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| 3/24/2003 12:00:00 AM

El alineado

Al ponerse del lado de Bush en la guerra contra Irak, Uribe está siendo pragmático y consecuente con su diplomacia antiterrorista.

La decision del presidente Alvaro Uribe de alinearse explícita y abiertamente, sin matices, con George W. Bush en su guerra frontal contra el régimen de Saddam Hussein en Irak encendió la llama de las pasiones nacionales, y aun traspasó las fronteras y produjo cejos fruncidos y críticas ácidas de algunos vecinos.

"Vergonzosa", "Contra la historia", "Riesgosa e innecesaria", fueron algunos de los calificativos que recibió la decisión del Presidente colombiano. Algunos, incluso, evocaron el famoso episodio de la guerra de las Malvinas cuando Colombia votó contra Argentina y fue calificado con el mote del "Caín de América".

El diario El Tiempo del jueves recogió este espíritu indignado y explicó que, con esa decisión de Uribe, Colombia rompió una larga tradición de defensa del "multilateralismo y el uso de la fuerza solamente como recurso de última instancia".

Uribe salió esa misma noche a la defensa de su parecer: "Colombia ha pedido al mundo apoyo para derrotar el terrorismo y no puede negarse a apoyar la derrota del terrorismo dondequiera que se exprese".

¿Para qué Uribe, pudiendo haberse quedado callado (nadie le exigía tanta militancia pro Bush) resolvió adoptar un camino tan radical y polémico?

No es que en el gran panorama mundial importe mucho lo que diga o deje de decir el gobierno colombiano. No tiemblan los amigos de Hussein, ni saltan de regocijo las tropas gringas. No obstante, como reza el adagio, toda política es local, y la decisión de Uribe de ponerse al lado del poder del norte no fue la excepción. Es perfectamente coherente con la política internacional, que ha defendido desde que era candidato, de conseguir apoyo internacional en su guerra contra la guerrilla -rebautizada desde el 11 de septiembre de 2001 como la guerra contra el terrorismo-.

Si Pastrana puso a Colombia en el mapa con su activa 'diplomacia de paz', Uribe busca reemplazarla con su 'diplomacia de guerra'. En este sentido Uribe hace bien en apoyar la guerra en Irak -un régimen de terror que nadie defiende-. Es una política de la real politik tan sencilla como pragmática. Colombia quiere poner al mundo entero a perseguir sin cuartel a los terroristas colombianos; ha pedido resoluciones de condena a las Farc de la ONU, de la OEA, de sus vecinos y hasta apoyo de la pacifista Unión Europea y, por supuesto, de Estados Unidos.

Los grupos ilegales armados en el mundo, y en Colombia, han demostrado en los últimos meses que están dispuestos a cometer actos de tal magnitud de terror que es apenas lógico buscar aliados ante un creciente nivel de riesgo mundial. Y el aliado lógico de Colombia -como de otros países que sufren este flagelo como España- es Estados Unidos. Esa no es la situación de Chile, ni de México, que votaron contra Estados Unidos.

Tampoco ellos reciben el respaldo y ayuda que hoy tiene Colombia del Tío Sam. Como lo resumió la embajadora Anne Patterson en un discurso reciente ante el Centro de Estudios Colombianos, Estados Unidos ha aprobado 1.700 millones de dólares para el Plan Colombia en los últimos tres años; consiguió una partida extraordinaria este año para brindar capacitación y asistencia antisecuestro y seis millones de dólares para un programa de protección de la infraestructura económica; aprobó 533 millones de dólares para el año entrante para diversos programas sociales, de lucha antidrogas y sustitución de cultivos, y otros 90 millones adicionales para proteger el oleoducto, y está capacitando a militares, policías, fiscales y hasta guardias carcelarios. Es más, le ha dado un respaldo crucial a Colombia para conseguir un acuerdo stand by con el Fondo Monetario Internacional, que implicó recursos disponibles por 2.000 millones de dólares y recibir otros 3.300 millones de dólares en créditos frescos del Banco Mundial.

Como lo han señalado algunos analistas, le sería muy difícil al gobierno colombiano seguir esperando ayuda de esta magnitud y conseguir la aprobación del Congreso estadounidense con una posición tibia o neutral frente a su aliado del norte en su hora crucial.

Hay además otra razón práctica que explica la posición de Uribe. El terrorismo se ha ido convirtiendo en un fenómeno internacional y, como muchos grupos armados ilegales del mundo, las vetustas guerrillas se han ido globalizando y se alimentan de negocios transnacionales, como el tráfico de drogas ilícitas y de armas y el lavado de dinero. No es posible desde un país solo y con recursos escasos cortarles los tentáculos a esos grupos terroristas. Para perseguir el lavado, hacerle inteligencia al tráfico de armas o mermar las exportaciones de cocaína Colombia necesita un aliado, por supuesto éste no va a ser Francia, ni China. Es Estados Unidos.

Alguien podría alegar que el pragmatismo de Uribe es práctico, pero excesivamente cortoplacista y deja de lado los principios y la dignidad. A esto los defensores de Uribe le contestan que principios también es desarrollar la estrategia que mejor cree un gobernante que protege a su pueblo. "Lo digno es garantizarle la seguridad a tu pueblo, dice un experto en el tema. Y respaldar la guerra contra un tirano que usa armas de destrucción masiva contra su propio pueblo tampoco carece de base moral".

Claro está que tampoco les falta la razón a quienes, por razones igualmente pragmáticas y de principios, alegan que en el largo plazo cuidar la seguridad de sus ciudadanos no es aplaudir la arbitrariedad del más fuerte. Que apoyar el "ataque preventivo" de Bush a Irak, que se brincó el sistema de derecho internacional (que puede ser defectuoso, pero es el único que hay) es darle un cheque en blanco a Estados Unidos para que invada e intervenga cuando y donde le plazca, y ya se sabe que el lugar favorito de invasión de los gringos es precisamente, su 'patio trasero' en América Latina. "La posición latinoamericana de defensa del multilateralismo y del no uso de la fuerza arbitraria responde a una realidad histórica práctica de defensa propia en contra del poderoso vecino del norte", dice otro analista. Además, con su postura, Uribe debilita su pedido de mediación a la ONU en un posible diálogo con las Farc y lo casa definitivamente con una solución única militar al conflicto armado.

La conclusión, entonces, es que al alinearse con Bush, la Colombia de Uribe es coherente con su política de lucha contra el terrorismo de las guerrillas colombianas; es leal a lo que espera del mundo y de su aliado del norte; coincide con su vieja convicción de que se requiere una fuerza multinacional para frenar la violencia en Colombia y no traiciona los principios de quien cree que así es como mejor protege a su pueblo.

Otra cosa bien distinta es estar de acuerdo con que la diplomacia de guerra de Uribe es, en efecto, la que va a sacar a Colombia al otro lado.
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