Sábado, 25 de febrero de 2017

| 1980/12/11 00:00

El expedicionario chapetón

La expedición botánica es el punto de partida para la investigación científica en el país. José Celestino Mutis, su organizador, es uno de los grandes personajes del siglo XVIII.

"En el futuro las musas de la ciencia instalarán su morada en América": Mutis

Procedente de Madrid, Mutis desembarca en Cartagena el 29 de octubre de 1760. Se halla en la flor de la vida -tiene 28 años- es soltero y su única obligación es el cuidado de su hermano Manuel de 15 años. Ostenta una formación médica, filosófica y teológica de privilegio, y su experiencia en gestión cultural se encuentra asociada con intentos de crear en Madrid una academia de ciencias y un boletín bibliográfico con referencias y comentarios de la producción científica europea. No ha participado en investigaciones de envergadura sobre la flora metropolitana y contrario a lo que se ha venido pensando, es la perspectiva de viajar al Nuevo Mundo la que explica el afianzamiento de su gusto por las ciencias naturales, y no una pretendida formación de naturalista la que decide su traslado de Madrid al virreinato de Santafé.

La expansión europea conoce en los viajes de exploración uno de sus momentos estelares. Ese interés se comprende en una civilización que depende del mundo natural para la provisión de energía, alimentos, medicinas, transporte y materiales de construcción. Inspirado en la ilustración y considerando las posibilidades que le ofrece la invitación del virrey Messía de la Cerda, Mutis se siente llamado a renovar la tradición renacentista española en ciencias naturales. A pesar de las reservas que le suscita el talento criollo, viaja con la intención de preparar colecciones destinadas a crear en Madrid un gabinete de historia natural desde donde se propone desarrollar una reforma teórica e institucional, mediante la introducción de la sistemática linneana y la centralización, bajo el poder real y con fines económicos, de la investigación mineralógica, botánica y zoológica en el imperio. Lejos de sus miras cualquier misión cultural en el Nuevo Mundo.

Para el logro de sus fines, sólo cuenta con su disciplina de autodidacta que le permitirá suplir una formación universitaria desprovista de cursos de taxonomía. Su condición pequeño burguesa le imposibilita emprender su obra con recursos propios. A pesar de su desempeño médico en la comitiva de Messía de la Cerda, carece del apoyo de la Corona y de la botánica oficial. Además, su adhesión a Newton, a Linneo y a la exploración del cuerpo humano mediante la disección, le ha acarreado la resistencia de gran parte de la comunidad científica, en particular la del Real Jardín de Migas Calientes. La coyuntura nacional le es adversa, pues la guerra de los Siete Años (1756-1763) deja una España derrotada. En estas condiciones busca el apoyo de la comunidad científica europea, y logra el de Linneo. Su emigración contribuye a la estabilidad científica de España y proyecta hacia ultramar el arribo de la modernidad en ciencias naturales.

La llegada a America

Consciente de carecer de un lugar en la Corte madrileña decide, entre 1765 y 1770, establecerse en América donde comienza a desarrollar su proyecto concebido para la capital del imperio. Se ordena sacerdote en 1772. Durante sus primeros 23 años en Nueva Granada adelanta investigaciones de historia natural, medicina y matemáticas, con un espíritu internacionalista que lo lleva a cultivar relaciones epistolares con científicos franceses, suecos e ingleses. Su apoyo logístico se sitúa en la Corte de Santafé donde gana el respaldo del criollo Francisco Antonio Moreno y Escandón, secretario del virreinato y administrador de los bienes y de la herencia cultural confiscados a los jesuitas expatriados desde 1767. La participación criolla en el adelantamiento de su historia natural manifiesta su revaluación del talento americano, al punto de que declara: "En el futuro las musas de la ciencia instalarán su morada en América". Para entonces su proyecto de historia natural de Nueva Granada ya se percibe como el más ambicioso del imperio en su género.

A pesar de ello sigue siendo precaria su influencia. Ello se aprecia en que no se le consulta a la hora de desarrollar en Madrid parte de sus ideas: la adopción -tardía- del sistema de Linneo, la organización de la expedición al Perú y Chile (1777), el nombramiento de Sebastián López Ruiz -criollo panameño radicado en Santafé- para adelantar una flora de esta provincia y dirigir desde allí la explotación de la quina (1779) y el traslado de Migas Calientes al jardín del Prado (1781).

En su correspondencia con Linneo se perfila como un colector capaz de despertar el gusto por la historia natural en funcionarios españoles radicados en Nueva Granada, mientras logra que en Suecia se publiquen parte de sus colecciones. Suecia está más presente que España en el comienzo de la botánica colombiana. Así se revela exitoso integrando su práctica local con el proyecto linneano de sistematizar los recursos naturales del planeta.

La expedicion botanica

Su nombramiento a la cabeza de una expedición en Nueva Granada (1783), aceptado a regañadientes en el Prado, se produce gracias al virrey Caballero y Góngora, quien desmonta la expedición de López Ruiz, en la coyuntura de reformas generada por la Revolución de los Comuneros (1781). Mutis conforma su primer equipo con personal criollo formado bajo sus orientaciones. Decide abandonar el latín para su obra a la que imprime carácter regio mediante dibujos iluminados. Su nueva posición lo inhabilita para intercambiar información con el extranjero.

Hacia 1790, la proyección de la Corte virreinal en la cultura de la colonia se ha mitigado hasta casi desaparecer. Toman la iniciativa los criollos (blancos descendientes de españoles) para quienes la historia plasmada en las biografías de los difusos neogranadinos de las ciencias exactas, físicas y naturales constituye la manera de afirmar el sentimiento de patria americana; identifican en Mutis a su héroe cultural. De este modo, Mutis se transforma de filósofo de la Corte de Santafé en adalid intelectual de los criollos. La crítica del absolutismo del monarca anuncia el de las élites ilustradas que ven la formación del espíritu científico como un componente esencial de la ciudadanía.

Entre 1790 y 1816 se asiste al despliegue de la ciencia criolla; Mutis conservará el liderazgo intelectual hasta su muerte en Santafé en 1808. Se trata de una época signada por la Revolución Francesa, la guerra hispano-francesa (1793-1795), el desastre de la Marina española en Trafalgar (1805), el bloqueo marítimo inglés y la invasión napoleónica a España (1808). Tales circunstancias contribuyeron al fracaso de las políticas borbónicas de reforma colonial y ayudaron a consolidar la autonomía intelectual de la notabilidad criolla que hizo causa común con Mutis en el intento de apropiarse intelectualmente del reino.

Los representantes de la ciencia criolla echan mano de los pintores de la Expedición, utilizan su gabinete y biblioteca, aunque financian con recursos propios sus investigaciones y se muestran diligentes en poner sus trabajos "bajo real protección". La ciencia para ellos tiene un carácter nacional y también patrimonial. Los rasgos aristocráticos de esta ciencia son notorios. Mutis, integrado a la nobleza criolla en 1801, con su investidura de colegial del Mayor de Nuestra Señora del Rosario, es partidario de una comunicación autónoma con la ciencia europea y de una ciencia virreinal adelantada, publicada y consumida por nacionales. De ahí su negativa a enviar a Madrid materiales de su flora con miras a publicación, y de ahí su elección de la Philosophia botánica de Linneo para el aprendizaje de esta ciencia y su rechazo del Curso elemental publicado en 1785 por Casimiro Gómez Ortega, detractores.

Mutis y sus aliados criollos fracasaron en su intento de levantar o publicar la cartografía del territorio y el inventario de los recursos naturales de la Nación, pero alcanzaron el éxito perdurable en la valoración de la naturaleza y el talento americanos incluido el de las clases subalternas que revelaron una habilidad extraordinaria para representar la naturaleza.

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