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| 9/15/2012 12:00:00 AM

El azote de la corrupción

La venalidad diezma los presupuestos locales y deja en manos de bandidos los dineros de los más pobres. ¿Habrá algo qué se pueda hacer para evitar el desangre?

"La plata que deja una alcaldía no la deja un embarque", decía el exsenador Juan Carlos Martínez Sinisterra, condenado por parapolítica, para mostrar lo rentable que puede ser el manejo de los presupuestos públicos locales.

El saqueo de la salud y la educación es permanente y vale según el Ministerio de Hacienda, cuando menos 2,4 billones de pesos.

Se pueden controlar mejor las prácticas ilegales aumentando la vigilancia o devolviendo temporalmente el manejo de los recursos locales al gobierno nacional, como se ha hecho en el pasado. Pero quizás la fórmula más potente es la de conseguir comportamientos transparentes en las administraciones locales. "En Colombia faltan costumbres políticas más éticas. Las reglas fiscales deben estar acompañadas de una regla moral de respeto por lo público", dice la directora de la DAF, Ana Lucía Villa.

Hay casos como los de Medellín o Usiacurí en Atlántico que muestran cómo con el cuidado de los dineros colectivos se les puede sacar de las manos regiones enteras a los corruptos.

El poder de la transparencia

Usiacurí es un municipio de casi 9.000 habitantes en el centro de Atlántico. En 2003 ocupaba el puesto 1.053 en el ranking de desempeño fiscal del país. Gastaba el 164 por ciento de su presupuesto en funcionamiento. La administración de un grupo de mujeres lideradas por Dorita Bolívar puso al municipio en una senda de progreso acelerado que lo llevó en tres años al lugar 669 en desempeño fiscal.

Después de años de olvido, en 1991 el alcalde Alfredo Llinás empezó un proceso de rescate de Usiacurí. Fue un modelo de buenas prácticas entregando obras y un superávit de tesorería. Su primo Carlos Llinás continuó sus obras y mantuvo bajo control los gastos de funcionamiento. Los primos Llinás condujeron un proceso de inversiones y administraciones transparentes y eficientes.

Desde 1995 y hasta 2003 retornó el descuido administrativo. El alcalde del periodo 2001-2003 llevó el municipio al puesto 1.035 en desempeño fiscal con un gasto desbordado.

En 2004 fue elegida Dorita Bolívar, una comunicadora social, esposa de Alfredo Llinás, quien obtuvo el 47 por ciento de los votos y derrotó a siete aspirantes. Con ella el municipio recuperó su proceso de transformación.

El segundo día de gobierno se presentó con un cuñete de pintura y con los funcionarios de la Alcaldía pintó el edificio municipal. Al tercer día, reunió a los funcionarios de carrera administrativa y aunque no votaron por ella, designó dos de ellos como secretarios.

El municipio era inviable. Tenía embargos por cesantías y contratos. Estaba endeudado con la Dian y Electricaribe. La sede de la Alcaldía era un basurero y los colegios no tenían luz. La alcaldesa se bajó el sueldo y con eso redujo la escala salarial para los concejales, el personero y los secretarios. No hubo nuevos nombramientos. Solo gastaba si había plata en caja. Registró los bienes públicos en la contabilidad municipal para que la Nación pudiera invertir allí.

En el segundo año llevó los gastos de funcionamiento al 85 por ciento y en el tercero a 66 por ciento. Así el municipio subió al puesto 669 en desempeño fiscal.

Gobernó con mujeres en su despacho, con cuatro de los nueve concejales y por coincidencia tuvo una mujer como comandante de Policía. Con ellas empoderó a los habitantes de lo público de tal forma que todos tienen claro que lo primero es el bienestar general. Los sucesores de Dorita no han podido mantener la senda de progreso acelerado pero al menos ya saben que hacer las cosas bien es posible.
 

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