláusula del tratado de 1846 y desembarcara fuerzas en el istmo para proteger el libre paso por el ferrocarril. Pero la solicitud sobraba. Los marines se hallaban en la zona del ferrocarril y habían notificado a los bandos en conflicto que les impedirían enfrentarse en esa línea.
Concha renunció y lo sucedió don Tomás Herrán, quien se dio cuenta de que, gustárale o no, Colombia estaba en manos de los gringos: la alternativa del canal por Nicaragua pendía como la espada de Damocles para obligar a Colombia a negociar en los términos en los que quisiera Estados Unidos. No había nada que hacer. Como casi todo estaba acordado, la cuestión se centró en las cláusulas sobre la indemnización. Celebradas las capitulaciones de Neerlandia y el Wisconsin que habían puesto punto final a la revolución liberal, Marroquín pensaba que su poder de negociación había mejorado. Pero no era así y Estados Unidos mantenía una posición rígida. Finalmente, el 23 de enero de 1903 se firmó el tratado mediante el cual se estableció que Colombia recibiría anualidades de 100 a 250 mil dólares.
En Colombia, que se aprestaba a celebrar elecciones para el Congreso, el tema se discutía ampliamente y el único punto de acuerdo era el de que debería exigirse el reconocimiento de la soberanía de Colombia en la zona del canal. Según Lemaitre, "estas ardientes discusiones conocidas en Washington, fueron poniendo cada vez de peor talante al presidente Roosevelt, y mucho más cuando se enteró de que, firmado ya el tratado, los colombianos todavía se permitían discutir sobre si lo aprobaría o no el Congreso que estaba por reunirse. (...) no concebía que después de las concesiones que había hecho, sobre todo en el orden pecuniario, aquellos 'conejos' (jack rabbits) colombianos se le escaparan por entre las piernas, e improbaran el convenio celebrado, dejándolo con la escopeta cargada...".Y este fue el sentido de un memorando que recibió el ministro de Relaciones Exteriores colombiano, Luis Carlos Rico, el 13 de junio de 1903, que, entre otras cosas, decía: "Si Colombía ahora rechazara el tratado o retardara su ratificación, las relaciones amigables de los dos países quedarían tan seriamente comprometidas, que nuestro Congreso, en el próximo invierno, podría tomar pasos que todo amigo de Colombia sentiría con pena". Esto y unos debates enconados en el Congreso, liderados por don Miguel Antonio Caro, aumentaron la opinión contraria al tratado. En Washington, Roosevelt lanzaba truenos y centellas. El pupitrazo improbatorio no se hizo esperar y el proyecto fue negado por unanimidad de 24 votos. El único senador que se había salido del recinto con el pretexto de que se sentía enfermo, fue el senador de Panamá, José Domingo de Obaldía.
LA SEPARACION
El movimiento de independencia de Panamá, como lo dice el ex presidente Alfonso López Michelsen, "tuvo por comadronas y parteras a ciudadanos colombianos que no eran oriundos del Departamento de Panamá. Fue el caso en lo civil, del doctor Manuel Amadory Guerrero, cartagenero de nacimiento, y prominente político conservador, que se vio burlado en sus aspiraciones políticas por el maquiavelismo del gobierno de Marroquín. En lo militar, fue causa remota del descontento panameño la conducta desordenada del general José Vásquez Cobo, conocido como 'Pepe Botellas', por su afición al alcohol, a quien fue necesario remover, dejando el comando de la plaza en manos del boyacense Esteban Huertas, de quien dice, con razón, don Tomás Rueda Vargas... que por treinta monedas de plata como el Judas del Evangelio, se plegó a la causa de la insurrección y apresó a los comandantes del ejercito regular colombiano, que había sido enviado de urgencia para debelar el levantamiento. El agente especial de la compañía del ferrocarril de Panamá, era José Agustín Arango, quien se prestó pasivamente a que el superintendente Shaler se negara a enganchar los vagones en que iba la tropa, permitiendo que el general Juan B. Tovar y su estado mayor, quedaran prácticamente inermes en la capital de Panamá".
La participación panameña en el levantamiento fue clandestina y apenas si participaron algunos miembros de la clase dirigente panameña. El gobernador Obaldía tuvo los calzones para decirle al gobierno nacional que no sofocaría un levantamiento separatista.
También se ha incluído dentro de los héroes de la independencia de Panamá al guerrillero liberal Victoriano Lorenzo, más conocido como "El indio Lorenzo", que había sido fusilado tras un consejo de guerra verbal integrado por militares oriundos de regiones colombianas distintas de Panamá. Después de haber militado con las fuerzas del general Herrera y tras el tratado de Wisconsin, había quedado bajo la protección de sus estipulaciones. Lorenzo se convirtió en el símbolo de la voluntad popular de resistencia al gobierno colombiano.
A todo lo anterior, según el historiador Lemaitre, se suma el hecho de que a la comandancia de la plaza de Panamá llegó el general Esteban Huertas, un boyacense valeroso pero ignorante y venal. Huertas se había casado en Panamá y su nuevo cargo resultó funesto para la causa colombiana. Así, pues, con Obaldia en la gobernación y Huertas en la comandancia, el gobierno colombiano cometió la mayor torpeza.
Mientras tanto, en Estados Unidos se movian algunos personajes que le endulzaban el oído al presidente Roosevelt, deseoso de iniciar el canal cuanto antes. Entonces, sotto voce, se hablaba de la posibilidad de promover una revolución independentista en el istmo, cosa que podría manejarse y producir menos escándalo que una toma directa o declarar una guerra. Pero ya Roosevelt había contemplado esa posibilidad y por eso habría dicho: "¿Se podría hacer lo que tenemos preparado?" No cabía duda de que el presidente norteamericano manejaba los hilos e instigaba soterradamente una revuelta separatista en Panamá. Esta conspiración contó con la complicidad de Amador Guerrero, a quien el hijo de Marroquín le había embolatado una senaturía y quien además contaba con excelentes relaciones políticas y sociales en el istmo. Pero más importante que todo: Amador Guerrero tenía ya formada una "junta" secreta, de la que formaban parte importantes personajes interesados en la separación de Panamá.
Con todos estos ingredientes, el fervor separatista en Panamá creció sin que el gobierno de Bogotá fuera muy consciente de lo que se estaba gestando en el istmo. Sin embargo, por lo que pudiera suceder, el general Tovar recibió la jefatura militar del istmo y le dieron orden de trasladarse inmediatamente a Panamá, con el batallón Tiradores, que se encontraba en esos momentos en Barranquilla y debía ser transportado a Colón a bordo del crucero Cartagena. Pero Tovar, en un exceso de confianza, retrasó su viaje.
En Panamá, cuando Tovar llegó a Colón el 3 de noviembre de 1903, los conjurados habían logrado convencer al general Huertas de que se uniera al movimiento separatista mediante el pago de 25 mil dólares. El coronel Shaler, superintendente de la línea de ferrocarril, como ya se vio, también puso su cuota al impedir el traslado de Tovar y de su tropa a la capital. Pocas horas después, con sospechosa puntualidad, el crucero Nashville de Estados Unidos ancló en Colón. Los separatistas, respaldados por el Tío Sam, procedieron. A pesar de la negativa del gobierno de Washington, como dice López Michelsen, "la realidad de los hechos y las coincidencias fueron tan evidentes, que nadie se llamó jamás a engaño: la revolución panameña había sido maquinada y puesta en ejecución por el propio gobierno de Washington".
Así terminó la vida en común de las dos naciones que habia durado 82 años. La República de Panamá fue reconocida internacionalmente por Estados Unidos el 6 de Noviembre, tres días después de declarada la independencia e incluso por la casi totalidad de las repúblicás hispanoamericanas. Estados Unidos consiguió lo que buscaba: la construcción del canal. Pero la historia de Panamá no ha podido escapar nunca a los conflictos políticos y las amenazas militares. Por eso lo que está sucediendo hoy no es más que otro capítulo de su accidentada historia.

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