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| 11/2/1987 12:00:00 AM

EL CHE, VIVO O MUERTO

A veinte años de su muerte, el Ché Guevara insiste en no dejarse clasificar

Hace un par de años, la casa Sotheby's de Londres sacó a subasta el diario del Ché Guevara en Bolivia. Obtuvo por la venta medio millón de dólares. Si la cifra se compara con los 4.200 dólares (50 mil pesos bolivianos) que hace veinte años ofrecía por la cabeza del Ché el gobierno boliviano, la conclusión es que, en términos estrictamente capitalistas, el legendario guerrillero ha subido considerablemente de precio: más del ciento por uno. ¿Qué mejor inversión? Pero dejemos de lado el sacrilegio: subastar en Sotheby's el diario del Ché es casi como vender el látigo con que Jesús arrojó a los mercaderes del templo (reliquia que, por otra parte, debe valer también su peso en oro). Lo que de verdad demuestra la transacción de Londres es que para el mundo capitalista Ernesto "Ché" Guevara vale mucho más muerto que vivo.
Muerto, y bien muerto. (Al margen de que además sea en términos políticos un "buen muerto", como tantos vemos hoy en Colombia, por ejemplo). Tan muerto está hoy el Ché que ya no quedan de él ni los afiches, que hace veinte años fueron también, durante un tiempo, un excelente negocio para la industria y el comercio del mundo occidental: ese rostro del Ché, pensativo, profundo, hermoso y distante bajo la oscura boina guerrillera de la fotografía tomada en los muelles de La Habana a la luz del incendio del vapor "Le Couvre" que llevaba armas belgas para Cuba y que la CIA hizo volar en el puerto. El Ché Guevara era entonces, con los Beatles, la imagen de consumo rebelde --si cabe la contradicción-- más famosa y vistosa del mundo.
Sin embargo, no era solamente un afiche: era además un modelo y una esperanza. Tenía razón hace veinte años Fidel Castro cuando, presentando el famoso diario que mucho más tarde sería subastado en Sotheby's, decía que "Ché y su ejemplo extraordinario cobran fuerza cada vez mayor en el mundo. Sus ideas, su retrato, su nombre, son banderas de lucha contra la injusticia entre los oprimidos y los explotados, y suscitan interés apasionado entre los estudiantes y los intelectuales de todo el mundo. En los propios Estados Unidos el movimiento negro y los estudiantes progresistas, que son cada vez más numerosos, han convertido en algo suyo la figura del Ché. En las manifestaciones más combativas por los derechos civiles y contra la agresión al Vietnam, sus retratos son esgrimidos como emblemas de lucha. Pocas veces en la historia, o tal vez nunca una figura, un nombre, un ejemplo, se han universalizado con tal celeridad y apasionante fuerza".
Así era en ese entonces. Pero lo cierto es que de todo eso no queda ya mucho. Los "estudiantes progresistas" de entonces, los que tenían en la pared de su cuarto el retrato del Ché y soñaban con hacer ellos también la revolución, se han convertido en los yuppies de hoy, y sueñan solamente con hacer dinero. Daniel Cohn Bendit, que fue uno de ellos en la "revolución de mayo" de París, en 1968, acaba de publicar un libro de entrevistas desencantadas con otros cuantos, titulado con la nostalgia de un bolero: Nous l'avons tant aimée, la Révolution (Nosotros, que la quisimos tanto...). Eso, en cuanto a los revolucionarios. La revolución misma, por su parte, también ha perdido mucho de su atractivo romántico de esos años, ahogado en sangre en Camboya y sofocado en Cuba de aburrimiento burocrático. Y la figura mesiánica del Ché Guevara, ese Cristo de metralleta crucificado a tiros, cabe difícilmente en ese nuevo marco.
La comparación puede parecer ofensiva tanto para los burócratas del cristianismo como para los de la revolución: ¿pero qué queda de esas dos cosas, si no es la burocracia? Para la burocracia revolucionaria el Ché no es ya más que un icono, una estampita piadosa, como Cristo para la burocracia eclesiástica: un retrato gigantesco en la Plaza José Marti de La Habana, que se ilumina de noche con luces de neón, como un anuncio. Y dos mayúsculas: las del Guerrillero Heroico, cuyo día se celebra ritualmente cada año el 9 de octubre, aniversario de su muerte.
Era guerrillero, sin duda. Y también era heroico. La pregunta es si, unidas, las dos palabras no quedan reducidas a una jaculatoria sin sentido, puramente mecánica. El Ché Guevara fue un guerrillero vocacional (aunque para ello no lo predispusiera su físico más bien frágil, y el asma que lo atormentó desde la infancia) y un revolucionario profesional en el sentido leninista de la palabra. Una vez le explicó prosaicamente a un periodista frívolo de Montevideo en qué consistía eso, durante la Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social, en Punta del Este: "Yo trabajo quizás 16, quizás 18 horas diarias. Duermo 6 horas, cuando puedo dormirlas; si no, duermo menos. No tomo y sí fumo. No voy a ninguna diversión, de ninguna clase, y soy un convencido de que tengo una misión que cumplir en el mundo, y de que en aras de esa misión tengo que sacrificar el hogar, tengo que sacrificar todos los placeres de la vida diaria de cualquier sujeto, tengo que sacrificar mi seguridad personal, y quizás tenga que sacrificar mi vida. Y años después, con más lirismo, explicó a sus compañeros de la guerrilla en Bolivia en qué consistía ser un guerrillero profesional: "Este tipo de lucha nos da la oportunidad de convertirnos en revolucionarios, el escalón más alto de la especie humana; pero también nos permite graduarnos de hombres".
Pero sus motivaciones no eran solamente ideológicas y políticas, sino también vitales: el afán de aventura. La aventura que había de llevarlo en fin de cuentas a esperar la muerte con un fusil en la mano en el más perdido rincón de Bolivia: la quebrada del Yuro, en Vallegrande. Era la aventura guerrillera en su forma más primitiva y rudimentaria --más aún que la que halló diez años antes al desembarcar en Cuba con Fidel y el puñado de supervivientes del "Granma"--: bajado en Ñancahuazú (ni él mismo sabía escribir a derechas el nombre en los primeros días) con cinco compañeros y seis fusiles, con la intención de desencadenar desde ese remoto corazón de la selva de la remota Bolivia una revolución mundial: la chispa que incendia la pradera, en la ilustración más extrema posible de la "teoría del foco". Y allá lo llevó su alma de aventurero: la misma que le impidió quedarse en Cuba haciendo la revolución desde un cargo de ministro.
Un alma como la de Alejandro Magno en el cuento de Borges: que perdido en la mitad del Asia el contacto con su ejército siguió adelante solo y terminó de soldado profesional al servicio de un reyezuelo innominado. Años despues recibió su paga en monedas que llevaban su efigie: la efigie de Alejandro.

Bueno: también los billetes cubanos llevaron durante años la firma del Ché, como presidente del Banco Emisor de Cuba. Pues en la aventura de esa vida hubo de todo, incluyendo los avatares de banquero en La Habana y diplomático en la ONU, médico en el Amazonas y dentista en las montañas bolivianas ("Hoy, día estomatológico", anota en su diario. "Le extraje piezas a Arturo y Chapaco"). No fue una vida rutinaria de "argentino de clase media, aunque de izquierda", como lo llamaron a su muerte las agencias internacionales de noticias: un niño asmático, que estudió para médico, recorrió casi a pie la América del Sur y hubiera podido pasar la vida como un segundo doctor Schweitzer en un leprocomio selvático y terminar recibiendo de barba blanca el Premio Nobel de la Paz, en su respetada vejez, rodeado de leprosos contentos. Y así hubiera sido, quizás, si no hubiera tomado conciencia del peso de la política en el destino de los pueblos en 1954, en Guatemala, cuando la CIA organizó el derrocamiento sangriento del régimen progresista del coronel Arbenz. Y si no hubiera conocido luego, en México, "en casa de María Antonia", a un cubano entusiasta que planeaba comprar con un grupo de amigos un yate para derrocar en Cuba a la dictadura mejor armada de toda América Latina. La fraternidad humana, la conciencia política, y la ocasión, hicieron de Ernesto Guevara de la Serna un guerrillero revolucionario. Y a eso volvería, después del triunfo de la revolución en Cuba cuando inicia su diario boliviano escribiendo el 7 de noviembre de 1966: "Hoy comienza una nueva etapa. Por la noche llegamos a la finca".
Once meses y un día duró exactamente la aventura guerrillera del Ché en Bolivia, y todo está en su diario de Sotheby's. Las caminatas interminables: "Perdimos el camino y pasamos toda la mañana buscándolo". Los insectos feroces: "Las especies que hay hasta ahora, son: la yaguasa, el jején, el mariguí, el mosquito y la garrapata". La muerte de los compañeros: "De los seis primeros, dos están muertos, uno desaparecido y dos heridos, yo con asma que no sé cómo cortarla". Los combates con el ejército, las rencillas internas, la autocritica revolucionaria, los nombres de los ríos --el Oscuro, el Rosita, la Piojera, el Suspiro: "No vive nadie en su curso"--, el "naranjal lindísimo de don Nicomedes", la reflexión política, los pequeños placeres: "Hoy, después de algo más de seis meses, me bañé". Una insignificante guerrilla, perdida, miserable. Engrandecida solamente por su ambición sobrehumana: la liberación de América Latina.
Dice Fidel Castro: "Impresiona profundamente la proeza realizada por este punado de revolucionarios. La sola lucha contra la naturaleza hostil en que desenvolvían su acción constituye una insuperable página de heróísmo. Nunca en la historia un número tan reducido de hombres emprendió una tarea tan gigantesca".
Hasta el final: el tiroteo en el cañón de una quebrada en medio de la selva. Herido en las dos piernas, con su fusil destruido por un balazo y su pistola vacia, el Ché Guevara fue hecho prisionero y llevado al pueblo de Higueras. Veinticuatro horas más tarde se dio la orden de ejecutarlo: pero no de un tiro de gracia, pues ya se había dado a la prensa internacional la noticia de que había muerto desangrada varias horas después de la captura; sino de una ráfaga de la cintura hacia abajo que prolongó durante horas su agonía. Finalmente, un sargento borracho lo remató de un disparo de pistola en el costado izquierdo.

La UPI aseguró al mundo que sus últimas palabras habían sido: "Soy el Ché Cuevara y he fracasado". Y es verdad que, a primera vista, su fracaso parece total: su grupo guerrillero destruido él asesinado, y la revolución continental que preparaba todavía en veremos, a veinte años de su muerte. Pero ese fracaso, evidente en su acción de guerrillero, no lo es tanto en sus ideas de revolucionario. En el cómo, pero no en el por qué. No hay ninguna razón para concluir que del fracaso del cómo se deduce que no había ningún porqué, ni ningún para qué, como se ha hecho mil veces en estos veinte años.
En la aventura boliviana del Ché Guevara fracasó estruendosamente el método, que era el del "foco" revolucionario. Resulta irónico que en algún pasaje de su diario el Ché se lamente de haber perdido su ejemplar anotado del libro de Régis Debray, principal divulgador de la tesis del "foco", porque esa guerrilla suya era la más extrema caricatura de tal tesis (resumámosla: según Debray, la revolución cubana triunfó porque no cometió el error de copiar recetas revolucionarias de otros; ergo, para triunfar es necesario copiar la receta revolucionaria de Cuba): un grupo reducido y heteróclito plantado en medio de lo desconocido para incendiar el mundo entero. Media docena de cubanos, un intelectual francés (el propio Debray), una alemana llamada Tania, un revolucionario profesional argentino-cubano y unos pocos bolivianos de ciudad y --según el mismo Ché- "de un nivel general muy bajo". En una zona que ninguno de ellos conocía: se les fueron los meses explorando para saber por dónde iban los rios, escondiéndose de los campesinos, cuya confianza no ganaron nunca: "La masa campesina no nos ayuda en nada y se convierten en delatores": escribe el Ché una semana antes de su muerte. Y todo eso, con el único respaldo de un partido comunista boliviano dividido y cuyo secretario, de entrada, planteó la condición de que el jefe del asunto fuera él. De parte del intelectual francés, se entiende; pero miradas las cosas retrospectivamente, asombra que hombres tan inteligentes y experimentados como el Ché Guevara y Fidel Castro hubieran creído en algún momento que semejante locura podía funcionar.
No funcionó. Pero las causas que la produjeron, y las razones que llevaron al Ché Guevara a dar su vida por ella siguen intactas en América Latina: las semidemocracias, las semidictaduras, las semiguerras civiles, la miseria creciente. La revolución ha perdido mucho de su encanto romántico, ya se dijo, en la dura escuela de la práctica. Pero la realidad que la revolución quería cambiar sigue igual a si misma. "Se discute el desmonte del Frente Nacional". "El ex guerrillero Dumar AIjure pide justicia". "Felio A ndrade descarta unión". "Misión económica viaja a EE. UU. a gestionar créditos". No son noticias de hoy. Son los títulares de la prensa colombiana el mismo día que, hace veinte años, anunciaba la muerte del Ché Guevara.--

La carta de despedida a Fidel
Fidel:
Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia, de cuando me propusiste venir, de toda la tensión de los preparativos. Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria.
Hoy todo tiene un tono menos dramático porque somos más maduros, pero el hecho se repite. Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la revolución cubana en su territorio y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo, que ya es mío.
Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de ministro, de mi grado de comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos.
Haciendo un recuento de mi vida pasada creo haber trabajado con suficiente honradez y dedicación para consolidar el triunfo revolucionario. Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente celeridad tus cualidades de conductor y de revolucionario. He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la crisis del Caribe. Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días, me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios. Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de separarnos.
Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor; aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos... y dejo un pueblo que me admitió como su hijo; eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura.
Digo una vez que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento, será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo y que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena; me alegro que así sea. Que no pido nada para ellos, pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse. Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo pero siento que son innecesarias, las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas.
Hasta la victoria siempre. ¡Patria o Muerte!
Te abraza con todo fervor revolucionario.

Ché.
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