Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1980/12/11 00:00

El arte del placer

De todos los artistas vivos, Fernando Botero es el que más exposiciones ha hecho en museos y del que más libros se han escrito sobre su obra. Además ha expuesto sus piezas colosales en tres continentes y en más de 20 ciudades.

En contra de la concepción popular, Botero no tiene nada que ver con la gordura

El exito de Fernando Botero es inmenso. Sus exposiciones más importantes carecen de precedentes en la historia del arte. En 1992, mi padre exhibió sus esculturas monumentales en los Campos Elíseos, de París. Luego en Park Avenue, de Nueva York. Después, en el Paseo de la Castellana, de Madrid. Igual en Jerusalén, y en la Piazza della Signoria, en Florencia. Ahora, en el Gran Canal, de Venecia. En total, Fernando Botero ha expuesto sus piezas colosales en tres continentes y en más de 20 ciudades principales.

Así mismo, varios de los museos más famosos del mundo han expuesto su obra de pintura. El Grand Palais, de París. El Hermitage, de San Petersburgo. El Reina Sofía, de Madrid. El Pushkin, de Moscú. El Hirshhorn, de Washington. Seis museos en Japón. Ocho en Alemania. El año entrante expondrá en Tokio, Singapur y Viena. Ha presentado su obra en todas las capitales de Europa Occidental. Su retrospectiva en el Colegio de San Ildefonso, en México, registró más de 218.000 visitantes. A su muestra en Estocolmo, con una población de más de un millón de habitantes, asistió 10 por ciento de la ciudad. De todos los artistas vivos, Fernando Botero es el que más exposiciones ha hecho en museos y del que más libros se han escrito sobre su obra. En octubre la editorial Taschen, de Alemania, publicará un libro sobre su trabajo en cinco idiomas y 50.000 ejemplares, y en noviembre Rizzolli presentará el libro más caro de su historia, La mujer en el arte de Botero. Ningún otro artista vivo tiene una trayectoria semejante. Cada uno de estos datos refleja la importancia del artista colombiano. Pero no la explica. La explicación, en cambio, reside en los siguientes elementos.

Un estilo unico

Por un lado, Fernando Botero ha creado un estilo. Original y reconocible. Esto es invaluable, porque el estilo es el mayor aporte que un artista le ofrece a la historia del arte. Como todo maestro, el de Botero está hecho de sus convicciones. Sus convicciones acerca de lo que es, o debería ser (para lograr su ideal de la belleza), el color, el volumen, la composición, la forma, el tema y el lenguaje estético. La mayor prueba para un artista, señala, es la de la naranja. La forma más sencilla que existe es una naranja, explica. Sin embargo, cuando un maestro dibuja esa imagen, lo que el espectador ve, además de la fruta, es la reflexión singular del artista: su estilo. Por eso, una naranja de Van Gogh es distinta a la de Monet, Cezanne o Bellini. Lo que está presente en esa forma tan sencilla, es la totalidad de un estilo. Frente a un talento menor, el espectador sólo ve la naranja. Frente a un maestro, el espectador presencia, ante todo, una reflexión. Y más aún, una vida consagrada al oficio: un largo camino de preguntas y aciertos. Su conjunto de ideas. Por ello, cuando alguien se detiene ante una obra de estos artistas y dice: esto lo hizo Van Gogh, o Monet, Cezanne o Bellini, lo que está diciendo es: en esta esfera tan simple está sintetizada la suma de convicciones estéticas del artista: su estilo. Y se detecta en un instante.

Ahora, en contra de la concepción popular, el estilo de mi padre no tiene nada que ver con la gordura. Decir que él pinta gordos equivale a decir que El Greco pintaba flacos. No es en broma cuando él dice que jamás ha pintado un gordo en su vida. De haber elementos gordos en sus cuadros, tendría que haber elementos delgados para marcar el contraste y hacer patente la obesidad. En cambio, cada objeto en sus lienzos está pintado con la misma exaltación del volumen: las flores, las personas, las frutas y hasta las moscas. El rasgo distintivo de su obra es su coherencia estilística.

Además, una cosa es la gordura, y otra es el volumen. Al ensanchar las formas en sus cuadros, desafiando las proporciones naturales, aumenta el espacio para aplicar más color en la tela, y les brinda sensualidad a esas mismas formas. La redondez que caracteriza la obra de Botero es lo que hace que, hasta las cosas más inertes en su pintura resulten apetecibles. Todo artista distorsiona la realidad. Incluso el realismo es un estilo más, y no es lo real. Y todo artista comete esa distorsión en aras de comunicar su idea de la belleza. La distorsión de mi padre, su estilo, consiste en exaltar el volumen de las formas. Ahí se aprecia la monumentalidad de sus figuras. En la grandeza y heroicidad de las formas.

Un reparo que he escuchado se refiere a la unicidad del estilo. ¿Por qué Botero insiste en lo mismo? ¿No es repetitivo? ¿Por qué no cambia de estilo, como lo hizo Picasso? Lo cierto es que Picasso (un caso único en la historia del arte) 'cambió' de estilo menos veces de lo que la gente cree, y lo que han hecho los maestros del arte universal es insistir en el propio. Pero que el estilo no cambie no significa que no evolucione. Lo que más impacta en una retrospectiva de Botero es el desarrollo tan notable de su obra. Además, ¿acaso Giotto, Caravaggio o Botticelli cambiaron de estilo? Ya se dijo: éste es la suma de convicciones del artista y, como anota mi padre: "Si yo cambiara de estilo, primero tendría que cambiar mis ideas sobre el arte".

Un maestro de la tecnica

Otro factor que explica su importancia es su dominio de técnicas distintas. Los artistas suelen practicar una forma de expresión: son escultores, pintores o dibujantes. Mi padre hace escultura, pintura al óleo, acuarela y sanguina; dibujo en lápiz, tinta, carboncillo, tiza y pastel. Y lo hace como un maestro. Hay pasteles suyos que parecen óleos. Y hay dibujos con un trazo tan sólido que parecen tallados en el papel. Pocos creadores son tan prolíficos en medios tan diversos. En ese sentido, Botero es un ser renacentista.

Pero no sólo se expresa mediante estas técnicas, sino que lo hace con la obsesión de la calidad. Con el respeto que profesa por su oficio. El arte conceptual de hoy, dice mi padre, puede sorprender al espectador. Pero una vez. Dos, máximo. ¿Por qué, en cambio, uno regresa a los museos para contemplar los célebres cuadros de siempre, y cada vez descubre algo nuevo? Por la calidad. Lo único que sorprende siempre, dice. Por eso mi padre busca, insaciable, esa condición. Es lo único que perdura.

Hay más. La obra de Fernando Botero está enraizada en las grandes tradiciones del arte universal. En particular, del Renacimiento. Su temática (los paisajes y las personas de la clase media colombiana), está pincelada con las enseñanzas de la pintura cuando ésta alcanzó su cumbre de excelencia. Sin duda, es en su conocimiento del arte renacentista que su obra tiene su anclaje, y ese es el aspecto que más destacan los críticos: la solidez de su trabajo.

Más aún, varios rasgos de su obra provienen de esa tradición. La serenidad de sus personajes. El colorido tan luminoso. La quietud de sus figuras, incluso en pleno movimiento, que parece sugerir la eternidad. La expresión de las personas, que miran hacia afuera y a la vez hacia adentro, como los rostros inmortales del arte egipcio. No hay premura en sus óleos. Hay la serenidad que tipificó la belleza del arte griego, romano y renacentista.

De lo local a lo universal

Fernando Botero, además, ha creado un mundo poblado con la mitología de su pueblo. Para ser universal hay que ser local, y la cantera que nutre su búsqueda, Colombia, una de las tierras más sufridas pero más poéticas del planeta, no tiene fondo. Y tuvo el acierto no sólo de recrear su contorno, sino de criticarlo. La sátira en sus lienzos es evidente, y las autoridades del país, sus militares, obispos y políticos, son pintados con ironía. Su tema es la comedia humana de América Latina.

Su obra ha trascendido fronteras. Fernando Botero es un artista internacional. Y no sólo porque sus pinturas tengan precios mundiales. O sea, que una obra suya valga igual en Colombia que en París, Tokio o Moscú. Eso pocos lo logran, pero no es un asunto de dinero sino de estimación. El recibe más invitaciones para exponer su obra de las que puede aceptar, de Tel Aviv a Lisboa y de Singapur a Londres, y eso significa una cosa: universalidad. ¿Cómo lo logra? Su temática es local, cierto, pero su lenguaje es universal.

Fernando Botero nunca ha estado de moda. Lo cual es bueno, porque pocos artistas la sobreviven. Mientras duran sus 15 minutos de fama, el público aplaude y la crítica elogia, pero cuando se esfuma ese éxito pasajero, si la obra no posee calidad perdurable, pasan al olvido. En cambio, la valoración del arte de mi padre ha sido gradual, pero constante. ¿Por qué? Porque él siempre ha nadado contra la corriente. Cuando llegó sin un centavo a Nueva York en los años 60, el arte que reinaba era el expresionismo abstracto. Botero proponía un arte figurativo que rescataba las tradiciones del pasado. Por eso su aceptación fue tan dura, y sufrió las críticas que habrían destruido la carrera de otro menos resuelto. Parte de su valor radica en que tuvo la fuerza de soportarlas, y de imponer su arte, incluso en medio del despotismo de la estética reinante.

Hoy su obra está más alejada que nunca de la moda actual. Ahora el arte conceptual domina el horizonte, y Botero lo ha definido como una farsa. Ha protestado contra los fabricantes del arte efímero del performance y el happening. Por supuesto, sólo el tiempo dirá quién tiene la razón. Pero pienso que en 100 años, cuando se señale el fin del siglo XXI como el instante en que el arte perdió su norte, a la vez se dirá que el artista que estaba en lo cierto era Botero.

El arte del placer

Sin embargo, lo más valioso es esto: el arte de Fernando Botero proporciona "placer". No es una virtud obvia ni fácil. Hoy, es casi revolucionaria. Buena parte del arte del siglo XX se distanció de esa meta original. Grandes coloristas como Bonnard o Matisse, que buscaban deleitar al espectador, fueron criticados por ello. No obstante, el gran arte de todos los siglos no pretendía agredir al público, sino brindarle placer estético y una realidad alterna y poética. Ingres. Velázquez. Van Eyck. Perugino. El Impresionismo. A pesar de sus diferencias, todos compartían un propósito: crear belleza. Generar placer. Botero comparte esa propuesta, y en ese sentido su ejemplo sobresale. Por eso, creo, su obra le agrada tanto al público como a la crítica, que no van siempre de la mano. Quizá muchos no la entienden a cabalidad, pero aun así la gozan.

En Colombia su importancia tiene otra razón. Es de las personas que más le han devuelto al país. Sus donaciones a Bogotá y Medellín, con la colección privada que reunió durante 25 años, es un acto de generosidad que no tiene antecedentes en nuestro medio. La gente, a veces, no sabe hasta qué punto llegó ese gesto, y cree que regaló lo que le sobraba o sólo parte de lo que tenía. La verdad es que tuvo la lucidez de regalarlo todo, y que esa decisión haya sido la más feliz de su vida, dice mucho, a mi juicio, de su calidad humana.


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