01 octubre 2001

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‘El Bárbaro’ de la champeta

Por Armando Neira

C R O N I C AAlvaro Almario fue de profesión delincuente hasta que se consagró como uno de los cantantes de moda.

El sol de mediodia hace más intenso el hedor que se levanta del mercado de Bazurto en Cartagena de Indias. Varios gallinazos se pelean a picotazos restos de bocachico, sábalo, chinito y mojarra. Sobran después de que los pescadores de piel tostada separan la carne de los peces con su afilado cuchill
o, conocido como champeta. Las mujeres atizan los fogones con carbón de leña. En una esquina seis niños juegan descalzos con una pelota de trapo. Hay poco espacio para caminar entre la multitud que busca cachivaches o que hace fila en los restaurares. El ambiente huele a una mezcla de aguas negras estancadas, sudor de muchedumbre, comida recién hecha, vegetales, tubérculos, frutas y costales. En el lugar retumba además el sonido de los equipos de 14 puestos de venta de música. En todos se oye el ritmo inconfundible de la champeta y la voz de Alvaro ‘El Bárbaro’ Almario, el cantante de moda.

Este joven moreno, pelo rapado, cejas gruesas y cuerpo macizo, almuerza en el mercado de Bazurto. Es un sitio que conoce bien pues allí pasó su infancia, cuando venía en busca de sus víctimas, mujeres a las que podía robar con la frialdad y rapidez de un profesional. “Les echaba el ojo y empezaba a seguirlas. El resto era cuestión de paciencia”.

Ahora es al revés. El es el centro de las miradas. Las muchachas lo miran, le sonríen, le coquetean y lo paran en la calle para pedirle un autógrafo. Aunque todavía algunas le temen porque lo reconocen. “Papi, ese fue el hombre que me atracó”, le dijo una jovencita en su fiesta de cumpleaños a su padre, quien había contratado a Almario para la celebración hace unas semanas. “Eran tiempos bravos, si no lo hacía moría de hambre”.

La mayor parte de sus 22 años ‘El Bárbaro’, como se hace llamar, los ha vivido en la Cartagena árida y sofocante, la distante de las murallas, la que se extiende tierra adentro. Nació el 30 de marzo de 1979 en Ciudad de Panamá, donde su madre, Isabel Almario Mendoza, había ido a parar huyendo de la pobreza de tierra firme que los turistas nunca ven. Ella y su esposo —que no merece ser recordado por su nombre pues aunque le dio cuatro hijos más también le dejó huellas de muchos golpes— le inculcaron que en esta vida sólo los más fuertes sobreviven. Esa lección le sirvió para que un día, ya de nuevo en Cartagena, saliera de su casa a buscar comida armado con el cuchillo de la casa. “Por aquel entonces yo había aprendido que nada que no fuera a la fuerza, la paliza o la amenaza importaban”.

Hubo un tiempo en el que le gustó estudiar pero un día dejó de hacer una tarea y la maestra le pegó 10 reglazos delante de todo el curso. Salió llorando con el convencimiento de que no volvería. Lo suyo desde ese día iba a ser la calle. Apenas tenía 11 años.

Entonces se fue por las calles de su barrio Chiquinquirá, adyacente a la Ciénaga de la Virgen, en el suroriente de Cartagena. En esa época la mayoría de los habitantes del barrio eran desplazados que llegaban de otras partes de Bolívar huyendo de la guerra. Entre las calles polvorientas y el sol calcinante Alvaro ‘El Bárbaro’ conoció a sus amigos del alma: William, Toñito, Alberto y Ricardo. Estos dos últimos son mellizos a quienes él siempre conoció como los ‘mello-ratas’: con todos ellos fundó una pandilla a la que bautizaron los Cinco Caballeros del Zodíaco. Corría el año de 1993, Cartagena tenía más de 600.000 habitantes, de los cuales un 40 por ciento vivía por debajo de la línea de pobreza. En barrios como el suyo se concentraba la población de media ciudad y la Policía tenía registradas allí a 65 pandillas juveniles. Una era la de ‘El Bárbaro’. “Al principio éramos muy frescos pues lo que hacíamos era un jalonazo y a correr. Nada más. Pero la cosa se complicó”.

Comenzaron los enfrentamientos con otras pandillas, la Policía los identificó y empezó a perseguirlos, por último descubrieron que la plata que conseguían no compensaba los riesgos. Así fue que decidieron cambiar de tácticas. “Sí muchacho, los caballos. Ustedes me traen los caballos y yo se los pago en efectivo”, les dijo un hombre que los citó un día en la Torre del Reloj, la entrada principal a la Ciudad Vieja. Con él caminaron por el Portal de los Dulces, donde les compró cocadas, muñequitas de leche y melcochas de panela, luego les señaló a los famélicos caballos de los coches de turistas que se desplazaban por la Plaza la Aduana y les dijo: “Por cada caballo de esos les doy 20.000 pesos”.

A las pocas noches Alvaro ‘El Bárbaro’ atravesó solitario el barrio Nelson Mandela, la invasión más grande de la ciudad, al suroccidente de Cartagena. Hacia las 2 de la mañana muchos cocheros liberan allí a sus animales después de duras jornadas de trabajo para que pasten en los terrenos adyacentes. “Me acerqué casi en cámara lenta hacia uno de ellos y lo amarré. Son mansitos y me hacían caso porque una de nuestras costumbres era ir a montarlos allí con mis amigos. Por eso el nombre de los Caballeros del Zodíaco”. Cuando tuvo amarrados cinco caballos se marchó con ellos. Atravesó la ciudad y llegó hasta un matadero clandestino, donde le dieron 100.000 pesos. Los animales fueron sacrificados para hacer salchichón. Alvaro dice que aunque él es de buen comer una de las cosas que no puede pasar es el salchichón porque cuando lo intenta se acuerda de la mirada triste de los caballos. Con la plata compró su primer arma de fuego: un revólver 38 recortado, marca Yamaha. Tenía 14 años. Las peleas se volvieron más sangrientas. Uno a uno sus amigos fueron cayendo. Temeroso de que le sucediera igual se mandó a hacer una aseguranza en Luruaco. Fue donde un hombre que le tatuó siete cruces en distintas partes del cuerpo para que lo protegieran de todo mal y que hoy todavía conserva. Quizá lo salvaron de la muerte pero no de la cárcel. Tras una balacera fue detenido y llevado a San Diego, un penal donde se hacinan centenares de sindicados.

Tres meses allí fueron suficientes para comprender que estaba próximo a tocar fondo. Cuando salió libre decidió ganarse la vida honradamente, aunque no cómo. Durante un Festival de Música del Caribe se fue a un picotódromo, un baile masivo en donde se colocan un número indeterminado de ‘picós’ al aire libre, y ante la ausencia de un muchacho que tocara el teclado de un sintetizador le ofrecieron que él lo reemplazara. El tuvo dudas porque no sabía de música. Aceptó porque no tenía nada más que hacer. Sus contactos con la música se hicieron más frecuentes. Hasta un día en que Cándido Pérez, un cantante consagrado de champeta, estaba en plena presentación y de un momento a otro lo invitó a cantar junto a él. Ese día Alvaro ‘El Bárbaro’ recordó los cantos de palenque de su abuela, cerró los ojos y empezó a cantar. Luego llegaron los arreglistas, las grabaciones y el reconocimiento. Su primer éxito fue El vacile del pato, una canción inspirada en los personajes de Walt Disney. El que se escucha en esta temporada es Con la misma canción. “Esos muñequitos me provocan ternura”. No es su única inspiración. Lo motivan el amor, la noche, la esperanza. A sus 22 años ha vivido como pocos. Ha tenido tres esposas y es padre de tres hijos: Alvaro de Jesús, Jean Paul Jesús y Elián de Jesús.

El, como la mayoría de los cantantes que han triunfado con la música champeta, tiene pocas ganas de emigrar de la ciudad donde nació este género. Todos provienen de barrios populares, sofocantes, ruidosos. Hoy la ciudad sobrepasa el millón de habitantes y a su barrio llegan cada vez más desplazados espantados de la guerra. Como contraste, la champeta es suave, melodiosa, rítmica. Sus autores se sienten libres con sus canciones. Eso explica que hoy los niños quieran ser cantantes de champeta así como en una época la mayoría de ellos soñaban con ser boxeadores para salir de la miseria. “Una de las cosas buenas de esto es que nos libramos de salir en las páginas de Sucesos de El Universal y nos ponen la foto en la de Espectáculos”.

Ninguno, sin embargo, quiere olvidar su pasado. Al contrario, el éxito está en la reivindicación de sus orígenes. Por eso Alvaro, ‘El Bárbaro’, guarda en la memoria los rostros de sus amigos de pandillaje, hoy difuntos, y la costumbre de ir a comer al mercado de Bazurto. Un verdadero placer popular que sólo hasta ahora que es famoso puede gozar.
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