Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/02/12 00:00

El corazón de la Navidad

En diciembre, San Victorino atrae a cientos de miles de bogotanos que se encuentran con algo más que 'chucherías' y baratijas.

El corazón de la Navidad

Dos palabras que comienzan por 'a' ayudan a definir a San Victorino: agite y arrume. Ríos de gente, de sonidos, de cajas, de mercancía. En San Victorino todo es grande, todo se vende por docenas, todo se negocia por cajas. Incluso quienes compran al detal casi siempre terminan cargados de talegos. Con esos precios... Si usted es de los que tienen que hacer regalos de Navidad por decenas, dedíquele unas tres horas a San Victorino. Además, fijo se le atraviesa algo que hacía rato no veía, o que no sabía que existía. Y si se resiste a comprar, puede divertirse ante el espectáculo de objetos dispares amontonados, casi todos colgados del techo y que las vendedoras bajan con palos dotados de ganchos. Desde bien temprano en la mañana, en las manzanas del sector, que va desde la Avenida Jiménez hasta el parque Tercer Milenio y de la Avenida Caracas a la Carrera décima, Bogotá vive y palpita como si se tratara de un puerto. Voces y sonidos que se mezclan entre el colorido de baldes, chaquetas, ollas para sancocho, herramientas, toda la parafernalia que necesita una fiesta infantil, juguetes y muñecas, toallas con el escudo del América y la efigie de Mickey Mouse. Y es que, en realidad, eso es San Victorino. El puerto seco de Bogotá. En el pasado, la calle 13 (Avenida Colón) fue puerta de entrada a la ciudad, y no es casualidad que a tres cuadras esté la Estación de la Sabana y durante mucho tiempo, hasta cuando se inauguró el Terminal de Transporte, en el sector comenzaban y terminaban sus recorridos los Bolivarianos, las Magdalenas, las Macarenas. Ahora la estación Jiménez del sistema TransMilenio y el enorme parque que se recuperó durante la alcaldía de Enrique Peñalosa les dan la bienvenida a cientos de miles de bogotanos que saben que en San Victorino encuentran muchas veces una óptima relación entre precio y beneficio. Claro, no todo se consigue allá. Los fuertes de San Victorino son joyas de fantasía, piedras semi- preciosas, juguetes de bajo costo, papelería, ropa, cacharrería y herramientas y, a final de año, adornos navideños. Un puerto en el sentido estricto de la palabra porque en San Victorino se surten centenares de almacenes de Bogotá, del país entero y, como señala el comerciante Luis Marín, desde Brasil, Perú y Venezuela vienen a comprar ropa. "Incluso vienen de Medellín y de Maicao a comprar ropa, Le cambian la marquilla y esa misma ropa regresa a Bogotá". En San Victorino también se produce ropa y ya tiene institucionalizadas un par de marcas de jeans. En Navidad, San Victorino adquiere una dinámica demencial porque se suman los colores titilantes de las instalaciones eléctricas, los faroles del día de las velitas, los paños color verde que reemplazan el musgo de los pesebres, y toneladas de juguetes se apoderan de la mayor parte de las vitrinas. Mario Suavita, presidente de Comas, la entidad que agremia a los comerciantes, calcula que en Navidad la población flotante es de 400.000 personas y que se triplica la demanda de mano de obra. La temporada como tal se inicia a mitad de año, cuando comienzan a comprar mercancía. Se activa en octubre, el mes de los niños, y ya en diciembre arranca con todo. Los madrugones, una institución del sector que se lleva a cabo miércoles y sábados desde las 4 de la mañana, del primero al 31 de diciembre. En enero desaparecen como por encanto los adornos navideños y comienza la temporada escolar, que se prolonga hasta marzo. Aunque el sector dista mucho de ser bonito (salvo un par de edificios republicanos, su arquitectura es bastante deplorable), la recuperación del espacio público les ha dado mucha visibilidad al colorido de sus vitrinas y una sensación de seguridad a sus calles. Los comerciantes formales, además, decidieron concertar con los vendedores ambulantes. Por eso 140 de ellos se van a ubicar en una bodega que los primeros les adecuaron en la calle 10 con carrera 11. San Victorino era un nombre que metía miedo. Que todavía mete algo de miedo. Al fin y al cabo, un estigma de medio siglo de inseguridad y deterioro no desaparece de la noche a la mañana. Pero ahora con TransMilenio, la sensación de seguridad y el parque Tercer Milenio, se puede llegar a pensar que no sólo irán por allá quienes necesiten comprar, sino también quienes quieran caminar un rato por un barrio donde la ciudad vive y palpita de verdad. Y a qué precios...

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