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| 5/20/2002 12:00:00 AM

El factor Lucho

Después de las expectativas que generó la campaña de Lucho Garzón en la recta final, un resultado de menos de un millón de votos sería considerado una desilusión., 50717

En estas elecciones presidenciales Lucho Garzón ya ganó. Ahora tiene que jugar con habilidad sus cartas para no perder en un abrir y cerrar de ojos lo que construyó durante dos años. Este es el tiempo que el candidato del Polo Democrático ha invertido en demoler lo que él bautizó “el síndrome del bonsai”, que atacó a la izquierda democrática durante años y la obligó a pensar y actuar siempre en pequeño, hasta convertirse hoy en una incipiente alternativa de poder.

El fenómeno Lucho arrancó en abril de 2000 cuando el entonces presidente de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) encabezó el lanzamiento del Frente Social y Político. Garzón se convirtió en el vocero de un movimiento de izquierda de última generación, en el que convergieron diferentes sectores que querían abrirse espacio con una agenda propia en el escenario político y convertirse en una opción diferente a los partidos tradicionales. En el seno de esta organización comenzó a gestarse el proyecto presidencial de este personaje, quien había hecho su carrera durante 26 años en el sindicalismo.

Su lanzamiento al ruedo político en agosto de 2001, cuando la asamblea nacional del Frente Social y Político lo proclamó, después de muchos ires y venires internos, como su candidato presidencial, fue visto entonces por algunos analistas como una quijotada: un esfuerzo heroico, salpicado de riesgos, que no conduciría a ninguna parte.

Durante los primeros cinco meses después de su proclamación Lucho fue un candidato sin ninguna opción que le agregaba color a la campaña presidencial. Poco a poco su estilo irreverente y desacartonado, sazonado con grandes dosis de humor, se convirtió en la punta de lanza de su discurso reconciliador y se abrió paso en los medios de comunicación. Para reconfirmar la autenticidad de su propuesta, en la que brillan por su ausencia la prosopopeya y la pompa, lanzó en diciembre de 2001 su candidatura con una rumba en el Chorro de Quevedo, un tradicional punto de encuentro en el muy bogotano barrio de La Candelaria.

A comienzos de este año Garzón registraba algo más de un punto en las encuestas. Hasta marzo su ‘socialbacanería’ parecía condenada al fracaso. Sin embargo ese mes dos hechos, uno mediático y otro político, le dieron una inesperada inyección de fuerza a su candidatura. Su intervención en el Gran Debate televisivo, que se llevó a cabo entre cinco candidatos, fue considerada todo un hit. Fue la estrella de la noche. Con su chispa y su discurso sin ambages sorprendió a más de un televidente que no lo conocía o lo prejuzgaba como un sindicalista alborotador. Este cuarto de hora suyo fue reforzado días después con los resultados de las elecciones para el Congreso, cuando varios de sus allegados, como Carlos Gaviria o Wilson Borja, resultaron electos con votaciones significativas.

En abril su posición se consolidó luego de que 17 congresistas de diferentes denominaciones, pero cobijados con el rótulo de independientes, adhirieron a su candidatura con el compromiso de escoger por consenso su fórmula vicepresidencial, construir una coalición independiente más amplia y respaldar una reforma política y social elaborada por ellos mismos. De este respaldo surgió el Polo Democrático, el movimiento por el cual Lucho aspira a la Presidencia con el número 01 en el tarjetón.

Desde entonces comenzó a subir en las encuestas con la misma agilidad con la que caminaba Pulgarcito con las botas de siete leguas. El próximo domingo va a dar una sorpresa. ¿De qué magnitud? Nadie lo sabe pero de este resultado, que puede partir en dos la historia electoral de la izquierda criolla, y de la habilidad que tenga para demostrar que no es un ídolo con pies de barro, depende el futuro de Lucho, el hombre que en estas elecciones ya hizo historia.
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