Martes, 17 de enero de 2017

| 1992/11/30 00:00

El fenómeno Clinton

Salvador o farsante, el demócrata atravesó un camino de espinas hacia Washington.

El fenómeno Clinton

POCOS SE HAN ENTERADO DE LAS DIMENsiones del fenómeno político protagonizado por el candidato demócrata Bill Clinton, un hombre que al cierre de esta edición se perfilaba como el casi seguro presidente de Estados Unidos. Para comprender el hecho a cabalidad hay que tener en cuenta que a comienzos del año pasado, el presidente George Bush acababa de dirigir una coalición internacional contra el Irak de Saddam Hussein, en defensa de un "Nuevo Orden Mundial" proclamado tras la caída del comunismo en Europa. Los norteamericanos disfrutaban una vez más de la sensación de pertenecer al país más poderoso del mundo y su jefe parecía absolutamente imbatible, con una popularidad del 88 por ciento sólo comparable con la de Harry Truman tras la rendición de Alemania en 1945.
A medida que se aproximaba la temporada electoral crecía la sensación de que el presidente sería invencible, y en el ánimo de los demócratas el derrotismo era la norma. Eso era más evidente en la medida en que quienes podrían aspirar a enfrentar exitosamente a Bush, como el neoyorquino Mario Cuomo, evitaban cuidadosamente dejar traslucir cualquier aspiración presidencial por el temor a quemarse en una nueva avalancha republicana.
Por eso, quienes se lanzaron a aspirar a la candidatura demócrata resultaron ser unos ilustres desconocidos, para quienes cualquier resultado era ganancia. Allí, en medio de una mediocridad relativa, el electorado norteamericano oyó por primera vez en forma masiva el nombre de Bill Clinton, un hombre que en ese momento apenas tenía 44 años y que anunciaba desde su gobernación del estado de Arkansas sus intenciones de llegar a la Casa Blanca.
Como era de esperarse, muy pocos creyeron en sus posibilidades, pues Clinton no parecía tener el perfil necesario para alcanzar la Casa Blanca. Sus impulsadores comparaban su caso con el de Jimmy Carter, un también oscuro gobernador del sur que había conquistado la presidencia contra todos los pronósticos. Pero algo va de Georgia, un estado rico, dinámico y cosmopolita, a Arkansas, uno de los más pobres y atrasados del país. Atlanta, capital de Georgia, es una de las ciudades más importantes de Estados Unidos, sede de innumerables multinacionales como la Coca-Cola. La capital de Arkansas, desde donde Clinton se lanzó a su aventura electoral, es una minúscula localidad de provincia cuyo nombre no recuerda casi nadie: Little Rock.
El propio Clinton tenía el enorme defecto político de no haber vivido nunca en Washington, carecer de fortuna personal, pertenecer a una tendencia "liberal" demonizada en los últimos años y hacer parte de una generación que nunca había ejercido el poder en el país. La única oportunidad en que Clinton había tenido un roce con la fama nacional había tenido lugar en la convención demócrata cuatro años antes, pero su discurso había resultado tan largo y aburrido que el orador fue tachado de la lista para oportunidades siguientes.
Aun no está claro si Clinton tomó la delantera entre los aspirantes demócratas por sus propios méritos o por el escaso peso de sus contendores. Pero lo cierto es que para comienzos de este año el gobernador se perfilaba como el candidato más viable. Un hombre que mostraba una determinación capaz de superar cualquier escollo, un político combativo en campaña, que parecía tener un conocimiento a fondo de todos los temas y disponer de una disposición inquebrantable para exponerlos a quien quisiera oírlos, así fuera en los lugares o las horas mas descabelladas.
UN ESCANDALO SEXUAL
Clinton ya lo sabía, porque los rumores circulaban desde meses antes de que anunciara sus intenciones de competir por la presidencia: su principal obstáculo sería una vieja historia de infidelidad. Y sus temores se confirmaron muy pronto. El Star, un tabloide de supermercado, anunció la historia de un romance adúltero de Clinton con la cantante Gennifer Flowers.
Todo el mundo recordó a Gary Hart, un candidato muy fuerte quien se vio obligado a resignar sus aspiraciones presidenciales en 1987 cuando se conoció su affaire con la modelo Donna Rice. Con ese antecedente, muchos aseguraron que una vez más la intransigencia del electorado norteamericano -tradicionalmente inflexible con lo que respecta a los valores familiares- llevaría a Clinton a la catástrofe. Pero no fue así.
No se trataba de simples rumores, sino de testimonios que la propia Flowers diera en rueda de prensa. Las revelaciones del Star -compradas por 50.000 dólares- eran impresionantes. La mujer aseguró que había sido amante de Clinton desde 1978 hasta 1989. El gobernador aparecía como una verdadera bomba sexual, aficionado a hacer el amor en cualquier lugar, baños y cocinas incluídos y calificado por su amante con nueve sobre 10.
Para empeorar las cosas, antes de la convención demócrata de julio cualquiera podía llamar a un teléfono para oír una conversación en la que Clinton le decía a Genniffer que si le preguntaban si se conocían, dijera que se habían visto una sola vez.
FANTASMAS DE GUERRA
Pero Clinton estaba para este, como para casi todos los temas de su campaña, bien preparado. Al contrario de Hart, quien negó las acusaciones, el precandidato apareció ante las cámaras en compañía de su esposa, para asegurar que su personalidad estaba lejos de la perfección y, refiriéndose a su relación matrimonial, que "hemos estado juntos 20 años, no ha sido un matrimonio perfecto ni libre de problemas, pero estamos comprometidos el uno con el otro y eso debe ser suficiente". Al conocerse la reacción popular, se supo que Clinton había sobrevivido y de paso, había conseguido gratis un factor que le hacía mucha falta: recordación nacional.
Pero increíblemente, para el siguiente golpe no estabatan bien preparado. El problema se presentó cuando comenzaron a correr rumores sobre maniobras de Clinton para evitar ser reclutado para ir a Vietnam. En una época cuando entre la juventud crecía el descontento hacia el presidente Nixon, hacia la autoridad y hacia la intervención de los Estados Unidos en una guerra ajena, el joven Clinton se las arregló para evitar ser reclutado mientras proseguía sus estudios en Oxford, Inglaterra. El impasse lo puso en desventaja frente a George Bush -el piloto más joven de la marina durante la Segunda Guerra Mundial- y frente a otro precandidato demócrata, Bob Kerrey,quien perdió una pierna en Vietnam y trató de convertirse en símbolo del servicio a la patria.
Esta vez la respuesta de Clinton fue vacilante. Primero sostuvo que había sido excluído por sorteo y luego reveló que al recibir una citación en Oxford,regresó para alistarse en un programa militar universitario (ROTC) que le evitaría el enrolamiento formal. Finalmente salió a la luz una carta en la que Clinton agradece a su oficial del ROTC haberle ayudado. Curiosamente el texto resultó tan conmovedor y equilibrado, que logró poner el problema en el contexto histórico y consiguió quitarle fuerza al tema. Pero el asunto del ejército quedó pesando sobre Clinton, al punto que proporcionaría la base para los ataques de última hora de Bush.
TOMANDO LA DELANTERA
En junio de este año, la otrora exitosa campaña de Clinton parecía a punto de tocar fondo. En ese mes apareció como una tromba el multimillonario texano Ross Perot, quien se colocó rápidamente en el primer puesto de las encuestas, y envió de paso a Clinton a un tercer lugar que jamás habían tenido que sufrir los demócratas. Varios de los contendores de su partido habían abandonado la carrera por mucho menos, pero Clinton demostró una vez más su determinación de ir hasta el final. Su campaña tenía cuatro millones de dólares en rojo y grandes brechas organizacionales, que fueron superadas.
Al llegar la convención de julio, con el ex gobernador de California Edmund Brown como único contendor sobreviviente por la candidatura, todo comenzó a ir bien. Perot resolvió retirar sus aspiraciones y la Convención Demócrata reunida en Nueva York aclamó a Clinton en medio de una euforia que presagiaba la recuperación del poder. La selección del compañero de fórmula también resultó un éxito. Albert Gore, un ex precandidato a la presidencia, reforzó varios puntos débiles de Clinton, como su pobre desempeño ecológico, y completó un equipo descrito como "joven y dinámico". Pero sobre todo, estableció una diferencia sustancial con el vicepresidente-candidato Dan Quayle. Una cosa y otra, aunadas al énfasis de Clinton en la necesidad de revitalizar la economía con planes muy concretos (ver recuadro) trajeron consigo una delantera en las encuestas que se mantuvo hasta el último momento. De allí en adelante el candidato Clinton comenzaría a parecer la figura por derrotar y Bush el verdadero desafiante.
EL DRAMA DE BUSH
Tras la guerra del golfo a comienzos de 1991 todo parecía de color de rosa para los republicanos. Nunca en la historia reciente la mayoría demócrata en el Congreso había parecido menos dispuesta a negar los proyectos a un presidente que no sólo ejercía como líder mundial, sino que parecía reelegido con dos años de anticipación.
Pero la vitoria trajo una falsa sensación de seguridad. Para noviembre de ese año, era ya inocultable que el ánimo popular ya no se nutría de victorias remotas, porque la economía del país mostraba señales de recesión. Las cifras indicaban que 12 años de economía republicana habían hecho una mella indudable: la brecha entre los ricos y los pobres había llegado a niveles sin precedentes cercanos. De los aumentos de ingresos en ese tiempo, el 70 por ciento correspondió al uno por ciento de la población. Por primera vez se hizo evidente que los norteamericanos no podían aspirar a que los hijos vivieran mejor que sus padres. La fuerza laboral comenzó a mostrar lo inadecuado de su preparación frente a competidores como los japoneses o los alemanes. Los estratos más bajos de la población mostraban la cara fea de la pobreza: gente viviendo en las calles, aumento del consumo de drogas, un impresionante deterioro social.
Los propios republicanos urgían al presidente para que pusiera todo el peso de su prestigio detrás de un plan concreto de recuperación económica. Pero Bush no quiso o no supo cómo hacerlo. Poco tiempo después la Casa Blanca presentó la primera señal de alarma: el controvertido jefe de staff John Sununu, involucrado en el uso indebido de activos oficiales, salió por fin de su puesto. Pero la estrategia económica debió esperar hasta enero.
Para finales del primer mes del año, la popularidad de Bush había descendido hasta un increíble 43 por ciento. La razón era clara. Las mismas encuestas señalaban que los norteamericanos culpaban al presidente de inacción ante los problemas internos del país y sentían que Bush había perdido contacto con la realidad. Los ataques contra el mandatario comenzaban a sentirse no sólo desde el lado demócrata, sino del republicano, donde el derechista Pat Buchanan proclamaba su intención de aspirar a la candidatura para "enderezar las cosas"
Por fin las propuestas de Bush salieron a la luz en el habitual mensaje sobre el Estado de la Nación. Pero los norteamericanos no oyeron nada novedoso. Todo se reducía a repetir planes adoptados en el pasado, como la disminución de los impuestos para las ganancias dc capital.
En los meses siguientes Bush pudo aprovechar la batalla que se llevaba a cabo en el lado demócrata, en la que las acusaciones recíprocas daban la imagen de un partido en bancarrota. Pero fue entonces cuando se presentó por primera vez Ross Perot para galvanizar a quienes huhieran debido ser los oyentes del presidente.
Pero Bush aún tenía a su favor la Convención Republicana. Los analistas de ese partido sabían que el solo hecho de que se celebre la convención trae consigo una recuperación en las encuestas, y que el presidente tendría allí la oportunidad de recuperar no sólo el tiempo perdido, sino su lugar en la competencia. Su cálculo no contaba con el hecho de que Bush entregó la Convención a la ultraderechista del partido, una facción que, dirigida por el reverendo Pat Robertson, dedicó el evento a los "valores familiares", a criticar a la esposa de Clinton (Hillary) por ser una mujer independiente y por sus opiniones en el tema del aborto.
Cuando los norteamericanos se enteraron de que ese sería el perfil del candidato-presidente, sus preferencias quedaron firmemente adheridas a Clinton, quien asumió muy pronto una gran ventaja en las encuestas. Ahora no le quedaría al presidente otra opción que un golpe de suerte que noqueara a Clinton en los debates televisados que Bush aceptó después de mucha reticencia.

A DEBATIR
Los debates resultaron en un virtual empate que no cambió en nada la clasificación de la carrera. Bush hizo gala de su experiencia en el puesto y a cambio de reconocer la necesidad de recuperar la economía, hizo énfasis en que su país aún es la envidia del mundo, a tiempo que escogió un nuevo tema para atacar el plan económico del demócrata: "Señor y señora Estados Unidos: ojo con el señor Clinton porque va por sus billeteras".
Clinton pareció serio, "elegible" y sobre todo un conocedor a fondo de todos los temas y Perot -recien reingresado en el certamen- mostró su capacidad de convocatoria a partir de fórmulas simplistas pero atractivas. La carrera no estaba, sin embargo, terminada.
Bush salió de los debates televisivos con la nueva arma de atacar la credibilidad de Clinton. De ahí en adelante sus discursos, aún en los temas más disímiles, regresaban a que Clinton no tenía el caracter necesario para asumir el compromiso del gobierno y a que alguien que había manifestado contra la guerra de Vietnam no podría ser comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Esa estrategia pareció darle resultados y al final de la semana pasada sus diferencias en las encuestas se habían reducido sustancialmente.
Para muchos resultaba por lo menos curioso oír hablar de cambio a quien ha trabajado en la Casa Blanca durante los 10 años y de credibilidad al mismo candidato que no tuvo reparo en incumplir su famosa promesa de hace cuatro años: "Lean mis labios, no más impuestos". El resurgimiento del escándalo Irak-contras con la posible participación de Bush subrayó esa inconsistencia. Una recuperación económica de última hora le dio al presidente un nuevo aire, pero muchos pensaban que sería ya muy tarde. Clinton, con todo y sus incongruencias ideológicas nacidas de su tendencia a complacer a todo el mundo, aparecía como un candidato salido de la nada, mucho mejor estructurado -al menos para los asuntos internos- y con una profundidad intelectual impresionante. Los norteamericanos se aprestaban a tomar una decisión histórica, de cara a un mundo libre de la confrontación ideológica comunista-capitalista y por lo tanto lleno de retos nuevos.

¿UN PRESIDENTE INSOLITO
Todos sabíamos que Bil Clinton llegaría a ser presidente algún día", declaró hace algunos meses una compañera de estudios del aspirante demócrata. La mujer había visto muchas veces al excelente estudiante de bachillerato lanzarse como candidato para cuanta elección se le pasaba por delante. Y como esas tendencias combinaban bien con sus condiciones naturales (blanco, anglosajón, protestante y buen mozo) cualquier compañero hubiera dicho lo mismo.
Pero detrás de esa aparente facilidad se escondía una vida con tantas dificultades, que un pronóstico contrario hubiera sonado igualmente convincente. Hijo póstumo e hijastro de un alcohólico, Clinton atravesó los campus universitarios de las postrimerías de los años 60 con el peso del dilema moral de ir o no ir a Vietnam y dio sus primeros pasos políticos a la vera de viejos liberales como el fallido candidato demócrata George McGovern. Clinton sería el primer presidente de Estados Unidos que no recuerda la Segunda Guerra Mundial y el primero de la generación de los "Baby Boomers", producto de la explosión de nacimientos ocurrida entre 1946 y 1964.
Bill Clinton nació de luto. El 18 de mayo de 1948 William Jefferson Blythe III murió cuando su Buick negro dio varios tumbos en una carretera de Missouri tras perder una rueda. Su hijo nacería sin padre en Hope, localidad rural del estado de Arkansas el 19 de agosto. El segundo esposo de su madre, Roger Clinton, tenía un negocio de carros usados en Hot Springs y una afición desmedida por el alcohol que le convertía todas las noches en una persona violenta. Eso sinembargo no evitó que Roger se convirtiera en la figura paterna por la que Bill se cambió el apellido hacia los 15 años. El destino privó a Clinton de un padre a quien todos recuerdan como atractivo y carismático, pero le dotó con una madre capaz de comunicarle sus inquietudes y estimularle la ambición.
Quiso ser médico, periodista o músico (desde los 12 años toca el saxofón) hasta 1963, cuando viajó por primera vez a Washington como delegado de la Legión Norteamericana de Muchachos. Tras estrechar la mano de John F. Kennedy todo estaba claro: sería político y llegaría a la presidencia de su país.
Sus extraordinarias calificaciones académicas lo llevaron a la escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown en Washington, donde para pagar sus estudios trabajó para el senador William Fulbright. Para un joven liberal comprometido con el movimiento de derechos civiles y la protesta antibélica no hubiera sido un dilema intentar por todos los medios evitar ir a la guerra de Vietnam. Pero a los 23 años Clinton ya sabía que el tema sería crucial para sus aspiraciones presidenciales. Su carta a un oficial que le ayudó a evitar el servicio se ha convertido para unos en la prueba de una sensibilidad capaz de abarcar las dudas de toda su generación y para otros en la demostración de un carácter sinuoso que le ha valido el remoquete de "Slick Willie" (Willie el resbaloso). Dirigiéndose al militar, Clinton reconoce su deseo de mantener intacta su "viabilidad política" y describe a sus contemporáneos que "aunque aman a su país rechazan a la milicia, la misma a la que usted y otros buenos hombres han dedicado años, vidas para prestar el mejor servicio que podían".
Los años siguientes transcurrieron entre la Universidad de Oxford en Gran Bretaña -donde asistió por haber ganado una de las muy exigentes becas Rhodes-, extensos viajes por Europa y finalmente en la Universidad de Yale, donde estudió leyes. Allí conoció a Hillary Rodham, una vivaz muchacha de Chicago con quien se casaría en 1975.
En ese mismo año comenzó su carrera política cuando a los 28 años, estuvo a punto de ganarle el puesto a un veterano representante republicano. Tendría que esperar hasta 1978 para ganar su primera gran batalla al obtener la gobernación de su estado de Arkansas y convertirse en el segundo gobernador más joven de la historia del país.
Pero el mismo entusiasmo juvenil que lo convirtió en el fenómeno político más interesante visto jamás en ese estado, le costó un doloroso tropezón.Clintón tenía un programa para cada problema pero muy poco manejo político. El joven gobernador se las arregló para enemistarse con todo el mundo. La poderosa industria maderera no le perdonaba sus restricciones para la tala de bosques y las señoras no le perdonaban estar casado con Hillary, quien al mantener su apellido y dirigir su propia vida de profesional independiente no se acomodaba a las normas que rigen la feminidad en el sur.
Clinton no sobrevivió a las siguientes elecciones, pero dos años más tarde recuperó su puesto. Esa experiencia le marcó para siempre, pues su arrogancia juvenil dio paso a un afán casi excesivo por la concertación. Reformó el sistema educativo del estado y estimuló la inversión industrial. Elegido por sus colegas como el mejor gobernador de Estados Unidos, casi nadie duda de que su gestión al frente de uno de los estados menos ricos ha sido más que exitosa.
En 1984 debió tomar una de las decisiones más difíciles de su vida. La policía estatal supo que Roger Jr., el medio hermano de Clinton, vendía drogas. Clinton no dudó en aprobar un operativo que terminó con el arresto de Roger Jr. y su condena por tráfico de drogas.
La familia entera, incluída la madre y Hillary, asistió a sesiones de terapia colectiva para escudrinar los orígenes del problema. Roger Jr., quien hoy trabaja en California, dice que entonces se sintió traicionado por su hermano, pero que a la larga le salvó la vida. Ese episodio le sirvió para desacelerar sus ambiciones y "adquirir un mejor balance en mi vida".
Un hombre con tales contradicciones sólo podía dar lugar a un político controvertible. Los observadores se preguntan qué clase de personaje produjo una historia personal tan complicada. Clinton podría ser, como aparenta, un líder carismático movido por un deseo verdadero de poner a funcionar las cosas para el beneficio de su gente.
Pero también podría ser, como sostienen sus detractores, un político de corte tradicional capaz de modificar sus posiciones para complacer a todo el mundo y ganar votos. Una cosa es clara. Bill Clinton lleva toda su vida preparándose para ser presidente de Estados Unidos, aunque desde siempre el sueño parecía irrealizable.

¿UN PLAN SALVADOR?
Desde el mes de julio Bill Clinton tomó la delantera en las encuestas, porque fue el único capaz de mostrar un plan económico articulado. La ausencia en sus postulados de un esquema de política exterior no parece preocupar a los norteamericanos. Pero los gobiernos latinoamericanos sí parecen sufrir por la evidente ausencia del subcontinente en el programa demócrata. Algunos opinan que eso evidencia que un gobierno de Clinton no tendría reparos para continuar la aproximación republicana que favorece la creación de zonas de libre comercio. Pero una entrevista concedida por Clinton a la cadena CNN pareció indicar que el demócrata -al contrario de todo lo interno- no conoce el tema o no le interesa. Muchas cancillerías del sur del Rio Grande están sufriendo por perder con Clinton lo avanzado con Bush.
En lo que sí existe claridad es en cuanto a las fórmulas que el demócrata tiene para recuperar su economía. Se trata de un plan de cuatro cabezas: inversión en el sector público, reforma de la educación, reforma del seguro de desempleo y reforma del sistema de salud.
En cuanto a lo primero, el gobierno hará grandes inversiones en la infraestructura,principalmente en el transporte terrestre y en la reconversión de industrias bélicas. Por otro lado, los sectores deprimidos de las ciudades recibirán una importante inyección de recursos.
En cuanto a la educación, el plan de Clinton se basa en la experiencia de Arkansas, donde la idea es la participación activa de toda la comunidad y un exámen estricto de la idoneidad de los maestros. El seguro de desempleo será modificado para limitarlo a dos años, y el tema de la salud social recibirá un impulso nuevo con la cobertura de millones de personas que están actualmente sin protección.
Para financiar su ambicioso programa, Bill Clinton piensa hacer un recorte de gastos de 140.000 millones en tres años, lo cual afectaría el presupuesto del Pentágono, implicaría un recorte burocrático de 100.000 empleados y una reducción de tres por ciento anual en los gastos de la administración federal. Por otro lado, los demócratas cuentan con recaudar cerca de 58.000 millones en impuestos a las corporaciones extranjeras y aumentar en un dos por ciento los impuestos a las grandes fortunas.
El equipo económico de Clinton asegura que la gran diferencia entre su propuesta y la teoría de Reagan de estimular la economía por medio del recorte fiscal reside en que la primera estimulaba el consumo, y la suya se propone como meta dar un aliento a la inversión. Y a pesar de las críticas de que ha sido objeto, más de 100 prestigiosos economistas -entre los cuales seis premios Nobel y personalidades de la talla de Paul Samuelson- han dado su aval y su aprobación a lo que podría traer una considerable mejoría para la maltrecha economí estadounidense.

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