Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2003/11/10 00:00

El cambio de siglo

El arte actual en Colombia pasa por un momento de grandes propuestas y de artistas que copan los principales eventos artísticos del mundo.

La ultima decada del siglo XX implicó para el arte colombiano el inicio de un proceso paulatino de asimilación de hondas transformaciones. En 1990 fueron premiadas las obras Una cosa es una cosa, de María Teresa Hincapié, en el XXXIII Salón Nacional de Artistas, y Corona para una princesa chibcha, de María Fernanda Cardoso, en la II Bienal de Arte de Bogotá. Además tuvo lugar la primera muestra individual de Doris Salcedo en una galería de arte.

Si tiene sentido mencionar el hecho de que obras de carácter posmoderno hayan recibido premios en certámenes artísticos o que se hayan exhibido en galerías (destinadas en gran medida a la comercialización del trabajo de los artistas) es porque evidencian un cierto nivel de aceptación de ellas como arte. En estas artistas se percibe un interés por conducir sus obras hacia una esfera cultural más amplia que el simple universo formal que identifica la práctica artística en muchos casos. Sin embargo estas tres artistas siguieron caminos diferentes a la hora de definir cuál debía ser la función de su trabajo. La dimensión histórica de la experiencia humana, en términos políticos, fue crucial en el caso de Salcedo mientras que el enlace referencial entre el arte y otras disciplinas humanas, como las ciencias naturales, lo fue a su vez para Cardoso. Hincapié, en cambio, buscó una resonancia entre la experiencia artística y diferentes formas de espiritualidad.

Al avanzar la década se hizo cada vez más palpable que la práctica artística en Colombia estaba preparando a sus espectadores para aceptar un giro, no sólo de sus formas de comunicación sino también de sus enfoques, lo que atrajo la atención sobre otro tipos de hechos. Las instalaciones de video de José Alejandro Restrepo, quien emergió y se posicionó a lo largo de los últimos 12 años, es una de las más fuertes evidencias de la capacidad analítica que se impone como parámetro de muchos artistas colombianos. Al finalizar la década no sólo se ha generalizado la idea de que hacer arte es más que pintar, esculpir o instalar, sino que ha empezado a entenderse más ampliamente que un artista no es un sujeto que se expresa de manera personal sino que es un cierto tipo de testigo histórico.

En los últimos años empezamos a ver, cada vez con más frecuencia, cómo la presencia de ciertos rasgos aparentemente insignificantes, como los materiales o gestos que constituyen las obras, vienen a definir enteramente su sentido. Esto ocurre en piezas como Nowdays, de Miguel Angel Rojas, que consiste en una frase escrita en hoja de coca recortada; Eclipse, de Oscar Muñoz, que se trataba de una cámara oscura que hacía que el 'mundo exterior' se colara como arte en la sala de exposiciones en que se mostró, o El mal vestido, de Humberto Junca, que era la palabra mal, elaborada con jeans desteñidos, líneas de bolígrafo y taches. Es de esperar que el arte contemporáneo colombiano, tal como ocurre en otras latitudes, continúe en la tónica de sacudir sus formalismos y orientarse hacia experiencias culturales más amplias.

*Director de Artes Plásticas del Instituto de Cultura y Turismo.

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