Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1980/12/11 00:00

El divino iracundo

Leído en todo el continente y España, Vargas Vila fue el primer 'best seller' que tuvo Colombia. Fue un gran provocador y un exagerado escritor.

Vargas Vila llevaba la cuenta de los suicidios causados por sus obras

Fra feo y relamido. Se cambiaba de traje tres veces al día y su retrato, con boca ratonil y antiparras cursis, parecía el del malvado convertido en sapo en alguna fábula inglesa. Pero qué fuego retórico el de su prosa inflamada. Lo leyó todo el continente americano incluida esa península llamada España.

Fue, sin lugar a dudas, nuestro primer best seller, mucho antes que Gabriel García Márquez. Su éxito también se basó, entre otras cosas, en su antiimperialismo del cual se reclamaba pionero indudable. "En 1893 fundé en Nueva York mi Revista Ilustrada Hispano América; en el propio campamento de los bárbaros. ante los bárbaros. contra los bárbaros. y, los bárbaros oyeron mis clamores, profetizando los crímenes que luego realizaron. La América entera oyó mi grito anunciador y denunciador, y ya no apartó mi nombre de esa campaña contra los bárbaros; yo la inicié. no tuve antecesores; tuve sucesores".

Así escribe en la página VI de su conocido volumen Ante los Bárbaros que es apenas el número 55 de sus obras completas editadas en Barcelona por su siempre fiel secretario, 'hijo adoptivo' y heredero universal, el venezolano Ramón Palacio Viso. Sólo que la cita es irreproducible de modo fidedigno. En cada puntos suspensivos cambiaba de renglón y alargaba la diatriba. Eran versículos plagados de signos de admiración y mayúsculas. Para cobrar así más con más páginas pobladas de deidades abstractas: el Verbo, La Justicia. El dolor, la Lujuria. Y de flechas envenenadas contra muy concretos nombres y apellidos. No tenía miedo de injuriar a todo el mundo y quizás por ello se lo leía mucho. De Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, sus bestias negras, a Roosevelt y Wilson.

"Yo anuncié la separación de Panamá, cuando la inútil crueldad de José Manuel Marroquín, asesinando a Victoriano Lorenzo, estranguló en lo alto de la horca, la paciencia de aquel pueblo.". El yo narcisista, las estrepitosas mayúsculas, la enumeración del saqueo: Panamá y Texas, Puerto Rico y Nicaragua, con el filibustero Walker a la cabeza de sus marines: "Yo anuncié la conquista de Nicaragua, y, la conquista fue. y, como todos los profetas, fui lapidado a causa de mis profecías".

Escandalos para escribir

Esta, como cualquiera otra de sus citas, ya nos lo pinta de cuerpo entero. Era un Héroe Incomprendido. Un Mártir de la Causa Americana. Un Profeta Iracundo. Tenía el lastre de una infancia pobre y triste pues su padre, general de las guerras civiles al servicio de Tomás Cipriano de Mosquera, murió y dejó en la ruina a una viuda con cinco hijos, cuando Vargas Vila, nacido en 1860, sólo tenía 4 años. Combatió contra levantamientos clericales en el Valle del Cauca, fue maestro en provincia, y ya, en Bogotá, profesor en el aristocrático Liceo de la Infancia. Al ser expulsado de allí por su dueño, el presbítero Tomás Escobar, lo acusó de pederasta en un periódico de Juan de Dios Uribe, La Actualidad. "El acostarse, solo o acompañado, en la cama de los alumnos predilectos", según reza la causa.

Pero el escándalo mayúsculo se revirtió contra él: el acusador devino en acusado por sustraerse fondos del batallón 2 de línea en que servía y por salir disfrazado de mujer, de noche, por las tenebrosas calles del Bogotá de 1884. Así será siempre su trayectoria: escándalos para alimentar su pluma. Este inicial lo convirtió en Alba Roja, una novela de 1902. Al huir de Núñez y refugiarse en Venezuela, encontró otro terreno propicio. Otra constante de su vida: fundar periódicos para desde ellos lanzar sus panfletos. Más tarde, alquilaría su pluma al presidente Crespo, quien lo nombraría secretario privado. Era un Exiliado, un Justo, que se reafirmaba en su radicalismo liberal propio de la Constitución de Rionegro y que tenía enfrente una vasta galería de tiro contra la cual ejercitar su puntería: "La gangrena clerical", los gringos, los dictadores, los conservadores, los colegas literatos, todos ellos lacayos vendidos al amo de turno, como el caso del pobre Rubén Darío al recibir del sátrapa Núñez su nombramiento de cónsul de Colombia en Buenos Aires.

Tenía mucho que denunciar y sus declaraciones, tan desaforadas y atrabiliarias, como certeras en ocasiones, harían hoy ruborizar de envidia a Fernando Vallejo. Se propagaron además por todo el continente. La provocación puede llegar a ser un negocio redituable pero él, no hay duda, expresaba sentimientos colectivos. El rechazo, en primer lugar, a la prepotencia extranjera. Y a esto le añadía otro elemento perturbador: sus novelas hervían con una sexualidad retorcida, con un erotismo maldito. Tal la fórmula infalible: erotismo, política y unas gotas de sentimentalismo.

Ala izquierda del modernismo

Era una fábrica de hacer libros: a más de 100 ascienden los suyos. Y un exiliado de Colombia (de 1886 a 1922 cuando visitó fugazmente Barranquilla) que como todos ellos ve congelarse en el recuerdo un país que ya sólo existe en sus desvaídas fantasías. En sus odios profesionales y en esos rencores que pretenden mantenerlo vivo. El mundo que creía conocer y que lo había herido, esa Atenas Suramericana de pacotilla, ya sólo era un espejismo.

Aún cuando Hernando Téllez, años más tarde, la descartó de plano. Nunca había existido, de verdad, la tal república de filólogos, gramáticos y latinistas. Pero Vargas Vila quedó contagiado por tal mito: el de "lo mató mi pluma"; el de la fuerza de la palabra-espada para borrar al enemigo. Sólo que también había generales buenos como Eloy Alfaro quien, como presidente del Ecuador, lo nombró representante de su país en Roma, en 1898.

Pertenecía al ala izquierda del modernismo, ese saludable viento americano que desempolvó al por entonces artrítico idioma de Castilla. Era un militante de esta causa libertaria y en su pugna contra Leopoldo Lugones viajó hasta Buenos Aires, en diciembre de 1923 y enero de 1924, sólo para desafiarlo por las proclividades fascistas de quien veía llegada "la hora de la espada". Lo llamó "Homero de cabaret" y escribió, cómo no, otro libro: Mi viaje a la Argentina. Odisea romántica (1924). Volvía a pedir en él independencia, autenticidad, un arte joven y vigoroso, lejano de la censura eclesiástica y el mimetismo extranjerizante.

No fue trompadachín o duelista, como sus otros colegas -José Santos, Rufino Blanco, Enrique Gómez Carrillo- que arrastraban algún muerto a sus espaldas, sino que parecía encogido y pusilánime, con precoz aire fúnebre. Pero este animal de sangre fría mantenía un edípico culto a la madre en todos sus libros y una añoranza devastadora por Colombia. La recepción que Laureano Gómez, entonces diplomático en Buenos Aires, le brindó lo hizo llorar de nostalgia.

En sus delirios de grandeza quizá soñó tener la desfachatez engallada de un Gabriel D'Annunzio, seductor de actrices y general con ejército propio, y quien, como lo señaló Pablo Neruda: "Dejó en América una estela volcánica de mesianismo. El más aparatoso y revolucionario de sus seguidores fue Vargas Vila". Sólo que éste prefería el libelo feroz contra Gaspar Rodríguez de Francia, Rosas o Melgarejo, esos caudillos americanos que hicieron de sus patrias una hacienda propia y a la vez terminaron, como en el caso de Rosas, y como nos lo recuerda el historiador David Bushnell, por darle consistencia de país.

Liberal, antiimperialista, anticlerical, modernista de izquierda, erotómano, el periódico que fundara con Diógenes Arrieta y Juan de Dios Uribe, Los Refractarios, lo define a cabalidad al igual que el título de su revista: Némesis (1902-1904). Orador de cementerios y empresario del escándalo, le encantaba presentarse como un cenobita misógino, aislado en su torre de marfil, pero su correspondencia y su diario, aún no totalmente publicado, y celosamente guardado por el propio Fidel Castro, en La Habana, en el Archivo del Consejo de Estado, lo revelan pendiente de todo y preocupado por su nombramiento de cónsul de Nicaragua en Madrid (1905).

María Angélica Pumarejo, en su trabajo Topografías eróticas en la ciudad letrada, muestra cómo desde María Magdalena y Salomé hasta las cocottes perversas del fin de siglo parisiense, sus heroínas novelísticas son puras en el campo y corrompidas en la ciudad. Cursilería, ambientes idílicos y truculento tremendismo de inocencias engañadas, en Flor de fango, en Ibis, en Aura o las violetas (por cierto, origen de una de las primeras películas colombianas) ellas no sólo cautivaron adolescentes onanistas. Sirvieron también para que Vargas Vila llevara la minuciosa contabilidad de los suicidios que producía su lectura: Ibis motivó 17, según escribía. Sólo que también Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa, en sus respectivas memorias, confiesan haberlo leído. Fue la encarnación del mal del siglo. La posibilidad de evadirse, hacia esas villas recargadas de objetos art-nouveau, de todo un continente agrícola, paupérrimo y atrapado entre el cura, el gamonal y los chafarotes enriquecidos.

Tal era nuestro país, tan insólito y desconcertante como el juicio que se le atribuía a Anatole France, quien desde París dijo: "A este hombre, Vargas Vila, flor medrosa de la lejana Colombia, no le faltó más que una cosa para sentarse a la diestra de nuestro padre Hugo: haber nacido en Francia".

Ya no era de ninguna parte: pertenecía al mundo. Pero había nacido en Colombia y en este país, como dice la aguda estudiosa suya Consuelo Triviño: "Nadie está exento de ser Vargas Vila". Apelaba a Grecia y a Roma, y a la mitología cristiana, para entretejer sus guirnaldas líricas o sus epigramas satíricos.

Pero su vanidad intolerable, su pésimo gusto, su desprecio por la mujer, cierto relente homosexual que se respira en su actitud de esteta rígido, el hosco Solitario que ejercía el desdén. Todo ello reforzó su imagen de auténtico fenómeno editorial: el del primer escritor colombiano que se compraba en Europa mansiones o palacetes con sus regalías. A una, en España, la llamó 'Villa Isis'.

En algún momento llegó a ganar 60.000 pesetas mensuales por sus derechos de autor y recibió, en 1898, una consagración imprevista: sin haber muerto, Rubén Darío le dedicó un desmesurado elogio fúnebre. Lo publicó en La Nación de Buenos Aires con el título de Un suicidio romántico y lo rescató Alberto Giraldo en su libro El archivo de Rubén Darío. En él le atribuye un idilio con una artista griega, nada menos que en Siracusa, y una pasión tan férvida que desemboca en el suicidio.

Ya Vargas Vila era igual a su leyenda. Se había convertido en un personaje creado por su pluma. El comienzo del texto de Rubén Darío no tiene desperdicio: "Era José María Vargas Vila un joven colombiano, de gran talento, al cual obligaron a salir de su país las cosas de la política. Pertenecía al Partido Liberal. Liberal colombiano, vale decir rojo al blanco. Sabido es cómo en aquel bello país hierven los hombres al fuego de los partidos. Si son conservadores se acorazan de tradición, viven del pasado, no transigen. Si son liberales, van hasta aquella platónica constitución de Rionegro (sic) que hizo escribir a Víctor Hugo una de sus sonoras cartas internacionales: un saludo a los ciudadanos del país de la Utopía.

Suben al poder los liberales, los conservadores de valía parten; ascienden los conservadores, los liberales de la valía huyen. ¿La revolución es inminente siempre? Así parece".

Quizá por ser tan fiel a este confuso legado Panamericana reedita hoy todos y cada uno de sus libros y SEMANA lo incluye entre las figuras clave de nuestra historia, sin atinar muy bien en qué nicho incluirlo. El único que sí sabía dónde ponerlo fue Jorge Luis Borges, quien en el mismo año de la muerte de Vargas Vila, en 1933 en España, y en una nota incluida al final de la Historia de la eternidad y titulada El arte de injuriar dijo: "Otro (ejemplo final) es la injuria más espléndida que conozco: injuria tanto más singular si consideramos que es el único roce de su autor con la literatura. Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara al patíbulo, muriendo con él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia. Deshonrar el patíbulo. Fatigar la infamia. A fuerza de abstracciones ilustres, la fulminación descargada por Vargas Vila rehúsa cualquier trato con el paciente, y lo deja ileso, inverosímil, muy secundario y posiblemente inmoral" .

En fin... aquí seguimos los colombianos, trajinando con Vargas Vila ¡El Divino Iracundo!


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