Domingo, 22 de enero de 2017

| 2001/04/30 00:00

El explorador

La expedición de Humboldt le abrió los ojos al mundo sobre la riqueza natural de este país. Doscientos años después se siguen descubriendo nuevas especies.

El explorador

Humboldt fue el ultimo viajero explorador del siglo XVIII y el primero entre ellos si se atiende a la manera tan fuera de serie como se preparó. Eran tan pocos los que viajaban que en esos tiempos debían recoger y coleccionar lo que más pudieran y describirlo todo:

paisajes, nativos, plantas y dar cuenta de la historia y la chismografía local.

Su llegada al actual territorio de Colombia fue el resultado de una serie de casualidades. Pero la cuidadosa y sistemática preparación de sus apuntes, en colaboración con muchos especialistas (Kunth para la botánica, Oltmanns para la astronomía) y la publicación de sus inmensos volúmenes fue toda una revelación para los públicos europeos y despertó la ilusión de los espíritus progresistas sobre lo que iba a ocurrir en esas nuevas repúblicas.

El barón nació en Berlín en 1769. Su familia quería verlo al servicio de Prusia y lo envió a la Universidad de Francfort del Oder, donde estudió botánica con Willdenow en las vacaciones. En Götingen estudió geografía, entre otras cosas, y en Hamburgo se preparó en idiomas y contabilidad, temas de gran utilidad para un explorador que debe manejar su dinero.

Al terminar los estudios ofreció sus servicios a la Oficina de Minas de Prusia. Insinuó que lo enviaran a Sajonia, a estudiar minería, le atendieron la propuesta y trabajó un buen tiempo al servicio de las minas de Prusia. Ya con una buena herencia viajó a Weimar y Jena, donde entró en contacto con el círculo de Goethe y Schiller. Con el primero estudió morfología y después pasó a estudiar fisiología en Salzburgo y astronomía en Gotha y Dresden.

Viajó a París en 1798 con la intención de enrolarse en alguna expedición científica. Dos opciones, la vuelta al mundo con el capitán Baudin y un viaje a Egipto, se cancelaron por recortes presupuestales de tiempo de guerra. Le quedó la agregación del botánico Bonpland. Pensaron viajar a los montes Atlas, en el norte de Africa, y al pasar por España les dijeron que todo lo que querían estudiar lo encontrarían en la Nueva España. Apertrechado con más instrumentos científicos que compró en Madrid, Humboldt se embarcó con Bonpland en La Coruña con destino a Veracruz (actual México).

Luego de una escala en las Canarias hicieron la travesía del Atlántico pero los asustó la muerte a bordo de un pasajero y en Cumaná, primer lugar de América que tocaron, dejaron el barco por miedo al contagio. Don Vicente Emparán, el gobernador de esa provincia, los entusiasmó para que exploraran la Nueva Andalucía.

Emparán, un oficial de la Real Armada, les permitió hacer su primer descubrimiento en América: la Expedición Hidrográfica de Fidalgo. El periplo por la Venezuela de hoy los llevó a recorrer el alto Orinoco, el Guainía y el brazo Casiquiare, que enlaza las cuencas del Orinoco y el Amazonas. En abril de 1800 se detuvieron en la boca del Meta, en Maypures, al pie de los raudales, y en el río Guainía, en el fuerte de San Felipe. Así que en realidad se deberían celebrar 201 años de cuando Humboldt y Bonpland pisaron por primera vez la Colombia de hoy.

De regreso a la costa intentaron embarcarse a Veracruz pero sólo consiguieron barco para Cuba, de donde zarparon para Panamá con la esperanza de encontrar en algún puerto americano del Pacífico a la expedición de Baudin, que se había reactivado. Pero una feroz tempestad lanzó el barquichuelo a las playas del Zapote, en el Golfo de Morrosquillo. De nuevo Humboldt y Bonpland fueron a dar por mera casualidad al virreinato de la Nueva Granada. Salvados de puro milagro llegaron a Cartagena de Indias el 29 de marzo de 1801. Allí Humboldt determinó remontar el Magdalena para llegar por tierra a Guayaquil. En Cartagena encontró a Fidalgo y sus marinos astrónomos; fue para él lo mejor de Cartagena, eso dijo. Don José Ignacio de Pombo le habló de Mutis en Santafé. El barón, que nunca había pensado en esa visita, le escribió elogiosísimas cartas que le garantizaron una gran recepción en la colonial Santafé, que hoy también se comporta de igualmente colonial manera. De la sociedad cartagenera comentó que no hablaba sino de los chismes de infantas y princesas de la corte madrileña: ni que estuvieran suscritos allí desde esos días a la revista Hola.

Humboldt y Bonpland remontaron en champán el Magdalena hasta Honda. En el viaje el barón hizo croquis continuos de las riberas del río y con ellos dibujó o hizo dibujar en Santafé un mapa del río Magdalena del que dejó copia al virrey. Ese dibujo original se puede ver en la exposición del Museo Nacional de Bogotá.

Subieron de Honda a Santafé por el camino real. Tres carrozas con numerosos acompañantes a caballo salieron a recibirlos en Fontibón: la de Mutis, la de los enemigos de Mutis y la del virrey. El diplomático y cauteloso barón aceptó su entrada triunfal a la capital en la carroza virreinal. Mutis lo acomodó en una de sus casas, que hizo desocupar a una cuñada. En Santafé se interesó por la temperatura a la que hierve el agua en las altas montañas, visitó las Salinas de Zipaquirá y rindió informe técnico al virrey, al que le sugirió innovaciones tecnológicas para el beneficio de la sal. Visitó el Salto de Tequendama y midió su altura. Comparó “las matas secas que traía con las matas secas que tenía Mutis en la Casa de la Botánica”: ese fue el comentario guasón santafereño.

Continuaron el viaje por Fusagasugá, Espinal e Ibagué y luego por Quindío hacia Cartago y el Valle del Cauca hasta Popayán. El padre de Caldas le mostró los cuadernos de observaciones astronómicas de su hijo, que le merecieron elogio. Hacia el fin del año pasaron a la Presidencia de Quito.

En Ibarra Humboldt encontró a Caldas y se deshizo en más elogios pero cuando éste le contó sus ideas sobre un método de medir la altura de las montañas Humboldt se descontroló. No había viajado para encontrar rivales. Sus comentarios desinformaron a Caldas. Eso no había ocurrido en el caso de la astronomía geográfica, que ambos practicaban como una rutina científica. Pero cuando había de por medio rivalidad creativa el barón se ofuscaba. Humboldt invitó a Caldas a una de las excursiones al Pichincha.

Los viajeros continuaron por tierra hasta Lima y en El Callao se embarcaron con destino a Acapulco. Finalmente llegaron al territorio al que dos años antes había pensado viajar.

Luego de una breve visita a Estados Unidos Humboldt regresó a París, donde realizó una larga tarea de erudito investigador de biblioteca y recopilador de las informaciones que le enviaban sus corresponsales en todo el mundo. Así completó las que recogió personalmente en el viaje. En su gran proyecto de publicaciones acabó con lo que le quedaba de herencia.

Humboldt, el que se escribía con Bolívar y cuya tertulia parisiense fue la mejor oficina de propaganda que tuvo la República cuando daba sus primeros pasos, entró en el mito de origen y galería de próceres de Colombia. Para un país tan dado a ufanarse de ese mito y esa galería es obvio el delirio que su recuerdo despierta dos siglos después.

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