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| 8/29/2004 12:00:00 AM

Educación musical en Colombia: ¿pirámide invertida?

La Academia Nacional de Música fundada en Bogotá en 1882, inicia en Colombia la formación musical especializada, con un plan de estudios enfocado a la obtención de un título. La institución, que se convertiría en el Conservatorio Nacional de Música en 1910, se mantiene hoy como el principal centro de formación musical del nivel superior, junto con otros centros de orientación similar creados en el resto del país a lo largo del siglo XX. En los últimos veinte años, sin embargo, se han creado más de una docena de programas de estudios musicales adscritos a instituciones universitarias, que harían suponer un crecimiento acelerado de la demanda de profesionales de la música, un auge de la profesión. Las razones del fenómeno pueden ser otras, sin embargo, y sus consecuencias para las próximas décadas merecen estudio más detallado.

Por una parte, es claro que la aparición de programas universitarios como los de las universidades Javeriana y de los Andes en los años 80, dinamizaron el medio musical local, en especial en el área de la creación, estimulando la práctica académica de la composición y el estudio de la teoría musical, de manera complementaria al énfasis en la interpretación instrumental de los conservatorios existentes. También han estimulado la aproximación a las posibilidades tecnológicas recientes en el área de programas de notación y edición musical, de grabaciones y de creación a partir de medios electrónicos, ofreciendo posibilidades de trabajo en la música publicitaria y comercial, que creció de manera importante -a la par con los capitales locales- a finales de la década de los 80 y en la primera mitad de los 90.

Este crecimiento abrió espacio para la producción fonográfica de buena calidad de música popular urbana de diversos géneros (salsa, pop, rock, jazz, tropical, vallenato), favoreciendo su expansión nacional y, de manera más reciente, internacional, al integrarse productores colombianos en los circuitos norteamericanos del mercado musical. Puede encontrarse en este crecimiento uno de los principales factores de estímulo para que los jóvenes se hayan motivado a ingresar a programas de estudios musicales, y para que sus padres hayan comenzado a considerar esta como una opción de vida aceptable para sus hijos, respaldada por el status de un título universitario.

A la vez, esta demanda motiva la aparición de nuevos programas generados por instituciones universitarias, que buscan inicialmente cubrir las plazas que no pueden ser cubiertas por los programas existentes, pero que se especializan progresivamente, de acuerdo con la orientación y las fortalezas particulares de sus docentes vinculados, más que en función de la vocación propia de la institución. En este sentido, es interesante ver cómo algunos de los programas recientes que presentan resultados musicales más notorios han sido respaldados por centros universitarios especializados en medicina y finanzas.

Contrario a este crecimiento, existen factores que presentan una tendencia diferente. En todos los casos la formación profesional ha debido ser complementada por los graduados, realizando estudios y prácticas en el exterior, los Estados Unidos, países europeos y en menor medida países como Argentina, México y Cuba. El fenómeno tuvo escasos estímulos de estudio, si lo comparamos con el agresivo programa de becas realizado por Venezuela en la misma época. Sin embargo, la existencia de estos nuevos programas motivó en muchos casos el retorno de quienes se especializaron afuera, para actuar como fuerza docente de los programas nacientes y los establecidos. En esa misma medida, la enseñanza instrumental en el ámbito académico y su práctica profesional en las orquestas y bandas han seguido incorporando de todas formas instrumentistas extranjeros, principalmente provenientes de Norteamérica, Cuba y países de Europa oriental, quienes integran la planta de las instituciones musicales públicas y privadas. Todo esto sugiere que la expansión de la educación superior en música no ha logrado aún satisfacer algunas necesidades de formación. Por otra parte, el ámbito (o mercado) de la práctica orquestal, en cuanto que es subvencionado por el Estado, ha tenido una tendencia contraria a la expansión de los programas de formación musical, lo que ha generado un crecimiento gradual -cuantitativo y cualitativo- de las orquestas y bandas universitarias y juveniles.

La práctica profesional en los ámbitos de la industria musical tiene también sus tendencias invertidas. La industria discográfica ha tenido una tendencia decreciente, en la que la aparición y masificación de nuevas tecnologías ha inhibido el consumo de discos, favoreciendo formas de piratería o evasión de los cobros de regalías. Por otra parte, el recaudo y distribución de dichas regalías en Colombia ha tenido un proceso tortuoso en el que no se encuentra aún una posibilidad clara de sostenibilidad económica para el común de los creadores (autores e intérpretes) y ha motivado que éstos opten por el desarrollo de proyectos fonográficos y editoriales independientes.

La enseñanza de las artes en los establecimientos de educación pública básica y media se ha reducido dramáticamente, de manera acorde con la política nacional que prioriza el cubrimiento y el afianzamiento de competencias consideradas básicas. Esto representa una tendencia negativa, tanto en las posibilidades de mercado de trabajo docente para el número creciente de egresados, como también en el mejoramiento del nivel básico de formación, sensibilización e instrucción musical de la población infantil y juvenil. Se ofrecen entonces, para esta población, programas de educación no formal e informal, estatales y privados, siendo estos últimos abundantes de muy diferentes niveles de calidad y rigor. No existe pues un espacio consolidado de educación formal en música (colegios o bachilleratos musicales) que permita a los niños y jóvenes potenciales profesionales -que posteriormente alimentarán el creciente número de programas universitarios de música- desarrollar sus capacidades en edades críticas para su formación profesional, dentro de su programa curricular. Tampoco existe un programa claro de estímulo a la elevación del nivel musical básico de la población infantil, que pudiera generar una mayor apropiación (o consumo) de la música, un nivel crítico que permita diferenciar cualitativamente productos que se encuentran por fuera de los circuitos de consumo masivo, mejorando el mercado para el mayor número de profesionales egresados.

Sin que exista todavía una base estadística o un modelo consolidado de estudio y análisis permanente de estos fenómenos que respalde un diagnóstico confiable, parecería presentarse en el caso de la educación formal en música una pirámide invertida, en la que la base (considerada como la formación básica y media por una parte, y los mercados laborales por otra) se reduce, mientras se amplía la cúspide. Siendo tan difíciles y dolorosos los procesos de crecimiento, no debe motivarse la reducción de esta importante tendencia a la profesionalización de la práctica musical en el país. Puede ser que valga la pena detener su expansión y enfocarse en su crecimiento cualitativo, aumentando las posibilidades de satisfacción de la demanda local y posiblemente exportación de talento y de servicios educativos a países vecinos. Parece claro sin embargo que las condiciones para el estudio de la música en los niveles básico y medio y la consolidación de las condiciones laborales, de seguridad social y de sostenibilidad a partir de la recuperación efectiva para los creadores de sus derechos patrimoniales de autor e intérprete, para los profesionales de la música deberán ser tema de estudio y acción para fortalecer la base de esta pirámide que, a pesar de su preocupante asimetría, ha producido ya importantes resultados artísticos en todos los niveles.
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