Martes, 30 de septiembre de 2014

| 1980/12/11 00:00

El colombiano de todos los tiempos

Antonio Nariño encarnó en su existencia trágica y comprometida lo que ha sido la vida independiente del país que contribuyó a crear. Su legado sigue siendo tan actual y necesario como lo fue en su tiempo.

Frente a la limitación de las libertades, es indispensable rescatar el legado de Nariño Foto: .

Antonio Nariño puede ser considerado sin ningún temor como el colombiano de todos los tiempos porque encarnó como ningún otro compatriota la esencia de lo que es, de lo que siempre ha querido ser y lo que no ha podido ser Colombia. Su vida trágica, su lucha, su patriotismo desinteresado, sus adversidades, sus victorias y sus derrotas; su pensamiento y su filosofía heroica constituyen un reflejo muy preciso de lo que ha sido en sus ya casi dos siglos de vida independiente el país que contribuyó a crear.

Abrazó desde su temprana juventud la causa de la independencia americana. Estudioso de las ciencias, fue colaborador cercano de José Celestino Mutis en la Expedición Botánica, vehículo en el que se montaron las generaciones de criollos que prepararon el terreno para el movimiento que culminó, en su primera etapa, el 20 de julio de 1810, y del que Nariño fue su conductor más importante. Por eso se le ha dado el título de Precursor. Pero Nariño fue mucho más que un simple Precursor, porque no sólo pensó sino que también actuó. Lo que predicó con la palabra lo respaldó con hechos.

Su influencia sobre grandes personajes contemporáneos fue grande. Simón Bolívar lo tuvo por uno de sus maestros e inspiradores. La generación que el 20 de julio de 1810 se lanzó a la vida política giró en torno a Nariño, ya fuera a favor o en su contra. Como gobernante dio ejemplo de moderación en el uso del poder y al mismo tiempo de firmeza en el mando. Mostró respeto absoluto por la opinión ajena, en consonancia con sus ideales, y fue un maestro de la polémica. Su manejo del humor y de la ironía lo hicieron un adversario temible y un escritor exquisito.

Como militar demostró una destreza asombrosa. Dirigió victorioso hasta los ejidos de Pasto el ejército patriota, sorteó mil penalidades y ganó siete batallas en las condiciones más desventajosas. Si al disponerse a tomar Pasto el destino no le hubiese puesto zancadilla, él mismo se hubiera encargado de liberar el continente.

Antonio Nariño estuvo a la vanguardia de su tiempo. Encarnó como pocos el Siglo de las Luces del Siglo XVIII, que impulsó no sólo las gestas de la Independencia, la libertad de expresión y el respeto de los Derechos Humanos. También encarnó ese espíritu utopista que les hizo creer a tantos pensadores y humanistas de Europa que América y sus nacientes naciones eran un territorio abierto para soñar, para pensar y para construir mundos mejores. En un país en el que se ha vuelto norma limitar las libertades individuales y el derecho a disentir, las ideas y actos de Nariño se hacen tan necesarios y urgentes como lo fueron en su tiempo.

Un espiritu librepensador

Antonio Nariño y Alvarez nació en Santa Fe de Bogotá el 9 de abril de 1765, hijo del gallego Vicente Nariño, contador oficial del rey, y de la bogotana Catalina Alvarez del Casal. Aunque estudió algunos años en San Bartolomé o Colegio de San Carlos, su educación fue en lo esencial autodidacta. Adquirió numerosos conocimientos en la biblioteca de su padre y, sobre todo, en la bien nutrida de su tío Manuel de Bernardo Alvarez, quien lo inició en el pensamiento ilustrado.

Contrajo matrimonio con Magdalena Ortega y Mesa en 1785, cuando tenía 20 años. En julio de ese año el virreinato fue sacudido por un terremoto que desbarató la capital. Nariño aprovechó la circunstancia para obtener del Superior Gobierno permiso de publicar un periódico o gaceta cuyo fin primordial era suministrar noticias acerca del movimiento sísmico.

El periódico, editado en la Imprenta Real de Santa Fe, se llamó Aviso del Terremoto en la Ciudad de Santa Fe y circuló apenas tres días después de ocurrido el sismo con noticias de lugares remotos afectados, lo que todavía resulta inexplicable dada la lentitud con que se recorrían entonces las grandes distancias.

Lo cierto es que el Aviso del Terremoto está al día en detalles y pormenores de los estragos causados por el terremoto en todos los rincones del reino, y eso le garantizó un éxito completo, gracias al cual Nariño logró permiso para continuar la publicación con el título de la Gaceta de la Ciudad de Santa Fe. Sin embargo el Superior Gobierno desconfió de la publicación y la frenó, prohibiendo el acceso de papel periódico a la capital. La Gaceta de Santa Fe duró tres semanas y en ella, tanto como en el Aviso, Nariño mostró sus dotes periodísticas y de escritor.

Antes de cumplir 24 años fue elegido Alcalde de segundo voto por el cabildo de Santa Fe junto con José María Lozano, heredero del marqués de San Jorge. Nariño tuvo enfrentamientos con el oidor Joaquín de Mosquera y Figueroa por temas de autoridad. En 1791 el cabildo eligió a Nariño como Alcalde principal, cargo en el que propició la lotería pública para financiar el Hospital de San Juan de Dios y el Hospicio de la ciudad.

De un oficial del virrey José de Ezpeleta, de apellidos Ramírez Arellano, Nariño obtuvo una copia del libro Historia de la Revolución de 1789, en Francia, donde encontró el texto de Los derechos del Hombre y del Ciudadano, cuyos 17 artículos tradujo y publicó en su imprenta patriótica, que también producía el Papel Periódico de Santa Fe. Siete meses después los espías del oidor Mosquera denunciaron la publicación de los Derechos como un papel subversivo y delataron una conspiración encabezada por Nariño, quien se encontraba en Fusagasugá, donde compraba quina que exportaba a Europa.

El 19 de agosto Nariño regresó a Santa Fe, donde se enteró de la conspiración y fue informado de que se le acusaba de ser el jefe de la misma. El 29 de agosto el oidor Mosquera dio la orden de capturarlo. Tras un juicio que duró poco más de un año y una defensa no de sí mismo sino de los Derechos del Hombre y la Libertad de Expresión que aterrorizó a sus acusadores, Nariño fue condenado en 1794 junto a sus compañeros a prisión en Ceuta y a destierro perpetuo por haber traducido los Derechos del Hombre y algunos pasquines sediciosos.

Es importante aclarar que entre 1789 y 1794 se había creado la tertulia de Nariño a la que concurren estudiantes, hombres de ciencia, profesores y viajeros, y a la que pertenecían el médico Louis de Rieux, Francisco Antonio Zea, Sinforoso Mutis, Enrique Umaña, José María Cabal y otros.

Lejos de doblegarlo este revés le duplicó los alientos de libertad. Gracias a la ayuda de algunos amigos, supuestamente masones, logró escapar. Se paseó por Madrid con un nombre ficticio, viajó a París, donde se entrevistó con Tallien, y luego a Londres, donde William Pitt, el joven, oyó los planes de Nariño y le ofreció apoyo, oferta que no pasó de ahí. En 1797 Nariño ingresó al Nuevo Reino por Venezuela disfrazado de sacerdote, con el fin de pasar unos días con su familia. Durante dos meses recorrió a pie o en burro El Socorro, San Gil y Tunja.

Planes secretos

De acuerdo con el historiador Frank Safford, experto en historia de Colombia, Nariño indagó las posibilidades de empezar una revolución en la provincia del Socorro, la tierra de los Comuneros. Habló con los curas porque sabía que ellos tenían una influencia determinante en sus feligreses, pero también lo hizo con la gente.

Encontró que muchos todavía se quejaban de la alcabala, que el pueblo consideraba una molestia porque se colectaba sobre artículos de pequeño valor. También había resentimiento por el hecho de que el pueblo sufrió castigos después de la rebelión comunera mientras las élites locales escapaban a las penas. Nariño concluyó que el pueblo de la región de Guanentá (actual departamento de Santander) estaba descontento, pero era demasiado ignorante para empezar una rebelión por sí misma.

Sin embargo Nariño elaboró su plan. El creía que era necesario empezar la revolución en el campo en vez de la capital, donde la gente no sería fácil de convencer. En cambio, los campesinos aburridos con la rutina rural, abrazarían la novedad de una revolución. Además, en la capital había ejército y, como Nariño ya sabía, en Santa Fe de Bogotá nadie podía guardar un secreto.

El plan fue ir a Palo Gordo, en la provincia de El Socorro, en donde merodeaban pandillas de 'hombres peligrosos' a quienes Nariño trataría de ganar con 'promesas'. Aprovecharía los días de mercado para reclutar más gente, como se hizo en la rebelión comunera. Pensaba que el ejército real no podía derrotar sus fuerzas porque sus oficiales no conocían la provincia o en caso necesario, los socorranos podrían defenderse cortando las tarabitas para impedir el tránsito de la tropa en los empinados desfiladeros y cañones.

A pesar de haber desarrollado un plan tan interesante, en vez de llevarlo a cabo regresó a Santa Fe donde confesó todas sus andanzas al arzobispo, quien inmediatamente informó al virrey. Nariño volvió a la prisión. De acuerdo con Safford, "no se sabe por qué Nariño dejó de perseguir su plan. Acaso concluyó que el pueblo no estaba suficientemente preparado. Posiblemente desconfiaba del clero local, aunque algunos de ellos habían aceptado los ejemplares del Contrato Social de Rousseau y la Constitución Francesa que Nariño les había proferido. Probablemente él mismo tenía dudas".

Otros autores consideran que una vieja enfermedad que casi lo mata lo obligó a regresar a Santa Fe con tan mala suerte que cerca de la capital se encontró con dos antiguos vecinos realistas que lo reconocieron y lo denunciaron. Lo cierto es que pasó seis años preso en la cárcel de Santa Fe y fue liberado en 1803 a instancias de José Celestino Mutis, quien aseguró que el prisionero moriría en breve si continuaba en el ambiente insalubre de la prisión.

En esos seis años Nariño estuvo en contacto permanente con los criollos que trabajaban por la Independencia, los orientó y publicó artículos económicos en el Correo Curioso de su amigo Jorge Tadeo Lozano. Escribió incluso un plan de reformas económicas cuya adopción habría significado la independencia económica de estos países. Sobra decir que la hacienda española ordenó archivarlo.

La vida militar

Una vez libre recuperó la salud y comenzó a colaborar en El Redactor Americano de Manuel del Socorro Rodríguez que, como en el Papel Periódico, sabía cómo ser subversivo entre líneas. Hizo negocios agropecuarios y armó una conspiración que estaba para estallar en 1809 cuando la denunció el tío de uno de los comprometidos. En seguida fue enviado preso a Cartagena, acompañado por su hijo Antonio.

Por el camino, los dos Antonios se fugaron de los guardias durante la confusión provocada por una tormenta y llegaron a Santa Marta. Delatado por un espía, Nariño cayó otra vez en poder de los españoles que lo remitieron a su destino original: las mazmorras de Bocachica. De allí, tras la mediación de Antonio Villavicencio, lo pasaron a las cárceles de la Inquisición, que lo aliviaron de las cadenas.

En agosto de 1810, luego del levantamiento de Cartagena, salió libre y se alojó en la casa de su amigo Enrique Somoyar. Estaba preocupado. No tanto por su suerte como por la amenaza de división interna entre los patriotas. Esta se desprendía de un manifiesto en el que la Junta Gobernativa de Cartagena proponía que el Congreso Provisional Constituyente se reuniera no en la Capital del reino sino en Medellín, con carácter de permanente.

Nariño redactó y publicó las Consideraciones sobre los inconvenientes de alterar la invocación hecha por la ciudad de Santa Fe en 29 de julio del presente año. El alegato fue convincente y los cartageneros desistieron de su iniciativa. Mientras tanto, los nuevos gobernantes de Santa Fe se habían olvidado de su maestro y no querían enviarle los viáticos para que regresara. O mejor, no querían que regresara.

La actitud enérgica de Magdalena Ortega, respaldada por José María Carbonell y una multitud de partidarios de Nariño, obligaron a la Junta de Santa Fe a mandarle 400 pesos de viáticos y, como último recurso para mantenerlo alejado, un nombramiento de ministro plenipotenciario en Estados Unidos que Nariño no aceptó. Volvió a Santa Fe en diciembre, participó en el Congreso Constituyente, del que fue nombrado Secretario.

En el semanario La Bagatela, periódico que se ha vuelto legendario, le hizo oposición al presidente Jorge Tadeo Lozano, al que consideraba débil y bobalicón. Las campañas de La Bagatela tumbaron a Lozano y el pueblo aclamó a Nariño como nuevo Presidente de Cundinamarca. Su propósito de gobernar con el pueblo, de prepararlo para enfrentar la reconquista inminente por parte de España -que ya había advertido en su periódico-, así como sus programas sociales, económicos y agrarios de profunda raigambre democrática, lo enemistaron con el Congreso, que le declaró la guerra.

En la batalla de San Victorino, el 9 de enero de 1813, el presidente Nariño derrotó a sus atacantes y dejó al Congreso sin dientes. Una vez tranquilizado este frente instaló el Colegio Electoral, con un discurso clamoroso ("el mejor discurso político de la época", según el escritor e historiador español Ramón Ezquerra), impregnado de profunda filosofía que se conserva y aumenta su vigencia con el paso de los años. Después se dedicó a organizar la expedición libertadora del Sur con un ejército de 3.000 hombres, al frente del cual salió en 1813 mientras a sus espaldas el Congreso fraguaba la traición.

Nariño derrotó a los españoles y a sus aliados, los feroces patianos, en batallas enconadas en el Alto Palacé, Calibío, Juanambú y Tacines, donde dejó el grueso de sus tropas y avanzó con el resto hacia Pasto, no sin prometerles a sus muchachos que "comerían pan fresco, que lo hacen muy bueno" en esa capital.

En ese punto la fatalidad se atravesó en el destino de Nariño. Alguien aviso en el campamento que el general había sido derrotado y muerto. Cuando Antonio Nariño hijo llegó al campamento con la orden de su padre para que el ejército se moviera hacia Pasto, encontró que las tropas habían clavado los cañones y retrocedido a Popayán. En esas condiciones, luego de una pelea intensa de más de 10 horas, Nariño tuvo que abandonar el campo, mandó a sus hombres a que se pusieran a salvo y se internó en la maleza. Dos días más tarde fue capturado por unos patianos, que lo condujeron, sin saber quién era, ante el jefe realista Melchor Aymerich.

Llevado prisionero a Quito, lo remitieron de nuevo a la Península. Permaneció encerrado en la real cárcel de Cádiz otros siete años. Sus amigos se ocuparon de hacerle la prisión lo menos penosa posible y en los últimos meses escribió y le publicaron en la Gaceta de Cádiz los artículos titulados Cartas de Enrique Somoyar que precipitaron la rebelión liberal de Riego en las cabezas de San Juan, en consecuencia de la cual Nariño fue liberado y proclamado diputado americano a Cortes. No obstante Nariño no estaba para honores dudosos y escapó de la Península antes de que el rey Fernando VII ordenara su recaptura.

En Gibraltar le entregaron varios números de El Correo del Orinoco, en el que vio reproducidas sus Cartas y por el cual se enteró de que Francisco Antonio Zea, su viejo amigo y compañero de revolución y de exilio, estaba en Londres como jefe de la legación de Colombia. Viajó a Londres para reencontrarse con él, lo ayudó en la gestión de un empréstito que el Libertador necesitaba con urgencia y escribió varios artículos para el Correo del Orinoco con el seudónimo de 'Un Colombiano', en defensa de la causa americana.

A su regreso a Colombia fue saludado con alborozo por el Libertador Simón Bolívar, con quien se encontró en Achaguas. Bolívar acababa de recibir la noticia de la muerte del vicepresidente Juan Germán Roscio y de inmediato nombró a Nariño en ese cargo y le recomendó la pronta instalación del Congreso Constituyente de Cúcuta, del que dependía el futuro de la República. Nariño cumplió su cometido, pero fue víctima de los ataques y las triquiñuelas mezquinas de los antiguos federalistas que ahora acataban al general Francisco de Paula Santander, vicepresidente de Cundinamarca.

Cansado y agobiado por sus achaques Nariño renunció a la vicepresidencia de la República y regresó a Bogotá. Allí se enteró de que había resultado electo senador por Cundinamarca y que, al mismo tiempo, había sido acusado de defraudador del tesoro de diezmos, de haberse entregado al enemigo en Pasto y de haber abandonado por su gusto el país en momentos críticos. Nariño respondió a estas acusaciones en la inauguración del Senado de 1823 y demolió a sus acusadores en un discurso grandioso que ha sido catalogado como una de las piezas mayores de la oratoria en lengua española.

Publicó Los Toros de Fucha para reclamar, como ya lo había hecho en 1794, el respeto a la libertad de expresión amenazada por ciertas actitudes arbitrarias de Santander, su sucesor en la vicepresidencia de la República. Las diferencias quedaron zanjadas en forma cordial y Nariño, cuyo cuerpo deteriorado exigía un poco de reposo, se retiró a Villa de Leiva, donde murió el 13 de diciembre de 1823, a los 58 años.

Un legado de dos siglos

Nariño es hoy una figura tan actual como lo fue en su tiempo. Su pensamiento conserva enseñanzas que en la actualidad servirían para encontrar soluciones a la enorme crisis que vive el país. En sus discursos ante el Colegio Electoral de Cundinamarca, en sus artículos de La Bagatela, en sus cartas y mensajes, en Los Toros de Fucha, aparecen de manera continua reflexiones vivas, palpitantes.

Amó a su patria sin otro interés que el de servirla y engrandecerla y en esos propósitos sacrificó su fortuna, su familia, su salud y su libertad personal. Su patriotismo le costó 19 años en diferentes prisiones. Bastantes para amansar a cualquiera, menos a Nariño.

Como gobernante habría que tenerlo siempre presente. Adelantó reformas básicas en educación, sustituyendo la escolástica por la científica. Ordenó recursos para auxiliar a los más necesitados mientras se estructuraba una política social de largo alcance. Proyectó una reforma agraria que espantó a los terratenientes de la época y fue la causa de la guerra civil de 1813. Creó los bonos de tesorería para fortalecer el fisco, modernizó la Casa de Moneda, adelantó mejoras urbanas notables en Bogotá e impulso la producción agrícola con miras a la exportación.

La expresión de Manuel del Socorro Rodríguez que señala al gobierno de Nariño como "digno por cierto de desearse eterno" no era gratuita, ni un simple elogio. En síntesis, Nariño fue precursor, libertador, mártir, guerrero, periodista, pensador, economista y humanista.

Miguel Antonio Caro afirmó en su libro Artículos y discursos de agosto de 1872, que si "podemos subir más arriba (en la historia) y buscar la cuna de la República, esa se encuentra en la biblioteca de Nariño".

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