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| 10/1/2001 12:00:00 AM

El año en que el mundo cambió

Los acontecimientos del mundo y sus tendencias y contradicciones seguían un curso, una lógica histórica.

El 10 de septiembre todo se veia normal. O al menos se sentía igual. Los movimientos antiglobalización protestando en las grandes cumbres, los escándalos de corrupción a diestra y siniestra, la destorcida de las punto com, los desastres ecológicos, los abrazos protocolarios entre jefes de Estado… Los acontecimientos del mundo y sus tendencias y contradicciones seguían un curso, una lógica histórica. Pero el 11 de septiembre todo cambió.

Aun si los problemas siguen ahí: turbulencia en América Latina, pobreza en Africa, violencia en el Oriente Medio, cambiaron las prioridades, los intereses, los valores y la manera de ver el mundo. Es todavía difícil imaginar que unos cuantos terroristas con menos plata de la que puede costar una casa en la Florida hayan golpeado tan hondamente los símbolos del poder hegemónico de Estados Unidos: el económico con las Torres Gemelas y el militar con el Pentágono. El otro símbolo fue el mediático. Fue como “un golpe de Estado televisual”, según palabras de Ignacio Ramonet. Osama Ben Laden, un desconocido la víspera del 11 de septiembre, se convirtió, a los pocos días, en el hombre más famoso, perseguido y temido del planeta. (¿Qué hubiera sido de todo sin televisión?) Un hombre desde una cueva pudo cambiar el rumbo de la historia. Ese es quizás el símbolo más escalofriante pero más representativo de la globalización.

Todavía es prematuro hablar de un cambio de paradigma pero después de ese trágico martes por la mañana el mundo tiene otra cara. En el nuevo orden internacional brotan nuevas amenazas y novedosas alianzas. La guerra biológica dejó de ser una preocupación hollywoodesca para convertirse en un temor real, el acercamiento de Estados Unidos y Rusia frente al terrorismo enterró los últimos rezagos de la Guerra Fría, los mercados internacionales son cada vez más sensibles a los coletazos sicológicos y mediáticos, la tensión entre países norte-sur por una contradicción económica pasó a ser una tensión oriente-occidente por una contradicción cultural y Estados, por primera vez, está aliado en una causa común: el terrorismo.

Pero así como en todo el mundo hay una solidaridad explícita en la lucha contra el terror, también subyacen profundas diferencias en la concepción del poder, la religión, la libertad o la historia. La exacerbación del conflicto palestino-israelí no es sino la expresión sangrienta de esas distintas visiones. Por otro lado, la concepción mesiánica y fanática de Al Qaeda, y de tantos otros grupos —y Estados— fundamentalistas que satanizan a Occidente, sólo precipitan ese “choque de civilizaciones” que lúcidamente anticipó Samuel Huntington. Pero también en Occidente se han exacerbado los ánimos. Sólo 12 terroristas árabes fueron los responsables de los atentados pero todo el mundo islámico quedó en la mira. En Estados Unidos los crímenes raciales se dispararon y en Europa la xenofobia aumentó. Es, además, un odio que se hereda: en los colegios niños blancos miran con desconfianza a los de origen árabe.

Ese sentimiento de desconfianza que desató el 11 de septiembre también ha replanteado el valor más importante de Occidente: la libertad. Dentro de esta nueva ‘guerra contra el terrorismo’ se han sacrificado libertades civiles fundamentales en aras de mantener la seguridad y el orden. A pesar de la controversia que han suscitado esas restricciones en Estados Unidos, para la administración Bush el ataque en su suelo patrio constituye una agresión similar al bombardeo de Pearl Harbor en la Segunda Guerra o el hundimiento del Lusitania en la Primera.

Pero quizás el cambio más importante no se ha dado en lo político, ni en lo económico, ni en lo geoestratégico sino en lo individual. El 11 de septiembre tuvo un profundo impacto en la vida de las personas. La sensación de inseguridad creció, al igual que se acentuó la percepción del fin del mundo. Disminuyeron los divorcios y aumentaron las relaciones sexuales. Apenas unas señales estadísticas de cómo los seres humanos alteraron sus prioridades cotidianas y su manera de ver el mundo.



timperio vulnerable. Cuando aparecieron las imágenes de las torres ardiendo por televisión nadie lo podía creer. El mundo entero veía a Estados Unidos como sinónimo de fortaleza impenetrable. Nunca en sus muchas guerras había sido atacado en su territorio; nunca había

tenido víctimas civiles, ajenas plenamente a cualquier campo de batalla. Por eso cambió el mundo. El gran imperio se volvió vulnerable. Y paradójicamente sucedió cuando menos se esperaba, en el momento

de su historia en que

acumulaba más poder



pHeroes del silencio. Cuando ocurrieron los ataques a las Torres Gemelas su misión era rescatar heridos y personas atrapadas entre el fuego, el humo y el vacío. Ellos, los bomberos de la ciudad de Nueva York, héroes anónimos, como suelen serlo todos los bomberos del mundo, cumplían con su deber cuando, sin previo aviso, las dos torres se desplomaron. Se calcula que 300 de ellos murieron aplastados entre la chatarra, el vidrio y las cenizas. Estados Unidos y el mundo entero entendieron el alcance de su vano sacrificio porque ellos representan lo mejor del ser humano: solidaridad, entrega, valor y sacrificio. Sin protagonismos



u nueva york bajo las cenizas. Los terroristas no sólo derribaron las Torres Gemelas y convirtieron el corazón de Manhattan en un gran crematorio. Con las Gemelas se vinieron al piso el orgullo de los neoyorquinos y la confianza de los habitantes del mundo de que estarían a salvo en esa ciudad, la cual se desocupó. Los espectáculos de Broadway se quedaron sin público. La ciudad tuvo que hacer lo impensable: promocionarse en otros países para atraer el turismo. Paradójicamente, el sufrimiento colectivo humanizó a los siempre afanosos y rabiosamente independientes residentes de la Gran Manzana



pqLos valores al desnudo. La reacción de los estadounidenses ante la tragedia del 11 de septiembre puso en evidencia los mejores y los peores valores de esa cultura. Despertó la solidaridad de los artistas, quienes recogieron millones de dólares para atender a las víctimas, y de los niños que donaron sus ahorros. En su mejor tradición, crearon redes de ayuda, rodearon a sus instituciones y exaltaron a sus héroes. Pero también el dolor revivió los prejuicios raciales y desató actos de violencia en contra de compatriotas de origen árabe o musulmán. De pronto estos buenos ciudadanos estadounidenses empezaron a ser discriminados sólo por su apariencia y muchos tuvieron que esconderse o huir. La ola de racismo ha cedido pero sigue tan viva como las heridas de los atentados



uPanico. No es Bilbao, no es Sarajevo, no es Grozny, no es la franja de Gaza. Es Nueva York. Los habitantes de la llamada capital del mundo sintieron en carne propia el horror del que, en el mejor de los casos, tenían noticia a través de los noticieros de televisión. Desde entonces los neoyorquinos se vieron doblegados por la desesperanza, la incertidumbre y la desconfianza hacia los vecinos. El ataque terrorista no sólo le cambió la silueta a la ciudad sino también el semblante y la manera de ver las cosas a sus habitantes



p El dilema: libres o seguros. Como era de esperarse, los atentados del 11 de septiembre produjeron una reacción paranoica entre los estadounidenses: los controles en aeropuertos y edificios públicos se volvieron estrictísimos, a tal punto de prohibir cortauñas en los aviones. El exceso de seguridad y el sentimiento patriótico pusieron, sin embargo, en riesgo otros valores. Se prohibió que extranjeros estudiaran carreras clave y fueron encarcelados o expulsados, violando sus derechos, se han desatado cacerías de brujas contra académicos que critican la guerra ‘patriótica’. El celo por la prevención y el control se convirtió en chauvinismo y macartismo. Por eso muchos creen que, en este sentido, los terroristas están ganando su guerra contra las democracias libres



pbolsas en baja. Antes de los ataques terroristas los mercados financieros internacionales ya estaban temblorosos debido a que los datos recientes apuntaban a que la economía de Estados Unidos iba a tomar más tiempo de lo esperado en recuperarse. Lo que ocurrió en Nueva York terminó por agudizar la desconfianza de los inversionistas de Wall Street. Esto provocó una fuerte caída en los precios de las acciones, así como una huida hacia activos más seguros, tales como el oro y los metales preciosos



qLa guerra sicologica. Poco después de que Estados Unidos comenzara sus bombardeos sobre Afganistán se inició también la ola de envíos postales contaminados con esporas de ántrax, una enfermedad natural que ha sido desarrollada como arma biológica. Inicialmente se dio por sentado que se trataba de una retaliación de los hombres de Osama Ben Laden, sobre todo por los indicios de que varios de ellos indagaron sobre aviones de fumigación antes del 11 de septiembre. Pero esa hipótesis dio paso a otra, según la cual podría tratarse de terroristas norteamericanos de extrema derecha que trataban de pescar en río revuelto. De una u otra forma, la muerte de varias personas y la llegada de múltiples cartas con ántrax desencadenó una ola de paranoia que sigue afectando a Estados Unidos



u ¿Quien sigue? La guerra en Afganistán volvió a dejar en claro la supremacía militar de Estados Unidos. La coalición multilateral fue un halo de legitimidad necesaria para una intervención militar que sólo el Tío Sam estaba en condiciones de hacer. En esta guerra relámpago

—una versión mejorada del ‘blitzkrieg’ nazi— se confirmó lo que sucedió en el Golfo Pérsico y los Balcanes: en las guerras tecnológicas del siglo XXI mueren cada vez menos soldados y más civiles. Luego del derrocamiento del régimen Talibán la pregunta que el mundo se hace es: ¿Quién sigue? ¿Irak? ¿Sudán? ¿Yemen? ¿Corea del Norte?



p La suerte de Afganistan. Las mujeres, cubiertas de pies a cabeza con sus ‘burkas’, se convirtieron en símbolo de la tragedia afgana. El mundo supo cómo el tiránico Talibán redujo a las mujeres a esclavas e impuso un régimen de terror sobre sus 25 millones de habitantes. Las guerras sucesivas —contra los ingleses, los soviéticos y la última contra Estados Unidos y sus aliados— dejaron al país en ruinas e inmerso en una catástrofe humanitaria con más de dos millones de refugiados. Con la caída del régimen las mujeres se liberaron y los niños pudieron jugar fútbol, pero el nuevo gobierno tiene mucho camino por recorrer para garantizar a la población afgana unas condiciones dignas. Esperan que Occidente no los vuelva a abandonar en el intento.



pTurbulencia aerea. La sicosis provocada por los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos puso en jaque a la industria de la aviación, que ya venía padeciendo las consecuencias de la desaceleración económica mundial. Actualmente son contadas las aerolíneas que no tengan problemas financieros y perspectivas sombrías. Las medidas puestas en marcha para contrarrestar la caída en el número de pasajeros ya costaron, tan sólo en Estados Unidos y en Europa, más de 150.000 empleos directos. Otros sectores que dependen estrechamente del sector aéreo, como es el caso del turismo, la hotelería y el comercio, también están sufriendo las consecuencias del choque económico



p El odio fundamentalista. Es difícil para muchos estadounidenses entender cómo han provocado tanto resentimiento en el mundo islámico. Esa rabia se ha producido en tres caldos de cultivo: la riqueza del mundo árabe petrolero no se tradujo en una mejor calidad de vida para la gente; sí afianzó —con el respaldo de Occidente, y particularmente de Estados Unidos— dictaduras corruptas y opresivas; y cómo no se desarrollaron democracias legítimas los jóvenes musulmanes tornaron sus ojos al fundamentalismo religioso y a entidades como la Hermandad Musulmana para expresar sus ideas políticas. Por eso no todos apoyan la violencia contra Occidente pero sí ven en los actos de Osama Ben Laden cierta venganza justa



pEl individuo-Estado. Cuando Osama Ben Laden apareció en televisión después del atentado del 11 de septiembre atemorizó al mundo. En un tono perversamente tierno dijo que los estadounidenses no volverían a dormir tranquilos. Gracias a una organización terrorista que ha utilizado la globalización —que tanto critica— como un arma de combate contra Occidente, Ben Laden no sólo es un fenómeno mediático. Es la encarnación de uno nuevo de comienzo de milenio: así como en la antigüedad había ciudades-Estado, en la Edad Media había regiones-Estado y en la época moderna naciones-Estado, Ben Laden es el símbolo del individuo-Estado





pPAKISTAN VS INDIA. El conflicto ancestral entre India y Pakistán por la región de Cachemira sufrió también los efectos del 11 de septiembre. Pakistán quedó en una extraña situación pues aunque hasta entonces era amigo declarado de los Talibán, su presidente Pervez Musharraf debió cambiar de bando rápidamente para apoyar a Estados Unidos. Pero no hizo lo mismo en relación con los guerrilleros musulmanes separatistas de Cachemira, que siguieron perpetrando atentados con bombas en los que han muerto decenas de personas. India exige que el tratamiento a los terroristas sea el mismo en cualquier parte del mundo, y que Pakistán deje la doble moral de luchar contra los Talibán por terroristas mientras apoya a gente que tiene los mismos métodos.



pIsrael-Palestina. El conflicto entre el Estado de Israel y el pueblo palestino fue uno de los más afectados por los atentados del 11 de septiembre. En un comienzo el gobierno de George W. Bush, consciente de la necesidad de estabilizar esa situación mientras desarrollaba su campaña en Afganistán presionó a ambas partes para que negociaran un acuerdo de paz, y las partes fueron inicialmente receptivas. Pero el efecto desapareció cuando los Talibán fueron derrotados sin necesidad de la solidaridad del mundo árabe. La violencia mutua volvió a crecer, con asesinatos selectivos por parte de los israelíes y atentados suicidas por los palestinos. Mientras tanto el presidente palestino, Yaser Arafat, se convirtió en un personaje contradictorio: la paz es imposible sin él, pero también es imposible con él



uLa caida del regimen taliban. Una de las víctimas de la situación desatada el 11 de septiembre fue, paradójicamente, el gobierno Talibán de Afganistán. Su apoyo a Al Qaeda, la facción de Osama Ben Laden, le costó el poder y, eventualmente, resultó desbandado. Pocos lo sienten en el mundo, pues se trataba de un régimen represivo, fanático y retardatario





pXenofobia. Después de los atentados se registraron en Estados Unidos más de 540 ataques contra ciudadanos árabes y casi 200 contra ‘sijs’, miembros de un grupo religioso indio. Hubo también agresiones contra mezquitas y templos hindúes en Polonia, India, Inglaterra y Dinamarca. Docenas de musulmanes fueron detenidos en México, Brasil y Paraguay. El gobierno estadounidense también anunció la Ley de Patriotas USA para aumentar los requisitos para el otorgamiento de visas a extranjeros y se puso en marcha el Sistema de información de visitantes de intercambio estudiantil para controlar a los que llegan a los 74.000 centros educativos registrados por el servicio de inmigración



tLa era postaliban. Cuánta diferencia pueden hacer los bombarderos. La Alianza del Norte, un conglomerado de aliados circunstanciales cuyo mayor vínculo es su odio hacia los Talibán, era un cuerpo desmoralizado y acorralado en la esquina nororiental del país. Pero la llegada de las bombas norteamericanas cambió el balance de poder. A la vista de la victoria militar, los integrantes se reunieron en Alemania para buscar un acuerdo político y acordaron un gobierno de transición compuesto por todas las etnias involucradas, los pastunes, los uzbekos, los tajiko y los hazaris. Pero el futuro es incierto puesto que estas facciones han guerreado durante años



p La alianza de Bush. El 11 de septiembre cambió el esbozo de agenda que había demostrado el flamante presidente George W. Bush. Hasta esa fecha el presidente de Estados Unidos se perfilaba como un solitario que devolvería a su país al aislacionismo y al unilateralismo en materia de política internacional. Pero el golpe del 11 cambió de tajo sus ambiguos planes y pasó de ser un presidente débil y trastabillante a un exitoso líder mundial. Emprendió su lucha contra el terrorismo de la mano de una exitosa alianza con Occidente, y en ella logró incluir a aliados tan improbables como el presidente ruso, Vladimir Putin



“Lo cazaremos

vivo o muerto”



George W. Bush, presidente de Estados Unidos,

refiriéndose a Osama Ben Laden



“Es declaración de guerra

contra todo el mundo civilizado”



El canciller alemán, Gerhard Schröder



“Estos incidentes dividieron el mundo en dos regiones: una de fe, sin hipocresía, y otra de infidelidad, de la que deseamos que Alá nos proteja”



Osama Ben Laden,

en Al Jazeera, 7 de octubre



“¿Dónde

se han inspirado esos fanatismos religiosos si no es en la pobreza y la injusticia que abruman a nuestro planeta?”



Dominique Lapierre, escritor
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