Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2008/05/03 00:00

El despelote de Mayo

La del 68 en París no fue una revolución sino una fiesta. Los estudiantes se tomaron las calles, los obreros se les unieron, se gritaba 'la imaginación al poder', pero todo se diluyó al final del mes. ¿Qué quedó de todo ese alboroto? Por Antonio Caballero*

En las calles de París los manifestantes aplaudían y gritaban “seamos realistas, pidamos lo imposible”

París era una fiesta, para usar una vez más el manoseado título nostálgico de Hemingway. Una fiesta desbordada y sin límites, como no la había soñado nunca esa ciudad melancólica y gris, ceremoniosa y antipática, de guillotinas y museos y turistas. Durante ese mes de mayo de 1968 París fue un Carnaval, imbuido del espíritu de trasgresión y de irrespeto que le da sentido al carnaval: el espíritu contrario al orden. Un caos, un alboroto, un desfogue contra la autoridad constituida. "Un despelote", lo llamó el general De Gaulle, que era en la Francia de esos días la autoridad constituida, tanto formalmente -era el presidente de la República- como simbólicamente: era la figura paterna. "¡La chienlit, non!", salió a decir por radio. O sea, literalmente: "¡Cagarse en la cama, no!" (chie-en-lit). Con eso pretendía meter en cintura la revuelta. Y los cientos de miles de revoltosos le respondieron que "la chienlit" era él y siguieron armando el despelote en las calles de París: barricadas de adoquines, pedreas a la Policía, manifestaciones multitudinarias por los anchos bulevares en las que fraternizaban estudiantes y obreros cantando La Internacional, el viejo y tristón himno de las revoluciones del siglo XIX, carreras, gritos, tomas de teatros, de universidades y de fábricas. A nadie se le ocurrió tomarse un ministerio, ni una iglesia, ni mucho menos un cuartel. Y no hubo muertos. Al final, en unas elecciones, tan prosaicamente como había comenzado, se evaporó la fiesta.

'La Révolution de Mai'

Había comenzado en la universidad de Nanterre, en las afueras de París, por una disputa subalterna y doméstica sobre los dormitorios estudiantiles. Hubo unos detenidos. Los estudiantes organizaron manifestaciones de protesta en el Barrio Latino, el tradicional barrio universitario e intelectual de París. Hubo choques a palo entre los manifestantes y la Policía, que cerró la Sorbona. Los obreros de las fábricas se unieron al movimiento. Brotaron por toda la Orilla Izquierda del Sena marchas de cientos de miles de personas. Quemaron unos carros. Los estudiantes ocuparon por la fuerza las universidades. Espontáneamente y sin preaviso, una huelga general paralizó a toda Francia. Olía a primavera y a gases lacrimógenos. París estaba desierto, sin tráfico, y la gente hablaba por las calles sin conocerse: algo inconcebible en Francia. No había televisión: estaba en huelga. Sólo estaban abiertos los cafés. Se hablaba, se hablaba, se hablaba sin parar. El general De Gaulle voló a Alemania para cerciorarse de que contaba con el respaldo del ejército francés estacionado allá. Habló por radio -no había televisión- y sacó a los Campos Elíseos, en la Orilla Derecha, una manifestación de un millón de burgueses aterrados por la "chienlit" que habían armado sus hijos al otro lado del río. Se suspendió la huelga general. Se acabó todo.

A todo eso, que duró casi un mes, se lo llamó, púdicamente, "les évenements de Mai" (los acontecimientos de mayo). O, más ostentosamente, "La Révolution de Mai". La "revolución inencontrable" la calificó en un libro desdeñoso Raymond Aron, el filósofo de la derecha liberal francesa, que no pudo encontrarla. Porque no la había. No era una revolución, sino una fiesta. "La imaginación se toma el poder", rezaba uno de los infinitos pasquines callejeros que imprimieron los revoltosos en esos días. Era una revolución imaginaria, que no buscaba el poder, sino el espectáculo. Un año antes había aparecido otro libro (en Francia todo empieza y termina con un libro) del filósofo de la izquierda situacionista Guy Debord, titulado La sociedad del espectáculo.

No era una revolución, sino un espíritu. De rebeldía, de contestación (la palabra empezó a usarse entonces), de insatisfacción y de protesta. Su inspiración de izquierda le venía del anarquismo libertario y utópico, y no del socialismo científico, instalado y formal. Más del Paul Lafargue del Derecho a la pereza que de su suegro Karl Marx, el del Manifiesto Comunista. Se encarnó en toda suerte de grupúsculos ultraizquierdistas -trotskistas, guevaristas, maoístas, situacionistas: "gauchistas". Nunca leninistas. Cincuenta años antes, Lenin había diagnosticado que el gauchismo era "la enfermedad infantil del comunismo". Y lo de mayo fue, en efecto, bastante infantil: una revuelta de estudiantes privilegiados que se aburrían del autoritarismo y la seriedad de sus padres y de sus profesores, y se levantaban contra la autoridad y contra el orden: contra la seriedad. Los policías antimotines con escudos y cascos negros y largas porras de caucho y granadas de gas se desconcertaban al ver que los estudiantes sublevados les sacaban la lengua antes de salir corriendo. Para participar en la revolución imaginaria de mayo del 68 había que tener 20 años y una novia con boina. Yo, que la viví en París, tenía las dos cosas. Raymond Aron ya no las tenía, y por eso se indignaba de no encontrar la pretendida revolución ni buscándola debajo de las piedras. Pero es que, como anunciaba uno de los muchos carteles de entonces, lo que había debajo de las piedras no era la revolución, sino la playa: "Sous les pavés il y a la plage". Los "pavés": esos mismos adoquines de granito con los cuales se levantaban las barricadas y se apedreaba a los policías.

Pasado el alboroto, restaurado el orden, lo primero que hicieron las autoridades fue sustituir los adoquines de piedra por pavimento de asfalto en todas las calles de París.

Ese alboroto era respuesta a ese orden. Y no era un fenómeno limitado a Francia (que "se aburría", había diagnosticado pocos meses antes de mayo el propio De Gaulle, que llevaba 10 años en el poder), sino que tenía dimensiones mundiales: la ola contestataria de la juventud estudiantil se extendía de California al Japón, de Varsovia a México, de Berlín a Checoslovaquia (en donde, por unos breves meses de ese año 68 que se llamaron "la primavera de Praga", la imaginación tomó efectivamente el poder bajo el lema de "un socialismo con rostro humano"). La revuelta iba dirigida en todas partes contra lo mismo: la autoridad y el orden establecidos. El orden capitalista y el imperialismo norteamericano en Occidente, y el orden comunista y el imperialismo soviético en la Europa Oriental.

No triunfó. Y no duró. Fue apenas un paréntesis (entre, digamos, el asesinato del dirigente negro Martin Luther King en abril y el asesinato de la esperanza blanca Robert Kennedy en junio). Del espíritu del mayo francés del 68 (que no fue sólo francés, pero sí fue sólo del 68) formaba parte, sin duda, el que fuera efímero: un carnaval no dura para siempre. En Francia se diluyó en unas elecciones generales que ganó arrolladoramente la derecha gaullista. En Alemania y en Italia degeneró en violencia extremista: la banda Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas. En Checoslovaquia fue aplastada por la invasión de los tanques soviéticos. En Estados Unidos desembocó en la elección presidencial de Richard Nixon. En México se ahogó en el baño de sangre de Tlatelolco. El orden volvió a reinar.

Algo quedó en el espíritu de mayo, sin embargo. Tanto, que 40 años después el derechista presidente de Francia Nicolas Sarkozy llama a luchar contra él y a "liquidar su herencia de una vez por todas". Porque considera que es pernicioso para la producción y peligroso para la autoridad, que erosiona los valores familiares e incita a la pereza y al relativismo intelectual y moral. Pero él mismo está todavía tan impregnado de todo eso, que cambia de mujer cada ocho días en busca de una más bonita.

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