Martes, 24 de enero de 2017

| 2004/03/14 00:00

El circo de la paz

Mientras los habitantes de muchas regiones de Colombia hacen malabares para escapar de la violencia, Sebastián Ramírez busca con ellos un camino hacia la paz.

Sebastián Ramírez recorre Colombia para transmitir unos minutos de paz y tranquilidad a las comunidades que se ven afectadas por el conflicto armado. Se transporta en camiones, mulas y muchas veces a pie.

Como circo modesto que se respete, Alerta Narices, el que dirige Sebastián Ramírez, del cual es el único integrante, va de gira por los pueblos y regiones del país.

No da aviso de su llegada pues la carpa, los animales, los payasos y las bailarinas son imaginarios. Sin embargo, de un momento a otro, en el primer parque o plaza que encuentre, Sebastián saca de su maletín las clavas, las bolas de fuego y el monociclo y da inicio a la función, sin necesidad de luces, fanfarrias ni llamados estridentes.

En ese momento el joven malabarista, que ha recorrido buena parte del país, busca transformar ese lugar abatido por la violencia. Porque así son los destinos que escoge, en un escenario en el que por algunos minutos reine la paz, se diluyan las diferencias y todos los espectadores se unan en una sonrisa, en una emoción o hasta en un llanto que nazca en torno de su espectáculo.

Al finalizar su show, con unas pocas monedas en su sombrero, Sebastián sale de su trance y empieza su trabajo. Comienza el diálogo con los campesinos que le dedicaron algunos minutos, recuenta su historia y realiza las inscripciones a los niños que participarán en su taller durante el tiempo de su estadía en el pueblo. En estos talleres, además de malabares y acrobacias, el cirquero se convierte en profesor y dicta clases de geografía, biología y pintura.

El día en que finalizan los talleres, el que quiera se puede unir a la causa y acompañarlo en su rumbo por los caminos de Colombia. De esta manera, algunas veces solo y otras acompañado, ha llegado en camiones o buses que le dan el chance al cabo de la Vela en La Guajira, Altos de Cazucá en Bogotá, el barrio Boston (Cartagena) y muchos otros lugares de Colombia donde lo único que busca es transmitirle con su espectáculo momentos de paz y un poco de alegría a la comunidad.

Ramírez no tiene afán de nada porque a sus 21 años la carrera de biología que había iniciado en la Universidad Nacional de Bogotá quedó atrás para darle paso a la pasión que había tenido desde que tuvo uso de razón: el circo.

"El circo no huele a aserrín y excremento de elefante. El circo no son 100 personas ni un montaje en Canadá o Estados Unidos. Para mí el circo es cuando una persona está dispuesta a abrir su mundo frente al público. Ahora el objetivo es darles una alternativa de vida a los niños y jóvenes que necesitan oportunidades", dice Sebastián, un joven de clase media alta que aprendió sus primeras figuras en campos de verano en el exterior y las perfeccionó en el país.

Las puertas de la gran carpa imaginaria se abren para el que quiera hacer parte de este circo que busca la paz. Y detrás de esa roja nariz, Sebastián seguirá recorriendo el país, buscando el sueño de una mejor Colombia a través sus malabares y acrobacias.

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